domingo, marzo 15, 2026

La voz secuestrada

 

La voz secuestrada

Destierro simbólico, castración materna y la disputa por el legado en la finca familiar

Fernando Pequeño Ragone

"Quien no puede hablar en el banquete familiar

ya ha sido exiliado de su propio nombre."

— F.P.R., diario personal, marzo de 2026

Un almuerzo de domingo en el Paseo de los Poetas. Asado, familia, mi voz que se cierra en la garganta y no vuelve. En La voz secuestrada recorro décadas de historia familiar para desentrañar un nudo preciso: cómo la muerte de mi padre reorganizó el orden doméstico en beneficio de mi hermano patriarca, y cómo mi madre —sin saberlo ni quererlo— opera como guardiana de ese orden, destituyendo mi palabra cada vez que amenaza con diferenciarse. Con herramientas de Lacan y Bourdieu, trazo el recorrido desde el sentido de familia hasta la castración simbólica, y desde el habitus salteño hasta la disputa íntima por el legado en la tierra. Escribo porque no puedo hacer otra cosa. Y porque escribir es el único lugar donde todavía tengo voz.


I. La parálisis como punto de partida

Escribo esto porque no puedo hablar. No es metáfora ni figura retórica: es la constatación literal de lo que me ocurre esta tarde del domingo en que volví del Paseo de los Poetas con la garganta cerrada y la mente detenida en un punto que no logro rodear. Mi orgullo más íntimo siempre ha sido la voz. La velocidad con que el pensamiento se vuelve palabra, la síntesis que surge sin esfuerzo aparente, la potencia de decir en voz alta lo que siento y pienso casi al mismo tiempo en que lo genero. Ese flujo —ese ritmo— es el lugar donde me reconozco. Y esta tarde ese lugar no existe.

La parálisis no llegó de golpe. Se fue instalando durante el almuerzo, entre el olor del asado que tanto había querido y la voz de mi madre repitiendo una sentencia que ya conozco de memoria aunque nunca deje de dolerme. Cuando vuelvo a casa y me siento frente a la pantalla para escribir esto, entiendo que lo que me ha cerrado la garganta no es el asado, ni siquiera las palabras de ella. Es la estructura entera que esas palabras sostienen y reproducen: un orden familiar, regional y simbólico que me asigna un lugar de ineptitud, de agresividad mal contenida, de exceso emocional incompatible con la conducción. Un lugar, en definitiva, que no es mío pero que ella insiste en imponerme.

Este ensayo es mi intento de hablar lo que no pude balbucear. Es también un ejercicio de comprensión: quiero entender cómo llegué aquí, cómo se construyó este nudo que hoy me paraliza la voz, y qué fuerzas —psíquicas, familiares, históricas, regionales— operan en él. Para eso necesito ir hacia atrás, hacia ese tiempo en que todavía era posible creer que la familia tenía un sentido compartido, y rastrear el camino que llevó desde ese momento hasta la castración simbólica de esta tarde.

II. Del sentido de familia: el padre como eje y la ilusión de pertenencia

Hubo un tiempo en que la familia tenía un eje. Mi padre era ese eje: no porque fuera un hombre cálido ni particularmente disponible, sino porque su presencia organizaba el espacio simbólico de todos nosotros. Mientras él vivió, había un centro de gravedad alrededor del cual los demás podíamos orbitar con cierta coherencia. El Día del Padre de 2014, en la casa de la Pulo, fue uno de los momentos en que esa ilusión de familia se volvió tangible para mí. Un gesto mío —la camisa del shopping, mi regalo pequeño y calculado— fue recibido por él con un "gracias, hijo" que me pareció suficiente para recuperar algo que creía perdido. Fue ingenuo de mi parte, lo sé ahora. Pero la ingenuidad no elimina el valor de lo vivido: en ese instante, sentí que pertenecía.

La finca siempre fue el territorio concreto de ese sentido de familia. No solo tierra o propiedad: el espacio donde habitaban mi padre y mi abuelo, donde sus cuerpos habían dejado una impronta que yo podía rastrear y, en cierto modo, continuar. Plantar los mangos del abuelo, transformar la casa en un lugar habitable, pensar en una estructura de trabajo más justa: todo eso era —y sigue siendo— mi forma de habitar ese legado, de mantener vivo un vínculo con los hombres que me precedieron. No desde la reproducción automática de sus formas sino desde una reinterpretación ética. Eso me parecía imposible mientras él vivía.

Cuando mi padre muere, ese eje desaparece. Y lo que ocurre no es simplemente tristeza o duelo: es un reacomodamiento brutal del orden familiar que deja en evidencia cuánto de la cohesión que yo percibía era en realidad una ilusión mantenida por su presencia. Sin él, la familia no se reorganiza hacia algo nuevo: se fragmenta en la dirección del miedo. Mi hermana Adriana se retira hacia su propio núcleo. Rodrigo avanza hacia el centro del poder. Mi madre, que sin el padre pierde su referencia organizadora, hace lo único que sabe hacer ante la incertidumbre: aferrarse al orden conocido. Y el orden conocido tiene un nombre: el patriarca proveedor. El hijo que manda porque siempre lo hizo.

Lo que se desplaza entonces no es solo un rol familiar sino todo un sistema de significados. El sentido de familia que yo habitaba —imperfecto, tenso, pero real— deja de existir como posibilidad colectiva. Lo que queda es una estructura de poder en la que las posiciones ya están asignadas y no son negociables: Rodrigo conduce, yo no sé. Rodrigo conoce el oficio, yo no. Rodrigo tiene autoridad sobre la finca, yo tengo sentimientos inadecuados. Esta es la nueva gramática familiar que mi madre escribe y protege, y que hoy, en el Paseo de los Poetas, me fue aplicada con una precisión que me dejó mudo.

III. La castración simbólica: cuando la madre destituye al sujeto

En psicoanálisis, la castración no refiere a una mutilación sino a una operación simbólica por la cual el sujeto es separado de aquello que cree que lo completaría: el poder de nombrarse, de ser reconocido, de acceder al lugar que considera suyo en el deseo del Otro. La función castradora la ejerce, en la teoría clásica, el padre a través de la ley: es él quien interrumpe la fusión con la madre e introduce al sujeto en el orden simbólico, donde deberá encontrar su propio lugar por sus propias palabras y actos. Pero en mi caso la operación se invierte de manera perturbadora: es mi madre quien me castra, y lo hace en nombre de un padre que ya no está.

Lo que ocurre en el almuerzo de hoy es estructuralmente esto: yo presento una propuesta —una visión diferente sobre la finca, sobre cómo organizarla, sobre cómo habitarla— y mi madre la recibe, en principio, con cierto reconocimiento de que puede tener razón. Ese momento de apertura dura exactamente lo que dura antes de que llegue el "pero": pero tu hermano siempre fue el que entendió ese trabajo, pero vos te portaste mal con él al expresar tus sentimientos, pero así fue siempre. En ese "pero" está todo el mecanismo. Mi madre no niega lo que digo: me destituye a mí como sujeto capaz de decirlo. La diferencia es abismal. Si negara mis argumentos, podríamos debatir. Al destituir mi lugar de enunciación, cierra la posibilidad misma del debate.

Lacan hablaría aquí de la expulsión del orden simbólico. Al no encontrar un lugar para mi palabra en el discurso de la madre —al ser pintado como "agresivo e incapaz de hacerme entender"— mi psiquis ya no puede transformar pensamiento en habla. El balbuceo que siento en la garganta esta tarde es la forma que toma el cuerpo cuando el emisor ha sido invalidado. No es que no tenga qué decir: es que quien habla ha sido declarado incompetente para hablar, y esa declaración, viniendo de ella, activa en mí algo muy antiguo, muy anterior a este domingo.

Porque esta castración no es nueva. Es permanente, en el sentido de que se ha ido construyendo a lo largo de toda mi vida. Hay un patrón que reconozco con una claridad dolorosa: cada vez que me diferencio, cada vez que afirmo una posición propia que no cabe en el lugar que ella me asigna, la respuesta es la misma operación de destitución. No se me discute: se me descalifica. No se cuestiona lo que digo sino la forma en que lo digo. La forma siempre será inadecuada: demasiado emocional, demasiado agresiva, demasiado diferente al orden que Rodrigo encarna sin necesidad de hablar, sin necesidad de explicarse. Rodrigo manda con el silencio de quien ya tiene asignado su lugar. Yo me esfuerzo con la palabra y eso mismo —el esfuerzo, la visibilidad del proceso— se convierte en prueba de mi incompetencia.

Lo que mi madre proyecta sobre Rodrigo es la potencia: él es el Sujeto Supuesto Saber, en términos lacanianos; el que conoce el oficio, el que sabe cómo se hace. Lo que proyecta sobre mí es la vulnerabilidad enmascarada de agresividad. Esta distribución proyectiva no es inocente ni azarosa: es la forma en que ella gestiona su propio miedo. Somos, ella y yo, un calco en muchas cosas —incluido ese miedo al dinero, esa angustia de base que se filtra en todas las decisiones—, y precisamente por eso necesita colocarme del lado de lo que hay que controlar, no del lado de lo que puede conducir. Si yo pudiera conducir, si mi diferencia fuera reconocida como legítima, el orden que la protege a ella (en el centro mi hermano Rodrigo) de sus propios miedos; quedaría amenazado y ella se desestabilizaría.

IV. La guardiana del orden: madre, habitus salteño y la política del patrón

Sería un error reducir lo que me pasa a una dinámica puramente familiar, como si ocurriera en el vacío de una psicología privada. Lo que mi madre defiende cuando defiende a Rodrigo no es solo a su hijo: es un orden social, histórico y territorial que tiene nombre y dirección en el noroeste argentino. Es el habitus de la Salta rural: el sistema de creencias incorporadas, de disposiciones que se viven como naturales aunque sean producto de una historia de dominación muy específica. En ese habitus, la finca no es una propiedad abstracta sino el escenario de una jerarquía tan antigua que ya no necesita justificarse. El patrón manda. El peón trabaja. El que sabe es el que heredó el saber por la sangre y la práctica del mando. El que propone igualitarismo no es reformista: es ingenuo, o peor, es subversivo.

Bourdieu llamaría a esto una lucha por el capital simbólico dentro de un campo específico: el campo de la gestión de la tierra familiar. En ese campo, Rodrigo acumula capital simbólico de una sola forma: siendo el que manda sin preguntar, el que toma decisiones sin deliberar, el que encarna la continuidad del sistema paterno sin necesidad de cuestionarlo. Yo, en cambio, llego con un capital diferente —ético, cultural, reflexivo, informado por años de militancia en derechos humanos y justicia social— que en ese campo no vale nada. Más que no valer: activamente resta. Mi propuesta de pasar del sistema patrón-peón a algo más horizontal no es percibida como una mejora sino como una transgresión de la jerarquía natural que organiza el campo. Y mi madre, que ha pasado toda su vida dentro de ese campo y que no tiene herramientas para imaginarlo de otra manera, actúa como su guardiana más eficaz.

Aquí es donde el análisis tiene que ser cuidadoso: no se trata de que mi madre sea una persona mala o malintencionada. Se trata de algo más profundo y más difícil de confrontar. Ella no defiende a Rodrigo porque sea su preferido ni porque no me quiera: me quiere, estoy seguro de eso. Lo que defiende es el único sistema de coordenadas en que sabe moverse, el único mapa que tiene del mundo familiar y territorial. Cambiar ese mapa no sería solo aceptar mi propuesta sobre la finca: significaría poner en cuestión décadas de vida organizada bajo un principio de autoridad que le dio seguridad —aunque también le haya costado mucho—. Por eso su rigidez no es arbitraria ni caprichosa: es estructural. Es la rigidez de quien, al cambiar, sentiría que el piso desaparece.

Lo que me resulta más perturbador, en todo caso, es la función que mi madre cumple en la reproducción de ese orden sin que nadie se lo haya pedido explícitamente. No hay un acuerdo declarado entre ella y Rodrigo para mantenerme fuera del legado. No hay una conspiración. Lo que hay es algo mucho más eficaz: un habitus tan incorporado que opera solo, que se activa automáticamente cada vez que la estructura es amenazada. Cuando yo hablo, cuando propongo, cuando me diferencio, el habitus de mi madre lo procesa como amenaza y produce su respuesta: la destitución simbólica de mi palabra. No necesita pensar qué hace: ya lo sabe. Lo aprendió antes de poder reflexionarlo.

Esta operación tiene, además, una dimensión específicamente de género que no puedo ignorar. En el contexto salteño, la masculinidad legítima —la que da derecho a conducir— es la masculinidad del proveedor silencioso, del que manda sin explicar, del que trabaja sin quejarse y sin teorizar. Rodrigo encarna esa masculinidad de manera perfecta, incluso en su versión más problemática: una familia que no lo acompaña, una presencia que se ejerce como poder sin afecto visible, una autoridad que no necesita ganarse porque ya viene dada por el orden. Yo, en cambio, represento lo que ese modelo de masculinidad considera debilidad: hablo de mis sentimientos, propongo cambios, pido que las cosas se digan, necesito que el trabajo en la finca tenga una dimensión ética y no solo funcional. Mi madre, al descalificar esa forma de ser hombre como "agresiva" o "incapaz de hacerse entender", refuerza sin saberlo el único modelo de masculinidad que el campo reconoce como apto para la conducción. Y al hacerlo, me expulsa del legado del padre por la vía de la virilidad mal cumplida.

El Paseo de los Poetas, ese nombre que evoca cultura y palabra pública, se convierte esta tarde en el escenario de mi exclusión más íntima. El asado —ritual de comunión, de familia, de masculinidad compartida en el fuego— se me vuelve atragantamiento. La metáfora es perfecta: no puedo digerir la ley materna que me destituye, y el cuerpo lo dice de la manera más directa posible. El espacio de encuentro se convierte en espacio de exclusión. El ritual de unión se convierte en ceremonia de separación. Lo que debía ser un domingo de familia ordinaria se vuelve el punto donde la estructura se muestra con toda su brutalidad.

V. La ambivalencia del vínculo: entre el miedo a perderla y el miedo a permanecer

Aquí está el nudo más difícil de desatar. Podría simplificar y decir que mi madre me hace daño y que debo separarme. Pero eso sería ignorar la textura real de lo que me pasa, que es mucho más complicada y mucho más dolorosa. No solo me angustia lo que ella hace: me angustia también la idea de perderla. Me angustia el domingo sin el almuerzo, la finca sin el gesto de intentar encontrarnos, el mundo donde la separación se vuelve definitiva y yo me quedo del otro lado de una frontera que yo mismo crucé. Ese miedo no es irracionalidad: es el rastro de una dependencia que se construyó durante décadas y que tiene raíces en algo que todavía necesito de ella, aunque ya no sepa nombrar exactamente qué.

En términos psicoanalíticos, esta ambivalencia tiene un nombre preciso: el vínculo simbiótico con el objeto necesitado y odiado al mismo tiempo. Mi madre es, para mí, simultáneamente la que me da y la que me quita. La que me reconoce y la que me destituye. La que me quiere y la que, al quererme, me paraliza. No puedo simplemente odiarla o simplemente amarla: la experimento en esa tensión permanente, y esa tensión es la que hoy me impide hablar, porque hablar implicaría tomar posición, y tomar posición implicaría correr el riesgo de perderla. El silencio del balbuceo es, también, una forma de no elegir. Una forma de mantener el vínculo en suspenso, de no forzar el punto de quiebre.

Pero hay otro miedo que convive con el anterior y que esta tarde siento con igual intensidad: el miedo a seguir así. El miedo a que la dependencia me consuma, a que la búsqueda de su aprobación siga organizando mis movimientos en la finca, mis propuestas sobre la tierra, mi relación con Rodrigo y con el legado del padre. El miedo a que el año que viene, y el siguiente, yo siga llegando al almuerzo del domingo con esperanzas de ser reconocido y volviendo con la garganta cerrada. Ese miedo es el que me dice que algo tiene que cambiar, aunque no sepa todavía exactamente qué ni cómo.

Ogden describiría este diario como un espacio co-soñador: el lugar donde el yo sobrevive a la devaluación, donde el pensamiento que no puede hacerse palabra oral encuentra un contenedor que impide la desintegración psíquica. Escribo porque si no escribo el silencio me borra. Y hay algo profundamente verdadero en eso: en este momento, la escritura es el único lugar donde existo con pleno derecho, donde nadie puede declararme incompetente para hablar. Aquí, en este texto, soy el sujeto que sabe lo que le pasa. Aquí, nadie puede quitarme la voz.

VI. Habitar el legado: la finca como cuerpo del padre y territorio de disputa

La finca no es solo tierra. Eso lo sé desde siempre, aunque no siempre haya podido decirlo con esta claridad. La finca es el cuerpo del padre y del abuelo: el espacio donde ellos dejaron una impronta que puedo tocar, oler, caminar. Cuando pienso en la posibilidad de transformarla —de hacerla habitable, de plantar los mangos del abuelo, de construir un sistema de trabajo donde nadie esté sometido a nadie— no estoy proponiendo solo una reforma agraria doméstica. Estoy proponiendo una forma de identificación con esa línea masculina que me precede, pero desde una ética propia, desde una diferencia que no niega el origen sino que lo reinterpreta.

Lo que mi madre hace al entregar a Rodrigo las llaves de la finca —metafórica y literalmente— es cerrarme el acceso a ese cuerpo. No puedo habitar el legado del padre si el guardián del territorio es quien me niega la entrada. Y esa negación es también, en el fondo, una forma de borrarme de la historia familiar: si Rodrigo conduce y yo no sé, entonces la finca es de él, el legado es de él, el nombre del padre y del abuelo es de él. Yo soy un visitante, un intruso que viene con ideas inadecuadas y sentimientos que molestan. Esta es la consecuencia más profunda de la castración simbólica: no solo me quita la voz en la conversación de hoy, sino que me quita el lugar en la historia de los que vinieron antes.

Y sin embargo, vuelvo. Cada vez que armo energías y me propongo ir a la finca, cada vez que pienso en los mangos y en las cabañas y en el sistema cooperativo, estoy resistiendo ese borrado. Estoy diciéndole a la estructura que todavía existo, que todavía tengo derecho a ese territorio, que el legado del padre no se agota en la figura del patriarca proveedor. Esta resistencia es la que hoy se desmorona cuando vuelvo del almuerzo: la angustia y la parálisis son también el colapso temporal de esa energía de resistencia. Pero colapso no es derrota definitiva. O al menos, en esta tarde de domingo, necesito creer que no lo es.

VII. Escribir como acto de existencia

Termino aquí donde empecé: con la voz secuestrada y la escritura como único espacio donde todavía puedo habitar. Este ensayo no es una solución ni un plan de acción: es un intento de comprender lo que me pasa antes de decidir qué hacer con ello. Entender que la castración es materna y permanente, y no solo el efecto de este domingo, me ayuda a no confundir la causa con el síntoma. Entender que mi madre actúa como guardiana de un habitus salteño que va mucho más allá de su voluntad personal me ayuda a no reducir lo que hay entre nosotros a una maldad privada ni a una crueldad deliberada. Y entender que el miedo a la separación y el miedo a la dependencia son los dos polos de la misma ambivalencia me ayuda a no huir precipitadamente hacia ninguno de los dos extremos.

Lo que sí puedo decir, después de escribir todo esto, es que el problema no está en mis sentimientos ni en mi forma de expresarlos. El problema está en una estructura que no tiene herramientas para procesar la diferencia y que solo puede gestionar lo que la amenaza mediante la destitución de quien la porta. Esa estructura no es solo familiar: es regional, histórica, política. Y yo no voy a cambiarla por el solo hecho de comprenderla. Pero comprenderla me da algo que esta tarde no tenía: palabras. Y las palabras, aunque lleguen tarde y en silencio y en un texto que solo yo leeré por ahora, son el comienzo de todo lo que todavía me falta hacer.

Quiero habitar la tierra de mi padre. Quiero encontrarme con mi hermano, aunque hoy no pueda imaginar cómo. Quiero que mi madre pueda reconocer mi diferencia sin necesitar destituirme para tolerarla. Y quiero, sobre todo, dejar de necesitar su aprobación para saber que existo y que lo que digo tiene valor. Ese es el trabajo que este ensayo señala y que va mucho más allá de él.

F.P.R.

Salta, marzo de 2026

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