viernes, julio 31, 2026

Once y media en la ruta: el puente y el refugio

Once y media en la ruta: el puente y el refugio

31 de julio de 2026

“Siento, más bien, que soy el punto exacto
donde su lentitud y mi velocidad se tocan sin anularse”.
Sobre los puesteros y arrieros.

 


Son las once y media de la mañana y toda la mañana me cabe todavía en el cuerpo, apretada, como si no hubiera terminado de pasar. Dejo Los Pozos atrás en el espejo retrovisor, siento el acceso a la cinta asfáltica en mi cuerpo como quien se coloca para un empuje especial para avanzar, y adelante se abre la ruta que en un rato nomás me llevará a bordea el río Juramento antes de llegar a Lumbreras, esa cinta de agua clara que corta el paisaje como corta mi propia historia: de un lado la finca, del otro Salta, y yo en el medio, siempre en el medio, hoy sin que eso me pese.

Anoto la hora porque la hora importa. No es la misma persona la que escribe a las once y media que la que escribiría a la noche, cansada, con el día ya digerido y las conclusiones servidas. A las once y media todavía estoy adentro del asombro. El motor zumba parejo, Choco observa la ruta desde el asiento de atrás, la gata mira desde el torpedo de la camioneta con esa indiferencia que a mí me gustaría heredar y no puedo. Grabo el audio que luego será escritura con una mano en el volante, y quiero que quede esto: que el ensayo de hoy nace en movimiento, en la ruta de vuelta, no en el escritorio.

El puente que no se corta

Voy a ciento veinte por la ruta que fue una huella que mis bisabuelos hicieron a pie. Los puesteros y arrieros en tiempos de mis bisabuelos, Elías e Hilario —los nombro despacio, como se nombra a los muertos que uno recuerda y a quienes reconoce en el propio pulso— cruzaban este mismo río arriando vacas a fines del siglo diecinueve, a la velocidad exacta de un animal que no se apura porque no puede. Yo cruzo el mismo río Juramento, hoy, en un vehículo que amortigua cada pozo del camino, con aire acondicionado y radio, y sin embargo no siento que los traicione. Siento, más bien, que soy el punto exacto donde su lentitud y mi velocidad se tocan sin anularse.

Esto es lo que quiero dejar escrito con toda la claridad de la que soy capaz: no hay contradicción entre ir rápido y venir de los que iban despacio. La ruta es la misma tierra, apisonada distinto, transitada distinto, pero es la misma tierra. Cuando el velocímetro marca ciento veinte, en algún lugar debajo del asfalto sigue estando la huella de las tropas, el barro que se secó hace más de cien años y todavía sostiene las defensas del camino. Yo no soy el heredero que abandonó el paso arriero por el paso motorizado. Soy el que lleva puestas las dos velocidades en el mismo cuerpo, y las hace convivir sin que ninguna le gane a la otra.

Por eso esta ruta no es un simple trayecto: es el lugar donde se sostiene mi función. No investigo la Salta patricia de mis antepasados desde afuera, como quien estudia una vitrina; tampoco la abandono para hacerme completamente otro. Voy y vengo entre las dos, literalmente, cada vez que hago este camino. Soy bisagra, soy puente, soy el que puede sentarse a la mesa de la finca de mi apellido y también el que puede, esa misma mañana, subirse a algo mucho más humilde y no sentir que traiciona nada. La velocidad de la camioneta no borra la lentitud del arriero: la contiene, la actualiza, la sigue arriando, aunque ahora arree otra cosa.

El feudo que se abre

A la mañana, en el corral, presencié una ausencia fea entre Roberto y Rodrigo. Un gesto brusco,  el tipo de fricción que en otro momento de mi vida me hubiera hecho salir corriendo del conflicto o, peor, hubiera confirmado mi vieja sospecha de que la finca es un terreno minado donde tarde o temprano todos terminamos pisando algo que estalla. Pero hoy no salí corriendo. Me quedé mirando y, en vez de angustia, sentí algo parecido al alivio: entendí que mi hermano también estaba solo ahí adentro, cargando un peso de administración y de decisiones que yo, desde mi lugar de intelectual de la familia, casi nunca toco con las manos.

Se cumplen cinco años de la muerte de mi papá. Cinco años es tiempo suficiente para que un duelo deje de ser una herida abierta y empiece a ser, apenas, una cicatriz que uno puede tocar sin que le duela igual. Y en esa cicatriz veo algo que antes no veía: que Los Pozos ya no es el feudo del padre ausente que hay que administrar con miedo a fallarle, ni el territorio que Rodrigo y yo nos disputamos en silencio como si fuera lo único que quedaba de él. Es, cada vez más, otra cosa. Un lugar donde este domingo pensamos cortar el pasto con Mati, sin jerarquías de sangre que pesen más que las ganas de estar. Un lugar donde caben los animales que no dan renta, los pastizales que no se explotan del todo, los amigos jóvenes que no tienen apellido Pequeño ó Ragone pero que igual tienen un lugar en la mesa.

Durante años pensé la finca en términos de legado: quién la hereda, quién la administra bien, quién demuestra que merece el nombre. Esa lógica es la del feudo, la del patriarca que reparte territorio como quien reparte autoridad, y que exige lealtad a cambio de pertenencia. Hoy, mirando a Roberto y a Rodrigo en ese desencuentro en el corral, entendí que la finca puede ser otra cosa: un refugio. No un feudo que hay que defender de los otros, sino un espacio que se enriquece cuanto más gente distinta lo habita. Rodrigo con su modo práctico y arraigado, yo con mi modo de archivista y de palabra, los sobrinos que todavía no saben qué modo van a elegir, César Alderete del otro lado del alambrado con su saber de baqueano. Todos ahí, sosteniendo entre todos algo que ninguno solo podría sostener.

Salta, a lo lejos

Ya siento la ciudad a lo lejos, ese amontonamiento casas que conozco de memoria desde antes de tener memoria. Voy a llegar a lo de mi vieja, vamos a almorzar, le voy a contar del corral y ella va a decir alguna frase que va a ordenar todo mejor que cualquier teoría que yo pueda escribir. Y después, a la tarde, tengo el plan simple y lindo de ir al Cine Ópera con Mati, ese cine de mi infancia donde ahora puedo llevar a alguien más joven y compartir con él algo que quiero cuidar.

Son las once y media de la mañana. Todavía no llegué a ningún lado, pero por primera vez en mucho tiempo no tengo apuro por llegar. El puente aguanta mi peso en las dos direcciones. El feudo, por fin, se abrió.


 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario