domingo, marzo 15, 2026

La voz secuestrada

 

La voz secuestrada

Destierro simbólico, castración materna y la disputa por el legado en la finca familiar

Fernando Pequeño Ragone

"Quien no puede hablar en el banquete familiar

ya ha sido exiliado de su propio nombre."

— F.P.R., diario personal, marzo de 2026

Un almuerzo de domingo en el Paseo de los Poetas. Asado, familia, mi voz que se cierra en la garganta y no vuelve. En La voz secuestrada recorro décadas de historia familiar para desentrañar un nudo preciso: cómo la muerte de mi padre reorganizó el orden doméstico en beneficio de mi hermano patriarca, y cómo mi madre —sin saberlo ni quererlo— opera como guardiana de ese orden, destituyendo mi palabra cada vez que amenaza con diferenciarse. Con herramientas de Lacan y Bourdieu, trazo el recorrido desde el sentido de familia hasta la castración simbólica, y desde el habitus salteño hasta la disputa íntima por el legado en la tierra. Escribo porque no puedo hacer otra cosa. Y porque escribir es el único lugar donde todavía tengo voz.


I. La parálisis como punto de partida

Escribo esto porque no puedo hablar. No es metáfora ni figura retórica: es la constatación literal de lo que me ocurre esta tarde del domingo en que volví del Paseo de los Poetas con la garganta cerrada y la mente detenida en un punto que no logro rodear. Mi orgullo más íntimo siempre ha sido la voz. La velocidad con que el pensamiento se vuelve palabra, la síntesis que surge sin esfuerzo aparente, la potencia de decir en voz alta lo que siento y pienso casi al mismo tiempo en que lo genero. Ese flujo —ese ritmo— es el lugar donde me reconozco. Y esta tarde ese lugar no existe.

La parálisis no llegó de golpe. Se fue instalando durante el almuerzo, entre el olor del asado que tanto había querido y la voz de mi madre repitiendo una sentencia que ya conozco de memoria aunque nunca deje de dolerme. Cuando vuelvo a casa y me siento frente a la pantalla para escribir esto, entiendo que lo que me ha cerrado la garganta no es el asado, ni siquiera las palabras de ella. Es la estructura entera que esas palabras sostienen y reproducen: un orden familiar, regional y simbólico que me asigna un lugar de ineptitud, de agresividad mal contenida, de exceso emocional incompatible con la conducción. Un lugar, en definitiva, que no es mío pero que ella insiste en imponerme.

Este ensayo es mi intento de hablar lo que no pude balbucear. Es también un ejercicio de comprensión: quiero entender cómo llegué aquí, cómo se construyó este nudo que hoy me paraliza la voz, y qué fuerzas —psíquicas, familiares, históricas, regionales— operan en él. Para eso necesito ir hacia atrás, hacia ese tiempo en que todavía era posible creer que la familia tenía un sentido compartido, y rastrear el camino que llevó desde ese momento hasta la castración simbólica de esta tarde.

II. Del sentido de familia: el padre como eje y la ilusión de pertenencia

Hubo un tiempo en que la familia tenía un eje. Mi padre era ese eje: no porque fuera un hombre cálido ni particularmente disponible, sino porque su presencia organizaba el espacio simbólico de todos nosotros. Mientras él vivió, había un centro de gravedad alrededor del cual los demás podíamos orbitar con cierta coherencia. El Día del Padre de 2014, en la casa de la Pulo, fue uno de los momentos en que esa ilusión de familia se volvió tangible para mí. Un gesto mío —la camisa del shopping, mi regalo pequeño y calculado— fue recibido por él con un "gracias, hijo" que me pareció suficiente para recuperar algo que creía perdido. Fue ingenuo de mi parte, lo sé ahora. Pero la ingenuidad no elimina el valor de lo vivido: en ese instante, sentí que pertenecía.

La finca siempre fue el territorio concreto de ese sentido de familia. No solo tierra o propiedad: el espacio donde habitaban mi padre y mi abuelo, donde sus cuerpos habían dejado una impronta que yo podía rastrear y, en cierto modo, continuar. Plantar los mangos del abuelo, transformar la casa en un lugar habitable, pensar en una estructura de trabajo más justa: todo eso era —y sigue siendo— mi forma de habitar ese legado, de mantener vivo un vínculo con los hombres que me precedieron. No desde la reproducción automática de sus formas sino desde una reinterpretación ética. Eso me parecía imposible mientras él vivía.

Cuando mi padre muere, ese eje desaparece. Y lo que ocurre no es simplemente tristeza o duelo: es un reacomodamiento brutal del orden familiar que deja en evidencia cuánto de la cohesión que yo percibía era en realidad una ilusión mantenida por su presencia. Sin él, la familia no se reorganiza hacia algo nuevo: se fragmenta en la dirección del miedo. Mi hermana Adriana se retira hacia su propio núcleo. Rodrigo avanza hacia el centro del poder. Mi madre, que sin el padre pierde su referencia organizadora, hace lo único que sabe hacer ante la incertidumbre: aferrarse al orden conocido. Y el orden conocido tiene un nombre: el patriarca proveedor. El hijo que manda porque siempre lo hizo.

Lo que se desplaza entonces no es solo un rol familiar sino todo un sistema de significados. El sentido de familia que yo habitaba —imperfecto, tenso, pero real— deja de existir como posibilidad colectiva. Lo que queda es una estructura de poder en la que las posiciones ya están asignadas y no son negociables: Rodrigo conduce, yo no sé. Rodrigo conoce el oficio, yo no. Rodrigo tiene autoridad sobre la finca, yo tengo sentimientos inadecuados. Esta es la nueva gramática familiar que mi madre escribe y protege, y que hoy, en el Paseo de los Poetas, me fue aplicada con una precisión que me dejó mudo.

III. La castración simbólica: cuando la madre destituye al sujeto

En psicoanálisis, la castración no refiere a una mutilación sino a una operación simbólica por la cual el sujeto es separado de aquello que cree que lo completaría: el poder de nombrarse, de ser reconocido, de acceder al lugar que considera suyo en el deseo del Otro. La función castradora la ejerce, en la teoría clásica, el padre a través de la ley: es él quien interrumpe la fusión con la madre e introduce al sujeto en el orden simbólico, donde deberá encontrar su propio lugar por sus propias palabras y actos. Pero en mi caso la operación se invierte de manera perturbadora: es mi madre quien me castra, y lo hace en nombre de un padre que ya no está.

Lo que ocurre en el almuerzo de hoy es estructuralmente esto: yo presento una propuesta —una visión diferente sobre la finca, sobre cómo organizarla, sobre cómo habitarla— y mi madre la recibe, en principio, con cierto reconocimiento de que puede tener razón. Ese momento de apertura dura exactamente lo que dura antes de que llegue el "pero": pero tu hermano siempre fue el que entendió ese trabajo, pero vos te portaste mal con él al expresar tus sentimientos, pero así fue siempre. En ese "pero" está todo el mecanismo. Mi madre no niega lo que digo: me destituye a mí como sujeto capaz de decirlo. La diferencia es abismal. Si negara mis argumentos, podríamos debatir. Al destituir mi lugar de enunciación, cierra la posibilidad misma del debate.

Lacan hablaría aquí de la expulsión del orden simbólico. Al no encontrar un lugar para mi palabra en el discurso de la madre —al ser pintado como "agresivo e incapaz de hacerme entender"— mi psiquis ya no puede transformar pensamiento en habla. El balbuceo que siento en la garganta esta tarde es la forma que toma el cuerpo cuando el emisor ha sido invalidado. No es que no tenga qué decir: es que quien habla ha sido declarado incompetente para hablar, y esa declaración, viniendo de ella, activa en mí algo muy antiguo, muy anterior a este domingo.

Porque esta castración no es nueva. Es permanente, en el sentido de que se ha ido construyendo a lo largo de toda mi vida. Hay un patrón que reconozco con una claridad dolorosa: cada vez que me diferencio, cada vez que afirmo una posición propia que no cabe en el lugar que ella me asigna, la respuesta es la misma operación de destitución. No se me discute: se me descalifica. No se cuestiona lo que digo sino la forma en que lo digo. La forma siempre será inadecuada: demasiado emocional, demasiado agresiva, demasiado diferente al orden que Rodrigo encarna sin necesidad de hablar, sin necesidad de explicarse. Rodrigo manda con el silencio de quien ya tiene asignado su lugar. Yo me esfuerzo con la palabra y eso mismo —el esfuerzo, la visibilidad del proceso— se convierte en prueba de mi incompetencia.

Lo que mi madre proyecta sobre Rodrigo es la potencia: él es el Sujeto Supuesto Saber, en términos lacanianos; el que conoce el oficio, el que sabe cómo se hace. Lo que proyecta sobre mí es la vulnerabilidad enmascarada de agresividad. Esta distribución proyectiva no es inocente ni azarosa: es la forma en que ella gestiona su propio miedo. Somos, ella y yo, un calco en muchas cosas —incluido ese miedo al dinero, esa angustia de base que se filtra en todas las decisiones—, y precisamente por eso necesita colocarme del lado de lo que hay que controlar, no del lado de lo que puede conducir. Si yo pudiera conducir, si mi diferencia fuera reconocida como legítima, el orden que la protege a ella (en el centro mi hermano Rodrigo) de sus propios miedos; quedaría amenazado y ella se desestabilizaría.

IV. La guardiana del orden: madre, habitus salteño y la política del patrón

Sería un error reducir lo que me pasa a una dinámica puramente familiar, como si ocurriera en el vacío de una psicología privada. Lo que mi madre defiende cuando defiende a Rodrigo no es solo a su hijo: es un orden social, histórico y territorial que tiene nombre y dirección en el noroeste argentino. Es el habitus de la Salta rural: el sistema de creencias incorporadas, de disposiciones que se viven como naturales aunque sean producto de una historia de dominación muy específica. En ese habitus, la finca no es una propiedad abstracta sino el escenario de una jerarquía tan antigua que ya no necesita justificarse. El patrón manda. El peón trabaja. El que sabe es el que heredó el saber por la sangre y la práctica del mando. El que propone igualitarismo no es reformista: es ingenuo, o peor, es subversivo.

Bourdieu llamaría a esto una lucha por el capital simbólico dentro de un campo específico: el campo de la gestión de la tierra familiar. En ese campo, Rodrigo acumula capital simbólico de una sola forma: siendo el que manda sin preguntar, el que toma decisiones sin deliberar, el que encarna la continuidad del sistema paterno sin necesidad de cuestionarlo. Yo, en cambio, llego con un capital diferente —ético, cultural, reflexivo, informado por años de militancia en derechos humanos y justicia social— que en ese campo no vale nada. Más que no valer: activamente resta. Mi propuesta de pasar del sistema patrón-peón a algo más horizontal no es percibida como una mejora sino como una transgresión de la jerarquía natural que organiza el campo. Y mi madre, que ha pasado toda su vida dentro de ese campo y que no tiene herramientas para imaginarlo de otra manera, actúa como su guardiana más eficaz.

Aquí es donde el análisis tiene que ser cuidadoso: no se trata de que mi madre sea una persona mala o malintencionada. Se trata de algo más profundo y más difícil de confrontar. Ella no defiende a Rodrigo porque sea su preferido ni porque no me quiera: me quiere, estoy seguro de eso. Lo que defiende es el único sistema de coordenadas en que sabe moverse, el único mapa que tiene del mundo familiar y territorial. Cambiar ese mapa no sería solo aceptar mi propuesta sobre la finca: significaría poner en cuestión décadas de vida organizada bajo un principio de autoridad que le dio seguridad —aunque también le haya costado mucho—. Por eso su rigidez no es arbitraria ni caprichosa: es estructural. Es la rigidez de quien, al cambiar, sentiría que el piso desaparece.

Lo que me resulta más perturbador, en todo caso, es la función que mi madre cumple en la reproducción de ese orden sin que nadie se lo haya pedido explícitamente. No hay un acuerdo declarado entre ella y Rodrigo para mantenerme fuera del legado. No hay una conspiración. Lo que hay es algo mucho más eficaz: un habitus tan incorporado que opera solo, que se activa automáticamente cada vez que la estructura es amenazada. Cuando yo hablo, cuando propongo, cuando me diferencio, el habitus de mi madre lo procesa como amenaza y produce su respuesta: la destitución simbólica de mi palabra. No necesita pensar qué hace: ya lo sabe. Lo aprendió antes de poder reflexionarlo.

Esta operación tiene, además, una dimensión específicamente de género que no puedo ignorar. En el contexto salteño, la masculinidad legítima —la que da derecho a conducir— es la masculinidad del proveedor silencioso, del que manda sin explicar, del que trabaja sin quejarse y sin teorizar. Rodrigo encarna esa masculinidad de manera perfecta, incluso en su versión más problemática: una familia que no lo acompaña, una presencia que se ejerce como poder sin afecto visible, una autoridad que no necesita ganarse porque ya viene dada por el orden. Yo, en cambio, represento lo que ese modelo de masculinidad considera debilidad: hablo de mis sentimientos, propongo cambios, pido que las cosas se digan, necesito que el trabajo en la finca tenga una dimensión ética y no solo funcional. Mi madre, al descalificar esa forma de ser hombre como "agresiva" o "incapaz de hacerse entender", refuerza sin saberlo el único modelo de masculinidad que el campo reconoce como apto para la conducción. Y al hacerlo, me expulsa del legado del padre por la vía de la virilidad mal cumplida.

El Paseo de los Poetas, ese nombre que evoca cultura y palabra pública, se convierte esta tarde en el escenario de mi exclusión más íntima. El asado —ritual de comunión, de familia, de masculinidad compartida en el fuego— se me vuelve atragantamiento. La metáfora es perfecta: no puedo digerir la ley materna que me destituye, y el cuerpo lo dice de la manera más directa posible. El espacio de encuentro se convierte en espacio de exclusión. El ritual de unión se convierte en ceremonia de separación. Lo que debía ser un domingo de familia ordinaria se vuelve el punto donde la estructura se muestra con toda su brutalidad.

V. La ambivalencia del vínculo: entre el miedo a perderla y el miedo a permanecer

Aquí está el nudo más difícil de desatar. Podría simplificar y decir que mi madre me hace daño y que debo separarme. Pero eso sería ignorar la textura real de lo que me pasa, que es mucho más complicada y mucho más dolorosa. No solo me angustia lo que ella hace: me angustia también la idea de perderla. Me angustia el domingo sin el almuerzo, la finca sin el gesto de intentar encontrarnos, el mundo donde la separación se vuelve definitiva y yo me quedo del otro lado de una frontera que yo mismo crucé. Ese miedo no es irracionalidad: es el rastro de una dependencia que se construyó durante décadas y que tiene raíces en algo que todavía necesito de ella, aunque ya no sepa nombrar exactamente qué.

En términos psicoanalíticos, esta ambivalencia tiene un nombre preciso: el vínculo simbiótico con el objeto necesitado y odiado al mismo tiempo. Mi madre es, para mí, simultáneamente la que me da y la que me quita. La que me reconoce y la que me destituye. La que me quiere y la que, al quererme, me paraliza. No puedo simplemente odiarla o simplemente amarla: la experimento en esa tensión permanente, y esa tensión es la que hoy me impide hablar, porque hablar implicaría tomar posición, y tomar posición implicaría correr el riesgo de perderla. El silencio del balbuceo es, también, una forma de no elegir. Una forma de mantener el vínculo en suspenso, de no forzar el punto de quiebre.

Pero hay otro miedo que convive con el anterior y que esta tarde siento con igual intensidad: el miedo a seguir así. El miedo a que la dependencia me consuma, a que la búsqueda de su aprobación siga organizando mis movimientos en la finca, mis propuestas sobre la tierra, mi relación con Rodrigo y con el legado del padre. El miedo a que el año que viene, y el siguiente, yo siga llegando al almuerzo del domingo con esperanzas de ser reconocido y volviendo con la garganta cerrada. Ese miedo es el que me dice que algo tiene que cambiar, aunque no sepa todavía exactamente qué ni cómo.

Ogden describiría este diario como un espacio co-soñador: el lugar donde el yo sobrevive a la devaluación, donde el pensamiento que no puede hacerse palabra oral encuentra un contenedor que impide la desintegración psíquica. Escribo porque si no escribo el silencio me borra. Y hay algo profundamente verdadero en eso: en este momento, la escritura es el único lugar donde existo con pleno derecho, donde nadie puede declararme incompetente para hablar. Aquí, en este texto, soy el sujeto que sabe lo que le pasa. Aquí, nadie puede quitarme la voz.

VI. Habitar el legado: la finca como cuerpo del padre y territorio de disputa

La finca no es solo tierra. Eso lo sé desde siempre, aunque no siempre haya podido decirlo con esta claridad. La finca es el cuerpo del padre y del abuelo: el espacio donde ellos dejaron una impronta que puedo tocar, oler, caminar. Cuando pienso en la posibilidad de transformarla —de hacerla habitable, de plantar los mangos del abuelo, de construir un sistema de trabajo donde nadie esté sometido a nadie— no estoy proponiendo solo una reforma agraria doméstica. Estoy proponiendo una forma de identificación con esa línea masculina que me precede, pero desde una ética propia, desde una diferencia que no niega el origen sino que lo reinterpreta.

Lo que mi madre hace al entregar a Rodrigo las llaves de la finca —metafórica y literalmente— es cerrarme el acceso a ese cuerpo. No puedo habitar el legado del padre si el guardián del territorio es quien me niega la entrada. Y esa negación es también, en el fondo, una forma de borrarme de la historia familiar: si Rodrigo conduce y yo no sé, entonces la finca es de él, el legado es de él, el nombre del padre y del abuelo es de él. Yo soy un visitante, un intruso que viene con ideas inadecuadas y sentimientos que molestan. Esta es la consecuencia más profunda de la castración simbólica: no solo me quita la voz en la conversación de hoy, sino que me quita el lugar en la historia de los que vinieron antes.

Y sin embargo, vuelvo. Cada vez que armo energías y me propongo ir a la finca, cada vez que pienso en los mangos y en las cabañas y en el sistema cooperativo, estoy resistiendo ese borrado. Estoy diciéndole a la estructura que todavía existo, que todavía tengo derecho a ese territorio, que el legado del padre no se agota en la figura del patriarca proveedor. Esta resistencia es la que hoy se desmorona cuando vuelvo del almuerzo: la angustia y la parálisis son también el colapso temporal de esa energía de resistencia. Pero colapso no es derrota definitiva. O al menos, en esta tarde de domingo, necesito creer que no lo es.

VII. Escribir como acto de existencia

Termino aquí donde empecé: con la voz secuestrada y la escritura como único espacio donde todavía puedo habitar. Este ensayo no es una solución ni un plan de acción: es un intento de comprender lo que me pasa antes de decidir qué hacer con ello. Entender que la castración es materna y permanente, y no solo el efecto de este domingo, me ayuda a no confundir la causa con el síntoma. Entender que mi madre actúa como guardiana de un habitus salteño que va mucho más allá de su voluntad personal me ayuda a no reducir lo que hay entre nosotros a una maldad privada ni a una crueldad deliberada. Y entender que el miedo a la separación y el miedo a la dependencia son los dos polos de la misma ambivalencia me ayuda a no huir precipitadamente hacia ninguno de los dos extremos.

Lo que sí puedo decir, después de escribir todo esto, es que el problema no está en mis sentimientos ni en mi forma de expresarlos. El problema está en una estructura que no tiene herramientas para procesar la diferencia y que solo puede gestionar lo que la amenaza mediante la destitución de quien la porta. Esa estructura no es solo familiar: es regional, histórica, política. Y yo no voy a cambiarla por el solo hecho de comprenderla. Pero comprenderla me da algo que esta tarde no tenía: palabras. Y las palabras, aunque lleguen tarde y en silencio y en un texto que solo yo leeré por ahora, son el comienzo de todo lo que todavía me falta hacer.

Quiero habitar la tierra de mi padre. Quiero encontrarme con mi hermano, aunque hoy no pueda imaginar cómo. Quiero que mi madre pueda reconocer mi diferencia sin necesitar destituirme para tolerarla. Y quiero, sobre todo, dejar de necesitar su aprobación para saber que existo y que lo que digo tiene valor. Ese es el trabajo que este ensayo señala y que va mucho más allá de él.

F.P.R.

Salta, marzo de 2026

domingo, febrero 15, 2026

El compromiso en Los Pozos

 

Adriana y Néstor

1 de mayo de 2023



Dos años después de la partida del papá, la finca familiar fue testigo de un momento que unió pasado y futuro: el anuncio del compromiso entre Adriana y Néstor. Lo que ocurrió aquel mediodía de mayo en Los Pozos no fue solo la celebración de una pareja, sino un acto que reordenó las historias, los afectos y los lugares de todos nosotros.

El deseo del padre

Adriana comenzó su anuncio con una frase que no fue casual: "lo que mi papá también quería". En esas palabras había mucho más que nostalgia. Había una forma de honrar la memoria del papá, de decirle que su bendición seguía viva en las decisiones importantes de la familia.

El compromiso no rompía con el pasado; lo continuaba. Adriana no estaba solo eligiendo a su compañero de vida, estaba cumpliendo con algo que el papá siempre había querido ver. Néstor no era un extraño que llegaba de afuera: era como una especie de hijo que el papá siempre quiso tener cerca, el amigo de la familia que había estado ahí durante décadas.

Para Adriana, este compromiso era una forma de cerrar un círculo abierto por el duelo. Dos años después de perder al papá, encontraba una manera de transformar la ausencia en presencia, de sentir que él seguía acompañándola en las grandes decisiones.

Treinta años de espera

Néstor habló de un "largo camino de la vida" que lo había traído hasta ese momento. Su historia con Adriana comenzó treinta años atrás en un gimnasio, y aunque la vida los separó en distintos momentos, siempre quedó algo pendiente entre ellos.

Cuando non su humor le pregunté a Néstor si había esperado a que el papá no estuviera para "aprovecharse", Néstor no lo negó. Reconoció que había un tiempo para cada cosa, que durante años mi papá había sido una presencia que, sin prohibir nada, mantenía cierto orden en las relaciones familiares. Su partida abrió un espacio nuevo, y Néstor supo que era el momento de hacer realidad lo que siempre había estado ahí, latente.

No era oportunismo. Era la madurez de entender que los tiempos familiares tienen sus propios ritmos, y que a veces las mejores cosas llegan cuando todos están listos para recibirlas.

Mi resistencia

Mi reacción al anuncio no fue simple. Antes de que lo dijeran, ya estaba negándolo: "Vivir juntos menos, casamiento no, embarazo menos". Cuando finalmente lo dijeron, sentí que me caía "la escupitajo en la cara". El humor era mi manera de procesar algo que me movía el piso.

No era que estuviera en contra. Era que este compromiso cambiaba las cosas. Mi amigo dejaba de ser solo mi amigo para convertirse en mi cuñado. Mi hermana iniciaba un camino que la alejaría un poco de la vida que habíamos compartido. Los Pozos, nuestro refugio familiar, empezaba a llenarse de nuevos significados.

Junto a las bromas de mi hermano Rodrigo sobre los contratos y la herencia ("hay que sacarlo de la herencia urgente") eran formas de seguir siendo guardianes de la familia, los que vigilan que todo esté en orden. Pero en el fondo yo sabía que estaba presenciando algo hermoso: la familia no se estaba rompiendo, se estaba expandiendo.

Los Pozos como escenario sagrado


No fue casualidad que el anuncio ocurriera en la finca. Los Pozos no es solo un lugar; es el centro de nuestra historia familiar. Es donde mi papá construyó sus sueños, donde crecimos, donde volvemos siempre que necesitamos reconectarnos con quiénes somos.

Al hacer el anuncio ahí, Adriana y Néstor no estaban solo informando una decisión personal. Estaban inscribiendo su compromiso en el territorio donde nuestro papá sigue presente, donde cada árbol, cada rincón, cada piedra guarda algo de él. Era como si le estuvieran pidiendo permiso, avisándole que la vida continuaba pero que él seguía siendo parte de todo.

La finca convirtió ese anuncio en algo más que una noticia: lo transformó en un ritual, en un momento sagrado que quedó grabado en la tierra misma de Los Pozos.

Las ausencias presentes

Señalé que faltaban las hijas de Néstor y Tobías. No era un reproche, sino una observación de que este momento era, por ahora, de nosotros, los que compartimos la historia original de Los Pozos. Los jóvenes llegarían a su tiempo, construirían sus propias memorias con esta nueva configuración familiar.

La ausencia más grande, por supuesto, era la del papá. Pero de alguna manera, estaba más presente que nunca. Cada palabra de Adriana lo invocaba, cada gesto de Néstor lo reconocía, cada broma mía era una forma de mantener vivo su espíritu. El duelo nos había enseñado que la ausencia física no significa la desaparición de alguien en nuestras vidas.

Un nuevo capítulo

Aquel 1 de mayo de 2023 en Los Pozos marcó un antes y un después. No porque todo cambiara de golpe, sino porque algo que había estado esperando durante treinta años finalmente encontró su momento.

Adriana y Néstor nos mostraron que el amor tiene sus propios tiempos, que las familias se transforman sin dejar de ser ellas mismas, que los deseos de quienes ya no están pueden seguir guiando a quienes continúan el camino.

Dos años después de perder al papá, encontramos una forma de honrarlo: siguiendo adelante, construyendo nuevos vínculos, permitiendo que la vida florezca incluso en medio del duelo. Ese compromiso en la finca no fue el fin de una historia, sino el comienzo de otra, una que incluye todo lo que fuimos y todo lo que seremos.

Y el papá, desde donde esté, sonríe al ver que sus hijos, sus amigos, su familia, siguen escribiendo la historia de Los Pozos.

***

Recordatorio familiar escrito en febrero de 2026,

casi tres años después de aquel día memorable

miércoles, enero 28, 2026

El que llega a tiempo

  

Por Fernando Pequeño.

Construido con Claude IA, a partir de vivencia cotidiana; sobre los conceptos de 
"herida colonial"  y "herida neoliberal". 

La "herida colonial" se describe en el texto como una estructura tradicional de vínculos en la finca, arraigada en dinámicas de poder heredadas del colonialismo. Con este concepto busco emancipar y reconstruir mediante una presencia disruptiva y reflexiva, alterando el statu quo familiar y productivo. 
 
Esta herida se conecta con la "herida neoliberal", presentada como una lógica de capital extractivo que prioriza la eficiencia económica sobre la vida, manifestándose en patrones de negligencia como "llegar tarde" a emergencias (ej. muerte de la yegua por cólico), lo que genera pérdidas evitables de animales.
 
En las consecuencias para la protección del monte y el trabajo rural, ambas heridas convergen en políticas extractivistas que despojan el territorio: la colonial, al imponer jerarquías humanas sobre no humanos que ignoran ritmos ecológicos; la neoliberal, al acelerar la deforestación para monocultivos o ganadería intensiva, destruyendo hábitats del monte salteño y precarizando el trabajo rural mediante temporalidad y bajos salarios, afectando la vida de comunidades, animales y ecosistemas interdependientes.
 
 

Cuando Mateo volvió del pueblo esa tarde, traía en el bolsillo un billete arrugado y una certeza nueva: el dinero podía ser también una forma de decir "hasta aquí". No culpa, no degradación. Solo un límite claro, casi limpio. Había pagado por lo que quería sin disculparse, y por primera vez en mucho tiempo, se sintió dueño de su propio deseo.

Pero la claridad del pueblo se desvaneció al llegar a la finca.

La yegua había muerto de cólico en la madrugada. Nadie la había visto a tiempo. Nadie había estado cerca. Como siempre.

—Estas cosas pasan —dijo su hermano, sin levantar la vista del teléfono.

—Pasan porque nadie mira —respondió Mateo.

Su hermano alzó la cabeza entonces, con esa mezcla de cansancio y agresión que Mateo ya conocía bien. Era la misma expresión de cuando hablaban de los perros envenenados el año anterior, o de la vaca que se desangró sola en el potrero porque nadie chequeó la cerca. Siempre la misma estructura: llegar tarde, explicar que fue inevitable, seguir adelante.

—¿Y vos qué sabés? —escupió su hermano—. Venís dos días al mes y querés cambiar todo.

Mateo sintió la rabia trepar por su garganta, pero también algo más frío, más lúcido: su hermano tenía razón y no la tenía. Era cierto que él llegaba de afuera, que su presencia era intermitente. Pero también era cierto que cada vez que llegaba, algo se movía. Una pregunta incómoda. Una muerte que ya no podía ignorarse.

Su madre intervino desde la cocina, con esa voz que buscaba aplacar sin tomar partido:

—No empiecen, por favor.

Pero ya habían empezado hacía años. Desde que Mateo dejó de aceptar que "así son las cosas". Desde que comenzó a nombrar lo que veía: la tierra tratada como máquina, los animales como números, la gente del campo como piezas reemplazables. Una lógica heredada, antigua, que sangraba por todos lados pero se negaba a reconocer la herida.

Esa noche, Mateo salió a caminar por el terreno. La luna iluminaba los surcos vacíos, el galpón donde la yegua había muerto sola. Pensó en el billete arrugado de la mañana, en cómo había usado el dinero para trazar una frontera. Y se preguntó si podía hacer lo mismo aquí: establecer límites, decir "no más" sin esperar permiso.

Sabía que su familia lo vería como un intruso. Sabía que cada conversación sería una pelea, cada cambio, una afrenta. Pero también sabía que su sola presencia —esa presencia que preguntaba, que se negaba a llegar tarde— ya estaba fracturando algo.

No era el salvador. No era el hijo pródigo. Era, simplemente, el que se había atrevido a mirar de frente la herida y a decir su nombre: esto que llamamos progreso es, en realidad, abandono. Esto que llamamos tradición es, muchas veces, violencia naturalizada.

Volvió a la casa cuando ya amanecía. Su hermano dormía. Su madre preparaba café. Todo parecía igual, pero Mateo sabía que no lo era. Algo se había movido, aunque fuera apenas un milímetro.

Tomó el café en silencio y miró por la ventana el potrero donde la yegua ya no estaba.

—No voy a dejar de venir —dijo, más para sí mismo que para su madre.

Ella no respondió, pero tampoco fue necesario. Ambos sabían que esa era, quizás, la única forma de empezar: llegando. A tiempo.

martes, enero 27, 2026

Cuento corto. La Geometría del Deseo: entre Matias! y Carlos, y Marcelo. Transitando

 Por Fernando Pequeño.

Construido con Claude, a partir de notas como "oyente empático"
y las obras teóricas de Perlongher, Illouz y Zelizer. 

El concepto de "oyente empático" se define como un interlocutor cuya función principal no es solo recolectar información, sino guiar la conversación mediante preguntas que permitan al hablante desarrollar su historia con profundidad, ordenando el relato y facilitando la reflexión sobre sus propias vivencias. Este rol es fundamental en contextos donde el diálogo actúa como un dispositivo de reconocimiento y validación emocional.

Primera parte: Los territorios del hambre

Matías caminaba por la calle Balcarce calculando mentalmente el peso de las monedas en su bolsillo. Tres mil pesos. Suficiente para dos días de pieza, o cinco si dormía en el banco de la fundación. La matemática de la supervivencia era su única certeza en un mundo donde todo lo demás fluía sin anclas.

El mensaje llegó a las once de la noche: "¿Estás disponible? Te pago bien."

Era Carlos, el ingeniero. Hacía tres meses que no sabía de él.

Matías recordó la primera vez que lo conoció, en un café del centro. Carlos tenía cuarenta y cinco años, un departamento con vista al cerro, y una soledad que se palpaba como el polvo en el aire. La propuesta había sido clara: vivir juntos, tener todo lo necesario, a cambio de "compañía constante". Una palabra elegante para nombrar lo que los dos sabían que significaba.

Al principio pareció un acuerdo perfecto. Matías dejó de alquilar piezas por día. Comía tres veces. Tenía agua caliente todas las mañanas. Pero la balanza se inclinó rápido. Carlos quería sexo cada noche, a veces dos veces, con una insistencia que convertía el deseo en trabajo, y el trabajo en obligación. No había conversación, no había interés por lo que Matías pensaba o sentía. Solo el cuerpo, siempre el cuerpo.

"Era muy cargoso sexualmente", recordaba Matías. Como si su presencia fuera solo un instrumento, una herramienta para llenar el vacío de otro.

Una noche, después de negarse por tercera vez en la semana, Carlos fue directo: "Si no te interesa cumplir el trato, tal vez sea mejor que busques otro lugar."

Matías juntó sus cosas esa misma madrugada.

Ahora, el mensaje parpadeaba en la pantalla. "Te pago bien." La lógica transaccional había sido explícita desde el inicio. Perlongher habría visto en este vínculo la forma más pura del negocio del deseo: el dinero como excusa para que dos pulsiones se encuentren sin compromisos afectivos, sin nombres para lo innombrable. Carlos compraba no solo un cuerpo, sino la ilusión de una virilidad que Matías vendía con la precisión de quien ha aprendido que sobrevivir requiere convertir todo en mercancía.

Matías guardó el teléfono sin responder.

Segunda parte: El mapa de las afecciones

La fundación olía a mate cocido y a ropa lavada con jabón blanco. Matías llegó al mediodía, cuando el sol pegaba fuerte sobre el patio de tierra. Algunos compañeros fumaban en la sombra, otros dormían la siesta en las colchonetas del salón.

—Mati, ¿cómo andás? —le gritó el Toto desde el fondo.

—Tirando, hermano. ¿Vos?

—Acá, tratando de no cagarla.

Matías sonrió. El Toto estaba limpio hacía dos semanas, un récord para alguien que había vivido pegado al paco durante años. Era Matías quien le había hablado, quien le había mostrado que había otro camino.

"¿Cómo haces para comprar tu trabajo, amigo?", le había dicho una tarde. "Yo no me gasto en droga, me compro ropa. Mirá." Y le había mostrado las zapatillas nuevas, compradas con la plata de un cliente.

Esa tarde, mientras compartían unos mates, Matías recibió otro mensaje. Marcelo.

"Hola, Mati. ¿Querés venir a comer el domingo? Estamos haciendo asado."

El estómago se le hizo un nudo. Marcelo era otra cosa.

Lo había conocido seis meses después de dejar la casa de Carlos, cuando Matías había tocado fondo con las changas y necesitaba un lugar donde quedarse. Marcelo tenía cincuenta años, trabajaba en una empresa de logística, y vivía solo en una casa grande en el barrio Tres Cerritos.

Al principio fue lo mismo: un acuerdo tácito. Pero algo cambió a las pocas semanas. Marcelo cocinaba para los dos, le preguntaba cómo le había ido en el día, le presentó a sus hermanas. No había demandas sexuales constantes. Había risas. Había conversación hasta las dos de la mañana sobre la vida, sobre los miedos, sobre las ganas de ser alguien distinto.

Una noche, tres meses después de convivir, Matías le dijo que se iba.

—¿Por qué? —preguntó Marcelo con la voz quebrada.

—Porque no quiero que esto sea… lo que fue con el otro tipo.

—Pero esto no es eso, Mati. Yo… —Marcelo se detuvo, respiró hondo—. Yo estoy enamorado de vos. Me gustás mucho. Y no porque me debas algo. Porque sos vos.

Matías no supo qué decir. Nadie le había dicho algo así. Nadie había llorado por él de esa manera. Se fue igual, porque no sabía cómo quedarse sin sentir que tarde o temprano tendría que pagar con su cuerpo lo que recibía en afecto.

Zelizer lo habría explicado mejor que él: las relaciones humanas son siempre transacciones, pero no todas las transacciones son iguales. Con Carlos, el paquete relacional era claro: sexo por techo y comida, un intercambio donde la intimidad era solo un simulacro. Con Marcelo, las fronteras se habían vuelto porosas. El dinero no mediaba, pero sí el cuidado, la presencia, el tiempo compartido. Era lo que Zelizer llamaba "vidas conectadas": economía e intimidad entrelazadas de formas que no corrompen, sino que sostienen.

Matías respondió el mensaje: "Dale, voy."

Tercera parte: Territorios en disputa

El asado en lo de Marcelo fue incómodo al principio. Estaban las hermanas de Marcelo, un par de sobrinos, y Matías sintiéndose fuera de lugar. Pero Marcelo lo presentó sin titubeos.

—Él es Matías, un amigo muy importante para mí.

Las hermanas lo miraron con curiosidad, pero sin hostilidad. Durante la comida, hablaron de fútbol, de política, de cualquier cosa. Matías se permitió reír, relajarse. Cuando se fueron todos, se quedaron solos en el patio.

—Gracias por venir —dijo Marcelo.

—Gracias por invitarme.

—¿Cómo estás? ¿Necesitás algo?

Matías negó con la cabeza, pero Marcelo insistió.

—Si necesitás un lugar por unos días, sabés que podés venir. Sin condiciones.

La palabra resonó: sin condiciones. Matías sintió que algo se movía dentro de él, una tensión que había cargado durante años. El miedo a la vulnerabilidad, el miedo a necesitar, el miedo a que todo afecto escondiera una transacción.

—¿Por qué hacés esto? —preguntó Matías, genuinamente confundido.

—Porque me importás. Y porque sé que la estás pasando mal.

Esa noche, Matías durmió en el sillón de Marcelo. No hubo sexo. No hubo demandas. Solo una manta limpia y el silencio cómodo de dos personas que se entienden sin palabras.

Cuarta parte: La deriva y el anclaje

Los meses pasaron y Matías encontró un equilibrio extraño. Seguía haciendo changas, seguía alquilando piezas, seguía respondiendo ocasionalmente a clientes cuando el hambre apretaba. Pero Marcelo se había convertido en una constante, en un puerto al que volver cuando todo lo demás se volvía demasiado inestable.

Una tarde, mientras tomaban cerveza en el patio, Marcelo le preguntó:

—¿Alguna vez pensaste en dejar esto? Lo de los clientes, digo.

Matías se encogió de hombros.

—Es plata fácil. Y rápida.

—Pero también te cansa. Te veo cansado, Mati.

Era cierto. Matías estaba cansado de poner la mente en blanco, de vender una masculinidad que se suponía debía esconder cualquier rastro de vulnerabilidad. Illouz habría identificado aquí la paradoja del capitalismo emocional: Matías había aprendido a gestionar sus emociones como un recurso, a convertir su trauma en narrativa de resiliencia, a vender su competencia emocional junto con su cuerpo. Pero el costo era alto. La constante performance lo agotaba.

—A veces pienso que me gustaría otra cosa —admitió Matías—. Pero no sé qué.

—Empezá por pensar que merecés que te cuiden. No solo que te paguen.

Esa noche, Matías recibió otro mensaje de Carlos. "Necesito verte. Pago el doble de lo habitual."

Matías lo miró durante largo rato. Luego escribió: "No, gracias. Suerte."

Bloqueó el número.

Quinta parte: El devenir

Seis meses después, Matías había dejado de responder a la mayoría de los clientes. Todavía hacía changas, pero Marcelo le había conseguido un trabajo en la empresa de logística, en el depósito. No era mucho, pero era estable. Por primera vez en años, Matías tenía un sueldo que llegaba todos los meses.

Una noche, después de cenar juntos en la casa de Marcelo, Matías se animó a decir lo que llevaba semanas pensando.

—Creo que me gusta estar con vos. No como con los clientes. De verdad.

Marcelo sonrió, pero sin presionar.

—No tenés que decidir nada ahora, Mati. Podemos ir viendo.

—Es que… —Matías buscó las palabras—. Toda mi vida pensé que si me gustaban los tipos era solo por la plata, o por curiosidad. Pero con vos es distinto. Y me asusta.

—¿Por qué te asusta?

—Porque si acepto que me gusta, es como… dejar de ser quien era. Dejar de ser el hetero que solo hace esto por necesidad.

Marcelo se acercó y le puso una mano en el hombro.

—No dejás de ser nada, Mati. Solo te volvés más vos. Más completo.

Perlongher habría reconocido en este momento la superación de la deriva: Matías ya no necesitaba huir de las identidades fijas, ni esconderse detrás de la máscara del "miche-macho". Tampoco necesitaba anclar en una categoría rígida. Podía ser fluido sin que eso significara estar a la deriva. Podía desear sin que eso lo definiera por completo. Podía aceptar el afecto sin convertirlo en transacción.

—Quiero intentarlo —dijo Matías—. Pero sin apuros.

—Sin apuros —confirmó Marcelo.

Se besaron por primera vez sin que mediara un acuerdo, sin que hubiera dinero de por medio, sin que ninguno de los dos estuviera interpretando un papel.

Epílogo: La geometría posible

Un año después, Matías seguía trabajando en la empresa de logística. Marcelo y él no vivían juntos, pero se veían varias veces por semana. Matías mantenía su pieza alquilada, su espacio propio, porque había aprendido que la autonomía no era lo opuesto al afecto.

En la fundación, seguía siendo un referente. Había ayudado a cuatro personas a dejar el paco, y todos lo miraban como alguien que había logrado lo imposible: construir una vida desde las ruinas.

Una tarde, mientras compartía mate con el Toto, este le preguntó:

—¿Cómo hiciste, Mati? ¿Cómo saliste de todo eso?

Matías pensó en Carlos, en los años de vender su cuerpo como única estrategia de supervivencia. Pensó en Marcelo, en cómo había aprendido que el afecto podía existir sin condiciones. Pensó en sí mismo, en el niño de cinco años al que le pasó algo que nunca debió pasar, y en el hombre que había logrado convertir esa cicatriz en un motor para ayudar a otros.

—No salí solo —respondió—. Y no salí del todo. Pero aprendí que uno puede elegir con quién caminar. Y eso cambia todo.

El Toto asintió, sin entender del todo, pero confiando.

Esa noche, Matías cenó con Marcelo. Hablaron de sus planes para el fin de semana, de una película que querían ver, de nada y de todo. Cuando se despidieron, Matías sintió algo que hacía mucho no sentía: paz.

No era la ausencia de conflictos ni la certeza de un futuro perfecto. Era la posibilidad de habitar sus contradicciones sin destruirse en el intento. Era la geometría posible del deseo: no una línea recta, no un círculo perfecto, sino una figura irregular, asimétrica, pero suya.

Y eso, por primera vez, le bastaba.

lunes, enero 05, 2026

Mi Frontera Interior

 

Durante mucho tiempo pensé que mis heridas eran un secreto guardado bajo llave en el consultorio de mi analista. Creía que "Fernando", el hombre que intentaba reconciliarse con el fantasma de un padre difícil no tenía nada que ver con el "Fernando" que analiza políticas de seguridad o lucha por los Derechos Humanos. Hoy entiendo que estaba equivocado: mi acción política es la continuación de mi propia sanación.

Heredé una finca en Salta. Para muchos, es solo tierra; para mí, es el monumento a un mandato de hierro. Allí reinaba la ley de un padre que confundía masculinidad con dominio y posesión. Mi primer gran desafío político es íntimo: ¿cómo habitar esa tierra sin repetir la violencia? Decidí convertir la herencia en una reserva, en un espacio de cuidado. Al cuidar la naturaleza y a mis animales, realizo un acto de desobediencia creativa: dejo de ser el heredero del dolor para ser el autor de un nuevo relato. Si puedo cambiar la ley en mi propia casa, puedo cuestionar la ley en mi sociedad.

Esa "frontera" de la finca me llevó a mirar la frontera real, la de nuestro territorio. Allí veo reflejado el mismo autoritarismo que conocí en mi infancia: instituciones que operan bajo una lógica machista, que segregan lo diferente y que usan el poder para someter en lugar de proteger. Mi mirada sobre la seguridad no nace de los libros, nace de saber qué se siente vivir bajo un superyó que goza con el abuso.

Finalmente, mi historia se anuda con la de mi abuelo, Miguel Ragone. Su desaparición no es solo un dato histórico en un expediente; es un hueco en mi mesa familiar. Al luchar por su memoria, entiendo que no estoy solo cerrando un duelo personal, sino ayudando a que nuestra sociedad no repita el olvido. Lo que no se nombra, se repite. Por eso, escribir mi historia, cuidar mi tierra y defender la justicia son, en el fondo, el mismo acto de libertad.