La voz secuestrada
Destierro simbólico, castración materna
y la disputa por el legado en la finca familiar
Fernando Pequeño Ragone
"Quien no puede hablar en el
banquete familiar
ya ha sido exiliado de su propio
nombre."
— F.P.R., diario personal, marzo de 2026
Un almuerzo
de domingo en el Paseo de los Poetas. Asado, familia, mi voz que se cierra en
la garganta y no vuelve. En La voz secuestrada recorro décadas
de historia familiar para desentrañar un nudo preciso: cómo la muerte de mi
padre reorganizó el orden doméstico en beneficio de mi hermano patriarca, y
cómo mi madre —sin saberlo ni quererlo— opera como guardiana de ese orden,
destituyendo mi palabra cada vez que amenaza con diferenciarse. Con
herramientas de Lacan y Bourdieu, trazo el recorrido desde el sentido de
familia hasta la castración simbólica, y desde el habitus salteño hasta la
disputa íntima por el legado en la tierra. Escribo porque no puedo hacer otra
cosa. Y porque escribir es el único lugar donde todavía tengo voz.
I. La parálisis como punto de partida
Escribo esto
porque no puedo hablar. No es metáfora ni figura retórica: es la constatación
literal de lo que me ocurre esta tarde del domingo en que volví del Paseo de
los Poetas con la garganta cerrada y la mente detenida en un punto que no logro
rodear. Mi orgullo más íntimo siempre ha sido la voz. La velocidad con que el
pensamiento se vuelve palabra, la síntesis que surge sin esfuerzo aparente, la
potencia de decir en voz alta lo que siento y pienso casi al mismo tiempo en
que lo genero. Ese flujo —ese ritmo— es el lugar donde me reconozco. Y esta
tarde ese lugar no existe.
La parálisis
no llegó de golpe. Se fue instalando durante el almuerzo, entre el olor del
asado que tanto había querido y la voz de mi madre repitiendo una sentencia que
ya conozco de memoria aunque nunca deje de dolerme. Cuando vuelvo a casa y me
siento frente a la pantalla para escribir esto, entiendo que lo que me ha
cerrado la garganta no es el asado, ni siquiera las palabras de ella. Es la
estructura entera que esas palabras sostienen y reproducen: un orden familiar,
regional y simbólico que me asigna un lugar de ineptitud, de agresividad mal
contenida, de exceso emocional incompatible con la conducción. Un lugar, en
definitiva, que no es mío pero que ella insiste en imponerme.
Este ensayo
es mi intento de hablar lo que no pude balbucear. Es también un ejercicio de
comprensión: quiero entender cómo llegué aquí, cómo se construyó este nudo que
hoy me paraliza la voz, y qué fuerzas —psíquicas, familiares, históricas,
regionales— operan en él. Para eso necesito ir hacia atrás, hacia ese tiempo en
que todavía era posible creer que la familia tenía un sentido compartido, y
rastrear el camino que llevó desde ese momento hasta la castración simbólica de
esta tarde.
II. Del sentido de familia: el padre como eje y la ilusión de pertenencia
Hubo un
tiempo en que la familia tenía un eje. Mi padre era ese eje: no porque fuera un
hombre cálido ni particularmente disponible, sino porque su presencia
organizaba el espacio simbólico de todos nosotros. Mientras él vivió, había un
centro de gravedad alrededor del cual los demás podíamos orbitar con cierta
coherencia. El Día del Padre de 2014, en la casa de la Pulo, fue uno de los
momentos en que esa ilusión de familia se volvió tangible para mí. Un gesto mío
—la camisa del shopping, mi regalo pequeño y calculado— fue recibido por él con
un "gracias, hijo" que me pareció suficiente para recuperar algo que
creía perdido. Fue ingenuo de mi parte, lo sé ahora. Pero la ingenuidad no
elimina el valor de lo vivido: en ese instante, sentí que pertenecía.
La finca
siempre fue el territorio concreto de ese sentido de familia. No solo tierra o
propiedad: el espacio donde habitaban mi padre y mi abuelo, donde sus cuerpos
habían dejado una impronta que yo podía rastrear y, en cierto modo, continuar.
Plantar los mangos del abuelo, transformar la casa en un lugar habitable,
pensar en una estructura de trabajo más justa: todo eso era —y sigue siendo— mi
forma de habitar ese legado, de mantener vivo un vínculo con los hombres que me
precedieron. No desde la reproducción automática de sus formas sino desde una
reinterpretación ética. Eso me parecía imposible mientras él vivía.
Cuando mi
padre muere, ese eje desaparece. Y lo que ocurre no es simplemente tristeza o
duelo: es un reacomodamiento brutal del orden familiar que deja en evidencia
cuánto de la cohesión que yo percibía era en realidad una ilusión mantenida por
su presencia. Sin él, la familia no se reorganiza hacia algo nuevo: se
fragmenta en la dirección del miedo. Mi hermana Adriana se retira hacia su
propio núcleo. Rodrigo avanza hacia el centro del poder. Mi madre, que sin el
padre pierde su referencia organizadora, hace lo único que sabe hacer ante la
incertidumbre: aferrarse al orden conocido. Y el orden conocido tiene un
nombre: el patriarca proveedor. El hijo que manda porque siempre lo hizo.
Lo que se
desplaza entonces no es solo un rol familiar sino todo un sistema de
significados. El sentido de familia que yo habitaba —imperfecto, tenso, pero
real— deja de existir como posibilidad colectiva. Lo que queda es una
estructura de poder en la que las posiciones ya están asignadas y no son
negociables: Rodrigo conduce, yo no sé. Rodrigo conoce el oficio, yo no.
Rodrigo tiene autoridad sobre la finca, yo tengo sentimientos inadecuados. Esta
es la nueva gramática familiar que mi madre escribe y protege, y que hoy, en el
Paseo de los Poetas, me fue aplicada con una precisión que me dejó mudo.
III. La castración simbólica: cuando la madre destituye al sujeto
En
psicoanálisis, la castración no refiere a una mutilación sino a una operación
simbólica por la cual el sujeto es separado de aquello que cree que lo
completaría: el poder de nombrarse, de ser reconocido, de acceder al lugar que
considera suyo en el deseo del Otro. La función castradora la ejerce, en la
teoría clásica, el padre a través de la ley: es él quien interrumpe la fusión
con la madre e introduce al sujeto en el orden simbólico, donde deberá
encontrar su propio lugar por sus propias palabras y actos. Pero en mi caso la
operación se invierte de manera perturbadora: es mi madre quien me castra, y lo
hace en nombre de un padre que ya no está.
Lo que
ocurre en el almuerzo de hoy es estructuralmente esto: yo presento una
propuesta —una visión diferente sobre la finca, sobre cómo organizarla, sobre
cómo habitarla— y mi madre la recibe, en principio, con cierto reconocimiento
de que puede tener razón. Ese momento de apertura dura exactamente lo que dura
antes de que llegue el "pero": pero tu hermano siempre fue el que
entendió ese trabajo, pero vos te portaste mal con él al expresar tus
sentimientos, pero así fue siempre. En ese "pero" está todo el mecanismo.
Mi madre no niega lo que digo: me destituye a mí como sujeto capaz de decirlo.
La diferencia es abismal. Si negara mis argumentos, podríamos debatir. Al
destituir mi lugar de enunciación, cierra la posibilidad misma del debate.
Lacan
hablaría aquí de la expulsión del orden simbólico. Al no encontrar un lugar
para mi palabra en el discurso de la madre —al ser pintado como "agresivo
e incapaz de hacerme entender"— mi psiquis ya no puede transformar
pensamiento en habla. El balbuceo que siento en la garganta esta tarde es la
forma que toma el cuerpo cuando el emisor ha sido invalidado. No es que no
tenga qué decir: es que quien habla ha sido declarado incompetente para hablar,
y esa declaración, viniendo de ella, activa en mí algo muy antiguo, muy
anterior a este domingo.
Porque esta
castración no es nueva. Es permanente, en el sentido de que se ha ido
construyendo a lo largo de toda mi vida. Hay un patrón que reconozco con una
claridad dolorosa: cada vez que me diferencio, cada vez que afirmo una posición
propia que no cabe en el lugar que ella me asigna, la respuesta es la misma
operación de destitución. No se me discute: se me descalifica. No se cuestiona
lo que digo sino la forma en que lo digo. La forma siempre será inadecuada:
demasiado emocional, demasiado agresiva, demasiado diferente al orden que
Rodrigo encarna sin necesidad de hablar, sin necesidad de explicarse. Rodrigo
manda con el silencio de quien ya tiene asignado su lugar. Yo me esfuerzo con
la palabra y eso mismo —el esfuerzo, la visibilidad del proceso— se convierte
en prueba de mi incompetencia.
Lo que mi
madre proyecta sobre Rodrigo es la potencia: él es el Sujeto Supuesto Saber, en
términos lacanianos; el que conoce el oficio, el que sabe cómo se hace. Lo que
proyecta sobre mí es la vulnerabilidad enmascarada de agresividad. Esta
distribución proyectiva no es inocente ni azarosa: es la forma en que ella
gestiona su propio miedo. Somos, ella y yo, un calco en muchas cosas —incluido
ese miedo al dinero, esa angustia de base que se filtra en todas las
decisiones—, y precisamente por eso necesita colocarme del lado de lo que hay
que controlar, no del lado de lo que puede conducir. Si yo pudiera conducir, si
mi diferencia fuera reconocida como legítima, el orden que la protege a ella (en
el centro mi hermano Rodrigo) de sus propios miedos; quedaría amenazado y ella
se desestabilizaría.
IV. La guardiana del orden: madre, habitus salteño y la política del patrón
Sería un
error reducir lo que me pasa a una dinámica puramente familiar, como si
ocurriera en el vacío de una psicología privada. Lo que mi madre defiende
cuando defiende a Rodrigo no es solo a su hijo: es un orden social, histórico y
territorial que tiene nombre y dirección en el noroeste argentino. Es el
habitus de la Salta rural: el sistema de creencias incorporadas, de
disposiciones que se viven como naturales aunque sean producto de una historia
de dominación muy específica. En ese habitus, la finca no es una propiedad
abstracta sino el escenario de una jerarquía tan antigua que ya no necesita
justificarse. El patrón manda. El peón trabaja. El que sabe es el que heredó el
saber por la sangre y la práctica del mando. El que propone igualitarismo no es
reformista: es ingenuo, o peor, es subversivo.
Bourdieu
llamaría a esto una lucha por el capital simbólico dentro de un campo
específico: el campo de la gestión de la tierra familiar. En ese campo, Rodrigo
acumula capital simbólico de una sola forma: siendo el que manda sin preguntar,
el que toma decisiones sin deliberar, el que encarna la continuidad del sistema
paterno sin necesidad de cuestionarlo. Yo, en cambio, llego con un capital
diferente —ético, cultural, reflexivo, informado por años de militancia en
derechos humanos y justicia social— que en ese campo no vale nada. Más que no
valer: activamente resta. Mi propuesta de pasar del sistema patrón-peón a algo
más horizontal no es percibida como una mejora sino como una transgresión de la
jerarquía natural que organiza el campo. Y mi madre, que ha pasado toda su vida
dentro de ese campo y que no tiene herramientas para imaginarlo de otra manera,
actúa como su guardiana más eficaz.
Aquí es
donde el análisis tiene que ser cuidadoso: no se trata de que mi madre sea una
persona mala o malintencionada. Se trata de algo más profundo y más difícil de
confrontar. Ella no defiende a Rodrigo porque sea su preferido ni porque no me
quiera: me quiere, estoy seguro de eso. Lo que defiende es el único sistema de
coordenadas en que sabe moverse, el único mapa que tiene del mundo familiar y
territorial. Cambiar ese mapa no sería solo aceptar mi propuesta sobre la
finca: significaría poner en cuestión décadas de vida organizada bajo un
principio de autoridad que le dio seguridad —aunque también le haya costado
mucho—. Por eso su rigidez no es arbitraria ni caprichosa: es estructural. Es
la rigidez de quien, al cambiar, sentiría que el piso desaparece.
Lo que me
resulta más perturbador, en todo caso, es la función que mi madre cumple en la
reproducción de ese orden sin que nadie se lo haya pedido explícitamente. No
hay un acuerdo declarado entre ella y Rodrigo para mantenerme fuera del legado.
No hay una conspiración. Lo que hay es algo mucho más eficaz: un habitus tan
incorporado que opera solo, que se activa automáticamente cada vez que la
estructura es amenazada. Cuando yo hablo, cuando propongo, cuando me
diferencio, el habitus de mi madre lo procesa como amenaza y produce su
respuesta: la destitución simbólica de mi palabra. No necesita pensar qué hace:
ya lo sabe. Lo aprendió antes de poder reflexionarlo.
Esta
operación tiene, además, una dimensión específicamente de género que no puedo
ignorar. En el contexto salteño, la masculinidad legítima —la que da derecho a
conducir— es la masculinidad del proveedor silencioso, del que manda sin
explicar, del que trabaja sin quejarse y sin teorizar. Rodrigo encarna esa
masculinidad de manera perfecta, incluso en su versión más problemática: una
familia que no lo acompaña, una presencia que se ejerce como poder sin afecto
visible, una autoridad que no necesita ganarse porque ya viene dada por el
orden. Yo, en cambio, represento lo que ese modelo de masculinidad considera
debilidad: hablo de mis sentimientos, propongo cambios, pido que las cosas se
digan, necesito que el trabajo en la finca tenga una dimensión ética y no solo
funcional. Mi madre, al descalificar esa forma de ser hombre como
"agresiva" o "incapaz de hacerse entender", refuerza sin
saberlo el único modelo de masculinidad que el campo reconoce como apto para la
conducción. Y al hacerlo, me expulsa del legado del padre por la vía de la
virilidad mal cumplida.
El Paseo de
los Poetas, ese nombre que evoca cultura y palabra pública, se convierte esta
tarde en el escenario de mi exclusión más íntima. El asado —ritual de comunión,
de familia, de masculinidad compartida en el fuego— se me vuelve
atragantamiento. La metáfora es perfecta: no puedo digerir la ley materna que
me destituye, y el cuerpo lo dice de la manera más directa posible. El espacio
de encuentro se convierte en espacio de exclusión. El ritual de unión se
convierte en ceremonia de separación. Lo que debía ser un domingo de familia
ordinaria se vuelve el punto donde la estructura se muestra con toda su
brutalidad.
V. La ambivalencia del vínculo: entre el miedo a perderla y el miedo a
permanecer
Aquí está el
nudo más difícil de desatar. Podría simplificar y decir que mi madre me hace
daño y que debo separarme. Pero eso sería ignorar la textura real de lo que me
pasa, que es mucho más complicada y mucho más dolorosa. No solo me angustia lo
que ella hace: me angustia también la idea de perderla. Me angustia el domingo
sin el almuerzo, la finca sin el gesto de intentar encontrarnos, el mundo donde
la separación se vuelve definitiva y yo me quedo del otro lado de una frontera
que yo mismo crucé. Ese miedo no es irracionalidad: es el rastro de una
dependencia que se construyó durante décadas y que tiene raíces en algo que
todavía necesito de ella, aunque ya no sepa nombrar exactamente qué.
En términos
psicoanalíticos, esta ambivalencia tiene un nombre preciso: el vínculo
simbiótico con el objeto necesitado y odiado al mismo tiempo. Mi madre es, para
mí, simultáneamente la que me da y la que me quita. La que me reconoce y la que
me destituye. La que me quiere y la que, al quererme, me paraliza. No puedo
simplemente odiarla o simplemente amarla: la experimento en esa tensión
permanente, y esa tensión es la que hoy me impide hablar, porque hablar
implicaría tomar posición, y tomar posición implicaría correr el riesgo de
perderla. El silencio del balbuceo es, también, una forma de no elegir. Una
forma de mantener el vínculo en suspenso, de no forzar el punto de quiebre.
Pero hay
otro miedo que convive con el anterior y que esta tarde siento con igual
intensidad: el miedo a seguir así. El miedo a que la dependencia me consuma, a
que la búsqueda de su aprobación siga organizando mis movimientos en la finca,
mis propuestas sobre la tierra, mi relación con Rodrigo y con el legado del
padre. El miedo a que el año que viene, y el siguiente, yo siga llegando al
almuerzo del domingo con esperanzas de ser reconocido y volviendo con la
garganta cerrada. Ese miedo es el que me dice que algo tiene que cambiar,
aunque no sepa todavía exactamente qué ni cómo.
Ogden
describiría este diario como un espacio co-soñador: el lugar donde el yo
sobrevive a la devaluación, donde el pensamiento que no puede hacerse palabra
oral encuentra un contenedor que impide la desintegración psíquica. Escribo
porque si no escribo el silencio me borra. Y hay algo profundamente verdadero
en eso: en este momento, la escritura es el único lugar donde existo con pleno
derecho, donde nadie puede declararme incompetente para hablar. Aquí, en este
texto, soy el sujeto que sabe lo que le pasa. Aquí, nadie puede quitarme la
voz.
VI. Habitar el legado: la finca como cuerpo del padre y territorio de
disputa
La finca no
es solo tierra. Eso lo sé desde siempre, aunque no siempre haya podido decirlo
con esta claridad. La finca es el cuerpo del padre y del abuelo: el espacio
donde ellos dejaron una impronta que puedo tocar, oler, caminar. Cuando pienso
en la posibilidad de transformarla —de hacerla habitable, de plantar los mangos
del abuelo, de construir un sistema de trabajo donde nadie esté sometido a
nadie— no estoy proponiendo solo una reforma agraria doméstica. Estoy
proponiendo una forma de identificación con esa línea masculina que me precede,
pero desde una ética propia, desde una diferencia que no niega el origen sino
que lo reinterpreta.
Lo que mi
madre hace al entregar a Rodrigo las llaves de la finca —metafórica y
literalmente— es cerrarme el acceso a ese cuerpo. No puedo habitar el legado
del padre si el guardián del territorio es quien me niega la entrada. Y esa
negación es también, en el fondo, una forma de borrarme de la historia
familiar: si Rodrigo conduce y yo no sé, entonces la finca es de él, el legado
es de él, el nombre del padre y del abuelo es de él. Yo soy un visitante, un
intruso que viene con ideas inadecuadas y sentimientos que molestan. Esta es la
consecuencia más profunda de la castración simbólica: no solo me quita la voz
en la conversación de hoy, sino que me quita el lugar en la historia de los que
vinieron antes.
Y sin
embargo, vuelvo. Cada vez que armo energías y me propongo ir a la finca, cada
vez que pienso en los mangos y en las cabañas y en el sistema cooperativo,
estoy resistiendo ese borrado. Estoy diciéndole a la estructura que todavía
existo, que todavía tengo derecho a ese territorio, que el legado del padre no
se agota en la figura del patriarca proveedor. Esta resistencia es la que hoy
se desmorona cuando vuelvo del almuerzo: la angustia y la parálisis son
también el colapso temporal de esa energía de resistencia. Pero colapso no
es derrota definitiva. O al menos, en esta tarde de domingo, necesito creer que
no lo es.
VII. Escribir como acto de existencia
Termino aquí
donde empecé: con la voz secuestrada y la escritura como único espacio donde
todavía puedo habitar. Este ensayo no es una solución ni un plan de acción: es
un intento de comprender lo que me pasa antes de decidir qué hacer con ello. Entender
que la castración es materna y permanente, y no solo el efecto de este domingo,
me ayuda a no confundir la causa con el síntoma. Entender que mi madre
actúa como guardiana de un habitus salteño que va mucho más allá de su voluntad
personal me ayuda a no reducir lo que hay entre nosotros a una maldad privada
ni a una crueldad deliberada. Y entender que el miedo a la separación y el
miedo a la dependencia son los dos polos de la misma ambivalencia me ayuda a no
huir precipitadamente hacia ninguno de los dos extremos.
Lo que sí
puedo decir, después de escribir todo esto, es que el problema no está en mis
sentimientos ni en mi forma de expresarlos. El problema está en una
estructura que no tiene herramientas para procesar la diferencia y que solo
puede gestionar lo que la amenaza mediante la destitución de quien la porta.
Esa estructura no es solo familiar: es regional, histórica, política. Y yo no
voy a cambiarla por el solo hecho de comprenderla. Pero comprenderla me da algo
que esta tarde no tenía: palabras. Y las palabras, aunque lleguen tarde y en
silencio y en un texto que solo yo leeré por ahora, son el comienzo de todo lo
que todavía me falta hacer.
Quiero
habitar la tierra de mi padre. Quiero encontrarme con mi hermano, aunque hoy no
pueda imaginar cómo. Quiero que mi madre pueda reconocer mi diferencia sin
necesitar destituirme para tolerarla. Y quiero, sobre todo, dejar de necesitar
su aprobación para saber que existo y que lo que digo tiene valor. Ese es el
trabajo que este ensayo señala y que va mucho más allá de él.
F.P.R.
Salta, marzo de 2026

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