A cerca de la falla de un hijo que no quiere ser su padre,
pero que todavía no sabe ser otra cosa que semi-patrón o huérfano.

"Parrilla libre" en El Rancho de Aguirre y Fátima (o viceversa). Lumbreras, cruce rutas 5 y 34.
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| "Parrilla libre" en El Rancho de Aguirre y Fátima (o viceversa). Lumbreras, cruce rutas 5 y 34. |
Por
Fernando Pequeño Ragone
asistido por Gemini Notebook, Gemini Pro y Claude IA
A
cerca de mi escritura asistida con IA.
Vasos
comunicantes: auto-presentación metodológica y epistemológica.
Los perdedores del monte: la agonía del ternero y las grietas del mando haciendario
En el paisaje seco de Los Pozos, la cámara fija su atención en la cotidianidad del corral: varas de madera, postes de quebracho, tierra removida y terneros amontonados comiendo de comederos plásticos. Entre las pezuñas que levantan polvo y los balidos rutinarios, el perro Malko merodea las instalaciones. Sin embargo, el centro del registro visual se desplaza bruscamente hacia la agonía de un ternero castaño sobre la tierra húmeda y el barro. El animal, marcado en la oreja con una caravana plástica de trazabilidad, realiza movimientos inútiles con sus patas, incapaz de erguirse, manteniendo la mirada fija en los últimos instantes de su vida. Un ternero se aproxima brevemente a olfatearlo y lamerlo, registrando una forma de proximidad no humana frente a la partida, mientras Malko camina a su lado antes de que la inmovilidad sea absoluta. De fondo, la dinámica del feedlot o corral productivo continúa impertérrita: el ganado sigue marchando y comiendo mientras sobre la pantalla aparece la leyenda: «Entre la vida del monte con sus habitantes humanos y no humanos; y el dolor y la muerte extractivista de sus dominados y perdedores».
Esta secuencia de dos minutos trasciende la mera crónica zootécnica para convertirse en un espejo de la violencia estructural que habita en la finca. La caravana plástica en la oreja del ternero es la señal indiscutible de su condición de mercancía, un número de inventario dentro de la matriz de explotación. La agonía del animal sintetiza materialmente el costo invisible de la «muerte extractivista», esa lógica donde la vida vale en función de su rendimiento dentro del mercado.
Asimismo, la perspectiva con la que se filma no responde a la mirada del patrón que evalúa fríamente una pérdida de capital, ni a la del capataz que busca despejar rápidamente el área. Es una cámara que se demora, que contempla la vulnerabilidad y reconoce a los «habitantes no humanos» del monte —como Malko y los terneros— dentro de un entramado de afecciones y padecimientos compartidos. Esta sensibilidad se vincula directamente con la posición de enunciación del autor en su texto: un lugar descentrado, marginal a la masculinidad hacendaria tradicional, desde el cual es posible interrogar las asimetrías de poder sin la ceguera naturalizada del heredero.
El corral cerrado representa la gramática del mando, esa sintaxis opresiva pero previsible que atraviesa tanto al cuerpo del animal como a las relaciones de clase entre el propietario y la peonada. Mientras los borradores contractuales de asociación y colaboración rural intentan desmontar el absolutismo del patrón en el papel, el video expone la persistencia de la estructura material: la inercia de la producción, el barro, el encierro y el cuerpo inmóvil. La escena expone, en definitiva, la tensión inacabada entre la aspiración emancipadora y el peso irreductible de una herencia que sigue cobrándose sus perdedores en el territorio.
I. La tentación de tachar el apellido
Hay una fantasía que me visita cada vez que redacto un
contrato para la finca: la de borrar el apellido Pequeño de mi firma y dejar
solamente Ragone. Como si pudiera, con ese gesto notarial, deshacerme del
patrón y quedarme únicamente con el nieto del gobernador desaparecido. Sé que
es una fantasía porque la escribo tantas veces en el diario que ya reconozco su
estructura: no quiero heredar la finca, quiero heredar solamente la causa.
Quiero el monte sin el amo que lo hizo posible.
Pero el psicoanálisis me enseñó —y David Slodky me lo
repitió durante años en su consultorio de la calle 25 de mayo y cuarenta años después
sentado frente a mí en su escritorio de la casa de Cerrillos— que borrar al
padre no es un acto que uno pueda decretar. El padre no se tacha: se transita.
Cuando intento nombrar a la gente de la finca como "vecinos" en lugar
de "peonada", no estoy haciendo un ajuste léxico. Estoy tratando de
matar simbólicamente al patrón que llevo adentro, al que heredé de mi papá y de
toda la línea Pequeño-Paz, y sustituirlo de un plumazo por el emancipador que
quiero ser. Es un parricidio de escritorio. Y como todo parricidio que se
ejecuta solamente en el lenguaje, deja al padre muerto pero intacto: sigue
gobernando desde el inconsciente de la estructura, desde la desconfianza de
Rodrigo, desde la extrañeza de Roberto y Gladys cuando les hablo de igual a
igual.
Esa es la falla que desde el psicoanálisis nombro como "falla
en la identificación con la clase heredada". Aquí prefiero nombrarla de
otro modo, más caliente, más mío: es la falla de un hijo que no quiere ser su
padre, pero que todavía no sabe ser otra cosa que semi-patrón o huérfano.
II. Lo que sí heredé, y lo que elijo
Aquí quiero detenerme, porque no toda herencia es una
condena. Si algo aprendí en estos cinco años después de la muerte de mi padre, de
ir y venir entre Salta y Los Pozos; es que hay una genealogía que no rechazo,
sino que reclamo activamente: la de mi abuelo Miguel Ragone. Y hay una posición
que no elegí pero que terminó siendo mi mejor herramienta de lectura del mundo:
la de ser gay, marginal, corrido desde chico del centro de la mesa familiar y
del centro de la masculinidad que se practicaba en el gimnasio Libertad, en la
finca, en las patoteadas de mis primos.
No es casualidad que sea precisamente ese descentramiento el
que me permite ver lo que mi hermano no ve. Rodrigo no conoció a su abuelo
Miguel Ragone y creció en el lugar del heredero natural, el que debía ocupar el
sitio del padre; por eso no puede correrse de la lógica productivista, por eso
cada conversación con él termina siendo una negociación de poder y no una
conversación entre hermanos. Yo, en cambio, crecí sabiendo que no iba a ser
"el hijo varón que continúa el legado" en el sentido convencional.
Esa expulsión temprana del lugar de heredero legítimo —por mi diferencia
sexual, por mi sensibilidad, por todo lo que en la finca se leía como debilidad—
es la misma posición que hoy me permite mirar a la peonada sin la ceguera del
patrón que necesita mantener el orden para sostener su propia identidad.
Dicho de otro modo: mi marginalidad no es un défcit que debo
compensar con gestos de horizontalidad voluntarista. Es mi lugar de
enunciación. Veo la asimetría del "vecino" y la "peonada"
porque yo mismo he sido nombrado desde afuera, corregido, señalado,
"acomodado" a la fuerza en el molde de la masculinidad hacendaria que
nunca terminé de calzarme. La ética de mi abuelo —que no ejerció el poder desde
el privilegio de su clase de origen sino contra ella, un doctor devenido
gobernador popular— y mi propia experiencia de la exclusión son la misma
matriz. No son dos herencias en tensión: son la misma herencia mirada desde dos
ángulos. Ragone no es solamente sangre; es un método. Y ese método consiste,
precisamente, en desconfiar de las jerarquías naturalizadas, incluida la que yo
mismo porto en el cuerpo cuando piso la finca de Los Pozos.
III. Contra la ingenuidad: de la palabra al contrato
Ahora bien. Sería una nueva forma de soberbia —la soberbia
del hijo pródigo que cree redimirse con el lenguaje— si me quedara únicamente
en la reformulación verbal. "Vecinos" dicho sin más es, como bien lo
señalé, una trampa: le pide al otro que actúe una igualdad que las condiciones
materiales siguen desmintiendo cada vez que soy yo quien decide, quien paga,
quien puede irse a Salta y ellos no.
Por eso el trabajo que estoy haciendo no es solamente de
nominación sino de ingeniería jurídica. No hay ingenuidad en lo que estoy
construyendo, porque sé que sin instrumento contractual la palabra
"vecino" es solamente otra forma —más sofisticada, más culposa— de
ejercer el poder del patrón. El desafío no es dejar de ser propietario mediante
un acto de voluntad, sino transformar la propiedad en una estructura que
distribuya de otro modo la decisión, el riesgo y el excedente.
Con Rana ya lo hicimos: firmamos un Convenio de Capital y
Trabajo. Ahí quedó planteado sin eufemismos lo que somos el uno para el
otro en esa relación: yo pongo la tierra, la infraestructura, parte del
capital; él pone el trabajo, el conocimiento del monte, la presencia cotidiana
que yo no puedo sostener. No lo llamamos "asociación entre vecinos"
porque no lo somos en un sentido simétrico —y decir que sí lo somos sería
mentirle a él y mentirme a mí—. Lo llamamos por su nombre técnico, capital y
trabajo, y desde ese nombre honesto empezamos a construir algo que se parece
más a la justicia que cualquier eufemismo.
Y estoy terminando de redactar una figura más ambiciosa
todavía: el Convenio asociativo de colaboración productiva, diversificación
y arraigo rural, con una Cláusula de Grupo Asociativo con Facultad de
Sustitución Regulada. La idea de fondo es que la relación no dependa de mi
persona individual ni de la buena voluntad de un patrón iluminado, sino de un
dispositivo que sobreviva a mis estados de ánimo, a mis ausencias, a mi
eventual muerte. Que Roberto, Gladys, Rana, los chicos de Lumbreras que se
sumen, puedan sustituirse regulados entre sí dentro del grupo asociativo, sin
que todo dependa de que yo esté ahí sosteniendo personalmente cada vínculo. Es la
diferencia entre la lealtad de un señor feudal —que dura lo que dura su
capricho— y una estructura de derecho que dura lo que duran las reglas que la
sostienen.
IV. Por qué a los subalternos también les cuesta
Y sin embargo, cuando llevo estos borradores al territorio,
no siempre encuentro alivio. A veces encuentro más desconcierto que gratitud. Y
ahí es donde tengo que hacer un esfuerzo mayor de comprensión, porque sería
fácil —y cómodo para mi narcisismo de emancipador— leer esa resistencia como
simple desconfianza o ignorancia. No lo es. Es algo más estructural.
El vínculo patrón-peón, con toda su violencia, tiene una
ventaja perversa: es legible. El peón sabe exactamente qué se espera de él, qué
puede pedir, hasta dónde puede llegar el reclamo, cuál es el techo y cuál el
piso de la relación. Es una gramática opresiva, pero es una gramática. Cuando
yo llego con un convenio asociativo, con cláusulas de sustitución regulada, con
la palabra "diversificación" y "arraigo", estoy
introduciendo una sintaxis nueva en un territorio que durante generaciones
aprendió a leer solamente la sintaxis del mando y la obediencia. No es que el
trabajador rural sea incapaz de entender un contrato asociativo: es que ese
contrato lo obliga a asumir un lugar de corresponsabilidad, de riesgo
compartido, de decisión, para el cual nadie lo preparó ni lo protegió antes. El
patrón siempre absorbió la incertidumbre; ahora yo le estoy pidiendo que la
comparta, y compartir la incertidumbre, cuando uno viene de una historia de
desposesión, no se siente como libertad: se siente como abandono.
Por eso Rafucho puede pensar en irse en lugar de asociarse:
la asociación le exige apostar, y apostar es un lujo que la pobreza estructural
no siempre permite. Por eso Matilde defiende sola su alambre en la Laguna en
lugar de reclamar una gestión colectiva: nadie le enseñó que podía pedir eso.
La resistencia que percibo no es un rechazo a mí; es el peso de una historia
que hizo del sometimiento una forma —dolorosa pero previsible— de sobrevivir.
Deshacer esa gramática exige tiempo, pedagogía y, sobre todo, pruebas concretas
de que el nuevo lenguaje no esconde una trampa peor que la anterior.
V. Lo que queda por hacer
No me hago ilusiones de que dos modelos contractuales
resuelvan lo que generaciones de estructura hacendaria instalaron en el cuerpo
de esta región. El desafío que tengo por delante es largo y no admite atajos
discursivos.
Tengo que lograr que el Convenio de Capital y Trabajo con
Rana no sea una excepción sino un prototipo replicable, ajustado a cada
situación sin perder su columna vertebral de reciprocidad clara. Tengo que
terminar de darle forma jurídica sólida al Convenio asociativo con Facultad de
Sustitución Regulada, de modo que Roberto, Gladys, y quienes se sumen puedan
ver en él no una promesa mía sino un derecho exigible, algo que no dependa de
mi humor ni de mi presencia. Tengo que aprender a tolerar que ese proceso sea
lento, que algunos de ellos prefieran, por ahora, la vieja gramática conocida
antes que la incertidumbre de una asociación real.
Y tengo que sostener, al mismo tiempo, la otra mitad de la
apuesta: que el monte se conserve, que la finca deje de ser solamente una
máquina de extraer renta y se convierta en un lugar habitable —para ellos y
para mí—, que el turismo de naturaleza, la ganadería a escala humana y la
diversificación productiva no sean solo mi proyecto personal de sanación sino
un horizonte económico real para quienes ya viven ahí. Ese es el punto exacto
donde mi historia íntima —la del nieto que no quiere ser patrón pero tampoco
puede desaparecer como propietario— se vuelve una cuestión política de época:
cómo se construye equilibrio, protección ambiental y dignidad del trabajo en la
misma tierra donde antes solo había mando y obediencia.
No sé si voy a lograrlo del todo. Pero sé que la única forma
honesta de no seguir siendo el patrón que incomoda es dejar de pedirles a otros
que me llamen de otra manera, y empezar a construir, cláusula por cláusula, las
condiciones para que ese otro nombre sea, por fin, verdadero.




