Habitarlo al padre
Cuerpo,
nombre y territorio en el umbral de la finca
Ensayo íntimo
Hay días de trabajo en el campo que terminan siendo, sin buscarlo, un ajuste de cuentas con el padre muerto. Este ensayo nace de una sola caminata junto a una represa recién construida y se despliega en ocho capas que no se resuelven, sino que se sostienen en tensión: el lenguaje como forma de posesión territorial, el secreto como ética del cuidado y no como complicidad con el ocultamiento, la coherencia exigente entre lo que se denuncia por escrito y lo que se hace en el cuerpo a cuerpo del monte, un poder que se construye sin repetir el mando patriarcal heredado, y un deseo que elige la insinuación por sobre el avance. Todo converge en una frase que le da título al texto —habitarlo al padre— donde la tierra deja de ser herencia disputada para volverse cuerpo transitable de la memoria paterna. Un legado que no se mide en hectáreas, sino en la distancia que cada quien logra recorrer hacia su propia diferencia.
Contenidos
I.La lengua que no manejo: nombrar el monte desde afuera
II.
El secreto que protege: triangular para resguardar, no para dominar
III.La coherencia bajo sospecha: el asedio teórico y la trinchera del monte
IV.“Ese juego es absolutamente mío”: el orgullo de hacerme aparecer
V.La orden que no alcanza: coordinar sin patriarcado
VI.La camioneta y el potrero: el deseo que se sostiene sin consumarse
VIII.La tríada ética y la ansiedad que queda pendiente
Conclusión:el legado que se siembra caminando
Introducción
Hay entradas del diario que se limitan a registrar un
día, y hay entradas que, sin proponérselo del todo, condensan cuarenta años. La
de hoy —parado en el borde de una represa nueva, en el pastizal de la finca
familiar, con el zigzag del alambre mordiendo el monte y el motor de la
camioneta todavía tibio— pertenece a la segunda especie. No es un simple parte
de campo. Es un nudo. Y como todo nudo en la escritura personalísima, no se
desata: se habita, se recorre, se lo deja mostrar sus vueltas.
El documento analítico que construí junto al
dispositivo psicoanalítico-antropológico que vengo entrenando sobre mi propio
archivo no es, para mí, un espejo neutro. Es una prótesis de lectura, una
segunda mirada entrenada en teoría social y clínica, que me devuelve mi propia
voz filtrada por una gramática teórica. Lo que quiero hacer en este ensayo no
es repetir esa lectura ni parafrasearla: quiero apropiármela, digerirla, y
devolverla convertida en algo mío —en el mismo gesto con que hoy caminé una picada
del monte sin conocer todavía los nombres criollos del lugar, y sin embargo
empecé a nombrarlo a mi manera.
Escribo, entonces, sobre una sola jornada que en
realidad son varias capas superpuestas: el lenguaje como territorio en disputa,
el secreto como forma de cuidado, la coherencia entre lo que denuncio en mis
ensayos y lo que hago en el campo, el orgullo de un juego que armé yo solo, la
arquitectura de un poder que no necesita el mando de mi hermano ni el mando de
mi padre, el deseo que se sostiene sin consumarse en el cuerpo de otro hombre,
y finalmente la frase que todo lo resume y que le da nombre a este ensayo:
habitarlo al padre. Voy por partes, como me pedí a mí mismo al dictar el audio.
Pero las partes, en mi diario, nunca son piezas sueltas: son vueltas de una
misma espiral que cuarenta años de escritura vienen ajustando.
I. La lengua que
no manejo: nombrar el monte desde afuera
Empiezo por la confesión más humilde de la jornada:
“yo todavía no manejo los nombres criollos que mi hermano y los locales les
ponen y conocen para entender la espacialidad de la finca”. Es una frase
pequeña, casi un lamento técnico, pero ahí está ya el asunto de fondo. Nombrar
el monte —el rodeo, la represa, el potrero de la bomba— no es cartografía
neutra: es un capital, una forma de posesión que se ejerce con la lengua antes
que con el cuerpo. Quien nombra, ordena; quien ordena, manda. Y en esa nomenclatura
cerrada, que mi hermano domina con la misma soltura con que sube a su
camioneta, yo entro como un extranjero parcial: “bastante granjero”, como me
digo a mí mismo con una mezcla de ironía y desamparo.
Pero esta extranjería no es nueva; es la repetición,
en clave adulta, de algo que mi diario viene registrando desde hace un año
largo. Cuando me preguntaba cómo los antiguos trabajadores de la finca mapeaban
los cambios del monte, o cuando caminaba un alambre criticando los postes mal
plantados por mi hermano y escribía “a mí me interesa marcar la posesión… yo
tengo que sentar posesión”, ya estaba ensayando una topografía alternativa a la
suya. La diferencia es que aquella posesión no se sentaba con la lengua criolla
de la producción, sino con la memoria: al lado del viejo corral de mi infancia,
en el punto exacto donde el mapa productivo se cruza con el mapa afectivo de mi
historia familiar.
Hoy, sin embargo, algo se desplaza. No rechazo el
idioma del monte por incapacidad ni por desdén intelectual: lo sustituyo por
otro registro de apropiación. Camino la picada a pie, descubro la loma,
contemplo el zigzag de los alambres nuevos, y en ese caminar corporal —no
verbal, no productivo— empiezo a aprender el territorio desde un lugar que no
es el de mi hermano ni el de mi padre. No necesito, todavía, saber cómo se
llama cada accidente del monte para empezar a poseerlo de otra manera: primero
lo ando, después, si quiero, lo nombro. Es una inversión metodológica pequeña
pero decisiva, y anticipa ya el tema que atraviesa toda la jornada: hay más de
una forma legítima de tomar posesión de una tierra.
II. El secreto
que protege: triangular para resguardar, no para dominar
La segunda capa del día tiene que ver con algo que
hice y que, en un primer momento, podía leerse como un juego ambiguo de poder:
triangulé y oculté información ante parte de mi entorno familiar cercano para
poder articular, a través de un mediador de confianza, el trabajo de dos
jóvenes locales. Pero necesito ser preciso conmigo mismo, porque la precisión
ética es la que separa dos gestos que superficialmente se parecen y que en el
fondo son opuestos: no oculté para protegerme a mí. Oculté para proteger al
informante —al joven local que eligió, con toda razón, no hacerse evidente en
su propio territorio.
Esta distinción reordena por completo el mapa de poder
de la finca. Mi hermano y, en su reflejo, ese entorno familiar cercano, operan
bajo una lógica de transparencia obligatoria: todo debe poder nombrarse,
clasificarse, ubicarse en el casillero correcto de la vigilancia familiar.
Frente a esa exigencia, mi silencio no es la astucia del que maneja información
para sacar ventaja; es un cordón sanitario, una zona de reserva que le devuelve
a otro varón el derecho a no ser completamente descifrado. En un territorio
rural donde la disidencia sexual no siempre puede permitirse la visibilidad sin
pagar un costo —estigma, violencia, expulsión del propio pacto de virilidad
rural—, el secreto deja de ser complicidad con el clóset y pasa a ser,
literalmente, una tecnología del cuidado.
Y aquí aparece algo que me importa subrayar porque es
mío, no del dispositivo teórico que lo interpreta: yo elijo la proximidad
—cocino para ellos, los traslado, comparto la tarea— pero trazo, todo el
tiempo, una distancia grande respecto de mi posición de poder. El secreto no
contradice esa proximidad: la hace posible sin peligro. Puedo estar cerca, en
lo humano y en lo laboral, precisamente porque protejo con opacidad lo que esa
cercanía podría exponer. Es un equilibrio que no aprendí de mi padre ni de mi
hermano; lo fui construyendo yo, a fuerza de ensayo, en los márgenes de una
finca que no estaba diseñada para alojar este tipo de alianzas.
III. La
coherencia bajo sospecha: el asedio teórico y la trinchera del monte
El día anterior había escrito un ensayo crítico donde
denuncio sin piedad el camuflaje discursivo de los varones que usan el glosario
de la vulnerabilidad para blindar su privilegio sin ceder nada. Ahí mi consigna
es tajante: elijo conscientemente no camuflarme, asumo el costo de exponer el
deseo a cuerpo descubierto. Y sin embargo, apenas un día después, oculto,
triangulo, guardo silencio. La pregunta que me hago —y que tengo que hacerme
con total honestidad, sin la salida fácil del cinismo— es si no estoy siendo
exactamente lo que denuncio.
La respuesta, cuando la pienso despacio, no está en
relativizar mi propia exigencia sino en distinguir la posición de enunciación
de cada escena. El varón que ataco en mi ensayo habla desde una posición de
dominación: usa el lenguaje de la deconstrucción para modernizar su estatus sin
resignar ni un gramo de poder ante sus pares. Yo, en cambio, cuando oculto la
mediación de mi colaborador de confianza, no estoy blindando mi privilegio:
estoy asumiendo yo, en soledad, el costo de la triangulación para que otro —sin
mi capital cultural, sin mi estatus de investigador, sin mi posibilidad de
pararme de frente y resistir el asedio— no tenga que pagar un precio que no le
corresponde pagar. El asedio analítico que ejerzo sin concesiones es contra las
estructuras del poder; el resguardo que ejerzo con toda la sutileza de la que
soy capaz es para proteger al vulnerable. No es la misma vara medida con doble
estándar: es la misma ética aplicada en dos direcciones distintas, hacia arriba
y hacia abajo del campo.
Esta coherencia no me la regala nadie: la tengo que
sostener yo, todos los días, en el cruce entre mi escritura pública y mi
práctica de campo. Y quizás ahí está el verdadero valor del diario
personalísimo: no en la proclama teórica, que siempre es más fácil, sino en la
capacidad de que esa teoría resista el examen de la picada, del alambre, de la
camioneta.
IV. “Ese juego
es absolutamente mío”: el orgullo de hacerme aparecer
De toda la jornada, hay una frase que quiero detenerme
a mirar de cerca porque ahí se juega algo del orden de la fundación: “ese juego
es absolutamente mío y me enorgullece poder habitar el territorio”. No es un
dato menor que use el posesivo con tanta fuerza. Durante años, la finca fue el
escenario de un espejo trizado: el mandato de mi padre, continuado casi sin
fisuras por mi hermano —la camioneta, el control del alambre, la ganadería de
engorde—, me dejaba en el lugar de la postergación, de la extranjería adentro
de mi propia familia. En ese espejo, yo no tenía territorio propio; tenía,
apenas, un lugar tolerado.
Pero el juego de la triangulación afectiva y laboral
con los locales no es una herencia que me hayan concedido: es algo que armé yo,
desde cero, al margen del cerramiento de mi hermano y de mi madre. Y ahí está
la clave de la torsión subjetiva: dejo de medirme en el terreno de ellos —quién
corta más pasto, quién abre más camino, quién puede exhibir más trabajo hecho—
para medir la finca con otra vara, la de una red de vínculos que yo mismo tejí.
No estoy destruyendo el mapa productivo de mi hermano; estoy sobreimprimiendo,
sobre ese mismo catastro, un mapa de intensidades afectivas que él ni siquiera
puede leer. Hacer aparecer esa diversidad en un territorio que se creía
clausurado a ella es, literalmente, hacerme aparecer yo. Me gano el derecho a
envejecer en esta finca no por herencia de sangre, sino por autoría de un
vínculo.
V. La orden que
no alcanza: coordinar sin patriarcado
Hay una observación anterior que hoy vuelve a resonar
con fuerza renovada: “mi hermano asume una posición totalmente distante, donde
da una orden y espera que ellos interpreten”, y esa distancia, anoto, hace
inviable la voluntad de trabajo. Es una observación que parece técnica —sobre
productividad, sobre gestión de personal— pero que en realidad describe el
fracaso estructural de un modo de mando. La orden aséptica de mi hermano,
disparada desde el aire acondicionado de la camioneta, no construye lazo social:
construye enajenación. El trabajador recibe un mandato vacío, sin traducción
simbólica, y responde con apatía o resistencia pasiva, porque nadie sostiene el
ambiente en el que ese trabajo debería florecer.
Frente a eso, mi propio modo de coordinar la finca no
elimina la distancia de poder —sería ingenuo, y hasta irresponsable, fingir una
horizontalidad que no existe: soy uno de los propietarios, soy el que paga, soy
el que decide el destino ecológico de esas hectáreas—, pero la ejerzo desde
otro lugar. Los trabajadores locales me perciben a través de un cruce muy
particular: mi educación y mi diferencia afectiva. No performo el chiste
misógino, no exhibo mujeres como trofeo, cocino y traslado en lugar de solo
ordenar. Y esa anomalía, que en un primer momento podría leerse como debilidad
dentro del código viril tradicional, termina construyendo un tipo de autoridad
distinta: no la del temor al patrón terrible, sino la del respeto a alguien que
aloja la subsistencia del que trabaja con él. Coordino desde la previsión y no
desde la reacción al acontecimiento; desde el cuidado y no desde el mando
desasistido. Es, en el fondo, otra manera de heredar la tierra sin heredar la
crueldad.
VI. La camioneta
y el potrero: el deseo que se sostiene sin consumarse
Y en medio de esa misma jornada de trabajo,
atravesando el potrero con un joven trabajador local, algo del orden del deseo
se hizo presente. Podría haber avanzado físicamente. No lo hice: me insinué. Y
esta diferencia, que a primera vista parece apenas una cuestión de prudencia,
es en realidad el punto más delicado de toda la entrada, porque ahí se pone a
prueba, en carne propia, todo lo que vengo sosteniendo en el plano teórico
sobre el asedio y la transparencia.
Avanzar físicamente sobre él habría significado
reinstalar, en el cuerpo, la asimetría que toda la jornada estuve tratando de
desarmar en el lenguaje y en el mando: yo, uno de los herederos, el
antropólogo, el que porta el apellido de la finca; él, el joven trabajador
local recomendado por mi colaborador de confianza. La estructura social
inmediata habría leído ese avance bajo la vieja matriz del patrón que toma
posesión del cuerpo del subalterno, por más que el deseo fuera genuino de mi
lado. La insinuación, en cambio, deja al otro intacto como sujeto: no lo
convierte en objeto de una urgencia mía, sino que abre —apenas, sutilmente— un
espacio donde el deseo puede circular sin apropiarse de nadie.
Hay, además, una memoria larga detrás de esta
elección. Hace más de veinticinco años le escribía a un hombre de mi juventud,
atormentado, que quería ser el macho que él necesitaba: buscaba la asimilación
viril para ser amado, aunque me costara borrarme. Hoy, en la cabina de la
camioneta, hago exactamente el movimiento inverso: no busco ser el macho
conquistador; sostengo el deseo expuesto, vulnerable, sin urgencia de
consumación. No es tibieza. Es que entendí, en algún momento de este largo
tránsito, que la única forma limpia de hacer aparecer la diferencia en una
tierra que educa para la crueldad y el ocultamiento es despojándome de
cualquier prerrogativa de patrón. Mostrar la falta, en lugar de imponer la
fuerza, es también una forma —quizás la más honesta que tengo— de estar a la
altura de lo que exijo en mis ensayos.
VII. Habitarlo
al padre
Y entonces llego al centro exacto de la jornada, la
frase que le da nombre a este ensayo: la represa nueva que construyó mi hermano
es “continuidad del deseo y del mandato de mi papá que nos marcó profundamente
a ambos”, y caminar esta tierra es, para mí, “mi encuentro con mi papá que no
pude tener mientras él estuvo vivo”; es, literalmente, habitarlo al padre.
Hay una torsión gramatical ahí que no es casual:
habitar suele llevar como objeto un espacio —se habita una casa, una finca—, y
sin embargo yo lo aplico a una persona, a mi padre. Ese desplazamiento condensa
lo que en el fondo estoy haciendo desde que decidí volver a caminar esta finca
con otros ojos: la tierra dejó de ser, para mí, un activo en disputa
hereditaria, y pasó a ser el cuerpo mismo de mi padre, el lugar donde su
fantasma finalmente se vuelve tangible, transitable, tocable. En vida, la distancia
jerárquica que él imponía —la misma que hoy repite mi hermano casi sin desvíos—
hacía imposible cualquier encuentro simétrico. Muerto, en cambio, puedo
incorporarlo: cada poste que reviso, cada picada que desbrozo, cada torniquete
que corrijo es una vértebra de su memoria que reacomodo a mi manera.
No me subordino a su mandato —no me hago cargo de la
ganadería intensiva, no repito el desbaje, no continúo el estilo patronal de la
orden distante—, pero tampoco lo rechazo desde afuera: lo habito desde mi
diferencia. Llevo a esa tierra mi identidad, mi sensibilidad ecológica, mi
capital intelectual, mi deseo disidente, y obligo a ese territorio —que en vida
de mi padre jamás me habría alojado tal como soy— a recibirme ahora, en sus
propios términos, en los míos. El orgullo que siento al estar ahí, ganándome el
derecho a algo, no proviene de la obediencia; proviene de haber conquistado un
tránsito que él, vivo, no habría sabido decodificar. Es un duelo que no cierra
con resignación sino con apropiación: no pierdo a mi padre, lo incorporo, y en
esa incorporación nace un territorio nuevo, uno que finalmente puedo llamar mío
sin dejar de reconocerlo suyo.
VIII. La tríada
ética y la ansiedad que queda pendiente
Toda la jornada puede leerse, en última instancia,
como el intento de sostener tres condiciones a la vez, sin resignar ninguna:
sin dejar de ser yo mismo, sin ocultarme, sin acosar. Son tres formas de decir
que no, tres renuncias que en conjunto arman una ética nueva para habitar este
territorio. No dejo de ser yo mismo: no adopto la impostura tosca del finquero
tradicional para encajar en el quincho; llevo mi mirada de antropólogo, mi
memoria familiar, mi lectura política a cada gesto en el monte. No me oculto:
interrumpo el pacto de silencio que la masculinidad hegemónica rural le exige a
la disidencia, y hago aparecer, aunque sea con la sutileza del secreto
protector, una forma de deseo y de vínculo que este territorio históricamente
expulsó. No acoso: renuncio al derecho de pernada que el código tradicional le
concede casi automáticamente al dueño de la tierra sobre el cuerpo de quienes
trabajan para él, y elijo la vulnerabilidad de la insinuación por sobre la
violencia del avance.
Sostener esta tríada tiene un costo, y sería
deshonesto no nombrarlo: la ansiedad de que mi transparencia —erótica,
afectiva, metodológica— sea leída por el entorno conservador de la finca,
incluida mi propia familia, como debilidad; que mi proximidad con los
trabajadores se confunda con falta de autoridad; que mis reclamos legítimos
sobre el legado se usen para catalogarme como “el complicado”, el que antepone
el afecto al negocio. Sé que esa lectura existe, y sé también que no la voy a
poder evitar del todo. Pero he aprendido —y esto es lo que hoy, caminando la
represa, termino de confirmar— que la transparencia no es exposición pasiva: es
una posición de fuerza. Al no ocultar mi diferencia, le quito al poder
tradicional su arma más eficaz, que es el chantaje del secreto. Mi proximidad
no me desarma; me enraíza. Y cuando hace falta un límite —como el que le puse
hace poco a un puestero que intentó desconocer esa distancia— sé ponerlo con la
misma claridad con la que ofrezco la cercanía. La vulnerabilidad y el límite no
se contradicen: son las dos caras de un mismo poder que estoy inventando a
medida que lo ejerzo.
Conclusión: el
legado que se siembra caminando
Si uno mira esta sola jornada desde la distancia de
los cuarenta años de diario, se ve con claridad que no fue un día cualquiera:
fue una vuelta más de la espiral, la misma espiral que insiste, entrada tras
entrada, sobre las mismas tensiones —pertenencia, herencia, legitimidad, deseo—
pero cada vez desde un piso más alto de conciencia. El joven que hace más de
veinticinco años le rogaba a otro dejarlo ser el macho que necesitaba, el
hombre que hace apenas un año se preguntaba cómo mapear el monte desde una
semántica que no fuera la de la producción, y el que hoy escribe “ese juego es
absolutamente mío” son la misma persona, pero no son el mismo sujeto: algo se
fue transformando, entrada tras entrada, hasta volver posible esta jornada de
hoy.
Vuelvo, para cerrar, a la pregunta que atraviesa toda
mi obra personalísima y que también atraviesa la finca: qué legado dejo si no
soy el que continúa la producción, si no soy el hermano que corta el pasto ni
el hijo que hereda la lógica del engorde intensivo. La respuesta que esta
jornada me da, con una nitidez poco habitual, es que el legado que no se
siembra con bueyes se siembra igual, aunque de otra manera: se siembra con la
picada que abro a pie, con el secreto que protege a mi colaborador de confianza
y al joven trabajador, con la coherencia que sostengo entre mi ensayo y mi
práctica, con la insinuación que no se convierte en avance, con cada poste que
reviso a nombre de mi padre y en contra de su mandato más rígido. Ese legado no
se mide en hectáreas de soja ni en cabezas de ganado: se mide en la cantidad de
territorio —físico, simbólico, erótico— que logré volver habitable para una
diferencia que, hasta hace no tanto, no tenía lugar en este monte.
Habitarlo al padre, entonces, no es someterme a él ni
negarlo: es la forma más honesta que encontré de hacer las paces con su
ausencia sin traicionar lo que soy. Y si algo me llena de orgullo al bajar de
la camioneta esta tarde, con las botas cargadas de barro y la cabeza llena de
nombres que todavía no sé pronunciar del todo, es saber que ese orgullo no me
lo dio nadie: me lo gané, paso a paso, picada por picada, secreto por secreto,
en la misma tierra que alguna vez me expulsó.









