martes, julio 14, 2026

Habitarlo al padre

 

Habitarlo al padre

Cuerpo, nombre y territorio en el umbral de la finca

Ensayo íntimo 


Hay días de trabajo en el campo que terminan siendo, sin buscarlo, un ajuste de cuentas con el padre muerto. Este ensayo nace de una sola caminata junto a una represa recién construida y se despliega en ocho capas que no se resuelven, sino que se sostienen en tensión: el lenguaje como forma de posesión territorial, el secreto como ética del cuidado y no como complicidad con el ocultamiento, la coherencia exigente entre lo que se denuncia por escrito y lo que se hace en el cuerpo a cuerpo del monte, un poder que se construye sin repetir el mando patriarcal heredado, y un deseo que elige la insinuación por sobre el avance. Todo converge en una frase que le da título al texto —habitarlo al padre— donde la tierra deja de ser herencia disputada para volverse cuerpo transitable de la memoria paterna. Un legado que no se mide en hectáreas, sino en la distancia que cada quien logra recorrer hacia su propia diferencia.

Contenidos

Introducción

I.La lengua que no manejo: nombrar el monte desde afuera

II. El secreto que protege: triangular para resguardar, no para dominar

III.La coherencia bajo sospecha: el asedio teórico y la trinchera del monte

IV.“Ese juego es absolutamente mío”: el orgullo de hacerme aparecer

V.La orden que no alcanza: coordinar sin patriarcado

VI.La camioneta y el potrero: el deseo que se sostiene sin consumarse

VII.Habitarlo al padre

VIII.La tríada ética y la ansiedad que queda pendiente

Conclusión:el legado que se siembra caminando

 

Introducción

Hay entradas del diario que se limitan a registrar un día, y hay entradas que, sin proponérselo del todo, condensan cuarenta años. La de hoy —parado en el borde de una represa nueva, en el pastizal de la finca familiar, con el zigzag del alambre mordiendo el monte y el motor de la camioneta todavía tibio— pertenece a la segunda especie. No es un simple parte de campo. Es un nudo. Y como todo nudo en la escritura personalísima, no se desata: se habita, se recorre, se lo deja mostrar sus vueltas.

El documento analítico que construí junto al dispositivo psicoanalítico-antropológico que vengo entrenando sobre mi propio archivo no es, para mí, un espejo neutro. Es una prótesis de lectura, una segunda mirada entrenada en teoría social y clínica, que me devuelve mi propia voz filtrada por una gramática teórica. Lo que quiero hacer en este ensayo no es repetir esa lectura ni parafrasearla: quiero apropiármela, digerirla, y devolverla convertida en algo mío —en el mismo gesto con que hoy caminé una picada del monte sin conocer todavía los nombres criollos del lugar, y sin embargo empecé a nombrarlo a mi manera.

Escribo, entonces, sobre una sola jornada que en realidad son varias capas superpuestas: el lenguaje como territorio en disputa, el secreto como forma de cuidado, la coherencia entre lo que denuncio en mis ensayos y lo que hago en el campo, el orgullo de un juego que armé yo solo, la arquitectura de un poder que no necesita el mando de mi hermano ni el mando de mi padre, el deseo que se sostiene sin consumarse en el cuerpo de otro hombre, y finalmente la frase que todo lo resume y que le da nombre a este ensayo: habitarlo al padre. Voy por partes, como me pedí a mí mismo al dictar el audio. Pero las partes, en mi diario, nunca son piezas sueltas: son vueltas de una misma espiral que cuarenta años de escritura vienen ajustando.

I. La lengua que no manejo: nombrar el monte desde afuera

Empiezo por la confesión más humilde de la jornada: “yo todavía no manejo los nombres criollos que mi hermano y los locales les ponen y conocen para entender la espacialidad de la finca”. Es una frase pequeña, casi un lamento técnico, pero ahí está ya el asunto de fondo. Nombrar el monte —el rodeo, la represa, el potrero de la bomba— no es cartografía neutra: es un capital, una forma de posesión que se ejerce con la lengua antes que con el cuerpo. Quien nombra, ordena; quien ordena, manda. Y en esa nomenclatura cerrada, que mi hermano domina con la misma soltura con que sube a su camioneta, yo entro como un extranjero parcial: “bastante granjero”, como me digo a mí mismo con una mezcla de ironía y desamparo.

Pero esta extranjería no es nueva; es la repetición, en clave adulta, de algo que mi diario viene registrando desde hace un año largo. Cuando me preguntaba cómo los antiguos trabajadores de la finca mapeaban los cambios del monte, o cuando caminaba un alambre criticando los postes mal plantados por mi hermano y escribía “a mí me interesa marcar la posesión… yo tengo que sentar posesión”, ya estaba ensayando una topografía alternativa a la suya. La diferencia es que aquella posesión no se sentaba con la lengua criolla de la producción, sino con la memoria: al lado del viejo corral de mi infancia, en el punto exacto donde el mapa productivo se cruza con el mapa afectivo de mi historia familiar.

Hoy, sin embargo, algo se desplaza. No rechazo el idioma del monte por incapacidad ni por desdén intelectual: lo sustituyo por otro registro de apropiación. Camino la picada a pie, descubro la loma, contemplo el zigzag de los alambres nuevos, y en ese caminar corporal —no verbal, no productivo— empiezo a aprender el territorio desde un lugar que no es el de mi hermano ni el de mi padre. No necesito, todavía, saber cómo se llama cada accidente del monte para empezar a poseerlo de otra manera: primero lo ando, después, si quiero, lo nombro. Es una inversión metodológica pequeña pero decisiva, y anticipa ya el tema que atraviesa toda la jornada: hay más de una forma legítima de tomar posesión de una tierra.

II. El secreto que protege: triangular para resguardar, no para dominar

La segunda capa del día tiene que ver con algo que hice y que, en un primer momento, podía leerse como un juego ambiguo de poder: triangulé y oculté información ante parte de mi entorno familiar cercano para poder articular, a través de un mediador de confianza, el trabajo de dos jóvenes locales. Pero necesito ser preciso conmigo mismo, porque la precisión ética es la que separa dos gestos que superficialmente se parecen y que en el fondo son opuestos: no oculté para protegerme a mí. Oculté para proteger al informante —al joven local que eligió, con toda razón, no hacerse evidente en su propio territorio.

Esta distinción reordena por completo el mapa de poder de la finca. Mi hermano y, en su reflejo, ese entorno familiar cercano, operan bajo una lógica de transparencia obligatoria: todo debe poder nombrarse, clasificarse, ubicarse en el casillero correcto de la vigilancia familiar. Frente a esa exigencia, mi silencio no es la astucia del que maneja información para sacar ventaja; es un cordón sanitario, una zona de reserva que le devuelve a otro varón el derecho a no ser completamente descifrado. En un territorio rural donde la disidencia sexual no siempre puede permitirse la visibilidad sin pagar un costo —estigma, violencia, expulsión del propio pacto de virilidad rural—, el secreto deja de ser complicidad con el clóset y pasa a ser, literalmente, una tecnología del cuidado.

Y aquí aparece algo que me importa subrayar porque es mío, no del dispositivo teórico que lo interpreta: yo elijo la proximidad —cocino para ellos, los traslado, comparto la tarea— pero trazo, todo el tiempo, una distancia grande respecto de mi posición de poder. El secreto no contradice esa proximidad: la hace posible sin peligro. Puedo estar cerca, en lo humano y en lo laboral, precisamente porque protejo con opacidad lo que esa cercanía podría exponer. Es un equilibrio que no aprendí de mi padre ni de mi hermano; lo fui construyendo yo, a fuerza de ensayo, en los márgenes de una finca que no estaba diseñada para alojar este tipo de alianzas.

III. La coherencia bajo sospecha: el asedio teórico y la trinchera del monte

El día anterior había escrito un ensayo crítico donde denuncio sin piedad el camuflaje discursivo de los varones que usan el glosario de la vulnerabilidad para blindar su privilegio sin ceder nada. Ahí mi consigna es tajante: elijo conscientemente no camuflarme, asumo el costo de exponer el deseo a cuerpo descubierto. Y sin embargo, apenas un día después, oculto, triangulo, guardo silencio. La pregunta que me hago —y que tengo que hacerme con total honestidad, sin la salida fácil del cinismo— es si no estoy siendo exactamente lo que denuncio.

La respuesta, cuando la pienso despacio, no está en relativizar mi propia exigencia sino en distinguir la posición de enunciación de cada escena. El varón que ataco en mi ensayo habla desde una posición de dominación: usa el lenguaje de la deconstrucción para modernizar su estatus sin resignar ni un gramo de poder ante sus pares. Yo, en cambio, cuando oculto la mediación de mi colaborador de confianza, no estoy blindando mi privilegio: estoy asumiendo yo, en soledad, el costo de la triangulación para que otro —sin mi capital cultural, sin mi estatus de investigador, sin mi posibilidad de pararme de frente y resistir el asedio— no tenga que pagar un precio que no le corresponde pagar. El asedio analítico que ejerzo sin concesiones es contra las estructuras del poder; el resguardo que ejerzo con toda la sutileza de la que soy capaz es para proteger al vulnerable. No es la misma vara medida con doble estándar: es la misma ética aplicada en dos direcciones distintas, hacia arriba y hacia abajo del campo.

Esta coherencia no me la regala nadie: la tengo que sostener yo, todos los días, en el cruce entre mi escritura pública y mi práctica de campo. Y quizás ahí está el verdadero valor del diario personalísimo: no en la proclama teórica, que siempre es más fácil, sino en la capacidad de que esa teoría resista el examen de la picada, del alambre, de la camioneta.

IV. “Ese juego es absolutamente mío”: el orgullo de hacerme aparecer

De toda la jornada, hay una frase que quiero detenerme a mirar de cerca porque ahí se juega algo del orden de la fundación: “ese juego es absolutamente mío y me enorgullece poder habitar el territorio”. No es un dato menor que use el posesivo con tanta fuerza. Durante años, la finca fue el escenario de un espejo trizado: el mandato de mi padre, continuado casi sin fisuras por mi hermano —la camioneta, el control del alambre, la ganadería de engorde—, me dejaba en el lugar de la postergación, de la extranjería adentro de mi propia familia. En ese espejo, yo no tenía territorio propio; tenía, apenas, un lugar tolerado.

Pero el juego de la triangulación afectiva y laboral con los locales no es una herencia que me hayan concedido: es algo que armé yo, desde cero, al margen del cerramiento de mi hermano y de mi madre. Y ahí está la clave de la torsión subjetiva: dejo de medirme en el terreno de ellos —quién corta más pasto, quién abre más camino, quién puede exhibir más trabajo hecho— para medir la finca con otra vara, la de una red de vínculos que yo mismo tejí. No estoy destruyendo el mapa productivo de mi hermano; estoy sobreimprimiendo, sobre ese mismo catastro, un mapa de intensidades afectivas que él ni siquiera puede leer. Hacer aparecer esa diversidad en un territorio que se creía clausurado a ella es, literalmente, hacerme aparecer yo. Me gano el derecho a envejecer en esta finca no por herencia de sangre, sino por autoría de un vínculo.

V. La orden que no alcanza: coordinar sin patriarcado

Hay una observación anterior que hoy vuelve a resonar con fuerza renovada: “mi hermano asume una posición totalmente distante, donde da una orden y espera que ellos interpreten”, y esa distancia, anoto, hace inviable la voluntad de trabajo. Es una observación que parece técnica —sobre productividad, sobre gestión de personal— pero que en realidad describe el fracaso estructural de un modo de mando. La orden aséptica de mi hermano, disparada desde el aire acondicionado de la camioneta, no construye lazo social: construye enajenación. El trabajador recibe un mandato vacío, sin traducción simbólica, y responde con apatía o resistencia pasiva, porque nadie sostiene el ambiente en el que ese trabajo debería florecer.

Frente a eso, mi propio modo de coordinar la finca no elimina la distancia de poder —sería ingenuo, y hasta irresponsable, fingir una horizontalidad que no existe: soy uno de los propietarios, soy el que paga, soy el que decide el destino ecológico de esas hectáreas—, pero la ejerzo desde otro lugar. Los trabajadores locales me perciben a través de un cruce muy particular: mi educación y mi diferencia afectiva. No performo el chiste misógino, no exhibo mujeres como trofeo, cocino y traslado en lugar de solo ordenar. Y esa anomalía, que en un primer momento podría leerse como debilidad dentro del código viril tradicional, termina construyendo un tipo de autoridad distinta: no la del temor al patrón terrible, sino la del respeto a alguien que aloja la subsistencia del que trabaja con él. Coordino desde la previsión y no desde la reacción al acontecimiento; desde el cuidado y no desde el mando desasistido. Es, en el fondo, otra manera de heredar la tierra sin heredar la crueldad.

VI. La camioneta y el potrero: el deseo que se sostiene sin consumarse

Y en medio de esa misma jornada de trabajo, atravesando el potrero con un joven trabajador local, algo del orden del deseo se hizo presente. Podría haber avanzado físicamente. No lo hice: me insinué. Y esta diferencia, que a primera vista parece apenas una cuestión de prudencia, es en realidad el punto más delicado de toda la entrada, porque ahí se pone a prueba, en carne propia, todo lo que vengo sosteniendo en el plano teórico sobre el asedio y la transparencia.

Avanzar físicamente sobre él habría significado reinstalar, en el cuerpo, la asimetría que toda la jornada estuve tratando de desarmar en el lenguaje y en el mando: yo, uno de los herederos, el antropólogo, el que porta el apellido de la finca; él, el joven trabajador local recomendado por mi colaborador de confianza. La estructura social inmediata habría leído ese avance bajo la vieja matriz del patrón que toma posesión del cuerpo del subalterno, por más que el deseo fuera genuino de mi lado. La insinuación, en cambio, deja al otro intacto como sujeto: no lo convierte en objeto de una urgencia mía, sino que abre —apenas, sutilmente— un espacio donde el deseo puede circular sin apropiarse de nadie.

Hay, además, una memoria larga detrás de esta elección. Hace más de veinticinco años le escribía a un hombre de mi juventud, atormentado, que quería ser el macho que él necesitaba: buscaba la asimilación viril para ser amado, aunque me costara borrarme. Hoy, en la cabina de la camioneta, hago exactamente el movimiento inverso: no busco ser el macho conquistador; sostengo el deseo expuesto, vulnerable, sin urgencia de consumación. No es tibieza. Es que entendí, en algún momento de este largo tránsito, que la única forma limpia de hacer aparecer la diferencia en una tierra que educa para la crueldad y el ocultamiento es despojándome de cualquier prerrogativa de patrón. Mostrar la falta, en lugar de imponer la fuerza, es también una forma —quizás la más honesta que tengo— de estar a la altura de lo que exijo en mis ensayos.

VII. Habitarlo al padre

Y entonces llego al centro exacto de la jornada, la frase que le da nombre a este ensayo: la represa nueva que construyó mi hermano es “continuidad del deseo y del mandato de mi papá que nos marcó profundamente a ambos”, y caminar esta tierra es, para mí, “mi encuentro con mi papá que no pude tener mientras él estuvo vivo”; es, literalmente, habitarlo al padre.

Hay una torsión gramatical ahí que no es casual: habitar suele llevar como objeto un espacio —se habita una casa, una finca—, y sin embargo yo lo aplico a una persona, a mi padre. Ese desplazamiento condensa lo que en el fondo estoy haciendo desde que decidí volver a caminar esta finca con otros ojos: la tierra dejó de ser, para mí, un activo en disputa hereditaria, y pasó a ser el cuerpo mismo de mi padre, el lugar donde su fantasma finalmente se vuelve tangible, transitable, tocable. En vida, la distancia jerárquica que él imponía —la misma que hoy repite mi hermano casi sin desvíos— hacía imposible cualquier encuentro simétrico. Muerto, en cambio, puedo incorporarlo: cada poste que reviso, cada picada que desbrozo, cada torniquete que corrijo es una vértebra de su memoria que reacomodo a mi manera.

No me subordino a su mandato —no me hago cargo de la ganadería intensiva, no repito el desbaje, no continúo el estilo patronal de la orden distante—, pero tampoco lo rechazo desde afuera: lo habito desde mi diferencia. Llevo a esa tierra mi identidad, mi sensibilidad ecológica, mi capital intelectual, mi deseo disidente, y obligo a ese territorio —que en vida de mi padre jamás me habría alojado tal como soy— a recibirme ahora, en sus propios términos, en los míos. El orgullo que siento al estar ahí, ganándome el derecho a algo, no proviene de la obediencia; proviene de haber conquistado un tránsito que él, vivo, no habría sabido decodificar. Es un duelo que no cierra con resignación sino con apropiación: no pierdo a mi padre, lo incorporo, y en esa incorporación nace un territorio nuevo, uno que finalmente puedo llamar mío sin dejar de reconocerlo suyo.

VIII. La tríada ética y la ansiedad que queda pendiente

Toda la jornada puede leerse, en última instancia, como el intento de sostener tres condiciones a la vez, sin resignar ninguna: sin dejar de ser yo mismo, sin ocultarme, sin acosar. Son tres formas de decir que no, tres renuncias que en conjunto arman una ética nueva para habitar este territorio. No dejo de ser yo mismo: no adopto la impostura tosca del finquero tradicional para encajar en el quincho; llevo mi mirada de antropólogo, mi memoria familiar, mi lectura política a cada gesto en el monte. No me oculto: interrumpo el pacto de silencio que la masculinidad hegemónica rural le exige a la disidencia, y hago aparecer, aunque sea con la sutileza del secreto protector, una forma de deseo y de vínculo que este territorio históricamente expulsó. No acoso: renuncio al derecho de pernada que el código tradicional le concede casi automáticamente al dueño de la tierra sobre el cuerpo de quienes trabajan para él, y elijo la vulnerabilidad de la insinuación por sobre la violencia del avance.

Sostener esta tríada tiene un costo, y sería deshonesto no nombrarlo: la ansiedad de que mi transparencia —erótica, afectiva, metodológica— sea leída por el entorno conservador de la finca, incluida mi propia familia, como debilidad; que mi proximidad con los trabajadores se confunda con falta de autoridad; que mis reclamos legítimos sobre el legado se usen para catalogarme como “el complicado”, el que antepone el afecto al negocio. Sé que esa lectura existe, y sé también que no la voy a poder evitar del todo. Pero he aprendido —y esto es lo que hoy, caminando la represa, termino de confirmar— que la transparencia no es exposición pasiva: es una posición de fuerza. Al no ocultar mi diferencia, le quito al poder tradicional su arma más eficaz, que es el chantaje del secreto. Mi proximidad no me desarma; me enraíza. Y cuando hace falta un límite —como el que le puse hace poco a un puestero que intentó desconocer esa distancia— sé ponerlo con la misma claridad con la que ofrezco la cercanía. La vulnerabilidad y el límite no se contradicen: son las dos caras de un mismo poder que estoy inventando a medida que lo ejerzo.

Conclusión: el legado que se siembra caminando

Si uno mira esta sola jornada desde la distancia de los cuarenta años de diario, se ve con claridad que no fue un día cualquiera: fue una vuelta más de la espiral, la misma espiral que insiste, entrada tras entrada, sobre las mismas tensiones —pertenencia, herencia, legitimidad, deseo— pero cada vez desde un piso más alto de conciencia. El joven que hace más de veinticinco años le rogaba a otro dejarlo ser el macho que necesitaba, el hombre que hace apenas un año se preguntaba cómo mapear el monte desde una semántica que no fuera la de la producción, y el que hoy escribe “ese juego es absolutamente mío” son la misma persona, pero no son el mismo sujeto: algo se fue transformando, entrada tras entrada, hasta volver posible esta jornada de hoy.

Vuelvo, para cerrar, a la pregunta que atraviesa toda mi obra personalísima y que también atraviesa la finca: qué legado dejo si no soy el que continúa la producción, si no soy el hermano que corta el pasto ni el hijo que hereda la lógica del engorde intensivo. La respuesta que esta jornada me da, con una nitidez poco habitual, es que el legado que no se siembra con bueyes se siembra igual, aunque de otra manera: se siembra con la picada que abro a pie, con el secreto que protege a mi colaborador de confianza y al joven trabajador, con la coherencia que sostengo entre mi ensayo y mi práctica, con la insinuación que no se convierte en avance, con cada poste que reviso a nombre de mi padre y en contra de su mandato más rígido. Ese legado no se mide en hectáreas de soja ni en cabezas de ganado: se mide en la cantidad de territorio —físico, simbólico, erótico— que logré volver habitable para una diferencia que, hasta hace no tanto, no tenía lugar en este monte.

Habitarlo al padre, entonces, no es someterme a él ni negarlo: es la forma más honesta que encontré de hacer las paces con su ausencia sin traicionar lo que soy. Y si algo me llena de orgullo al bajar de la camioneta esta tarde, con las botas cargadas de barro y la cabeza llena de nombres que todavía no sé pronunciar del todo, es saber que ese orgullo no me lo dio nadie: me lo gané, paso a paso, picada por picada, secreto por secreto, en la misma tierra que alguna vez me expulsó.

sábado, junio 06, 2026

El cumpleaños de Julián

 

En el cumpleaños número cincuenta de Julián, productor ganadero de Yerba Buena, se reunieron médicos prestigiosos y terratenientes de Salta, Tucumán y el Chaco. Fui el único salteño entre los invitados. Cuento aquí, parte de esa noche de celebración desde adentro: las conversaciones de campo interrumpidas por brindis, la grieta política convertida en chiste afectuoso, los hermanos que declaran su lealtad con la guardia baja. Una escritura íntima sobre los vínculos que se construyen en el monte y se celebran en la ciudad, sobre lo que significa ser recién llegado aunque la familia lleve un siglo en la tierra, y sobre esa clase de fiestas donde lo que se festeja no es solo una edad sino una red de personas que eligieron, de distintas maneras, seguir cerca.

LOS CINCUENTA DE JULIÁN

Apuntes de una noche en Yerba Buena

 


I. El tarjetón negro

Un par de semanas antes de la fiesta, Julián me mandó la invitación por WhatsApp. Era un tarjetón sobrio, negro, sin adornos innecesarios. El tipo de cosa que uno no tira al montón de mensajes sin leerlo bien. Algo en ese rectángulo oscuro me dijo que tenía que estar.

Fui el único invitado de la zona donde ambos tenemos campos. El único salteño en la fiesta. Eso tiene un peso particular, aunque uno no siempre sepa explicarlo con palabras. Significa que te ven de otra manera. Que no sos simplemente alguien que vive cerca, sino alguien con quien se comparte algo más difícil de nombrar: un pedazo de tierra, una forma de mirar el horizonte, ciertos silencios.

Julián y yo empezamos a conocernos cinco años antes, cuando yo volví a la finca casi enseguida después de la muerte de mi padre. Él era por entonces un recién llegado en la región. Y yo, a pesar de que mi familia lleva más de un siglo criando vacas por ahí, era también, de alguna forma, un recién llegado. El duelo te pone en ese lugar raro: la tierra es tuya y sin embargo todo te resulta nuevo, o más pesado, o distinto. Julián estaba ahí, estableciéndose. Nos fuimos encontrando de a poco, como se encuentran los vecinos de campo cuando hay respeto mutuo y no apuro.

La fiesta en Yerba Buena era también, para mí, la excusa de cambiar un poco el aire. Revivir historias de Tucumán, algunas de casi cuarenta años atrás.

* * *

II. La casa como mapa

La casa de Julián en Yerba Buena es de esas que uno entra y en seguida sabe quién la habita. Esa noche estaba transformada: carpas en el jardín, luces cálidas, mesas con comida gourmet que hablaba de un esfuerzo real por recibir bien. Su esposa, se movía por todos lados con esa capacidad de estar en todos lados sin que se note que está en todos lados. Gestionando, suavizando, dirigiendo la mirada hacia donde hacía falta.

El mapa de los invitados era bastante claro si uno sabía leerlo. Por un lado, los médicos. Profesionales reconocidos, algunos con nombres pesados en Tucumán. Por el otro, los productores ganaderos y terratenientes de la región, algunos también del Chaco. Y Julián en el medio, que es exactamente donde Julián siempre está: siendo el punto de unión entre mundos que no siempre se rozan.

Eso es genial. No cualquiera sabe moverse con la misma soltura entre un urólogo de consultorio lleno y un productor que maneja quince mil hectáreas. Julián lo hace porque conoce los dos idiomas y porque, sobre todo, no pretende ser lo que no es en ninguno de los dos mundos.

Me presenté, saludé, tomé algo. El ruido de fondo era constante: voces que se superponen, risas, el sonido de los hielos en los vasos. Las conversaciones de estas noches siempre son así: fragmentadas, interrumpidas, llenas de comienzos que no terminan porque llega alguien más o porque el mozo pasa con una bandeja. Y aun así, en esos fragmentos, uno va armando el retrato de la noche.

* * *

III. Hablar de campo entre productores

En algún momento me enganché en una de esas conversaciones sobre ganadería que, si uno no es del palo, pueden sonar como en otro idioma. Pero para los que somos del palo son casi filosóficas, o al menos dicen mucho de cómo uno entiende la vida.

Entre la veintena de amplias mesas ratonas, esa en la que acomodé junto a conocidos de haber compartido antes en la finca de Julián; el tema recurrente esa noche era la tensión entre lo nuevo y lo viejo. La tecnificación contra la costumbre del puestero criollo. Y ahí me vi yo también, hablando de lo que ya conozco de memoria: que hay que meter disciplina, que las viejas formas de hacer no alcanzan más, que si uno no impone un orden productivo moderno la finca no rinde. Lo decía con la convicción del que tiene cien años de historia familiar en esa tierra, del que empezó desde el tatarabuelo y siente el peso de no dilapidar lo que costó tanto construir.

Al mismo tiempo, y esto es algo que me cuesta admitir del todo cuando estoy en el entusiasmo de la conversación, hay algo de esa vida criolla que uno extraña aunque no quiera. El caballo que sirve para trabajar en serio, no el animal fino que no aguanta un matorral. El puestero que sabe leer el monte aunque no sepa leer otra cosa. Hay un saber ahí que la tecnología no reemplaza completamente. La tensión no se resuelve; se negocia todo el tiempo.

En la mesa de los ganaderos había un sobrino de alguien —no recuerdo bien de quién— que manejaba una escala que a mí me resulta casi abstracta: quince mil hectáreas, seis mil vacas. Números que uno oye y que dicen algo sobre el éxito de una familia a lo largo de generaciones. Esa noche era el símbolo silencioso de que el campo grande puede funcionar si uno sabe hacer las cosas.

* * *

IV. La grieta, el humor y el arte de no pelear en una fiesta

Eduardo Nazar es urólogo o ginecólogo, no recuerdo bien. Lo que sí recuerdo es que yo, con una sonrisa que quería ser mala pero era completamente afectuosa, lo presenté como el médico kirchnerista del grupo. Casi se cae, dijo él mismo después, riéndose. Y la mesa se rió con él, no de él.

Eso es algo que en ese tipo de ambientes uno aprende a leer rápido: la grieta política existe, está en el aire, todos la sienten, pero hay una regla tácita que dice que no se va a permitir que arruine la noche. Sobre todo en el cumpleaños de alguien querido. Entonces lo que sucede es un ejercicio interesante: la ideología se convierte en chiste. Los que son de un lado le dan con humor a los del otro y viceversa, y eso que podría ser una pelea se convierte en una forma de decirse mutuamente que se toleran, que se quieren incluso, que el asado y la amistad están por encima de Milei o de Cristina.

Julián conduce ese equilibrio con una naturalidad que no sé si es aprendida o innata. Cuando una conversación empieza a calentarse de verdad, él redirige. Cuenta algo, pregunta algo, pone el acento en lo que une en vez de en lo que separa. No lo hace de forma calculada, o al menos no lo parece. Lo hace como quien conoce su casa y sabe qué puertas abrir.

* * *

V. Los hermanos

En un momento le pedí a Julián que me presentara a sus hermanos. Conocí al menor y al mayor en el mismo instante. El menor tomó la palabra y dijo algo que me quedó grabado, aunque no con las palabras exactas sino con el tono.

Dijo que su hermano Julián tenía los mejores amigos del mundo. Que eran amigos de campo, que eso tiene un valor que no se compara con nada. Y dijo también que cuidaba incondicionalmente a su hermano, que nadie lo toque. Lo dijo con esa mezcla de ternura y firmeza que uno sólo ve en los hombres cuando bajan la guardia de verdad, cuando el afecto les gana a la compostura.

Hay una lógica en eso que entiendo perfectamente porque es la mía también. Los vínculos del campo tienen una textura distinta. No son los amigos de la facultad ni los del barrio ni los del gimnasio. Son los que saben sin que vos les expliques qué significa perder un año de trabajo por una sequía o un alambrado roto. Son los que guardan silencio de la misma manera que vos. Por eso se los cuida como se cuida el rodeo: con criterio, con lealtad y sin hacer demasiado ruido.

El hermano menor decía todo eso con ese estilo oral que no necesita prolijidad para ser verdadero. Y era verdadero. Nadie en esa mesa lo dudaba.

* * *

VI. Cincuenta años y una red que se sostiene

Hacia el final de la noche, cuando ya habían pasado los brindis formales y la música estaba más baja, me quedé mirando el conjunto desde afuera por un momento. Como cuando uno se corre del centro de algo para ver la figura entera.

Lo que había en esa casa era una red. No es una palabra poética; es la descripción más precisa que se me ocurre. Una red de vínculos entre personas que se necesitan de formas distintas: para trabajar, para atenderse, para reírse, para recordar, para no estar solos en la empresa difícil de vivir en esta región y en este tiempo.

Julián cumplía cincuenta años. Medio siglo que, como el de cualquiera, es también el mapa de las personas que uno fue juntando en el camino. Los médicos y los productores compartiendo el mismo jardín no era una casualidad ni un capricho del anfitrión. Era la imagen exacta de quién es Julián y de cómo eligió construir su vida.

Yo era el único salteño, el único vecino de campo. Eso también decía algo. Que el afecto de Julián hacia mí tiene una especificidad, una historia que no comparte con el resto de los invitados. Cinco años de vecindad en el monte, de cruzarnos en el camino de tierra, de prestarnos atención sin necesidad de grandes gestos. Ese tarjetón negro que me mandó no era solo una invitación. Era el reconocimiento de que esa historia cuenta.


Volví a Salta con esa sensación rara pero buena de haber estado donde había que estar. Y con la certeza de que los cincuenta de Julián iban a quedar, para mí, como una de esas noches que pueden ser extraordinarias en el sentido espectacular de la palabra, pero que tienen el peso tranquilo de lo verdadero.


Fernando Pequeño Ragone

Salta, Junio de 2026



jueves, junio 04, 2026

MAMÁ NEGRA: Registro Clínico Familiar

 

MAMÁ NEGRA

Registro Clínico Familiar

Diagnóstico · Evolución · Alimentación

Salta, junio de 2026

 

I. Introducción: Una nueva ontología del cuidado

Hay una idea que la filosofía contemporánea ha comenzado a nombrar con renovada urgencia: la continuidad ontológica entre humanos y no humanos. Esta perspectiva nos invita a reconocer que los seres que comparten nuestra vida —animales, plantas, entornos— no son simples objetos de nuestra atención, sino sujetos con quienes construimos mundos comunes. Cuidar a Mamá Negra no es solo una obligación afectiva: es también un acto de reconocimiento de esa continuidad, una práctica que desdibuja la frontera entre quien cuida y quien es cuidado, entre el humano y el animal, entre la casa en la ciudad y la finca en el monte.

Esta es una de las noches templadas del otoño del mundo que yo quiero habitar. Ahí es donde se quedó Jonhy (ahora "flancito" segun quisieron llamarle en nueva casa). Es donde me quiero quedar con "Mamá Negra". 

Noche de luna en la represa de Los Pozos, Anta. 

El domingo 3 de mayo de 2026, partí desde Salta hacia Los Pozos llevando en el asiento de atrás a dos perros que Nora Jiménez me había confiado: Johnny —también llamado Juan— y Mamá Negra. Nora se había mudado a un departamento, sus hijos se habían ido a vivir a otras casas y ciudades, y ya no podía cuidarlos. Me los confió con la certeza de que encontrarían un lugar donde ser queridos.

El viaje fue intenso y emotivo. Al pasar por la rotonda de Güemes, con los cañaverales del ingenio San Isidro pasando a los lados de la ruta y la música de Richard Cocciante acompañando, sentí que había construido con ellos un idioma especial, una familiaridad que iba más allá de las palabras. Sentí la responsabilidad de ese cuidado como algo propio, irreductible.

Johnny se quedó en la finca, en Los Pozos. Allí está feliz junto a las vacas y la gente que lo cuida, en el ambiente que le es natural. Mamá Negra, en cambio, tuvo que regresar conmigo a la casa en Salta. Su estado de salud lo requería: necesitaba atención veterinaria continua, una dieta estrictamente controlada y la presencia cercana de alguien que pudiera seguir su evolución día a día. Desde entonces, Mamá Negra vive conmigo en la ciudad. Aquí registro de esa historia compartida.

 

II. Perfil de la paciente

Nombre:  Mamá Negra

Raza:  Mestiza (cruce de Doberman y Pastor Alemán / Ovejero Alemán)

Edad:  7 años

Peso al ingreso:  Aproximadamente 35 kg (con pérdida notable en los dos meses previos al diagnóstico)

Procedencia:  Confiada por Nora Jiménez; trasladada desde Los Pozos a Salta el 23 de mayo de 2026, 20 días después que la dejara para entender si podía adaptarse.

Lugar de residencia actual:  Casa en Salta capital, al cuidado de Fernando Ragone

Rocío es la médica veterninaria que atiende a "Mamá Negra"
y desde hace mas de diez años a todos mis perros y gatos. 

 

III. Cronología clínica

Momento del suero endovenoso.

A continuación se presenta la secuencia de eventos médicos relevantes en el orden en que ocurrieron, para que toda la familia pueda seguir la evolución de Mamá Negra.

Dos meses antes del diagnóstico (marzo 2026)

Comienzo del adelgazamiento progresivo. Pérdida de masa muscular y energía sin causa aparente visible.

27 de mayo de 2026 — Diagnóstico inicial

Se realizan ecografía abdominal y análisis de sangre completo. Los resultados revelan hepatomegalia severa (hígado muy agrandado), acumulación de líquido en el abdomen, bilirrubina críticamente elevada (28,60 mg/dL) y afectación menor de los riñones. El mismo día se inicia fluidoterapia endovenosa (suero). Desde el 26 que llegó de la finca y el 27 tuvimos días no laborables y un feriado.

28 y 29 de mayo de 2026 — Antibióticos endovenosos

Se administra Ampicilina Sulbactam 1,5 g (una ampolla por vía endovenosa, un día cada uno). Se continúa la fluidoterapia. El antibiótico actúa para frenar cualquier proceso infeccioso activo en el hígado y prevenir una infección grave en el líquido abdominal.

2 de junio de 2026 — Paracentesis

Se extrae el líquido acumulado en el abdomen mediante jeringa y catéter (paracentesis terapéutica). El procedimiento alivia la presión sobre el diafragma, mejora la respiración y el confort general de Mamá Negra.

4 de junio de 2026 — Control de evolución

Control veterinario programado para evaluar la producción de líquido abdominal, la evolución de los parámetros clínicos y definir los próximos pasos del tratamiento.

 

IV. El diagnóstico: qué le pasa a Mamá Negra

Para explicarlo de manera que todos podamos entenderlo: el principal problema de Mamá Negra está concentrado en su hígado y su sistema biliar, que están sufriendo una inflamación muy fuerte. Esto genera una reacción en cadena que afecta a otros órganos de manera secundaria.



4.1 El hígado: el centro del problema

El hígado es el gran laboratorio del cuerpo: filtra toxinas de la sangre, produce proteínas esenciales, procesa la bilirrubina (un pigmento amarillo que resulta de la destrucción normal de glóbulos rojos) y fabrica bilis para digerir las grasas. Cuando el hígado enferma gravemente, todo este sistema colapsa.

En el caso de Mamá Negra, los estudios muestran un hígado agrandado con textura irregular, señal de inflamación intensa, y las pequeñas cañerías internas por donde debería circular la bilis aparecen dilatadas porque la bilis no puede fluir con normalidad. Esto es lo que los veterinarios llaman síndrome hepatobiliar severo.

4.2 La bilirrubina: el número que lo explica todo

El dato más alarmante del análisis de sangre es la bilirrubina: el valor normal máximo en un perro es 0,60 mg/dL. Mamá Negra llegó al diagnóstico con 28,60 mg/dL, es decir, casi cincuenta veces el valor normal. Este exceso de bilirrubina en sangre provoca la coloración amarillenta en sus mucosas (ojos, encías), las náuseas, el decaimiento y la inapetencia.

4.3 El líquido en el abdomen (ascitis)

Cuando el hígado está tan inflamado, la sangre no puede circular bien a través de él. Esto genera presión y hace que el líquido se filtre hacia el interior del abdomen, una situación conocida como ascitis. El líquido comprime los órganos internos, dificulta la respiración y genera malestar. La extracción mediante jeringa (paracentesis) alivia ese malestar y le permite respirar y moverse con mayor comodidad.

4.4 Los riñones y el resto del organismo

Los riñones presentan una inflamación leve y secundaria. No están fallando gravemente, pero trabajan bajo mucho estrés porque el hígado ya no puede filtrar correctamente las toxinas que circulan por la sangre. El estómago y los intestinos también están irritados, lo que explica la falta de apetito. El bazo está levemente agrandado como respuesta a la inflamación general.

4.5 Las causas posibles

Los veterinarios apuntan a dos hipótesis no excluyentes:

      La picadura de una garrapata que puede haber desencadenado una infección silenciosa. Aunque no se observó la garrapata directamente, es una deducción epidemiológicamente válida, dado que enfermedades transmitidas por estos parásitos pueden provocar hepatitis aguda e inflamación severa.

      Una predisposición genética o congénita relacionada con su raza. Los Doberman tienen una tendencia hereditaria a acumular cobre en el hígado, lo que puede dañar las células hepáticas de manera progresiva y silenciosa hasta alcanzar un punto de descompensación. Es posible que esta base preexistente haya permanecido sin síntomas durante años hasta que el cuadro actual la desencadenó.

 

Lo más probable es que ambos factores hayan contribuido: una predisposición genética que fue activada o agravada por un evento infeccioso externo.

4.6 Los valores del análisis de sangre en palabras simples

      Glóbulos rojos y hemoglobina: levemente bajos. Tiene una anemia leve que explica parte del cansancio y la debilidad. Es esperable en enfermedades crónicas.

      Glóbulos blancos (defensas): dentro del rango normal. Buena noticia: el cuerpo no está desbordado por una infección bacteriana masiva.

      Plaquetas: normales. Muy importante, porque las enfermedades por garrapata suelen destruir las plaquetas. Que estén bien es una señal positiva.

      Fosfatasa alcalina (FALP): 3.079 U/I, con un máximo normal de 128. Esta enzima se dispara cuando las vías biliares dentro del hígado están muy inflamadas o semi-obstruidas. Confirma la gravedad del cuadro hepático.

 

El momento de la ecografía

V. La alimentación: pilar fundamental del tratamiento

En un perro con insuficiencia hepática severa, la alimentación no es un detalle secundario: es parte central del tratamiento. El objetivo es triple: mantener el peso y la energía, reducir el trabajo del hígado al mínimo posible, y evitar que se acumulen toxinas que el hígado ya no puede procesar.

5.1 Royal Canin Hepatic: el alimento terapéutico

El Royal Canin Hepatic es un alimento medicado, formulado específicamente para perros con problemas hepáticos graves. No es un alimento comercial ordinario: fue diseñado para hacer exactamente lo que Mamá Negra necesita.

Por qué es el alimento indicado:

      Proteína de origen vegetal (soja): Las proteínas vegetales son más toleradas por un hígado enfermo porque producen menos toxinas durante su digestión. Esto reduce el riesgo de que se acumulen sustancias dañinas en la sangre que puedan llegar al cerebro (lo que se conoce como encefalopatía hepática).

      Bajísimo contenido de cobre: El hígado enfermo no puede eliminar el cobre por la bilis. Si hay demasiado cobre en la dieta, se acumula en las células del hígado y las destruye. Este alimento lo limita al mínimo indispensable. Esto es especialmente importante dado el componente genético de Doberman.

      Alto contenido de zinc: El zinc compite con el cobre para que el cuerpo lo absorba menos. Además, actúa como antioxidante y protege las células hepáticas del daño.

      Vitaminas E y C, taurina y luteína: Este conjunto de antioxidantes ayuda a neutralizar los elementos dañinos que están destruyendo las células del hígado durante el cuadro agudo.

      Alta densidad energética: Permite que porciones pequeñas aporten las calorías necesarias. Esto es clave porque Mamá Negra tiene el abdomen presionado por el líquido y no puede comer grandes cantidades de una sola vez.

      Sodio controlado: Ayuda a no retener más líquido en el abdomen, complementando el efecto de la paracentesis.

      Fósforo controlado: Protege los riñones, que ya están trabajando bajo estrés.

5.2 La dieta casera complementaria

Además del Royal Canin Hepatic, Mamá Negra recibe una porción de arroz con 200 gramos de carne magra o pechuga de pollo. Esta combinación es adecuada como complemento:

      El arroz aporta carbohidratos de digestión muy fácil, sin sobrecargar el sistema digestivo.

      El pollo o la carne magra aportan proteínas de calidad con poco contenido graso. El exceso de grasa es perjudicial porque requiere bilis para ser digerido, y la vesícula biliar de Mamá Negra ya está muy congestionada.

      Sin embargo, la dieta casera sola no alcanza: no tiene las vitaminas, minerales y nutrientes específicos que necesita un hígado enfermo. Por eso el Royal Canin Hepatic es indispensable y no es solo un complemento, sino el núcleo de la alimentación.

5.3 Nutripet Pasta (John Martin)

Tres veces al día, Mamá Negra recibe aproximadamente 3 gramos de esta pasta concentrada y altamente palatable. Sus funciones son:

      Aportar energía rápida y revertir el balance negativo causado por el adelgazamiento de los últimos dos meses.

      Estimular el apetito: la bilirrubina alta suele causar náuseas y falta de ganas de comer. La pasta, por su sabor intenso, ayuda a que Mamá Negra quiera comer.

      Aportar vitaminas del complejo B, que el hígado enfermo consume rápidamente y no puede almacenar de forma eficiente.

Para optimizar su absorción, es preferible dársela directamente o sobre una cucharada pequeña de arroz antes de las comidas principales, sin mezclarla con porciones grandes de alimento.

5.4 Las vitaminas del complejo B: un punto crítico

Uno de los problemas invisibles pero importantes en la insuficiencia hepática es el agotamiento rápido de las vitaminas del complejo B (B1, B2, B6, B9, B12, entre otras). El hígado sano las almacena y activa; el hígado enfermo no puede hacerlo. Además, cuando se extrae líquido abdominal o se administran diuréticos, estas vitaminas hidrosolubles se pierden junto con los fluidos corporales.

La consecuencia es que su falta agrava la falta de apetito, la debilidad y la anemia.

Estrategias para compensar este déficit:

      Mantener el Nutripet Pasta como fuente regular de complejo B.

      Consultar con el veterinario la aplicación de complejo B inyectable: cuando hay tanta inflamación intestinal, el cuerpo absorbe muy poco de lo que se da por la boca. La vía inyectable garantiza disponibilidad inmediata del 100%.

      Incorporar yema de huevo duro (media yema desmenuzada en el arroz, día por medio): la yema aporta colina, que ayuda al hígado a manejar las grasas sin acumularlas. No se usa la clara para evitar exceso de proteínas.

      Usar el caldo de la cocción del pollo (sin sal, sin ajo, sin cebolla) para humedecer el Royal Canin Hepatic: aporta vitaminas B de forma líquida, hidrata y hace el alimento más atractivo cuando está selectiva.

5.5 Frecuencia y forma de alimentación

Dado que el líquido abdominal comprime el estómago y reduce su capacidad, es fundamental no darle porciones grandes de una sola vez. La recomendación es:

⚠ Dividir la cantidad diaria total en 4 o 5 comidas pequeñas a lo largo del día. Esto facilita la digestión, mejora la absorción de nutrientes y evita que el estómago se sature.

 

VI. El tratamiento médico

6.1 Fluidoterapia (suero endovenoso)

Al momento del diagnóstico, se administró suero directamente en vena durante el primer día. El objetivo fue limpiar los riñones de las toxinas que el hígado no estaba filtrando, mejorar la circulación sanguínea y estabilizar el organismo antes de continuar con el tratamiento.

6.2 Antibiótico: Ampicilina Sulbactam

Durante los dos días siguientes al diagnóstico, se administró una ampolla diaria de Ampicilina Sulbactam 1,5 g por vía endovenosa. Para entender por qué se eligió este antibiótico y no otro:

      El hígado inflamado pierde su capacidad de filtrar bacterias que normalmente vienen del intestino. Sin esa barrera, cualquier bacteria puede invadir el tejido hepático o el líquido abdominal.

      El líquido acumulado en el abdomen es un ambiente ideal para que crezcan bacterias. Si se infecta, puede provocar una peritonitis (infección grave de la cavidad abdominal), que en pacientes hepáticos es frecuentemente fatal.

      El sulbactam que acompaña a la ampicilina actúa como un escudo: neutraliza la defensa que tienen muchas bacterias para destruir los antibióticos, permitiendo que la ampicilina actúe con plena eficacia.

El resultado esperado de este ciclo fue esterilizar el tejido hepático y el líquido abdominal, frenar cualquier proceso infeccioso activo y dejar el terreno preparado para que la paracentesis y la dieta pudieran hacer su trabajo.

6.3 Paracentesis (extracción del líquido abdominal)

Mediante una jeringa y un catéter, se extrajo el líquido acumulado en la pancita de Mamá Negra. No es una cura sino un alivio necesario: sin esa presión, puede respirar mejor, moverse con más comodidad y comer con mayor facilidad. Dependiendo de la evolución, puede ser necesario repetirlo.

 

VII. Seguimiento y próximos pasos

El control del 4 de junio de 2026 permitirá evaluar:

      Si el líquido abdominal se está volviendo a acumular y a qué velocidad.

      Si los parámetros de bilirrubina y función hepática muestran alguna mejoría respecto al diagnóstico.

      Si el antibiótico endovenoso debe continuarse en versión oral o si el tratamiento se enfoca ya exclusivamente en el soporte hepático y nutricional.

      Si se requiere suplementación inyectable de complejo B.

Es importante registrar en este documento cada nueva información que surja de los controles, para contar con una historia clínica completa que acompañe a Mamá Negra a lo largo de su evolución.

 

VIII. A modo de conclusión: el cuidado como ontología compartida

Mamá Negra tiene que vivir para que podamos estar aqui, juntos.
También con Chocolate, Malko y la gata Blanca Nieves.
Como no pude estar antes con "Cirujita". El fue un perrito de otro tiempo
en mi vida.  

Estas palabras son más que un registro médico. Me propongo registrar la historia de  un vínculo, de una decisión de cuidado que se tomó el domingo 3 de mayo de 2026 en una ruta entre Salta y Los Pozos, con música de los años ochenta y dos perros que dormían tranquilos en el asiento de atrás.

Cuidar a Mamá Negra implica reconocer que su vida y la mía están entrelazadas de un modo que excede la simple tenencia de mascotas. Hay en ese cuidado algo que la filosofía contemporánea llama ontología de la continuidad: la idea de que los humanos y los no humanos no somos entidades separadas que ocasionalmente se cruzan, sino seres que nos constituimos mutuamente a través de las relaciones que tejemos. Mamá Negra no vive junto a mí: vivimos juntos, cada uno transformado por la presencia del otro.

El esfuerzo de hacerla vivir —los controles, la dieta cuidadosa, las dosis exactas, las comidas divididas en cuatro o cinco veces, el caldo de pollo sobre el balanceado, la atención a sus señales— es también un esfuerzo por vivir con ella, por habitar un mundo en el que su bienestar importa tanto como el mío. Ese es el sentido profundo de este registro: no solo documentar una enfermedad, sino dar cuenta de una forma de estar en el mundo que reconoce en el cuidado su expresión más genuina.

Mamá Negra tiene por delante un camino difícil. Pero tiene también a alguien que eligió recorrerlo con ella.

 

Fernando Ragone

Salta, junio de 2026

jueves, mayo 21, 2026

El “cante” que soy. O como el flamenco soul se conecta conmigo



Por Fernando Pequeño Ragone
asistido por NotebookLM, Gemini y Claude IA

Escucho. O más bien, leo sobre lo que se escucha cuando el flamenco encuentra al soul, y algo en mí reconoce ese encuentro como propio. No como aficionado a la música, sino como quien lee su propio retrato sin haberlo posado. La sublimación de la herida: esa es la fórmula que atraviesa todo lo que he escrito en estas páginas durante décadas, aunque nunca la haya nombrado con esa precisión clínica y brutal.

Sublimar. Del latín sublimare: elevar, hacer subir. La química lo usa para describir el paso directo del sólido al gas, sin detenerse en lo líquido. Algo parecido ocurre con el dolor cuando se convierte en escritura. No pasa por la digestión lenta de la herida. Salta. Aparece ya transformado, ya volátil, ya capaz de ocupar el espacio entero de una página o de una melodía.

 

La herida que no se nombra sola

Hay heridas que se reconocen de inmediato y heridas que tardan años en encontrar su nombre. La desaparición de mi padre es de las primeras: tiene fecha, tiene causa política, tiene la nitidez terrible de lo que el Estado hace cuando decide borrar a alguien. Esa herida la cargo con una especie de claridad que, paradójicamente, la hace soportable. Sé lo que es. Sé de dónde viene.

Las otras heridas son más difusas y por eso más persistentes. La herida de haber crecido en Salta llevando un apellido que es también una bandera, una exigencia y una mirada constante sobre lo que hago y cómo lo hago. La herida de desear de un modo que el habitus conservador de esta provincia consideró durante mucho tiempo impropio, vergonzoso, inexistente. La herida de haber aprendido a habitar el silencio como estrategia de supervivencia antes de aprender a habitarlo como elección.

Estas heridas no tienen la nitidez de la primera. Tienen la consistencia del agua que penetra lentamente en la piedra. Y precisamente por eso, su sublimación es más compleja, más lenta, más expuesta al fracaso.

 

El flamenco como espejo transatlántico

Cuando leo que el flamenco nace del trauma histórico, de la opresión, de la sublimación del dolor a través del arte, reconozco en esa descripción una genealogía que no es solo musical sino estructural. El cante jondo no es una decoración de la tristeza. Es la tristeza misma convertida en forma, en compás, en garganta que tiembla con una dignidad extraña y feroz.

Me pregunto si mi diario no es, en algún sentido profundo, mi propio cante jondo. No el tablao ruidoso con su público y su escenario, sino la versión íntima, la del Flamenco Soul que busca espacios pequeños donde la melodía respira. Estas páginas son ese espacio. Aquí no hay audiencia. Aquí el fraseo es libre, menos sujeto al ritmo marcado que afuera me exige coherencia, consistencia, la performance de alguien que sabe lo que hace y por qué lo hace.

 

1984 como punto de partida

Vuelvo, inevitablemente, a ese cuarto porteño de 1984 desde donde recordaba Tucumán. La luz del velador sobre las páginas del primer diario. Carlos tucumano. El deseo que no sabía todavía cómo llamarse a sí mismo pero que ya ocupaba el cuerpo entero con una urgencia que no admitía postergación. Escribí entonces no porque supiera que estaba sublimando nada. Escribí porque la alternativa era explotar o paralizarme, y ninguna de las dos opciones me resultaba tolerable.

Eso es lo que reconozco ahora con la distancia de más de cuarenta años: que la escritura fue desde el principio un dispositivo de transformación del dolor en forma. Que cada entrada de este diario es un acto de transmutación alquímica donde lo que duele, lo que avergüenza, lo que desea sin permiso, lo que pierde sin reponerse, se convierte en algo que puede ser leído, revisado, pensado y, eventualmente, integrado.

No superado. Integrado. Hay una diferencia crucial entre ambas palabras que aprendí tarde y con mucho costo.

 

La memoria como motor, no como ancla

Lo escribí alguna vez y lo sostengo: la memoria no es una carga que nos ata al pasado, sino el motor libidinal que nos impulsa hacia adelante. Pero esta afirmación, que suena limpia y casi optimista cuando la escribo de corrido, tiene sus propias grietas cuando la examino de cerca.

Hay días en que la memoria es exactamente eso: motor, energía, sentido. Días en que recordar a mi padre, recordar la militancia, recordar los primeros textos sobre masculinidades y los debates interminables con compañeros que ya no están, se convierte en combustible puro. En esos días escribo con una fluidez que me asombra. Las palabras llegan ya formadas, como si hubieran estado esperando.

Y hay otros días en que la memoria es, efectivamente, una ancla. En que el peso de lo que se perdió aplasta cualquier impulso hacia adelante. En que el archivo se convierte en mausoleo. En esos días no escribo, o escribo mal, o escribo en círculos que no van a ningún lado.

La sublimación no es un estado permanente. Es un acto que hay que repetir. Un trabajo que nunca termina.

 

El alma insubordinada

Lo que me conecta finalmente con esta idea del Flamenco Soul, con esta fusión entre el dolor histórico del cante y el fraseo libre del soul afroamericano, es la insubordinación. Esa cadencia íntima, melancólica e insubordinada que el análisis identifica como característica del género.

Insubordinado. Eso es lo que intenta ser este diario desde 1984. Insubordinado frente al mandato del apellido, frente a la expectativa de que el hijo del militante desaparecido debía ser de una manera específica y no de otra. Insubordinado frente al habitus provincial que durante décadas intentó regular no solo mi conducta pública sino mi deseo más privado. Insubordinado frente a la narrativa heroica y unidimensional que otros construyen sobre los que llevamos el peso de una historia política visible.

La sexualidad, la memoria y la política son las tres cuerdas de mi propio instrumento. Cuando las tres vibran a la vez, hay algo que merece llamarse música. Cuando alguna se rompe o se afina mal, solo hay ruido, o silencio, o ese dolor sordo que antecede al cante.

Hoy vibran las tres. O al menos eso siento mientras escribo.

Eso, por ahora, alcanza.