viernes, julio 31, 2026

Once y media en la ruta: el puente y el refugio

Once y media en la ruta: el puente y el refugio

31 de julio de 2026

“Siento, más bien, que soy el punto exacto
donde su lentitud y mi velocidad se tocan sin anularse”.
Sobre los puesteros y arrieros.

 


Son las once y media de la mañana y toda la mañana me cabe todavía en el cuerpo, apretada, como si no hubiera terminado de pasar. Dejo Los Pozos atrás en el espejo retrovisor, siento el acceso a la cinta asfáltica en mi cuerpo como quien se coloca para un empuje especial para avanzar, y adelante se abre la ruta que en un rato nomás me llevará a bordea el río Juramento antes de llegar a Lumbreras, esa cinta de agua clara que corta el paisaje como corta mi propia historia: de un lado la finca, del otro Salta, y yo en el medio, siempre en el medio, hoy sin que eso me pese.

Anoto la hora porque la hora importa. No es la misma persona la que escribe a las once y media que la que escribiría a la noche, cansada, con el día ya digerido y las conclusiones servidas. A las once y media todavía estoy adentro del asombro. El motor zumba parejo, Choco observa la ruta desde el asiento de atrás, la gata mira desde el torpedo de la camioneta con esa indiferencia que a mí me gustaría heredar y no puedo. Grabo el audio que luego será escritura con una mano en el volante, y quiero que quede esto: que el ensayo de hoy nace en movimiento, en la ruta de vuelta, no en el escritorio.

El puente que no se corta

Voy a ciento veinte por la ruta que fue una huella que mis bisabuelos hicieron a pie. Los puesteros y arrieros en tiempos de mis bisabuelos, Elías e Hilario —los nombro despacio, como se nombra a los muertos que uno recuerda y a quienes reconoce en el propio pulso— cruzaban este mismo río arriando vacas a fines del siglo diecinueve, a la velocidad exacta de un animal que no se apura porque no puede. Yo cruzo el mismo río Juramento, hoy, en un vehículo que amortigua cada pozo del camino, con aire acondicionado y radio, y sin embargo no siento que los traicione. Siento, más bien, que soy el punto exacto donde su lentitud y mi velocidad se tocan sin anularse.

Esto es lo que quiero dejar escrito con toda la claridad de la que soy capaz: no hay contradicción entre ir rápido y venir de los que iban despacio. La ruta es la misma tierra, apisonada distinto, transitada distinto, pero es la misma tierra. Cuando el velocímetro marca ciento veinte, en algún lugar debajo del asfalto sigue estando la huella de las tropas, el barro que se secó hace más de cien años y todavía sostiene las defensas del camino. Yo no soy el heredero que abandonó el paso arriero por el paso motorizado. Soy el que lleva puestas las dos velocidades en el mismo cuerpo, y las hace convivir sin que ninguna le gane a la otra.

Por eso esta ruta no es un simple trayecto: es el lugar donde se sostiene mi función. No investigo la Salta patricia de mis antepasados desde afuera, como quien estudia una vitrina; tampoco la abandono para hacerme completamente otro. Voy y vengo entre las dos, literalmente, cada vez que hago este camino. Soy bisagra, soy puente, soy el que puede sentarse a la mesa de la finca de mi apellido y también el que puede, esa misma mañana, subirse a algo mucho más humilde y no sentir que traiciona nada. La velocidad de la camioneta no borra la lentitud del arriero: la contiene, la actualiza, la sigue arriando, aunque ahora arree otra cosa.

El feudo que se abre

A la mañana, en el corral, presencié una ausencia fea entre Roberto y Rodrigo. Un gesto brusco,  el tipo de fricción que en otro momento de mi vida me hubiera hecho salir corriendo del conflicto o, peor, hubiera confirmado mi vieja sospecha de que la finca es un terreno minado donde tarde o temprano todos terminamos pisando algo que estalla. Pero hoy no salí corriendo. Me quedé mirando y, en vez de angustia, sentí algo parecido al alivio: entendí que mi hermano también estaba solo ahí adentro, cargando un peso de administración y de decisiones que yo, desde mi lugar de intelectual de la familia, casi nunca toco con las manos.

Se cumplen cinco años de la muerte de mi papá. Cinco años es tiempo suficiente para que un duelo deje de ser una herida abierta y empiece a ser, apenas, una cicatriz que uno puede tocar sin que le duela igual. Y en esa cicatriz veo algo que antes no veía: que Los Pozos ya no es el feudo del padre ausente que hay que administrar con miedo a fallarle, ni el territorio que Rodrigo y yo nos disputamos en silencio como si fuera lo único que quedaba de él. Es, cada vez más, otra cosa. Un lugar donde este domingo pensamos cortar el pasto con Mati, sin jerarquías de sangre que pesen más que las ganas de estar. Un lugar donde caben los animales que no dan renta, los pastizales que no se explotan del todo, los amigos jóvenes que no tienen apellido Pequeño ó Ragone pero que igual tienen un lugar en la mesa.

Durante años pensé la finca en términos de legado: quién la hereda, quién la administra bien, quién demuestra que merece el nombre. Esa lógica es la del feudo, la del patriarca que reparte territorio como quien reparte autoridad, y que exige lealtad a cambio de pertenencia. Hoy, mirando a Roberto y a Rodrigo en ese desencuentro en el corral, entendí que la finca puede ser otra cosa: un refugio. No un feudo que hay que defender de los otros, sino un espacio que se enriquece cuanto más gente distinta lo habita. Rodrigo con su modo práctico y arraigado, yo con mi modo de archivista y de palabra, los sobrinos que todavía no saben qué modo van a elegir, César Alderete del otro lado del alambrado con su saber de baqueano. Todos ahí, sosteniendo entre todos algo que ninguno solo podría sostener.

Salta, a lo lejos

Ya siento la ciudad a lo lejos, ese amontonamiento casas que conozco de memoria desde antes de tener memoria. Voy a llegar a lo de mi vieja, vamos a almorzar, le voy a contar del corral y ella va a decir alguna frase que va a ordenar todo mejor que cualquier teoría que yo pueda escribir. Y después, a la tarde, tengo el plan simple y lindo de ir al Cine Ópera con Mati, ese cine de mi infancia donde ahora puedo llevar a alguien más joven y compartir con él algo que quiero cuidar.

Son las once y media de la mañana. Todavía no llegué a ningún lado, pero por primera vez en mucho tiempo no tengo apuro por llegar. El puente aguanta mi peso en las dos direcciones. El feudo, por fin, se abrió.


 

miércoles, julio 15, 2026

El festejo ajeno: entre el mundial 2026 y el del 78

 

El festejo ajeno

Entre dos Mundiales, la misma calle



El 15 de julio de 2026 la ciudad se llenó de banderas y bocinazos porque le ganamos a Inglaterra. Yo manejaba en medio de todo eso tratando de llegar a lo de mi mamá, y sentí algo que no era rechazo al fútbol ni desdén por la alegría de nadie: era la certeza de haber vivido ya esa escena, cuarenta y ocho años atrás, en la caja de la camioneta de mi viejo, bajando por la Pellegrini durante el Mundial del 78, con el asesinato de mi abuelo todavía tan reciente que ni siquiera tenía nombre en mi cabeza. Dos mundiales, dos calles casi idénticas, y la misma pregunta atravesándome distinto de adolescente y de adulto: ¿cómo se festeja sobre una tumba que el país todavía se niega a mirar?

No quiero contar esto como una anécdota más. Quiero pararme ahí, en ese cruce, porque siento que condensa algo que vengo escribiendo desde hace más de cuarenta años en mi diario: la historia de alguien que hereda el mandato de cuidar una memoria que el país prefiere anestesiar, y que ve esa misma tensión repetirse, en miniatura, adentro de su propia casa.

El nudo que se me hizo esa tarde

Le puse un nombre a lo que me pasó ese día: un nudo psico-histórico. Un acontecimiento colectivo —un Mundial, un festejo popular— se convierte en el disparador de una marca que llevo adentro desde mucho antes, y al mismo tiempo esa marca privada me permite leer con más lucidez lo que pasa afuera. No es una metáfora. Es literal: las mismas calles, San Luis, San Juan, la bajada de Pellegrini, que en 1978 fueron escenario de una fiesta patriótica en plena dictadura, vuelven a serlo en 2026, ahora con otro contexto que yo leo como de entrega de soberanía nacional. La ciudad no cambió de esquinas; cambió de excusa.

Lo que se me anudó esa tarde no fue un solo hecho, sino tres capas que vengo arrastrando desde que empecé a escribir el diario, en 1984: la culpa por seguir vivo y no estar nunca a la altura del sacrificio de mi abuelo, el gobernador Miguel Ragone, desaparecido; la idea de soberanía, que fue mudando de forma —de la militancia política de mi juventud a la gestión cultural, de ahí al territorio de la finca, y hoy hasta la administración de mis propios objetos y vínculos—; y la vulnerabilidad doméstica, que hoy tiene la cara de Matías y el miedo a que le pase algo a la bicicleta, la "Chan La Bura", como antes le pasó a la otra. Estas tres capas no se reemplazan entre sí: conviven, como capas de tierra que un mismo temblor —el ruido de la calle en día de Mundial— vuelve a dejar todas expuestas a la vez.

Cuatro décadas dando vueltas sobre lo mismo

Cuando releo mi archivo no encuentro una evolución prolija de la culpa ni una conquista progresiva de mi propia soberanía. Encuentro algo más parecido a lo que el psicoanálisis llama compulsión a la repetición: la misma tensión vuelve una y otra vez, pero cada vez encarnada en un objeto distinto, y cada vez la enfrento con un poco más de conciencia.

Entre 1984 y 1995 la herencia de mi abuelo funcionaba como un mandato casi imposible de cumplir: la culpa era la de no poder equipararme nunca a su sacrificio, y la soberanía la pensaba casi exclusivamente en clave política, como militancia. Entre 1996 y 2010 esa culpa, que no encontraba cómo saldarse en la calle, la fui canalizando en la construcción de saber: la investigación, la gestión cultural, el trabajo sobre las masculinidades. La soberanía se corrió de lo político hacia lo territorial y lo simbólico: ahí empezó a asomar la finca como el lugar donde la deuda con mi abuelo podía traducirse en cuidado de la tierra y no solo en denuncia.

Entre 2011 y 2020 apareció una variante que ahora entiendo mejor: la culpa dejó de ser solo una falta frente a mi abuelo y empezó a ser una falta frente a lo mío, frente a lo que tengo y puedo perder. El robo de la "Chan La Bura" fue la marca de ese giro: ya no era "no fui capaz de honrar a mi abuelo", sino "no fui capaz de cuidar lo que era mío". Ahí, sin darme cuenta, la soberanía política se me volvió soberanía doméstica.

Y entre 2021 y 2026 las tres capas explotaron juntas, por primera vez, en una sola escena. El trauma del 78 volvió en su forma más literal: la misma calle. La denuncia sobre la entrega de soberanía retomó el tono político de mi juventud, ahora a escala geopolítica y no solo local. Y la amenaza sobre la bicicleta por el uso que le da Matías reactivó, en clave de casa, el mismo miedo al despojo de siempre. Tres historias que habían tenido cada una su momento coincidieron, esa tarde, en una sola calle atascada.

El peso de un mandato que no admite tregua

El psicoanálisis explica la culpa como la tensión entre lo que uno es y un ideal que exige más de lo que uno puede dar. En mi caso ese ideal no es abstracto: tiene la cara de un antepasado asesinado por el Estado, y eso le da una severidad particular. Disfrutar del festejo colectivo, dejarme llevar por la alegría de un triunfo deportivo, se me vuelve casi una traición al duelo que todavía no cerré, como si la vigilia sobre la memoria familiar no admitiera ninguna tregua ni ninguna distracción.

Hay una idea, que retoma y complejiza a Freud, sobre el goce colectivo: esa algarabía que toma la calle, esas banderas, esos bocinazos, no son solo alegría; funcionan también como una pantalla que tapa una falta más profunda. Sentirme culpable de estar triste en medio del festejo no es, entonces, un problema mío nada más. Es la resistencia de alguien que se niega a taparse, con la alegría de la mayoría, la falta que el país mismo exhibe: la pérdida de soberanía que la fiesta viene, justamente, a disimular.

La bicicleta, la finca, mi hijo: lo que proyecto en lo que quiero cuidar

Cuando pienso en la bicicleta con las categorías de las relaciones de objeto, entiendo que no le tengo miedo al objeto en sí, sino a lo que ese objeto sostiene: mi propia capacidad de cuidarme. Si la bicicleta se pierde, se me confirma una vieja convicción, formada mucho antes del robo de la "Chan La Bura": que no puedo proteger nada.

La finca, en cambio, ocupa para mí el lugar de lo que cierta tradición psicoanalítica llama espacio transicional: un territorio intermedio entre la fantasía y la realidad donde puedo recomponerme sin la exigencia de que todo se verifique del todo con el mundo de afuera. Que Matías no sienta ese mismo amor por la tierra no es, ahora que lo pienso así, un fracaso mío de transmisión, sino la constatación dolorosa de que un espacio transicional no se hereda por decreto: cada uno tiene que construir el suyo.

Y hay otra idea, que retoma y amplía esas mismas teorías, sobre la identificación proyectiva: el proceso por el cual uno deposita en otro una parte de sí mismo que no puede reconocer como propia, y después reacciona frente a esa parte proyectada como si fuera ajena. Cuando veo en Matías, o en los pibes que festejan en la calle, una "irrealidad" que me parece peligrosa, sospecho que no estoy describiendo algo ajeno. Estoy reconociendo, proyectada afuera, mi propia vulnerabilidad no asumida: el miedo a no poder sostener los límites de mi territorio, físico y simbólico.

Mi manera de estar en el mundo, chocando con la fiesta

Hay una idea sociológica que me sirve mucho para nombrar esto: la de un sistema de disposiciones incorporadas —lo que algunos llaman habitus— que orienta cómo uno percibe y actúa dentro de un campo social. El mío se forjó en la memoria de los Derechos Humanos, en la vigilia sobre la verdad y la justicia, y entra en fricción abierta con el habitus festivo que el Mundial convoca. No es un desacuerdo de opinión. Es una discordancia corporal: el mismo estímulo que a la mayoría le produce euforia —bocinazos, banderas, gritos— a mí me produce alarma.

Otra idea, esta de la sociología de la modernidad, dice que hoy la identidad se construye como un proyecto reflexivo continuo, sostenido por la sensación de tener algo de control sobre la propia biografía. Pero cuando el marco general —esa lectura mía de una entrega de soberanía a escala nacional— muestra que ese control es ilusorio en lo grande, es más fácil que cualquier pérdida de control en lo chico se me vuelva insoportable. La dificultad para transmitirle a Matías el amor por la finca deja de ser, entonces, solo un problema de familia: se me vuelve el síntoma de algo más amplio, la ruptura en cómo se transmite lo que uno es de una generación a la siguiente.

El testigo triste en la fiesta de todos

Hay una idea antropológica sobre los rituales que me acompaña hace tiempo: la de que ciertos momentos colectivos —un carnaval, un Mundial— generan un tiempo fuera del tiempo en el que las jerarquías cotidianas se disuelven en una experiencia de unión, de comunidad. El festejo mundialista debería, en teoría, producir ese efecto igualador. Pero para alguien atravesado por el trauma político de la dictadura, esa disolución de jerarquías no genera unión: genera extrañamiento. Lo mismo que a otros los une, a mí me expulsa, porque no logro —ni quiero— suspender la vigilia crítica que sostengo desde 1984.

La autoetnografía, ese modo de escribir que toma la propia emoción como material de análisis, sostiene algo que comparto: que la emoción privada, mirada con atención, siempre tiene una dimensión política. No hay culpa "puramente personal" en alguien que se define, por su propia genealogía familiar, como guardián de una memoria colectiva. Y hay otra idea que me gusta, la del nativo-extranjero: el que pertenece al grupo que observa y, sin embargo, no logra fundirse en él sin reserva. Estar en la caja de la camioneta en 1978 y estar atascado en el auto en 2026 son, para mí, dos fotos de la misma condición: la del testigo triste en la carroza de una fiesta que no es del todo suya.

El riesgo de una vigilia sin descanso

Hay pensadoras de la memoria que advierten algo que me interpela directamente: que la memoria de los hechos traumáticos nunca es una posesión estable, sino un trabajo permanente, disputado entre generaciones distintas, y que ese trabajo necesita, tarde o temprano, encontrar una forma que no se reduzca a repetir el trauma original una y otra vez. Leído así, lo que se me anudó ese 15 de julio expone un riesgo: que la vigilia sobre la memoria de mi abuelo, necesaria y legítima, se me vuelva una vigilia sin descanso que me impide habitar, aunque sea por una tarde, la alegría ajena sin sentirme culpable.

Este riesgo no es menor, porque toca directamente algo que me pregunto seguido sobre mi propia escritura: que "plasmar", darle forma literaria a mi archivo, se convierta en un refugio estético que anestesia en lugar de nombrar las responsabilidades que todavía están pendientes. La disonancia que sentí frente al festejo de 2026 puede leerse, entonces, no solo como un síntoma para resolver, sino como una alarma sana: el recordatorio de que la memoria crítica cumple su función mientras me siga doliendo, mientras no termine de acomodarse a la algarabía de la mayoría.

Una soberanía que no delego en nadie

Esta vuelta que doy —del mandato de mis veinte años a la crisis doméstica de 2026— no se cierra en una síntesis tranquilizadora. Las teorías que fui usando me sirven para nombrar la repetición, pero no me prometen que se termine; me explican la fricción entre mi forma de estar en el mundo y la de la mayoría, pero no la disuelven; le dan lenguaje a mi extrañamiento como testigo, pero no me devuelven una pertenencia que quizás nunca tuve del todo.

Lo que sí me deja este recorrido es algo más chico y, creo, más útil: soltar la proyección que puse en Matías, esa exigencia de que sea el guardián de la finca y, por extensión, de la memoria familiar. Entender que la soberanía, si la voy a sostener, no puedo delegarla en la custodia de otro, ni siquiera en la de un hijo.

Volver a mi propio territorio —la finca, la escritura, este archivo de más de cuarenta años— no como quien le exige continuidad a nadie, sino como quien lo habita en primera persona: esa es, me parece, la única forma de soberanía que este nudo me deja disponible. Una soberanía que no depende de que el país deje de festejar sobre sus propias ausencias, ni de que Matías ame la tierra como la amo yo, sino de mi capacidad de pararme, con tristeza y todo, en mi propio suelo.

martes, julio 14, 2026

Habitarlo al padre

 

Habitarlo al padre

Cuerpo, nombre y territorio en el umbral de la finca

Ensayo íntimo 


Hay días de trabajo en el campo que terminan siendo, sin buscarlo, un ajuste de cuentas con el padre muerto. Este ensayo nace de una sola caminata junto a una represa recién construida y se despliega en ocho capas que no se resuelven, sino que se sostienen en tensión: el lenguaje como forma de posesión territorial, el secreto como ética del cuidado y no como complicidad con el ocultamiento, la coherencia exigente entre lo que se denuncia por escrito y lo que se hace en el cuerpo a cuerpo del monte, un poder que se construye sin repetir el mando patriarcal heredado, y un deseo que elige la insinuación por sobre el avance. Todo converge en una frase que le da título al texto —habitarlo al padre— donde la tierra deja de ser herencia disputada para volverse cuerpo transitable de la memoria paterna. Un legado que no se mide en hectáreas, sino en la distancia que cada quien logra recorrer hacia su propia diferencia.

Contenidos

Introducción

I.La lengua que no manejo: nombrar el monte desde afuera

II. El secreto que protege: triangular para resguardar, no para dominar

III.La coherencia bajo sospecha: el asedio teórico y la trinchera del monte

IV.“Ese juego es absolutamente mío”: el orgullo de hacerme aparecer

V.La orden que no alcanza: coordinar sin patriarcado

VI.La camioneta y el potrero: el deseo que se sostiene sin consumarse

VII.Habitarlo al padre

VIII.La tríada ética y la ansiedad que queda pendiente

Conclusión:el legado que se siembra caminando

 

Introducción

Hay entradas del diario que se limitan a registrar un día, y hay entradas que, sin proponérselo del todo, condensan cuarenta años. La de hoy —parado en el borde de una represa nueva, en el pastizal de la finca familiar, con el zigzag del alambre mordiendo el monte y el motor de la camioneta todavía tibio— pertenece a la segunda especie. No es un simple parte de campo. Es un nudo. Y como todo nudo en la escritura personalísima, no se desata: se habita, se recorre, se lo deja mostrar sus vueltas.

El documento analítico que construí junto al dispositivo psicoanalítico-antropológico que vengo entrenando sobre mi propio archivo no es, para mí, un espejo neutro. Es una prótesis de lectura, una segunda mirada entrenada en teoría social y clínica, que me devuelve mi propia voz filtrada por una gramática teórica. Lo que quiero hacer en este ensayo no es repetir esa lectura ni parafrasearla: quiero apropiármela, digerirla, y devolverla convertida en algo mío —en el mismo gesto con que hoy caminé una picada del monte sin conocer todavía los nombres criollos del lugar, y sin embargo empecé a nombrarlo a mi manera.

Escribo, entonces, sobre una sola jornada que en realidad son varias capas superpuestas: el lenguaje como territorio en disputa, el secreto como forma de cuidado, la coherencia entre lo que denuncio en mis ensayos y lo que hago en el campo, el orgullo de un juego que armé yo solo, la arquitectura de un poder que no necesita el mando de mi hermano ni el mando de mi padre, el deseo que se sostiene sin consumarse en el cuerpo de otro hombre, y finalmente la frase que todo lo resume y que le da nombre a este ensayo: habitarlo al padre. Voy por partes, como me pedí a mí mismo al dictar el audio. Pero las partes, en mi diario, nunca son piezas sueltas: son vueltas de una misma espiral que cuarenta años de escritura vienen ajustando.

I. La lengua que no manejo: nombrar el monte desde afuera

Empiezo por la confesión más humilde de la jornada: “yo todavía no manejo los nombres criollos que mi hermano y los locales les ponen y conocen para entender la espacialidad de la finca”. Es una frase pequeña, casi un lamento técnico, pero ahí está ya el asunto de fondo. Nombrar el monte —el rodeo, la represa, el potrero de la bomba— no es cartografía neutra: es un capital, una forma de posesión que se ejerce con la lengua antes que con el cuerpo. Quien nombra, ordena; quien ordena, manda. Y en esa nomenclatura cerrada, que mi hermano domina con la misma soltura con que sube a su camioneta, yo entro como un extranjero parcial: “bastante granjero”, como me digo a mí mismo con una mezcla de ironía y desamparo.

Pero esta extranjería no es nueva; es la repetición, en clave adulta, de algo que mi diario viene registrando desde hace un año largo. Cuando me preguntaba cómo los antiguos trabajadores de la finca mapeaban los cambios del monte, o cuando caminaba un alambre criticando los postes mal plantados por mi hermano y escribía “a mí me interesa marcar la posesión… yo tengo que sentar posesión”, ya estaba ensayando una topografía alternativa a la suya. La diferencia es que aquella posesión no se sentaba con la lengua criolla de la producción, sino con la memoria: al lado del viejo corral de mi infancia, en el punto exacto donde el mapa productivo se cruza con el mapa afectivo de mi historia familiar.

Hoy, sin embargo, algo se desplaza. No rechazo el idioma del monte por incapacidad ni por desdén intelectual: lo sustituyo por otro registro de apropiación. Camino la picada a pie, descubro la loma, contemplo el zigzag de los alambres nuevos, y en ese caminar corporal —no verbal, no productivo— empiezo a aprender el territorio desde un lugar que no es el de mi hermano ni el de mi padre. No necesito, todavía, saber cómo se llama cada accidente del monte para empezar a poseerlo de otra manera: primero lo ando, después, si quiero, lo nombro. Es una inversión metodológica pequeña pero decisiva, y anticipa ya el tema que atraviesa toda la jornada: hay más de una forma legítima de tomar posesión de una tierra.

II. El secreto que protege: triangular para resguardar, no para dominar

La segunda capa del día tiene que ver con algo que hice y que, en un primer momento, podía leerse como un juego ambiguo de poder: triangulé y oculté información ante parte de mi entorno familiar cercano para poder articular, a través de un mediador de confianza, el trabajo de dos jóvenes locales. Pero necesito ser preciso conmigo mismo, porque la precisión ética es la que separa dos gestos que superficialmente se parecen y que en el fondo son opuestos: no oculté para protegerme a mí. Oculté para proteger al informante —al joven local que eligió, con toda razón, no hacerse evidente en su propio territorio.

Esta distinción reordena por completo el mapa de poder de la finca. Mi hermano y, en su reflejo, ese entorno familiar cercano, operan bajo una lógica de transparencia obligatoria: todo debe poder nombrarse, clasificarse, ubicarse en el casillero correcto de la vigilancia familiar. Frente a esa exigencia, mi silencio no es la astucia del que maneja información para sacar ventaja; es un cordón sanitario, una zona de reserva que le devuelve a otro varón el derecho a no ser completamente descifrado. En un territorio rural donde la disidencia sexual no siempre puede permitirse la visibilidad sin pagar un costo —estigma, violencia, expulsión del propio pacto de virilidad rural—, el secreto deja de ser complicidad con el clóset y pasa a ser, literalmente, una tecnología del cuidado.

Y aquí aparece algo que me importa subrayar porque es mío, no del dispositivo teórico que lo interpreta: yo elijo la proximidad —cocino para ellos, los traslado, comparto la tarea— pero trazo, todo el tiempo, una distancia grande respecto de mi posición de poder. El secreto no contradice esa proximidad: la hace posible sin peligro. Puedo estar cerca, en lo humano y en lo laboral, precisamente porque protejo con opacidad lo que esa cercanía podría exponer. Es un equilibrio que no aprendí de mi padre ni de mi hermano; lo fui construyendo yo, a fuerza de ensayo, en los márgenes de una finca que no estaba diseñada para alojar este tipo de alianzas.

III. La coherencia bajo sospecha: el asedio teórico y la trinchera del monte

El día anterior había escrito un ensayo crítico donde denuncio sin piedad el camuflaje discursivo de los varones que usan el glosario de la vulnerabilidad para blindar su privilegio sin ceder nada. Ahí mi consigna es tajante: elijo conscientemente no camuflarme, asumo el costo de exponer el deseo a cuerpo descubierto. Y sin embargo, apenas un día después, oculto, triangulo, guardo silencio. La pregunta que me hago —y que tengo que hacerme con total honestidad, sin la salida fácil del cinismo— es si no estoy siendo exactamente lo que denuncio.

La respuesta, cuando la pienso despacio, no está en relativizar mi propia exigencia sino en distinguir la posición de enunciación de cada escena. El varón que ataco en mi ensayo habla desde una posición de dominación: usa el lenguaje de la deconstrucción para modernizar su estatus sin resignar ni un gramo de poder ante sus pares. Yo, en cambio, cuando oculto la mediación de mi colaborador de confianza, no estoy blindando mi privilegio: estoy asumiendo yo, en soledad, el costo de la triangulación para que otro —sin mi capital cultural, sin mi estatus de investigador, sin mi posibilidad de pararme de frente y resistir el asedio— no tenga que pagar un precio que no le corresponde pagar. El asedio analítico que ejerzo sin concesiones es contra las estructuras del poder; el resguardo que ejerzo con toda la sutileza de la que soy capaz es para proteger al vulnerable. No es la misma vara medida con doble estándar: es la misma ética aplicada en dos direcciones distintas, hacia arriba y hacia abajo del campo.

Esta coherencia no me la regala nadie: la tengo que sostener yo, todos los días, en el cruce entre mi escritura pública y mi práctica de campo. Y quizás ahí está el verdadero valor del diario personalísimo: no en la proclama teórica, que siempre es más fácil, sino en la capacidad de que esa teoría resista el examen de la picada, del alambre, de la camioneta.

IV. “Ese juego es absolutamente mío”: el orgullo de hacerme aparecer

De toda la jornada, hay una frase que quiero detenerme a mirar de cerca porque ahí se juega algo del orden de la fundación: “ese juego es absolutamente mío y me enorgullece poder habitar el territorio”. No es un dato menor que use el posesivo con tanta fuerza. Durante años, la finca fue el escenario de un espejo trizado: el mandato de mi padre, continuado casi sin fisuras por mi hermano —la camioneta, el control del alambre, la ganadería de engorde—, me dejaba en el lugar de la postergación, de la extranjería adentro de mi propia familia. En ese espejo, yo no tenía territorio propio; tenía, apenas, un lugar tolerado.

Pero el juego de la triangulación afectiva y laboral con los locales no es una herencia que me hayan concedido: es algo que armé yo, desde cero, al margen del cerramiento de mi hermano y de mi madre. Y ahí está la clave de la torsión subjetiva: dejo de medirme en el terreno de ellos —quién corta más pasto, quién abre más camino, quién puede exhibir más trabajo hecho— para medir la finca con otra vara, la de una red de vínculos que yo mismo tejí. No estoy destruyendo el mapa productivo de mi hermano; estoy sobreimprimiendo, sobre ese mismo catastro, un mapa de intensidades afectivas que él ni siquiera puede leer. Hacer aparecer esa diversidad en un territorio que se creía clausurado a ella es, literalmente, hacerme aparecer yo. Me gano el derecho a envejecer en esta finca no por herencia de sangre, sino por autoría de un vínculo.

V. La orden que no alcanza: coordinar sin patriarcado

Hay una observación anterior que hoy vuelve a resonar con fuerza renovada: “mi hermano asume una posición totalmente distante, donde da una orden y espera que ellos interpreten”, y esa distancia, anoto, hace inviable la voluntad de trabajo. Es una observación que parece técnica —sobre productividad, sobre gestión de personal— pero que en realidad describe el fracaso estructural de un modo de mando. La orden aséptica de mi hermano, disparada desde el aire acondicionado de la camioneta, no construye lazo social: construye enajenación. El trabajador recibe un mandato vacío, sin traducción simbólica, y responde con apatía o resistencia pasiva, porque nadie sostiene el ambiente en el que ese trabajo debería florecer.

Frente a eso, mi propio modo de coordinar la finca no elimina la distancia de poder —sería ingenuo, y hasta irresponsable, fingir una horizontalidad que no existe: soy uno de los propietarios, soy el que paga, soy el que decide el destino ecológico de esas hectáreas—, pero la ejerzo desde otro lugar. Los trabajadores locales me perciben a través de un cruce muy particular: mi educación y mi diferencia afectiva. No performo el chiste misógino, no exhibo mujeres como trofeo, cocino y traslado en lugar de solo ordenar. Y esa anomalía, que en un primer momento podría leerse como debilidad dentro del código viril tradicional, termina construyendo un tipo de autoridad distinta: no la del temor al patrón terrible, sino la del respeto a alguien que aloja la subsistencia del que trabaja con él. Coordino desde la previsión y no desde la reacción al acontecimiento; desde el cuidado y no desde el mando desasistido. Es, en el fondo, otra manera de heredar la tierra sin heredar la crueldad.

VI. La camioneta y el potrero: el deseo que se sostiene sin consumarse

Y en medio de esa misma jornada de trabajo, atravesando el potrero con un joven trabajador local, algo del orden del deseo se hizo presente. Podría haber avanzado físicamente. No lo hice: me insinué. Y esta diferencia, que a primera vista parece apenas una cuestión de prudencia, es en realidad el punto más delicado de toda la entrada, porque ahí se pone a prueba, en carne propia, todo lo que vengo sosteniendo en el plano teórico sobre el asedio y la transparencia.

Avanzar físicamente sobre él habría significado reinstalar, en el cuerpo, la asimetría que toda la jornada estuve tratando de desarmar en el lenguaje y en el mando: yo, uno de los herederos, el antropólogo, el que porta el apellido de la finca; él, el joven trabajador local recomendado por mi colaborador de confianza. La estructura social inmediata habría leído ese avance bajo la vieja matriz del patrón que toma posesión del cuerpo del subalterno, por más que el deseo fuera genuino de mi lado. La insinuación, en cambio, deja al otro intacto como sujeto: no lo convierte en objeto de una urgencia mía, sino que abre —apenas, sutilmente— un espacio donde el deseo puede circular sin apropiarse de nadie.

Hay, además, una memoria larga detrás de esta elección. Hace más de veinticinco años le escribía a un hombre de mi juventud, atormentado, que quería ser el macho que él necesitaba: buscaba la asimilación viril para ser amado, aunque me costara borrarme. Hoy, en la cabina de la camioneta, hago exactamente el movimiento inverso: no busco ser el macho conquistador; sostengo el deseo expuesto, vulnerable, sin urgencia de consumación. No es tibieza. Es que entendí, en algún momento de este largo tránsito, que la única forma limpia de hacer aparecer la diferencia en una tierra que educa para la crueldad y el ocultamiento es despojándome de cualquier prerrogativa de patrón. Mostrar la falta, en lugar de imponer la fuerza, es también una forma —quizás la más honesta que tengo— de estar a la altura de lo que exijo en mis ensayos.

VII. Habitarlo al padre

Y entonces llego al centro exacto de la jornada, la frase que le da nombre a este ensayo: la represa nueva que construyó mi hermano es “continuidad del deseo y del mandato de mi papá que nos marcó profundamente a ambos”, y caminar esta tierra es, para mí, “mi encuentro con mi papá que no pude tener mientras él estuvo vivo”; es, literalmente, habitarlo al padre.

Hay una torsión gramatical ahí que no es casual: habitar suele llevar como objeto un espacio —se habita una casa, una finca—, y sin embargo yo lo aplico a una persona, a mi padre. Ese desplazamiento condensa lo que en el fondo estoy haciendo desde que decidí volver a caminar esta finca con otros ojos: la tierra dejó de ser, para mí, un activo en disputa hereditaria, y pasó a ser el cuerpo mismo de mi padre, el lugar donde su fantasma finalmente se vuelve tangible, transitable, tocable. En vida, la distancia jerárquica que él imponía —la misma que hoy repite mi hermano casi sin desvíos— hacía imposible cualquier encuentro simétrico. Muerto, en cambio, puedo incorporarlo: cada poste que reviso, cada picada que desbrozo, cada torniquete que corrijo es una vértebra de su memoria que reacomodo a mi manera.

No me subordino a su mandato —no me hago cargo de la ganadería intensiva, no repito el desbaje, no continúo el estilo patronal de la orden distante—, pero tampoco lo rechazo desde afuera: lo habito desde mi diferencia. Llevo a esa tierra mi identidad, mi sensibilidad ecológica, mi capital intelectual, mi deseo disidente, y obligo a ese territorio —que en vida de mi padre jamás me habría alojado tal como soy— a recibirme ahora, en sus propios términos, en los míos. El orgullo que siento al estar ahí, ganándome el derecho a algo, no proviene de la obediencia; proviene de haber conquistado un tránsito que él, vivo, no habría sabido decodificar. Es un duelo que no cierra con resignación sino con apropiación: no pierdo a mi padre, lo incorporo, y en esa incorporación nace un territorio nuevo, uno que finalmente puedo llamar mío sin dejar de reconocerlo suyo.

VIII. La tríada ética y la ansiedad que queda pendiente

Toda la jornada puede leerse, en última instancia, como el intento de sostener tres condiciones a la vez, sin resignar ninguna: sin dejar de ser yo mismo, sin ocultarme, sin acosar. Son tres formas de decir que no, tres renuncias que en conjunto arman una ética nueva para habitar este territorio. No dejo de ser yo mismo: no adopto la impostura tosca del finquero tradicional para encajar en el quincho; llevo mi mirada de antropólogo, mi memoria familiar, mi lectura política a cada gesto en el monte. No me oculto: interrumpo el pacto de silencio que la masculinidad hegemónica rural le exige a la disidencia, y hago aparecer, aunque sea con la sutileza del secreto protector, una forma de deseo y de vínculo que este territorio históricamente expulsó. No acoso: renuncio al derecho de pernada que el código tradicional le concede casi automáticamente al dueño de la tierra sobre el cuerpo de quienes trabajan para él, y elijo la vulnerabilidad de la insinuación por sobre la violencia del avance.

Sostener esta tríada tiene un costo, y sería deshonesto no nombrarlo: la ansiedad de que mi transparencia —erótica, afectiva, metodológica— sea leída por el entorno conservador de la finca, incluida mi propia familia, como debilidad; que mi proximidad con los trabajadores se confunda con falta de autoridad; que mis reclamos legítimos sobre el legado se usen para catalogarme como “el complicado”, el que antepone el afecto al negocio. Sé que esa lectura existe, y sé también que no la voy a poder evitar del todo. Pero he aprendido —y esto es lo que hoy, caminando la represa, termino de confirmar— que la transparencia no es exposición pasiva: es una posición de fuerza. Al no ocultar mi diferencia, le quito al poder tradicional su arma más eficaz, que es el chantaje del secreto. Mi proximidad no me desarma; me enraíza. Y cuando hace falta un límite —como el que le puse hace poco a un puestero que intentó desconocer esa distancia— sé ponerlo con la misma claridad con la que ofrezco la cercanía. La vulnerabilidad y el límite no se contradicen: son las dos caras de un mismo poder que estoy inventando a medida que lo ejerzo.

Conclusión: el legado que se siembra caminando

Si uno mira esta sola jornada desde la distancia de los cuarenta años de diario, se ve con claridad que no fue un día cualquiera: fue una vuelta más de la espiral, la misma espiral que insiste, entrada tras entrada, sobre las mismas tensiones —pertenencia, herencia, legitimidad, deseo— pero cada vez desde un piso más alto de conciencia. El joven que hace más de veinticinco años le rogaba a otro dejarlo ser el macho que necesitaba, el hombre que hace apenas un año se preguntaba cómo mapear el monte desde una semántica que no fuera la de la producción, y el que hoy escribe “ese juego es absolutamente mío” son la misma persona, pero no son el mismo sujeto: algo se fue transformando, entrada tras entrada, hasta volver posible esta jornada de hoy.

Vuelvo, para cerrar, a la pregunta que atraviesa toda mi obra personalísima y que también atraviesa la finca: qué legado dejo si no soy el que continúa la producción, si no soy el hermano que corta el pasto ni el hijo que hereda la lógica del engorde intensivo. La respuesta que esta jornada me da, con una nitidez poco habitual, es que el legado que no se siembra con bueyes se siembra igual, aunque de otra manera: se siembra con la picada que abro a pie, con el secreto que protege a mi colaborador de confianza y al joven trabajador, con la coherencia que sostengo entre mi ensayo y mi práctica, con la insinuación que no se convierte en avance, con cada poste que reviso a nombre de mi padre y en contra de su mandato más rígido. Ese legado no se mide en hectáreas de soja ni en cabezas de ganado: se mide en la cantidad de territorio —físico, simbólico, erótico— que logré volver habitable para una diferencia que, hasta hace no tanto, no tenía lugar en este monte.

Habitarlo al padre, entonces, no es someterme a él ni negarlo: es la forma más honesta que encontré de hacer las paces con su ausencia sin traicionar lo que soy. Y si algo me llena de orgullo al bajar de la camioneta esta tarde, con las botas cargadas de barro y la cabeza llena de nombres que todavía no sé pronunciar del todo, es saber que ese orgullo no me lo dio nadie: me lo gané, paso a paso, picada por picada, secreto por secreto, en la misma tierra que alguna vez me expulsó.