jueves, junio 04, 2026

MAMÁ NEGRA: Registro Clínico Familiar

 

MAMÁ NEGRA

Registro Clínico Familiar

Diagnóstico · Evolución · Alimentación

Salta, junio de 2026

 

I. Introducción: Una nueva ontología del cuidado

Hay una idea que la filosofía contemporánea ha comenzado a nombrar con renovada urgencia: la continuidad ontológica entre humanos y no humanos. Esta perspectiva nos invita a reconocer que los seres que comparten nuestra vida —animales, plantas, entornos— no son simples objetos de nuestra atención, sino sujetos con quienes construimos mundos comunes. Cuidar a Mamá Negra no es solo una obligación afectiva: es también un acto de reconocimiento de esa continuidad, una práctica que desdibuja la frontera entre quien cuida y quien es cuidado, entre el humano y el animal, entre la casa en la ciudad y la finca en el monte.

El domingo 3 de mayo de 2026, partí desde Salta hacia Los Pozos llevando en el asiento de atrás a dos perros que Nora Jiménez me había confiado: Johnny —también llamado Juan— y Mamá Negra. Nora se había mudado a un departamento, sus hijos se habían ido a vivir a otras casas y ciudades, y ya no podía cuidarlos. Me los confió con la certeza de que encontrarían un lugar donde ser queridos.

El viaje fue intenso y emotivo. Al pasar por la rotonda de Güemes, con los cañaverales del ingenio San Isidro pasando a los lados de la ruta y la música de Richard Cocciante acompañando, sentí que había construido con ellos un idioma especial, una familiaridad que iba más allá de las palabras. Sentí la responsabilidad de ese cuidado como algo propio, irreductible.

Johnny se quedó en la finca, en Los Pozos. Allí está feliz junto a las vacas y la gente que lo cuida, en el ambiente que le es natural. Mamá Negra, en cambio, tuvo que regresar conmigo a la casa en Salta. Su estado de salud lo requería: necesitaba atención veterinaria continua, una dieta estrictamente controlada y la presencia cercana de alguien que pudiera seguir su evolución día a día. Desde entonces, Mamá Negra vive conmigo en la ciudad. Aquí registro de esa historia compartida.

 

II. Perfil de la paciente

Nombre:  Mamá Negra

Raza:  Mestiza (cruce de Doberman y Pastor Alemán / Ovejero Alemán)

Edad:  7 años

Peso al ingreso:  Aproximadamente 35 kg (con pérdida notable en los dos meses previos al diagnóstico)

Procedencia:  Confiada por Nora Jiménez; trasladada desde Los Pozos a Salta el 23 de mayo de 2026, 20 días después que la dejara para entender si podía adaptarse.

Lugar de residencia actual:  Casa en Salta capital, al cuidado de Fernando Ragone

 

III. Cronología clínica

A continuación se presenta la secuencia de eventos médicos relevantes en el orden en que ocurrieron, para que toda la familia pueda seguir la evolución de Mamá Negra.

Dos meses antes del diagnóstico (marzo 2026)

Comienzo del adelgazamiento progresivo. Pérdida de masa muscular y energía sin causa aparente visible.

27 de mayo de 2026 — Diagnóstico inicial

Se realizan ecografía abdominal y análisis de sangre completo. Los resultados revelan hepatomegalia severa (hígado muy agrandado), acumulación de líquido en el abdomen, bilirrubina críticamente elevada (28,60 mg/dL) y afectación menor de los riñones. El mismo día se inicia fluidoterapia endovenosa (suero). Desde el 26 que llegó de la finca y el 27 tuvimos días no laborables y un feriado.

28 y 29 de mayo de 2026 — Antibióticos endovenosos

Se administra Ampicilina Sulbactam 1,5 g (una ampolla por vía endovenosa, un día cada uno). Se continúa la fluidoterapia. El antibiótico actúa para frenar cualquier proceso infeccioso activo en el hígado y prevenir una infección grave en el líquido abdominal.

2 de junio de 2026 — Paracentesis

Se extrae el líquido acumulado en el abdomen mediante jeringa y catéter (paracentesis terapéutica). El procedimiento alivia la presión sobre el diafragma, mejora la respiración y el confort general de Mamá Negra.

4 de junio de 2026 — Control de evolución

Control veterinario programado para evaluar la producción de líquido abdominal, la evolución de los parámetros clínicos y definir los próximos pasos del tratamiento.

 

IV. El diagnóstico: qué le pasa a Mamá Negra

Para explicarlo de manera que todos podamos entenderlo: el principal problema de Mamá Negra está concentrado en su hígado y su sistema biliar, que están sufriendo una inflamación muy fuerte. Esto genera una reacción en cadena que afecta a otros órganos de manera secundaria.

4.1 El hígado: el centro del problema

El hígado es el gran laboratorio del cuerpo: filtra toxinas de la sangre, produce proteínas esenciales, procesa la bilirrubina (un pigmento amarillo que resulta de la destrucción normal de glóbulos rojos) y fabrica bilis para digerir las grasas. Cuando el hígado enferma gravemente, todo este sistema colapsa.

En el caso de Mamá Negra, los estudios muestran un hígado agrandado con textura irregular, señal de inflamación intensa, y las pequeñas cañerías internas por donde debería circular la bilis aparecen dilatadas porque la bilis no puede fluir con normalidad. Esto es lo que los veterinarios llaman síndrome hepatobiliar severo.

4.2 La bilirrubina: el número que lo explica todo

El dato más alarmante del análisis de sangre es la bilirrubina: el valor normal máximo en un perro es 0,60 mg/dL. Mamá Negra llegó al diagnóstico con 28,60 mg/dL, es decir, casi cincuenta veces el valor normal. Este exceso de bilirrubina en sangre provoca la coloración amarillenta en sus mucosas (ojos, encías), las náuseas, el decaimiento y la inapetencia.

4.3 El líquido en el abdomen (ascitis)

Cuando el hígado está tan inflamado, la sangre no puede circular bien a través de él. Esto genera presión y hace que el líquido se filtre hacia el interior del abdomen, una situación conocida como ascitis. El líquido comprime los órganos internos, dificulta la respiración y genera malestar. La extracción mediante jeringa (paracentesis) alivia ese malestar y le permite respirar y moverse con mayor comodidad.

4.4 Los riñones y el resto del organismo

Los riñones presentan una inflamación leve y secundaria. No están fallando gravemente, pero trabajan bajo mucho estrés porque el hígado ya no puede filtrar correctamente las toxinas que circulan por la sangre. El estómago y los intestinos también están irritados, lo que explica la falta de apetito. El bazo está levemente agrandado como respuesta a la inflamación general.

4.5 Las causas posibles

Los veterinarios apuntan a dos hipótesis no excluyentes:

      La picadura de una garrapata que puede haber desencadenado una infección silenciosa. Aunque no se observó la garrapata directamente, es una deducción epidemiológicamente válida, dado que enfermedades transmitidas por estos parásitos pueden provocar hepatitis aguda e inflamación severa.

      Una predisposición genética o congénita relacionada con su raza. Los Doberman tienen una tendencia hereditaria a acumular cobre en el hígado, lo que puede dañar las células hepáticas de manera progresiva y silenciosa hasta alcanzar un punto de descompensación. Es posible que esta base preexistente haya permanecido sin síntomas durante años hasta que el cuadro actual la desencadenó.

 

Lo más probable es que ambos factores hayan contribuido: una predisposición genética que fue activada o agravada por un evento infeccioso externo.

4.6 Los valores del análisis de sangre en palabras simples

      Glóbulos rojos y hemoglobina: levemente bajos. Tiene una anemia leve que explica parte del cansancio y la debilidad. Es esperable en enfermedades crónicas.

      Glóbulos blancos (defensas): dentro del rango normal. Buena noticia: el cuerpo no está desbordado por una infección bacteriana masiva.

      Plaquetas: normales. Muy importante, porque las enfermedades por garrapata suelen destruir las plaquetas. Que estén bien es una señal positiva.

      Fosfatasa alcalina (FALP): 3.079 U/I, con un máximo normal de 128. Esta enzima se dispara cuando las vías biliares dentro del hígado están muy inflamadas o semi-obstruidas. Confirma la gravedad del cuadro hepático.

 

V. La alimentación: pilar fundamental del tratamiento

En un perro con insuficiencia hepática severa, la alimentación no es un detalle secundario: es parte central del tratamiento. El objetivo es triple: mantener el peso y la energía, reducir el trabajo del hígado al mínimo posible, y evitar que se acumulen toxinas que el hígado ya no puede procesar.

5.1 Royal Canin Hepatic: el alimento terapéutico

El Royal Canin Hepatic es un alimento medicado, formulado específicamente para perros con problemas hepáticos graves. No es un alimento comercial ordinario: fue diseñado para hacer exactamente lo que Mamá Negra necesita.

Por qué es el alimento indicado:

      Proteína de origen vegetal (soja): Las proteínas vegetales son más toleradas por un hígado enfermo porque producen menos toxinas durante su digestión. Esto reduce el riesgo de que se acumulen sustancias dañinas en la sangre que puedan llegar al cerebro (lo que se conoce como encefalopatía hepática).

      Bajísimo contenido de cobre: El hígado enfermo no puede eliminar el cobre por la bilis. Si hay demasiado cobre en la dieta, se acumula en las células del hígado y las destruye. Este alimento lo limita al mínimo indispensable. Esto es especialmente importante dado el componente genético de Doberman.

      Alto contenido de zinc: El zinc compite con el cobre para que el cuerpo lo absorba menos. Además, actúa como antioxidante y protege las células hepáticas del daño.

      Vitaminas E y C, taurina y luteína: Este conjunto de antioxidantes ayuda a neutralizar los elementos dañinos que están destruyendo las células del hígado durante el cuadro agudo.

      Alta densidad energética: Permite que porciones pequeñas aporten las calorías necesarias. Esto es clave porque Mamá Negra tiene el abdomen presionado por el líquido y no puede comer grandes cantidades de una sola vez.

      Sodio controlado: Ayuda a no retener más líquido en el abdomen, complementando el efecto de la paracentesis.

      Fósforo controlado: Protege los riñones, que ya están trabajando bajo estrés.

5.2 La dieta casera complementaria

Además del Royal Canin Hepatic, Mamá Negra recibe una porción de arroz con 200 gramos de carne magra o pechuga de pollo. Esta combinación es adecuada como complemento:

      El arroz aporta carbohidratos de digestión muy fácil, sin sobrecargar el sistema digestivo.

      El pollo o la carne magra aportan proteínas de calidad con poco contenido graso. El exceso de grasa es perjudicial porque requiere bilis para ser digerido, y la vesícula biliar de Mamá Negra ya está muy congestionada.

      Sin embargo, la dieta casera sola no alcanza: no tiene las vitaminas, minerales y nutrientes específicos que necesita un hígado enfermo. Por eso el Royal Canin Hepatic es indispensable y no es solo un complemento, sino el núcleo de la alimentación.

5.3 Nutripet Pasta (John Martin)

Tres veces al día, Mamá Negra recibe aproximadamente 3 gramos de esta pasta concentrada y altamente palatable. Sus funciones son:

      Aportar energía rápida y revertir el balance negativo causado por el adelgazamiento de los últimos dos meses.

      Estimular el apetito: la bilirrubina alta suele causar náuseas y falta de ganas de comer. La pasta, por su sabor intenso, ayuda a que Mamá Negra quiera comer.

      Aportar vitaminas del complejo B, que el hígado enfermo consume rápidamente y no puede almacenar de forma eficiente.

Para optimizar su absorción, es preferible dársela directamente o sobre una cucharada pequeña de arroz antes de las comidas principales, sin mezclarla con porciones grandes de alimento.

5.4 Las vitaminas del complejo B: un punto crítico

Uno de los problemas invisibles pero importantes en la insuficiencia hepática es el agotamiento rápido de las vitaminas del complejo B (B1, B2, B6, B9, B12, entre otras). El hígado sano las almacena y activa; el hígado enfermo no puede hacerlo. Además, cuando se extrae líquido abdominal o se administran diuréticos, estas vitaminas hidrosolubles se pierden junto con los fluidos corporales.

La consecuencia es que su falta agrava la falta de apetito, la debilidad y la anemia.

Estrategias para compensar este déficit:

      Mantener el Nutripet Pasta como fuente regular de complejo B.

      Consultar con el veterinario la aplicación de complejo B inyectable: cuando hay tanta inflamación intestinal, el cuerpo absorbe muy poco de lo que se da por la boca. La vía inyectable garantiza disponibilidad inmediata del 100%.

      Incorporar yema de huevo duro (media yema desmenuzada en el arroz, día por medio): la yema aporta colina, que ayuda al hígado a manejar las grasas sin acumularlas. No se usa la clara para evitar exceso de proteínas.

      Usar el caldo de la cocción del pollo (sin sal, sin ajo, sin cebolla) para humedecer el Royal Canin Hepatic: aporta vitaminas B de forma líquida, hidrata y hace el alimento más atractivo cuando está selectiva.

5.5 Frecuencia y forma de alimentación

Dado que el líquido abdominal comprime el estómago y reduce su capacidad, es fundamental no darle porciones grandes de una sola vez. La recomendación es:

⚠ Dividir la cantidad diaria total en 4 o 5 comidas pequeñas a lo largo del día. Esto facilita la digestión, mejora la absorción de nutrientes y evita que el estómago se sature.

 

VI. El tratamiento médico

6.1 Fluidoterapia (suero endovenoso)

Al momento del diagnóstico, se administró suero directamente en vena durante el primer día. El objetivo fue limpiar los riñones de las toxinas que el hígado no estaba filtrando, mejorar la circulación sanguínea y estabilizar el organismo antes de continuar con el tratamiento.

6.2 Antibiótico: Ampicilina Sulbactam

Durante los dos días siguientes al diagnóstico, se administró una ampolla diaria de Ampicilina Sulbactam 1,5 g por vía endovenosa. Para entender por qué se eligió este antibiótico y no otro:

      El hígado inflamado pierde su capacidad de filtrar bacterias que normalmente vienen del intestino. Sin esa barrera, cualquier bacteria puede invadir el tejido hepático o el líquido abdominal.

      El líquido acumulado en el abdomen es un ambiente ideal para que crezcan bacterias. Si se infecta, puede provocar una peritonitis (infección grave de la cavidad abdominal), que en pacientes hepáticos es frecuentemente fatal.

      El sulbactam que acompaña a la ampicilina actúa como un escudo: neutraliza la defensa que tienen muchas bacterias para destruir los antibióticos, permitiendo que la ampicilina actúe con plena eficacia.

El resultado esperado de este ciclo fue esterilizar el tejido hepático y el líquido abdominal, frenar cualquier proceso infeccioso activo y dejar el terreno preparado para que la paracentesis y la dieta pudieran hacer su trabajo.

6.3 Paracentesis (extracción del líquido abdominal)

Mediante una jeringa y un catéter, se extrajo el líquido acumulado en la pancita de Mamá Negra. No es una cura sino un alivio necesario: sin esa presión, puede respirar mejor, moverse con más comodidad y comer con mayor facilidad. Dependiendo de la evolución, puede ser necesario repetirlo.

 

VII. Seguimiento y próximos pasos

El control del 4 de junio de 2026 permitirá evaluar:

      Si el líquido abdominal se está volviendo a acumular y a qué velocidad.

      Si los parámetros de bilirrubina y función hepática muestran alguna mejoría respecto al diagnóstico.

      Si el antibiótico endovenoso debe continuarse en versión oral o si el tratamiento se enfoca ya exclusivamente en el soporte hepático y nutricional.

      Si se requiere suplementación inyectable de complejo B.

Es importante registrar en este documento cada nueva información que surja de los controles, para contar con una historia clínica completa que acompañe a Mamá Negra a lo largo de su evolución.

 

VIII. A modo de conclusión: el cuidado como ontología compartida

Estas palabras son más que un registro médico. Me propongo registrar la historia de  un vínculo, de una decisión de cuidado que se tomó el domingo 3 de mayo de 2026 en una ruta entre Salta y Los Pozos, con música de los años ochenta y dos perros que dormían tranquilos en el asiento de atrás.

Cuidar a Mamá Negra implica reconocer que su vida y la mía están entrelazadas de un modo que excede la simple tenencia de mascotas. Hay en ese cuidado algo que la filosofía contemporánea llama ontología de la continuidad: la idea de que los humanos y los no humanos no somos entidades separadas que ocasionalmente se cruzan, sino seres que nos constituimos mutuamente a través de las relaciones que tejemos. Mamá Negra no vive junto a mí: vivimos juntos, cada uno transformado por la presencia del otro.

El esfuerzo de hacerla vivir —los controles, la dieta cuidadosa, las dosis exactas, las comidas divididas en cuatro o cinco veces, el caldo de pollo sobre el balanceado, la atención a sus señales— es también un esfuerzo por vivir con ella, por habitar un mundo en el que su bienestar importa tanto como el mío. Ese es el sentido profundo de este registro: no solo documentar una enfermedad, sino dar cuenta de una forma de estar en el mundo que reconoce en el cuidado su expresión más genuina.

Mamá Negra tiene por delante un camino difícil. Pero tiene también a alguien que eligió recorrerlo con ella.

 

Fernando Ragone

Salta, junio de 2026

jueves, mayo 21, 2026

El “cante” que soy. O como el flamenco soul se conecta conmigo



Por Fernando Pequeño Ragone
asistido por NotebookLM, Gemini y Claude IA

Escucho. O más bien, leo sobre lo que se escucha cuando el flamenco encuentra al soul, y algo en mí reconoce ese encuentro como propio. No como aficionado a la música, sino como quien lee su propio retrato sin haberlo posado. La sublimación de la herida: esa es la fórmula que atraviesa todo lo que he escrito en estas páginas durante décadas, aunque nunca la haya nombrado con esa precisión clínica y brutal.

Sublimar. Del latín sublimare: elevar, hacer subir. La química lo usa para describir el paso directo del sólido al gas, sin detenerse en lo líquido. Algo parecido ocurre con el dolor cuando se convierte en escritura. No pasa por la digestión lenta de la herida. Salta. Aparece ya transformado, ya volátil, ya capaz de ocupar el espacio entero de una página o de una melodía.

 

La herida que no se nombra sola

Hay heridas que se reconocen de inmediato y heridas que tardan años en encontrar su nombre. La desaparición de mi padre es de las primeras: tiene fecha, tiene causa política, tiene la nitidez terrible de lo que el Estado hace cuando decide borrar a alguien. Esa herida la cargo con una especie de claridad que, paradójicamente, la hace soportable. Sé lo que es. Sé de dónde viene.

Las otras heridas son más difusas y por eso más persistentes. La herida de haber crecido en Salta llevando un apellido que es también una bandera, una exigencia y una mirada constante sobre lo que hago y cómo lo hago. La herida de desear de un modo que el habitus conservador de esta provincia consideró durante mucho tiempo impropio, vergonzoso, inexistente. La herida de haber aprendido a habitar el silencio como estrategia de supervivencia antes de aprender a habitarlo como elección.

Estas heridas no tienen la nitidez de la primera. Tienen la consistencia del agua que penetra lentamente en la piedra. Y precisamente por eso, su sublimación es más compleja, más lenta, más expuesta al fracaso.

 

El flamenco como espejo transatlántico

Cuando leo que el flamenco nace del trauma histórico, de la opresión, de la sublimación del dolor a través del arte, reconozco en esa descripción una genealogía que no es solo musical sino estructural. El cante jondo no es una decoración de la tristeza. Es la tristeza misma convertida en forma, en compás, en garganta que tiembla con una dignidad extraña y feroz.

Me pregunto si mi diario no es, en algún sentido profundo, mi propio cante jondo. No el tablao ruidoso con su público y su escenario, sino la versión íntima, la del Flamenco Soul que busca espacios pequeños donde la melodía respira. Estas páginas son ese espacio. Aquí no hay audiencia. Aquí el fraseo es libre, menos sujeto al ritmo marcado que afuera me exige coherencia, consistencia, la performance de alguien que sabe lo que hace y por qué lo hace.

 

1984 como punto de partida

Vuelvo, inevitablemente, a ese cuarto porteño de 1984 desde donde recordaba Tucumán. La luz del velador sobre las páginas del primer diario. Carlos tucumano. El deseo que no sabía todavía cómo llamarse a sí mismo pero que ya ocupaba el cuerpo entero con una urgencia que no admitía postergación. Escribí entonces no porque supiera que estaba sublimando nada. Escribí porque la alternativa era explotar o paralizarme, y ninguna de las dos opciones me resultaba tolerable.

Eso es lo que reconozco ahora con la distancia de más de cuarenta años: que la escritura fue desde el principio un dispositivo de transformación del dolor en forma. Que cada entrada de este diario es un acto de transmutación alquímica donde lo que duele, lo que avergüenza, lo que desea sin permiso, lo que pierde sin reponerse, se convierte en algo que puede ser leído, revisado, pensado y, eventualmente, integrado.

No superado. Integrado. Hay una diferencia crucial entre ambas palabras que aprendí tarde y con mucho costo.

 

La memoria como motor, no como ancla

Lo escribí alguna vez y lo sostengo: la memoria no es una carga que nos ata al pasado, sino el motor libidinal que nos impulsa hacia adelante. Pero esta afirmación, que suena limpia y casi optimista cuando la escribo de corrido, tiene sus propias grietas cuando la examino de cerca.

Hay días en que la memoria es exactamente eso: motor, energía, sentido. Días en que recordar a mi padre, recordar la militancia, recordar los primeros textos sobre masculinidades y los debates interminables con compañeros que ya no están, se convierte en combustible puro. En esos días escribo con una fluidez que me asombra. Las palabras llegan ya formadas, como si hubieran estado esperando.

Y hay otros días en que la memoria es, efectivamente, una ancla. En que el peso de lo que se perdió aplasta cualquier impulso hacia adelante. En que el archivo se convierte en mausoleo. En esos días no escribo, o escribo mal, o escribo en círculos que no van a ningún lado.

La sublimación no es un estado permanente. Es un acto que hay que repetir. Un trabajo que nunca termina.

 

El alma insubordinada

Lo que me conecta finalmente con esta idea del Flamenco Soul, con esta fusión entre el dolor histórico del cante y el fraseo libre del soul afroamericano, es la insubordinación. Esa cadencia íntima, melancólica e insubordinada que el análisis identifica como característica del género.

Insubordinado. Eso es lo que intenta ser este diario desde 1984. Insubordinado frente al mandato del apellido, frente a la expectativa de que el hijo del militante desaparecido debía ser de una manera específica y no de otra. Insubordinado frente al habitus provincial que durante décadas intentó regular no solo mi conducta pública sino mi deseo más privado. Insubordinado frente a la narrativa heroica y unidimensional que otros construyen sobre los que llevamos el peso de una historia política visible.

La sexualidad, la memoria y la política son las tres cuerdas de mi propio instrumento. Cuando las tres vibran a la vez, hay algo que merece llamarse música. Cuando alguna se rompe o se afina mal, solo hay ruido, o silencio, o ese dolor sordo que antecede al cante.

Hoy vibran las tres. O al menos eso siento mientras escribo.

Eso, por ahora, alcanza.



domingo, marzo 15, 2026

La voz secuestrada

 

La voz secuestrada

Destierro simbólico, castración materna y la disputa por el legado en la finca familiar

Fernando Pequeño Ragone

"Quien no puede hablar en el banquete familiar

ya ha sido exiliado de su propio nombre."

— F.P.R., diario personal, marzo de 2026

Un almuerzo de domingo en el Paseo de los Poetas. Asado, familia, mi voz que se cierra en la garganta y no vuelve. En La voz secuestrada recorro décadas de historia familiar para desentrañar un nudo preciso: cómo la muerte de mi padre reorganizó el orden doméstico en beneficio de mi hermano patriarca, y cómo mi madre —sin saberlo ni quererlo— opera como guardiana de ese orden, destituyendo mi palabra cada vez que amenaza con diferenciarse. Con herramientas de Lacan y Bourdieu, trazo el recorrido desde el sentido de familia hasta la castración simbólica, y desde el habitus salteño hasta la disputa íntima por el legado en la tierra. Escribo porque no puedo hacer otra cosa. Y porque escribir es el único lugar donde todavía tengo voz.


I. La parálisis como punto de partida

Escribo esto porque no puedo hablar. No es metáfora ni figura retórica: es la constatación literal de lo que me ocurre esta tarde del domingo en que volví del Paseo de los Poetas con la garganta cerrada y la mente detenida en un punto que no logro rodear. Mi orgullo más íntimo siempre ha sido la voz. La velocidad con que el pensamiento se vuelve palabra, la síntesis que surge sin esfuerzo aparente, la potencia de decir en voz alta lo que siento y pienso casi al mismo tiempo en que lo genero. Ese flujo —ese ritmo— es el lugar donde me reconozco. Y esta tarde ese lugar no existe.

La parálisis no llegó de golpe. Se fue instalando durante el almuerzo, entre el olor del asado que tanto había querido y la voz de mi madre repitiendo una sentencia que ya conozco de memoria aunque nunca deje de dolerme. Cuando vuelvo a casa y me siento frente a la pantalla para escribir esto, entiendo que lo que me ha cerrado la garganta no es el asado, ni siquiera las palabras de ella. Es la estructura entera que esas palabras sostienen y reproducen: un orden familiar, regional y simbólico que me asigna un lugar de ineptitud, de agresividad mal contenida, de exceso emocional incompatible con la conducción. Un lugar, en definitiva, que no es mío pero que ella insiste en imponerme.

Este ensayo es mi intento de hablar lo que no pude balbucear. Es también un ejercicio de comprensión: quiero entender cómo llegué aquí, cómo se construyó este nudo que hoy me paraliza la voz, y qué fuerzas —psíquicas, familiares, históricas, regionales— operan en él. Para eso necesito ir hacia atrás, hacia ese tiempo en que todavía era posible creer que la familia tenía un sentido compartido, y rastrear el camino que llevó desde ese momento hasta la castración simbólica de esta tarde.

II. Del sentido de familia: el padre como eje y la ilusión de pertenencia

Hubo un tiempo en que la familia tenía un eje. Mi padre era ese eje: no porque fuera un hombre cálido ni particularmente disponible, sino porque su presencia organizaba el espacio simbólico de todos nosotros. Mientras él vivió, había un centro de gravedad alrededor del cual los demás podíamos orbitar con cierta coherencia. El Día del Padre de 2014, en la casa de la Pulo, fue uno de los momentos en que esa ilusión de familia se volvió tangible para mí. Un gesto mío —la camisa del shopping, mi regalo pequeño y calculado— fue recibido por él con un "gracias, hijo" que me pareció suficiente para recuperar algo que creía perdido. Fue ingenuo de mi parte, lo sé ahora. Pero la ingenuidad no elimina el valor de lo vivido: en ese instante, sentí que pertenecía.

La finca siempre fue el territorio concreto de ese sentido de familia. No solo tierra o propiedad: el espacio donde habitaban mi padre y mi abuelo, donde sus cuerpos habían dejado una impronta que yo podía rastrear y, en cierto modo, continuar. Plantar los mangos del abuelo, transformar la casa en un lugar habitable, pensar en una estructura de trabajo más justa: todo eso era —y sigue siendo— mi forma de habitar ese legado, de mantener vivo un vínculo con los hombres que me precedieron. No desde la reproducción automática de sus formas sino desde una reinterpretación ética. Eso me parecía imposible mientras él vivía.

Cuando mi padre muere, ese eje desaparece. Y lo que ocurre no es simplemente tristeza o duelo: es un reacomodamiento brutal del orden familiar que deja en evidencia cuánto de la cohesión que yo percibía era en realidad una ilusión mantenida por su presencia. Sin él, la familia no se reorganiza hacia algo nuevo: se fragmenta en la dirección del miedo. Mi hermana Adriana se retira hacia su propio núcleo. Rodrigo avanza hacia el centro del poder. Mi madre, que sin el padre pierde su referencia organizadora, hace lo único que sabe hacer ante la incertidumbre: aferrarse al orden conocido. Y el orden conocido tiene un nombre: el patriarca proveedor. El hijo que manda porque siempre lo hizo.

Lo que se desplaza entonces no es solo un rol familiar sino todo un sistema de significados. El sentido de familia que yo habitaba —imperfecto, tenso, pero real— deja de existir como posibilidad colectiva. Lo que queda es una estructura de poder en la que las posiciones ya están asignadas y no son negociables: Rodrigo conduce, yo no sé. Rodrigo conoce el oficio, yo no. Rodrigo tiene autoridad sobre la finca, yo tengo sentimientos inadecuados. Esta es la nueva gramática familiar que mi madre escribe y protege, y que hoy, en el Paseo de los Poetas, me fue aplicada con una precisión que me dejó mudo.

III. La castración simbólica: cuando la madre destituye al sujeto

En psicoanálisis, la castración no refiere a una mutilación sino a una operación simbólica por la cual el sujeto es separado de aquello que cree que lo completaría: el poder de nombrarse, de ser reconocido, de acceder al lugar que considera suyo en el deseo del Otro. La función castradora la ejerce, en la teoría clásica, el padre a través de la ley: es él quien interrumpe la fusión con la madre e introduce al sujeto en el orden simbólico, donde deberá encontrar su propio lugar por sus propias palabras y actos. Pero en mi caso la operación se invierte de manera perturbadora: es mi madre quien me castra, y lo hace en nombre de un padre que ya no está.

Lo que ocurre en el almuerzo de hoy es estructuralmente esto: yo presento una propuesta —una visión diferente sobre la finca, sobre cómo organizarla, sobre cómo habitarla— y mi madre la recibe, en principio, con cierto reconocimiento de que puede tener razón. Ese momento de apertura dura exactamente lo que dura antes de que llegue el "pero": pero tu hermano siempre fue el que entendió ese trabajo, pero vos te portaste mal con él al expresar tus sentimientos, pero así fue siempre. En ese "pero" está todo el mecanismo. Mi madre no niega lo que digo: me destituye a mí como sujeto capaz de decirlo. La diferencia es abismal. Si negara mis argumentos, podríamos debatir. Al destituir mi lugar de enunciación, cierra la posibilidad misma del debate.

Lacan hablaría aquí de la expulsión del orden simbólico. Al no encontrar un lugar para mi palabra en el discurso de la madre —al ser pintado como "agresivo e incapaz de hacerme entender"— mi psiquis ya no puede transformar pensamiento en habla. El balbuceo que siento en la garganta esta tarde es la forma que toma el cuerpo cuando el emisor ha sido invalidado. No es que no tenga qué decir: es que quien habla ha sido declarado incompetente para hablar, y esa declaración, viniendo de ella, activa en mí algo muy antiguo, muy anterior a este domingo.

Porque esta castración no es nueva. Es permanente, en el sentido de que se ha ido construyendo a lo largo de toda mi vida. Hay un patrón que reconozco con una claridad dolorosa: cada vez que me diferencio, cada vez que afirmo una posición propia que no cabe en el lugar que ella me asigna, la respuesta es la misma operación de destitución. No se me discute: se me descalifica. No se cuestiona lo que digo sino la forma en que lo digo. La forma siempre será inadecuada: demasiado emocional, demasiado agresiva, demasiado diferente al orden que Rodrigo encarna sin necesidad de hablar, sin necesidad de explicarse. Rodrigo manda con el silencio de quien ya tiene asignado su lugar. Yo me esfuerzo con la palabra y eso mismo —el esfuerzo, la visibilidad del proceso— se convierte en prueba de mi incompetencia.

Lo que mi madre proyecta sobre Rodrigo es la potencia: él es el Sujeto Supuesto Saber, en términos lacanianos; el que conoce el oficio, el que sabe cómo se hace. Lo que proyecta sobre mí es la vulnerabilidad enmascarada de agresividad. Esta distribución proyectiva no es inocente ni azarosa: es la forma en que ella gestiona su propio miedo. Somos, ella y yo, un calco en muchas cosas —incluido ese miedo al dinero, esa angustia de base que se filtra en todas las decisiones—, y precisamente por eso necesita colocarme del lado de lo que hay que controlar, no del lado de lo que puede conducir. Si yo pudiera conducir, si mi diferencia fuera reconocida como legítima, el orden que la protege a ella (en el centro mi hermano Rodrigo) de sus propios miedos; quedaría amenazado y ella se desestabilizaría.

IV. La guardiana del orden: madre, habitus salteño y la política del patrón

Sería un error reducir lo que me pasa a una dinámica puramente familiar, como si ocurriera en el vacío de una psicología privada. Lo que mi madre defiende cuando defiende a Rodrigo no es solo a su hijo: es un orden social, histórico y territorial que tiene nombre y dirección en el noroeste argentino. Es el habitus de la Salta rural: el sistema de creencias incorporadas, de disposiciones que se viven como naturales aunque sean producto de una historia de dominación muy específica. En ese habitus, la finca no es una propiedad abstracta sino el escenario de una jerarquía tan antigua que ya no necesita justificarse. El patrón manda. El peón trabaja. El que sabe es el que heredó el saber por la sangre y la práctica del mando. El que propone igualitarismo no es reformista: es ingenuo, o peor, es subversivo.

Bourdieu llamaría a esto una lucha por el capital simbólico dentro de un campo específico: el campo de la gestión de la tierra familiar. En ese campo, Rodrigo acumula capital simbólico de una sola forma: siendo el que manda sin preguntar, el que toma decisiones sin deliberar, el que encarna la continuidad del sistema paterno sin necesidad de cuestionarlo. Yo, en cambio, llego con un capital diferente —ético, cultural, reflexivo, informado por años de militancia en derechos humanos y justicia social— que en ese campo no vale nada. Más que no valer: activamente resta. Mi propuesta de pasar del sistema patrón-peón a algo más horizontal no es percibida como una mejora sino como una transgresión de la jerarquía natural que organiza el campo. Y mi madre, que ha pasado toda su vida dentro de ese campo y que no tiene herramientas para imaginarlo de otra manera, actúa como su guardiana más eficaz.

Aquí es donde el análisis tiene que ser cuidadoso: no se trata de que mi madre sea una persona mala o malintencionada. Se trata de algo más profundo y más difícil de confrontar. Ella no defiende a Rodrigo porque sea su preferido ni porque no me quiera: me quiere, estoy seguro de eso. Lo que defiende es el único sistema de coordenadas en que sabe moverse, el único mapa que tiene del mundo familiar y territorial. Cambiar ese mapa no sería solo aceptar mi propuesta sobre la finca: significaría poner en cuestión décadas de vida organizada bajo un principio de autoridad que le dio seguridad —aunque también le haya costado mucho—. Por eso su rigidez no es arbitraria ni caprichosa: es estructural. Es la rigidez de quien, al cambiar, sentiría que el piso desaparece.

Lo que me resulta más perturbador, en todo caso, es la función que mi madre cumple en la reproducción de ese orden sin que nadie se lo haya pedido explícitamente. No hay un acuerdo declarado entre ella y Rodrigo para mantenerme fuera del legado. No hay una conspiración. Lo que hay es algo mucho más eficaz: un habitus tan incorporado que opera solo, que se activa automáticamente cada vez que la estructura es amenazada. Cuando yo hablo, cuando propongo, cuando me diferencio, el habitus de mi madre lo procesa como amenaza y produce su respuesta: la destitución simbólica de mi palabra. No necesita pensar qué hace: ya lo sabe. Lo aprendió antes de poder reflexionarlo.

Esta operación tiene, además, una dimensión específicamente de género que no puedo ignorar. En el contexto salteño, la masculinidad legítima —la que da derecho a conducir— es la masculinidad del proveedor silencioso, del que manda sin explicar, del que trabaja sin quejarse y sin teorizar. Rodrigo encarna esa masculinidad de manera perfecta, incluso en su versión más problemática: una familia que no lo acompaña, una presencia que se ejerce como poder sin afecto visible, una autoridad que no necesita ganarse porque ya viene dada por el orden. Yo, en cambio, represento lo que ese modelo de masculinidad considera debilidad: hablo de mis sentimientos, propongo cambios, pido que las cosas se digan, necesito que el trabajo en la finca tenga una dimensión ética y no solo funcional. Mi madre, al descalificar esa forma de ser hombre como "agresiva" o "incapaz de hacerse entender", refuerza sin saberlo el único modelo de masculinidad que el campo reconoce como apto para la conducción. Y al hacerlo, me expulsa del legado del padre por la vía de la virilidad mal cumplida.

El Paseo de los Poetas, ese nombre que evoca cultura y palabra pública, se convierte esta tarde en el escenario de mi exclusión más íntima. El asado —ritual de comunión, de familia, de masculinidad compartida en el fuego— se me vuelve atragantamiento. La metáfora es perfecta: no puedo digerir la ley materna que me destituye, y el cuerpo lo dice de la manera más directa posible. El espacio de encuentro se convierte en espacio de exclusión. El ritual de unión se convierte en ceremonia de separación. Lo que debía ser un domingo de familia ordinaria se vuelve el punto donde la estructura se muestra con toda su brutalidad.

V. La ambivalencia del vínculo: entre el miedo a perderla y el miedo a permanecer

Aquí está el nudo más difícil de desatar. Podría simplificar y decir que mi madre me hace daño y que debo separarme. Pero eso sería ignorar la textura real de lo que me pasa, que es mucho más complicada y mucho más dolorosa. No solo me angustia lo que ella hace: me angustia también la idea de perderla. Me angustia el domingo sin el almuerzo, la finca sin el gesto de intentar encontrarnos, el mundo donde la separación se vuelve definitiva y yo me quedo del otro lado de una frontera que yo mismo crucé. Ese miedo no es irracionalidad: es el rastro de una dependencia que se construyó durante décadas y que tiene raíces en algo que todavía necesito de ella, aunque ya no sepa nombrar exactamente qué.

En términos psicoanalíticos, esta ambivalencia tiene un nombre preciso: el vínculo simbiótico con el objeto necesitado y odiado al mismo tiempo. Mi madre es, para mí, simultáneamente la que me da y la que me quita. La que me reconoce y la que me destituye. La que me quiere y la que, al quererme, me paraliza. No puedo simplemente odiarla o simplemente amarla: la experimento en esa tensión permanente, y esa tensión es la que hoy me impide hablar, porque hablar implicaría tomar posición, y tomar posición implicaría correr el riesgo de perderla. El silencio del balbuceo es, también, una forma de no elegir. Una forma de mantener el vínculo en suspenso, de no forzar el punto de quiebre.

Pero hay otro miedo que convive con el anterior y que esta tarde siento con igual intensidad: el miedo a seguir así. El miedo a que la dependencia me consuma, a que la búsqueda de su aprobación siga organizando mis movimientos en la finca, mis propuestas sobre la tierra, mi relación con Rodrigo y con el legado del padre. El miedo a que el año que viene, y el siguiente, yo siga llegando al almuerzo del domingo con esperanzas de ser reconocido y volviendo con la garganta cerrada. Ese miedo es el que me dice que algo tiene que cambiar, aunque no sepa todavía exactamente qué ni cómo.

Ogden describiría este diario como un espacio co-soñador: el lugar donde el yo sobrevive a la devaluación, donde el pensamiento que no puede hacerse palabra oral encuentra un contenedor que impide la desintegración psíquica. Escribo porque si no escribo el silencio me borra. Y hay algo profundamente verdadero en eso: en este momento, la escritura es el único lugar donde existo con pleno derecho, donde nadie puede declararme incompetente para hablar. Aquí, en este texto, soy el sujeto que sabe lo que le pasa. Aquí, nadie puede quitarme la voz.

VI. Habitar el legado: la finca como cuerpo del padre y territorio de disputa

La finca no es solo tierra. Eso lo sé desde siempre, aunque no siempre haya podido decirlo con esta claridad. La finca es el cuerpo del padre y del abuelo: el espacio donde ellos dejaron una impronta que puedo tocar, oler, caminar. Cuando pienso en la posibilidad de transformarla —de hacerla habitable, de plantar los mangos del abuelo, de construir un sistema de trabajo donde nadie esté sometido a nadie— no estoy proponiendo solo una reforma agraria doméstica. Estoy proponiendo una forma de identificación con esa línea masculina que me precede, pero desde una ética propia, desde una diferencia que no niega el origen sino que lo reinterpreta.

Lo que mi madre hace al entregar a Rodrigo las llaves de la finca —metafórica y literalmente— es cerrarme el acceso a ese cuerpo. No puedo habitar el legado del padre si el guardián del territorio es quien me niega la entrada. Y esa negación es también, en el fondo, una forma de borrarme de la historia familiar: si Rodrigo conduce y yo no sé, entonces la finca es de él, el legado es de él, el nombre del padre y del abuelo es de él. Yo soy un visitante, un intruso que viene con ideas inadecuadas y sentimientos que molestan. Esta es la consecuencia más profunda de la castración simbólica: no solo me quita la voz en la conversación de hoy, sino que me quita el lugar en la historia de los que vinieron antes.

Y sin embargo, vuelvo. Cada vez que armo energías y me propongo ir a la finca, cada vez que pienso en los mangos y en las cabañas y en el sistema cooperativo, estoy resistiendo ese borrado. Estoy diciéndole a la estructura que todavía existo, que todavía tengo derecho a ese territorio, que el legado del padre no se agota en la figura del patriarca proveedor. Esta resistencia es la que hoy se desmorona cuando vuelvo del almuerzo: la angustia y la parálisis son también el colapso temporal de esa energía de resistencia. Pero colapso no es derrota definitiva. O al menos, en esta tarde de domingo, necesito creer que no lo es.

VII. Escribir como acto de existencia

Termino aquí donde empecé: con la voz secuestrada y la escritura como único espacio donde todavía puedo habitar. Este ensayo no es una solución ni un plan de acción: es un intento de comprender lo que me pasa antes de decidir qué hacer con ello. Entender que la castración es materna y permanente, y no solo el efecto de este domingo, me ayuda a no confundir la causa con el síntoma. Entender que mi madre actúa como guardiana de un habitus salteño que va mucho más allá de su voluntad personal me ayuda a no reducir lo que hay entre nosotros a una maldad privada ni a una crueldad deliberada. Y entender que el miedo a la separación y el miedo a la dependencia son los dos polos de la misma ambivalencia me ayuda a no huir precipitadamente hacia ninguno de los dos extremos.

Lo que sí puedo decir, después de escribir todo esto, es que el problema no está en mis sentimientos ni en mi forma de expresarlos. El problema está en una estructura que no tiene herramientas para procesar la diferencia y que solo puede gestionar lo que la amenaza mediante la destitución de quien la porta. Esa estructura no es solo familiar: es regional, histórica, política. Y yo no voy a cambiarla por el solo hecho de comprenderla. Pero comprenderla me da algo que esta tarde no tenía: palabras. Y las palabras, aunque lleguen tarde y en silencio y en un texto que solo yo leeré por ahora, son el comienzo de todo lo que todavía me falta hacer.

Quiero habitar la tierra de mi padre. Quiero encontrarme con mi hermano, aunque hoy no pueda imaginar cómo. Quiero que mi madre pueda reconocer mi diferencia sin necesitar destituirme para tolerarla. Y quiero, sobre todo, dejar de necesitar su aprobación para saber que existo y que lo que digo tiene valor. Ese es el trabajo que este ensayo señala y que va mucho más allá de él.

F.P.R.

Salta, marzo de 2026

domingo, febrero 15, 2026

El compromiso en Los Pozos

 

Adriana y Néstor

1 de mayo de 2023



Dos años después de la partida del papá, la finca familiar fue testigo de un momento que unió pasado y futuro: el anuncio del compromiso entre Adriana y Néstor. Lo que ocurrió aquel mediodía de mayo en Los Pozos no fue solo la celebración de una pareja, sino un acto que reordenó las historias, los afectos y los lugares de todos nosotros.

El deseo del padre

Adriana comenzó su anuncio con una frase que no fue casual: "lo que mi papá también quería". En esas palabras había mucho más que nostalgia. Había una forma de honrar la memoria del papá, de decirle que su bendición seguía viva en las decisiones importantes de la familia.

El compromiso no rompía con el pasado; lo continuaba. Adriana no estaba solo eligiendo a su compañero de vida, estaba cumpliendo con algo que el papá siempre había querido ver. Néstor no era un extraño que llegaba de afuera: era como una especie de hijo que el papá siempre quiso tener cerca, el amigo de la familia que había estado ahí durante décadas.

Para Adriana, este compromiso era una forma de cerrar un círculo abierto por el duelo. Dos años después de perder al papá, encontraba una manera de transformar la ausencia en presencia, de sentir que él seguía acompañándola en las grandes decisiones.

Treinta años de espera

Néstor habló de un "largo camino de la vida" que lo había traído hasta ese momento. Su historia con Adriana comenzó treinta años atrás en un gimnasio, y aunque la vida los separó en distintos momentos, siempre quedó algo pendiente entre ellos.

Cuando non su humor le pregunté a Néstor si había esperado a que el papá no estuviera para "aprovecharse", Néstor no lo negó. Reconoció que había un tiempo para cada cosa, que durante años mi papá había sido una presencia que, sin prohibir nada, mantenía cierto orden en las relaciones familiares. Su partida abrió un espacio nuevo, y Néstor supo que era el momento de hacer realidad lo que siempre había estado ahí, latente.

No era oportunismo. Era la madurez de entender que los tiempos familiares tienen sus propios ritmos, y que a veces las mejores cosas llegan cuando todos están listos para recibirlas.

Mi resistencia

Mi reacción al anuncio no fue simple. Antes de que lo dijeran, ya estaba negándolo: "Vivir juntos menos, casamiento no, embarazo menos". Cuando finalmente lo dijeron, sentí que me caía "la escupitajo en la cara". El humor era mi manera de procesar algo que me movía el piso.

No era que estuviera en contra. Era que este compromiso cambiaba las cosas. Mi amigo dejaba de ser solo mi amigo para convertirse en mi cuñado. Mi hermana iniciaba un camino que la alejaría un poco de la vida que habíamos compartido. Los Pozos, nuestro refugio familiar, empezaba a llenarse de nuevos significados.

Junto a las bromas de mi hermano Rodrigo sobre los contratos y la herencia ("hay que sacarlo de la herencia urgente") eran formas de seguir siendo guardianes de la familia, los que vigilan que todo esté en orden. Pero en el fondo yo sabía que estaba presenciando algo hermoso: la familia no se estaba rompiendo, se estaba expandiendo.

Los Pozos como escenario sagrado


No fue casualidad que el anuncio ocurriera en la finca. Los Pozos no es solo un lugar; es el centro de nuestra historia familiar. Es donde mi papá construyó sus sueños, donde crecimos, donde volvemos siempre que necesitamos reconectarnos con quiénes somos.

Al hacer el anuncio ahí, Adriana y Néstor no estaban solo informando una decisión personal. Estaban inscribiendo su compromiso en el territorio donde nuestro papá sigue presente, donde cada árbol, cada rincón, cada piedra guarda algo de él. Era como si le estuvieran pidiendo permiso, avisándole que la vida continuaba pero que él seguía siendo parte de todo.

La finca convirtió ese anuncio en algo más que una noticia: lo transformó en un ritual, en un momento sagrado que quedó grabado en la tierra misma de Los Pozos.

Las ausencias presentes

Señalé que faltaban las hijas de Néstor y Tobías. No era un reproche, sino una observación de que este momento era, por ahora, de nosotros, los que compartimos la historia original de Los Pozos. Los jóvenes llegarían a su tiempo, construirían sus propias memorias con esta nueva configuración familiar.

La ausencia más grande, por supuesto, era la del papá. Pero de alguna manera, estaba más presente que nunca. Cada palabra de Adriana lo invocaba, cada gesto de Néstor lo reconocía, cada broma mía era una forma de mantener vivo su espíritu. El duelo nos había enseñado que la ausencia física no significa la desaparición de alguien en nuestras vidas.

Un nuevo capítulo

Aquel 1 de mayo de 2023 en Los Pozos marcó un antes y un después. No porque todo cambiara de golpe, sino porque algo que había estado esperando durante treinta años finalmente encontró su momento.

Adriana y Néstor nos mostraron que el amor tiene sus propios tiempos, que las familias se transforman sin dejar de ser ellas mismas, que los deseos de quienes ya no están pueden seguir guiando a quienes continúan el camino.

Dos años después de perder al papá, encontramos una forma de honrarlo: siguiendo adelante, construyendo nuevos vínculos, permitiendo que la vida florezca incluso en medio del duelo. Ese compromiso en la finca no fue el fin de una historia, sino el comienzo de otra, una que incluye todo lo que fuimos y todo lo que seremos.

Y el papá, desde donde esté, sonríe al ver que sus hijos, sus amigos, su familia, siguen escribiendo la historia de Los Pozos.

***

Recordatorio familiar escrito en febrero de 2026,

casi tres años después de aquel día memorable

miércoles, enero 28, 2026

El que llega a tiempo

  

Por Fernando Pequeño.

Construido con Claude IA, a partir de vivencia cotidiana; sobre los conceptos de 
"herida colonial"  y "herida neoliberal". 

La "herida colonial" se describe en el texto como una estructura tradicional de vínculos en la finca, arraigada en dinámicas de poder heredadas del colonialismo. Con este concepto busco emancipar y reconstruir mediante una presencia disruptiva y reflexiva, alterando el statu quo familiar y productivo. 
 
Esta herida se conecta con la "herida neoliberal", presentada como una lógica de capital extractivo que prioriza la eficiencia económica sobre la vida, manifestándose en patrones de negligencia como "llegar tarde" a emergencias (ej. muerte de la yegua por cólico), lo que genera pérdidas evitables de animales.
 
En las consecuencias para la protección del monte y el trabajo rural, ambas heridas convergen en políticas extractivistas que despojan el territorio: la colonial, al imponer jerarquías humanas sobre no humanos que ignoran ritmos ecológicos; la neoliberal, al acelerar la deforestación para monocultivos o ganadería intensiva, destruyendo hábitats del monte salteño y precarizando el trabajo rural mediante temporalidad y bajos salarios, afectando la vida de comunidades, animales y ecosistemas interdependientes.
 
 

Cuando Mateo volvió del pueblo esa tarde, traía en el bolsillo un billete arrugado y una certeza nueva: el dinero podía ser también una forma de decir "hasta aquí". No culpa, no degradación. Solo un límite claro, casi limpio. Había pagado por lo que quería sin disculparse, y por primera vez en mucho tiempo, se sintió dueño de su propio deseo.

Pero la claridad del pueblo se desvaneció al llegar a la finca.

La yegua había muerto de cólico en la madrugada. Nadie la había visto a tiempo. Nadie había estado cerca. Como siempre.

—Estas cosas pasan —dijo su hermano, sin levantar la vista del teléfono.

—Pasan porque nadie mira —respondió Mateo.

Su hermano alzó la cabeza entonces, con esa mezcla de cansancio y agresión que Mateo ya conocía bien. Era la misma expresión de cuando hablaban de los perros envenenados el año anterior, o de la vaca que se desangró sola en el potrero porque nadie chequeó la cerca. Siempre la misma estructura: llegar tarde, explicar que fue inevitable, seguir adelante.

—¿Y vos qué sabés? —escupió su hermano—. Venís dos días al mes y querés cambiar todo.

Mateo sintió la rabia trepar por su garganta, pero también algo más frío, más lúcido: su hermano tenía razón y no la tenía. Era cierto que él llegaba de afuera, que su presencia era intermitente. Pero también era cierto que cada vez que llegaba, algo se movía. Una pregunta incómoda. Una muerte que ya no podía ignorarse.

Su madre intervino desde la cocina, con esa voz que buscaba aplacar sin tomar partido:

—No empiecen, por favor.

Pero ya habían empezado hacía años. Desde que Mateo dejó de aceptar que "así son las cosas". Desde que comenzó a nombrar lo que veía: la tierra tratada como máquina, los animales como números, la gente del campo como piezas reemplazables. Una lógica heredada, antigua, que sangraba por todos lados pero se negaba a reconocer la herida.

Esa noche, Mateo salió a caminar por el terreno. La luna iluminaba los surcos vacíos, el galpón donde la yegua había muerto sola. Pensó en el billete arrugado de la mañana, en cómo había usado el dinero para trazar una frontera. Y se preguntó si podía hacer lo mismo aquí: establecer límites, decir "no más" sin esperar permiso.

Sabía que su familia lo vería como un intruso. Sabía que cada conversación sería una pelea, cada cambio, una afrenta. Pero también sabía que su sola presencia —esa presencia que preguntaba, que se negaba a llegar tarde— ya estaba fracturando algo.

No era el salvador. No era el hijo pródigo. Era, simplemente, el que se había atrevido a mirar de frente la herida y a decir su nombre: esto que llamamos progreso es, en realidad, abandono. Esto que llamamos tradición es, muchas veces, violencia naturalizada.

Volvió a la casa cuando ya amanecía. Su hermano dormía. Su madre preparaba café. Todo parecía igual, pero Mateo sabía que no lo era. Algo se había movido, aunque fuera apenas un milímetro.

Tomó el café en silencio y miró por la ventana el potrero donde la yegua ya no estaba.

—No voy a dejar de venir —dijo, más para sí mismo que para su madre.

Ella no respondió, pero tampoco fue necesario. Ambos sabían que esa era, quizás, la única forma de empezar: llegando. A tiempo.

martes, enero 27, 2026

Cuento corto. La Geometría del Deseo: entre Matias! y Carlos, y Marcelo. Transitando

 Por Fernando Pequeño.

Construido con Claude, a partir de notas como "oyente empático"
y las obras teóricas de Perlongher, Illouz y Zelizer. 

El concepto de "oyente empático" se define como un interlocutor cuya función principal no es solo recolectar información, sino guiar la conversación mediante preguntas que permitan al hablante desarrollar su historia con profundidad, ordenando el relato y facilitando la reflexión sobre sus propias vivencias. Este rol es fundamental en contextos donde el diálogo actúa como un dispositivo de reconocimiento y validación emocional.

Primera parte: Los territorios del hambre

Matías caminaba por la calle Balcarce calculando mentalmente el peso de las monedas en su bolsillo. Tres mil pesos. Suficiente para dos días de pieza, o cinco si dormía en el banco de la fundación. La matemática de la supervivencia era su única certeza en un mundo donde todo lo demás fluía sin anclas.

El mensaje llegó a las once de la noche: "¿Estás disponible? Te pago bien."

Era Carlos, el ingeniero. Hacía tres meses que no sabía de él.

Matías recordó la primera vez que lo conoció, en un café del centro. Carlos tenía cuarenta y cinco años, un departamento con vista al cerro, y una soledad que se palpaba como el polvo en el aire. La propuesta había sido clara: vivir juntos, tener todo lo necesario, a cambio de "compañía constante". Una palabra elegante para nombrar lo que los dos sabían que significaba.

Al principio pareció un acuerdo perfecto. Matías dejó de alquilar piezas por día. Comía tres veces. Tenía agua caliente todas las mañanas. Pero la balanza se inclinó rápido. Carlos quería sexo cada noche, a veces dos veces, con una insistencia que convertía el deseo en trabajo, y el trabajo en obligación. No había conversación, no había interés por lo que Matías pensaba o sentía. Solo el cuerpo, siempre el cuerpo.

"Era muy cargoso sexualmente", recordaba Matías. Como si su presencia fuera solo un instrumento, una herramienta para llenar el vacío de otro.

Una noche, después de negarse por tercera vez en la semana, Carlos fue directo: "Si no te interesa cumplir el trato, tal vez sea mejor que busques otro lugar."

Matías juntó sus cosas esa misma madrugada.

Ahora, el mensaje parpadeaba en la pantalla. "Te pago bien." La lógica transaccional había sido explícita desde el inicio. Perlongher habría visto en este vínculo la forma más pura del negocio del deseo: el dinero como excusa para que dos pulsiones se encuentren sin compromisos afectivos, sin nombres para lo innombrable. Carlos compraba no solo un cuerpo, sino la ilusión de una virilidad que Matías vendía con la precisión de quien ha aprendido que sobrevivir requiere convertir todo en mercancía.

Matías guardó el teléfono sin responder.

Segunda parte: El mapa de las afecciones

La fundación olía a mate cocido y a ropa lavada con jabón blanco. Matías llegó al mediodía, cuando el sol pegaba fuerte sobre el patio de tierra. Algunos compañeros fumaban en la sombra, otros dormían la siesta en las colchonetas del salón.

—Mati, ¿cómo andás? —le gritó el Toto desde el fondo.

—Tirando, hermano. ¿Vos?

—Acá, tratando de no cagarla.

Matías sonrió. El Toto estaba limpio hacía dos semanas, un récord para alguien que había vivido pegado al paco durante años. Era Matías quien le había hablado, quien le había mostrado que había otro camino.

"¿Cómo haces para comprar tu trabajo, amigo?", le había dicho una tarde. "Yo no me gasto en droga, me compro ropa. Mirá." Y le había mostrado las zapatillas nuevas, compradas con la plata de un cliente.

Esa tarde, mientras compartían unos mates, Matías recibió otro mensaje. Marcelo.

"Hola, Mati. ¿Querés venir a comer el domingo? Estamos haciendo asado."

El estómago se le hizo un nudo. Marcelo era otra cosa.

Lo había conocido seis meses después de dejar la casa de Carlos, cuando Matías había tocado fondo con las changas y necesitaba un lugar donde quedarse. Marcelo tenía cincuenta años, trabajaba en una empresa de logística, y vivía solo en una casa grande en el barrio Tres Cerritos.

Al principio fue lo mismo: un acuerdo tácito. Pero algo cambió a las pocas semanas. Marcelo cocinaba para los dos, le preguntaba cómo le había ido en el día, le presentó a sus hermanas. No había demandas sexuales constantes. Había risas. Había conversación hasta las dos de la mañana sobre la vida, sobre los miedos, sobre las ganas de ser alguien distinto.

Una noche, tres meses después de convivir, Matías le dijo que se iba.

—¿Por qué? —preguntó Marcelo con la voz quebrada.

—Porque no quiero que esto sea… lo que fue con el otro tipo.

—Pero esto no es eso, Mati. Yo… —Marcelo se detuvo, respiró hondo—. Yo estoy enamorado de vos. Me gustás mucho. Y no porque me debas algo. Porque sos vos.

Matías no supo qué decir. Nadie le había dicho algo así. Nadie había llorado por él de esa manera. Se fue igual, porque no sabía cómo quedarse sin sentir que tarde o temprano tendría que pagar con su cuerpo lo que recibía en afecto.

Zelizer lo habría explicado mejor que él: las relaciones humanas son siempre transacciones, pero no todas las transacciones son iguales. Con Carlos, el paquete relacional era claro: sexo por techo y comida, un intercambio donde la intimidad era solo un simulacro. Con Marcelo, las fronteras se habían vuelto porosas. El dinero no mediaba, pero sí el cuidado, la presencia, el tiempo compartido. Era lo que Zelizer llamaba "vidas conectadas": economía e intimidad entrelazadas de formas que no corrompen, sino que sostienen.

Matías respondió el mensaje: "Dale, voy."

Tercera parte: Territorios en disputa

El asado en lo de Marcelo fue incómodo al principio. Estaban las hermanas de Marcelo, un par de sobrinos, y Matías sintiéndose fuera de lugar. Pero Marcelo lo presentó sin titubeos.

—Él es Matías, un amigo muy importante para mí.

Las hermanas lo miraron con curiosidad, pero sin hostilidad. Durante la comida, hablaron de fútbol, de política, de cualquier cosa. Matías se permitió reír, relajarse. Cuando se fueron todos, se quedaron solos en el patio.

—Gracias por venir —dijo Marcelo.

—Gracias por invitarme.

—¿Cómo estás? ¿Necesitás algo?

Matías negó con la cabeza, pero Marcelo insistió.

—Si necesitás un lugar por unos días, sabés que podés venir. Sin condiciones.

La palabra resonó: sin condiciones. Matías sintió que algo se movía dentro de él, una tensión que había cargado durante años. El miedo a la vulnerabilidad, el miedo a necesitar, el miedo a que todo afecto escondiera una transacción.

—¿Por qué hacés esto? —preguntó Matías, genuinamente confundido.

—Porque me importás. Y porque sé que la estás pasando mal.

Esa noche, Matías durmió en el sillón de Marcelo. No hubo sexo. No hubo demandas. Solo una manta limpia y el silencio cómodo de dos personas que se entienden sin palabras.

Cuarta parte: La deriva y el anclaje

Los meses pasaron y Matías encontró un equilibrio extraño. Seguía haciendo changas, seguía alquilando piezas, seguía respondiendo ocasionalmente a clientes cuando el hambre apretaba. Pero Marcelo se había convertido en una constante, en un puerto al que volver cuando todo lo demás se volvía demasiado inestable.

Una tarde, mientras tomaban cerveza en el patio, Marcelo le preguntó:

—¿Alguna vez pensaste en dejar esto? Lo de los clientes, digo.

Matías se encogió de hombros.

—Es plata fácil. Y rápida.

—Pero también te cansa. Te veo cansado, Mati.

Era cierto. Matías estaba cansado de poner la mente en blanco, de vender una masculinidad que se suponía debía esconder cualquier rastro de vulnerabilidad. Illouz habría identificado aquí la paradoja del capitalismo emocional: Matías había aprendido a gestionar sus emociones como un recurso, a convertir su trauma en narrativa de resiliencia, a vender su competencia emocional junto con su cuerpo. Pero el costo era alto. La constante performance lo agotaba.

—A veces pienso que me gustaría otra cosa —admitió Matías—. Pero no sé qué.

—Empezá por pensar que merecés que te cuiden. No solo que te paguen.

Esa noche, Matías recibió otro mensaje de Carlos. "Necesito verte. Pago el doble de lo habitual."

Matías lo miró durante largo rato. Luego escribió: "No, gracias. Suerte."

Bloqueó el número.

Quinta parte: El devenir

Seis meses después, Matías había dejado de responder a la mayoría de los clientes. Todavía hacía changas, pero Marcelo le había conseguido un trabajo en la empresa de logística, en el depósito. No era mucho, pero era estable. Por primera vez en años, Matías tenía un sueldo que llegaba todos los meses.

Una noche, después de cenar juntos en la casa de Marcelo, Matías se animó a decir lo que llevaba semanas pensando.

—Creo que me gusta estar con vos. No como con los clientes. De verdad.

Marcelo sonrió, pero sin presionar.

—No tenés que decidir nada ahora, Mati. Podemos ir viendo.

—Es que… —Matías buscó las palabras—. Toda mi vida pensé que si me gustaban los tipos era solo por la plata, o por curiosidad. Pero con vos es distinto. Y me asusta.

—¿Por qué te asusta?

—Porque si acepto que me gusta, es como… dejar de ser quien era. Dejar de ser el hetero que solo hace esto por necesidad.

Marcelo se acercó y le puso una mano en el hombro.

—No dejás de ser nada, Mati. Solo te volvés más vos. Más completo.

Perlongher habría reconocido en este momento la superación de la deriva: Matías ya no necesitaba huir de las identidades fijas, ni esconderse detrás de la máscara del "miche-macho". Tampoco necesitaba anclar en una categoría rígida. Podía ser fluido sin que eso significara estar a la deriva. Podía desear sin que eso lo definiera por completo. Podía aceptar el afecto sin convertirlo en transacción.

—Quiero intentarlo —dijo Matías—. Pero sin apuros.

—Sin apuros —confirmó Marcelo.

Se besaron por primera vez sin que mediara un acuerdo, sin que hubiera dinero de por medio, sin que ninguno de los dos estuviera interpretando un papel.

Epílogo: La geometría posible

Un año después, Matías seguía trabajando en la empresa de logística. Marcelo y él no vivían juntos, pero se veían varias veces por semana. Matías mantenía su pieza alquilada, su espacio propio, porque había aprendido que la autonomía no era lo opuesto al afecto.

En la fundación, seguía siendo un referente. Había ayudado a cuatro personas a dejar el paco, y todos lo miraban como alguien que había logrado lo imposible: construir una vida desde las ruinas.

Una tarde, mientras compartía mate con el Toto, este le preguntó:

—¿Cómo hiciste, Mati? ¿Cómo saliste de todo eso?

Matías pensó en Carlos, en los años de vender su cuerpo como única estrategia de supervivencia. Pensó en Marcelo, en cómo había aprendido que el afecto podía existir sin condiciones. Pensó en sí mismo, en el niño de cinco años al que le pasó algo que nunca debió pasar, y en el hombre que había logrado convertir esa cicatriz en un motor para ayudar a otros.

—No salí solo —respondió—. Y no salí del todo. Pero aprendí que uno puede elegir con quién caminar. Y eso cambia todo.

El Toto asintió, sin entender del todo, pero confiando.

Esa noche, Matías cenó con Marcelo. Hablaron de sus planes para el fin de semana, de una película que querían ver, de nada y de todo. Cuando se despidieron, Matías sintió algo que hacía mucho no sentía: paz.

No era la ausencia de conflictos ni la certeza de un futuro perfecto. Era la posibilidad de habitar sus contradicciones sin destruirse en el intento. Era la geometría posible del deseo: no una línea recta, no un círculo perfecto, sino una figura irregular, asimétrica, pero suya.

Y eso, por primera vez, le bastaba.