sábado, septiembre 26, 2026

El padre que no logro borrar o no alcanzar a ser el emancipador que quiero

 A cerca de la falla de un hijo que no quiere ser su padre,
pero que todavía no sabe ser otra cosa que semi-patrón o huérfano.

 
"Parrilla libre" en El Rancho de Aguirre y Fátima (o viceversa). Lumbreras, cruce rutas 5 y 34.

Por Fernando Pequeño Ragone
asistido por Gemini Notebook, Gemini Pro y Claude IA
A cerca de mi escritura asistida con IA.

Vasos comunicantes: auto-presentación metodológica y epistemológica.

 

Síntesis auditiva del texto


Los perdedores del monte: la agonía del ternero y las grietas del mando haciendario

En el paisaje seco de Los Pozos, la cámara fija su atención en la cotidianidad del corral: varas de madera, postes de quebracho, tierra removida y terneros amontonados comiendo de comederos plásticos. Entre las pezuñas que levantan polvo y los balidos rutinarios, el perro Malko merodea las instalaciones. Sin embargo, el centro del registro visual se desplaza bruscamente hacia la agonía de un ternero castaño sobre la tierra húmeda y el barro. El animal, marcado en la oreja con una caravana plástica de trazabilidad, realiza movimientos inútiles con sus patas, incapaz de erguirse, manteniendo la mirada fija en los últimos instantes de su vida. Un ternero se aproxima brevemente a olfatearlo y lamerlo, registrando una forma de proximidad no humana frente a la partida, mientras Malko camina a su lado antes de que la inmovilidad sea absoluta. De fondo, la dinámica del feedlot o corral productivo continúa impertérrita: el ganado sigue marchando y comiendo mientras sobre la pantalla aparece la leyenda: «Entre la vida del monte con sus habitantes humanos y no humanos; y el dolor y la muerte extractivista de sus dominados y perdedores».

Esta secuencia de dos minutos trasciende la mera crónica zootécnica para convertirse en un espejo de la violencia estructural que habita en la finca. La caravana plástica en la oreja del ternero es la señal indiscutible de su condición de mercancía, un número de inventario dentro de la matriz de explotación. La agonía del animal sintetiza materialmente el costo invisible de la «muerte extractivista», esa lógica donde la vida vale en función de su rendimiento dentro del mercado.

Asimismo, la perspectiva con la que se filma no responde a la mirada del patrón que evalúa fríamente una pérdida de capital, ni a la del capataz que busca despejar rápidamente el área. Es una cámara que se demora, que contempla la vulnerabilidad y reconoce a los «habitantes no humanos» del monte —como Malko y los terneros— dentro de un entramado de afecciones y padecimientos compartidos. Esta sensibilidad se vincula directamente con la posición de enunciación del autor en su texto: un lugar descentrado, marginal a la masculinidad hacendaria tradicional, desde el cual es posible interrogar las asimetrías de poder sin la ceguera naturalizada del heredero.

El corral cerrado representa la gramática del mando, esa sintaxis opresiva pero previsible que atraviesa tanto al cuerpo del animal como a las relaciones de clase entre el propietario y la peonada. Mientras los borradores contractuales de asociación y colaboración rural intentan desmontar el absolutismo del patrón en el papel, el video expone la persistencia de la estructura material: la inercia de la producción, el barro, el encierro y el cuerpo inmóvil. La escena expone, en definitiva, la tensión inacabada entre la aspiración emancipadora y el peso irreductible de una herencia que sigue cobrándose sus perdedores en el territorio.


I. La tentación de tachar el apellido

Hay una fantasía que me visita cada vez que redacto un contrato para la finca: la de borrar el apellido Pequeño de mi firma y dejar solamente Ragone. Como si pudiera, con ese gesto notarial, deshacerme del patrón y quedarme únicamente con el nieto del gobernador desaparecido. Sé que es una fantasía porque la escribo tantas veces en el diario que ya reconozco su estructura: no quiero heredar la finca, quiero heredar solamente la causa. Quiero el monte sin el amo que lo hizo posible.

Pero el psicoanálisis me enseñó —y David Slodky me lo repitió durante años en su consultorio de la calle 25 de mayo y cuarenta años después sentado frente a mí en su escritorio de la casa de Cerrillos— que borrar al padre no es un acto que uno pueda decretar. El padre no se tacha: se transita. Cuando intento nombrar a la gente de la finca como "vecinos" en lugar de "peonada", no estoy haciendo un ajuste léxico. Estoy tratando de matar simbólicamente al patrón que llevo adentro, al que heredé de mi papá y de toda la línea Pequeño-Paz, y sustituirlo de un plumazo por el emancipador que quiero ser. Es un parricidio de escritorio. Y como todo parricidio que se ejecuta solamente en el lenguaje, deja al padre muerto pero intacto: sigue gobernando desde el inconsciente de la estructura, desde la desconfianza de Rodrigo, desde la extrañeza de Roberto y Gladys cuando les hablo de igual a igual.

Esa es la falla que desde el psicoanálisis nombro como "falla en la identificación con la clase heredada". Aquí prefiero nombrarla de otro modo, más caliente, más mío: es la falla de un hijo que no quiere ser su padre, pero que todavía no sabe ser otra cosa que semi-patrón o huérfano.

II. Lo que sí heredé, y lo que elijo

Aquí quiero detenerme, porque no toda herencia es una condena. Si algo aprendí en estos cinco años después de la muerte de mi padre, de ir y venir entre Salta y Los Pozos; es que hay una genealogía que no rechazo, sino que reclamo activamente: la de mi abuelo Miguel Ragone. Y hay una posición que no elegí pero que terminó siendo mi mejor herramienta de lectura del mundo: la de ser gay, marginal, corrido desde chico del centro de la mesa familiar y del centro de la masculinidad que se practicaba en el gimnasio Libertad, en la finca, en las patoteadas de mis primos.

No es casualidad que sea precisamente ese descentramiento el que me permite ver lo que mi hermano no ve. Rodrigo no conoció a su abuelo Miguel Ragone y creció en el lugar del heredero natural, el que debía ocupar el sitio del padre; por eso no puede correrse de la lógica productivista, por eso cada conversación con él termina siendo una negociación de poder y no una conversación entre hermanos. Yo, en cambio, crecí sabiendo que no iba a ser "el hijo varón que continúa el legado" en el sentido convencional. Esa expulsión temprana del lugar de heredero legítimo —por mi diferencia sexual, por mi sensibilidad, por todo lo que en la finca se leía como debilidad— es la misma posición que hoy me permite mirar a la peonada sin la ceguera del patrón que necesita mantener el orden para sostener su propia identidad.

Dicho de otro modo: mi marginalidad no es un défcit que debo compensar con gestos de horizontalidad voluntarista. Es mi lugar de enunciación. Veo la asimetría del "vecino" y la "peonada" porque yo mismo he sido nombrado desde afuera, corregido, señalado, "acomodado" a la fuerza en el molde de la masculinidad hacendaria que nunca terminé de calzarme. La ética de mi abuelo —que no ejerció el poder desde el privilegio de su clase de origen sino contra ella, un doctor devenido gobernador popular— y mi propia experiencia de la exclusión son la misma matriz. No son dos herencias en tensión: son la misma herencia mirada desde dos ángulos. Ragone no es solamente sangre; es un método. Y ese método consiste, precisamente, en desconfiar de las jerarquías naturalizadas, incluida la que yo mismo porto en el cuerpo cuando piso la finca de Los Pozos.

III. Contra la ingenuidad: de la palabra al contrato

Ahora bien. Sería una nueva forma de soberbia —la soberbia del hijo pródigo que cree redimirse con el lenguaje— si me quedara únicamente en la reformulación verbal. "Vecinos" dicho sin más es, como bien lo señalé, una trampa: le pide al otro que actúe una igualdad que las condiciones materiales siguen desmintiendo cada vez que soy yo quien decide, quien paga, quien puede irse a Salta y ellos no.

Por eso el trabajo que estoy haciendo no es solamente de nominación sino de ingeniería jurídica. No hay ingenuidad en lo que estoy construyendo, porque sé que sin instrumento contractual la palabra "vecino" es solamente otra forma —más sofisticada, más culposa— de ejercer el poder del patrón. El desafío no es dejar de ser propietario mediante un acto de voluntad, sino transformar la propiedad en una estructura que distribuya de otro modo la decisión, el riesgo y el excedente.

Con Rana ya lo hicimos: firmamos un Convenio de Capital y Trabajo. Ahí quedó planteado sin eufemismos lo que somos el uno para el otro en esa relación: yo pongo la tierra, la infraestructura, parte del capital; él pone el trabajo, el conocimiento del monte, la presencia cotidiana que yo no puedo sostener. No lo llamamos "asociación entre vecinos" porque no lo somos en un sentido simétrico —y decir que sí lo somos sería mentirle a él y mentirme a mí—. Lo llamamos por su nombre técnico, capital y trabajo, y desde ese nombre honesto empezamos a construir algo que se parece más a la justicia que cualquier eufemismo.

Y estoy terminando de redactar una figura más ambiciosa todavía: el Convenio asociativo de colaboración productiva, diversificación y arraigo rural, con una Cláusula de Grupo Asociativo con Facultad de Sustitución Regulada. La idea de fondo es que la relación no dependa de mi persona individual ni de la buena voluntad de un patrón iluminado, sino de un dispositivo que sobreviva a mis estados de ánimo, a mis ausencias, a mi eventual muerte. Que Roberto, Gladys, Rana, los chicos de Lumbreras que se sumen, puedan sustituirse regulados entre sí dentro del grupo asociativo, sin que todo dependa de que yo esté ahí sosteniendo personalmente cada vínculo. Es la diferencia entre la lealtad de un señor feudal —que dura lo que dura su capricho— y una estructura de derecho que dura lo que duran las reglas que la sostienen.

IV. Por qué a los subalternos también les cuesta

Y sin embargo, cuando llevo estos borradores al territorio, no siempre encuentro alivio. A veces encuentro más desconcierto que gratitud. Y ahí es donde tengo que hacer un esfuerzo mayor de comprensión, porque sería fácil —y cómodo para mi narcisismo de emancipador— leer esa resistencia como simple desconfianza o ignorancia. No lo es. Es algo más estructural.

El vínculo patrón-peón, con toda su violencia, tiene una ventaja perversa: es legible. El peón sabe exactamente qué se espera de él, qué puede pedir, hasta dónde puede llegar el reclamo, cuál es el techo y cuál el piso de la relación. Es una gramática opresiva, pero es una gramática. Cuando yo llego con un convenio asociativo, con cláusulas de sustitución regulada, con la palabra "diversificación" y "arraigo", estoy introduciendo una sintaxis nueva en un territorio que durante generaciones aprendió a leer solamente la sintaxis del mando y la obediencia. No es que el trabajador rural sea incapaz de entender un contrato asociativo: es que ese contrato lo obliga a asumir un lugar de corresponsabilidad, de riesgo compartido, de decisión, para el cual nadie lo preparó ni lo protegió antes. El patrón siempre absorbió la incertidumbre; ahora yo le estoy pidiendo que la comparta, y compartir la incertidumbre, cuando uno viene de una historia de desposesión, no se siente como libertad: se siente como abandono.

Por eso Rafucho puede pensar en irse en lugar de asociarse: la asociación le exige apostar, y apostar es un lujo que la pobreza estructural no siempre permite. Por eso Matilde defiende sola su alambre en la Laguna en lugar de reclamar una gestión colectiva: nadie le enseñó que podía pedir eso. La resistencia que percibo no es un rechazo a mí; es el peso de una historia que hizo del sometimiento una forma —dolorosa pero previsible— de sobrevivir. Deshacer esa gramática exige tiempo, pedagogía y, sobre todo, pruebas concretas de que el nuevo lenguaje no esconde una trampa peor que la anterior.

V. Lo que queda por hacer

No me hago ilusiones de que dos modelos contractuales resuelvan lo que generaciones de estructura hacendaria instalaron en el cuerpo de esta región. El desafío que tengo por delante es largo y no admite atajos discursivos.

Tengo que lograr que el Convenio de Capital y Trabajo con Rana no sea una excepción sino un prototipo replicable, ajustado a cada situación sin perder su columna vertebral de reciprocidad clara. Tengo que terminar de darle forma jurídica sólida al Convenio asociativo con Facultad de Sustitución Regulada, de modo que Roberto, Gladys, y quienes se sumen puedan ver en él no una promesa mía sino un derecho exigible, algo que no dependa de mi humor ni de mi presencia. Tengo que aprender a tolerar que ese proceso sea lento, que algunos de ellos prefieran, por ahora, la vieja gramática conocida antes que la incertidumbre de una asociación real.

Y tengo que sostener, al mismo tiempo, la otra mitad de la apuesta: que el monte se conserve, que la finca deje de ser solamente una máquina de extraer renta y se convierta en un lugar habitable —para ellos y para mí—, que el turismo de naturaleza, la ganadería a escala humana y la diversificación productiva no sean solo mi proyecto personal de sanación sino un horizonte económico real para quienes ya viven ahí. Ese es el punto exacto donde mi historia íntima —la del nieto que no quiere ser patrón pero tampoco puede desaparecer como propietario— se vuelve una cuestión política de época: cómo se construye equilibrio, protección ambiental y dignidad del trabajo en la misma tierra donde antes solo había mando y obediencia.

No sé si voy a lograrlo del todo. Pero sé que la única forma honesta de no seguir siendo el patrón que incomoda es dejar de pedirles a otros que me llamen de otra manera, y empezar a construir, cláusula por cláusula, las condiciones para que ese otro nombre sea, por fin, verdadero.

sábado, septiembre 05, 2026

Laguna de Castellanos: entre el agua y la loma

 

El espejo flotante

Apuntes sobre la loma, la Laguna, el agua y lo que nunca se enterró

Por Fernando Pequeño Ragone
asistido por Gemini Notebook, Gemini Pro y Claude IA

…Ahí está otra vez la vieja herida familiar, disfrazada de gestión rural: la doble conducción de la finca es, en el fondo, la repetición de la doble conducción de nuestra historia, esa incapacidad heredada de ponernos de acuerdo sobre quién manda cuando el que debía mandar fue arrancado de cuajo...

…Si la laguna es el lugar donde deposito el duelo que no pude cerrar, el brete es el lugar donde recuerdo que, antes de la ruptura, hubo estructura, hubo fiesta, hubo un nombre marcado a fuego que decía que yo pertenecía a algo…

Queda el brete desvencijado donde en los '70 vi trabajar juntos a mi abuelo
Miguel Ragone y a mi padre J F Pequeño. En mi devenir de niño
 entre la laguna en el bajo y los corrales en la loma. 


I. La Loma

El brete: la fiesta del orden

Antes de que supiera nombrar nada de esto, ya lo sabía en el cuerpo: hay una loma en La Laguna de Castellanos donde todavía se sostiene, gris y correosa, la madera dura del viejo brete. La miro hoy y no es un corral en desuso: es un esqueleto que resistió el tiempo del mismo modo en que yo necesito creer que algo de mi familia resistió también. Ahí se hacía la yerra, y la yerra no era solamente trabajo: era una fiesta del orden. El fuego calentando el hierro, el olor a bosta seca y a humo, el grito de los peones arreando, las mujeres de mi familia organizando la comida y el paso de cada tarea como si tejieran, sin decirlo, la trama que nos sostenía a todos.

La marca en el cuero de cada animal era, en el fondo, la inscripción de un nombre: esto es nuestro, esto tiene linaje, esto pertenece a una casa. Yo tenía cinco, seis años, y ese orden con fuego y gritos no me asustaba: me daba, por primera vez, la certeza de formar parte de algo con estructura, algo que no se iba a derrumbar.

Los que eran más jóvenes que yo ahora

Ahora tengo 57 años y vuelvo a pararme frente a esa madera, y me pasa algo que todavía no termino de asimilar: en las fotos que llevo grabadas más que en papel, mi abuelo Miguel y mi padre trabajando en ese mismo brete son más jóvenes de lo que soy yo hoy. El tiempo se pliega sobre sí mismo de una manera que no es cómoda. Ya no soy el nieto que mira hacia arriba a dos hombres que lo saben todo: soy, sin haberlo pedido, el que quedó más viejo que ellos en esa imagen, el que ahora tendría que cuidar a esos muchachos jóvenes si el tiempo funcionara de otra manera.

Cargo la memoria de mi abuelo y de mi padre como quien carga a un hijo, no como quien todavía espera ser cargado. Nadie me preparó para esa inversión, y sin embargo ahí estoy, todas las veces que piso esa loma, sosteniendo yo a los que se supone deberían haberme sostenido a mí.

II. La Laguna

El juego incesante entre las dos orillas

Pero mi infancia entre La Laguna y Los Pozos no vivía instalada de un solo lado. Entre ese brete de la loma y la laguna de Castellanos en la planicie yo iba y venía sin parar, en un tránsito que ahora reconozco como el juego más importante de mi vida. Bajaba corriendo con el cuerpo todavía caliente del corral, del fuego y del polvo, y lo enfriaba en el agua quieta de la laguna, para después volver a subir. Era como caminar entre el padre y la madre, entre la regla y el sueño, sin tener que elegir ninguno de los dos: la loma me daba estructura, ley, pertenencia; la laguna me daba silencio, misterio, recogimiento.

Ese ir y venir extasiado era mi manera de sostener juntos dos mundos que, muchos años después, la historia se encargaría de separar a la fuerza.

Antes de la ruptura

Necesito arrancar por el sol, aunque me cueste, aunque hoy me resulte casi obsceno nombrarlo sin que la voz se me quiebre. Hubo una infancia en la que el calor de Salta no pesaba: era una membrana tibia que me sostenía sin pedirme nada a cambio. Mi abuelo Miguel todavía caminaba por el mundo y yo no sabía que ese caminar era prestado, que la historia ya le había puesto fecha. Después vino lo que vino: se lo llevaron, lo hicieron desaparecer, y en la familia empezó a crecer una grieta que no era metáfora sino intemperie real, un aire de desamparo que se instaló en cada comida, en cada silencio, en cada Navidad donde faltaba algo que nadie nombraba.

Ese fue el primer diluvio de mi vida: no de agua sino de ausencia. Y sin embargo —lo entiendo recién ahora, escribiendo esto— fue el agua la que se ofreció, años después, a cargar con lo que la palabra no podía.

La planicie que muere en la represa

Hay una mañana de julio, la del 24 de 2022, que vuelve a mí como una diapositiva que se proyecta sola. Estoy en Los Pozos, miro la planicie que muere en el corral hacia la represa, y no veo solamente pasto seco y alambre: veo, superpuestas, las fotografías viejas de los Paz retozando en ese mismo suelo, décadas antes de que yo naciera. La tierra ahí no es solamente productiva, es un palimpsesto: una cubierta donde sedimentan capas tras capas las generaciones, como las membranas de una cebolla. Cada vez que piso esa planicie estoy caminando sobre gente que ya no está, sobre una risa fotografiada que el tiempo canceló pero que el paisaje se niega a soltar.

La represa, en ese sentido, no contiene solamente agua para las vacas: contiene todo lo que en mi familia no tuvo dónde depositarse. Yo llego ahí, hijo y nieto de fantasmas, y el agua quieta me devuelve una calma que no me pertenece del todo: es una calma prestada, la que el paisaje sueña por mí cuando yo todavía no me animo a soñarla.

El barro de la doble conducción

Pero la Laguna no es solamente contemplación, y sería una trampa quedarme en la estampa. El 23 de julio de 2023, sentado con las hermanas Córdoba en su puesto, recordaba con ellas que fueron parte de aquellos días, los momentos donde las vacas bajaban con dificultad desde el corral en la loma hacia la laguna en el bajo plano, arriadas a los gritos por Hilario (el tío Hilario). Y en ese recuerdo compartido con las Córdoba entendí que ese territorio también es un lugar donde todo se traba. Los terneros se mueren de frío o se los come el león por las distancias que nadie termina de resolver. Hilario peleaba solo contra un terreno que le quedaba grande.

Y yo veo —con una lucidez que no me alivia, más bien me pesa— que Rodrigo no logra mirar de frente esa realidad, no acompaña a quienes hacen la vida de cada día en la finca, no ordena lo que hay que ordenar, no quiere ser parte estando sino a la distancia, que es como no serlo. Ahí está otra vez la vieja herida familiar, disfrazada de gestión rural: la doble conducción de la finca es, en el fondo, la repetición de la doble conducción de nuestra historia, esa incapacidad heredada de ponernos de acuerdo sobre quién manda cuando el que debía mandar fue arrancado de cuajo. El barro de la Laguna se me pega a las botas igual que se me pega esa parálisis: quiero empalizar, poner orden, y en cambio me encojo, siento que todo se vuelve imposible, que el barro tira para abajo cualquier intento de estructura.

Lo que el agua sostiene por mí

Y sin embargo vuelvo, semana tras semana, insistente, a esa Laguna que ni siquiera en mis cuadernos aparece siempre nombrada completa —Castellanos—, como si nombrarla del todo fuera demasiado. Ahora entiendo por qué. Mi abuelo no tuvo tumba. No hubo ritual, no hubo tierra removida con nuestras propias manos, no hubo ese cierre brutal y necesario que permite después seguir viviendo sin cargar todo el tiempo con el muerto a upa.

Cuando el duelo no puede completarse, busca dónde alojarse, y en mi caso eligió el agua quieta de un campo en Anta. La Laguna es el lugar donde deposito lo que no pude enterrar: no como metáfora bonita sino como necesidad psíquica concreta. Cuidarla, nombrarla, volver a ella, es mi manera de decirle a Miguel que todavía no lo solté, que sigo dándole sepultura todos los días, un poco, sin terminar nunca.

II. El agua

El dique, el deseo, el padre esquivo

Si la Laguna guarda el duelo, el agua en general —el dique, el río, la humedad de la madera de un banco— guarda también otra cosa: el deseo que insiste a pesar de todo. Mayo de 2014, el Cabra Corral. Recuerdo la humedad, el frío calándome, el cuerpo buscando refugio contra otro cuerpo frente al espejo de agua del dique. Y ahí, en medio del deseo, aparece —siempre aparece, no falla— la figura de mi padre, esquivo, y junto a él la finca inalcanzable, la que todavía no era mía, la que todavía no sabía habitar.

El agua, en esas escenas, no es solamente escenario: es la superficie donde se filtra todo lo que me falta de virilidad heredada, de linaje que se pueda tocar. Busco en el cuerpo de otro lo que no terminé de recibir de mi padre, y elijo, sin planearlo nunca, escenarios de agua para hacerlo, como si necesitara ese elemento de testigo.

Laguna de Castellanos.


Estar en el umbral

Me doy cuenta, escribiendo esto, de que toda mi vida el agua me ha puesto en el umbral: ni en la ciudad ni en el campo del todo, ni en la academia ni en el trabajo de la tierra del todo, ni en el duelo cerrado ni en el duelo ausente del todo. Frente al agua —sea la Laguna, sea el dique, sea la represa— dejo de ser el investigador de derechos humanos, dejo de ser el hermano en conflicto por la finca, dejo de ser el amante que busca padre en cada abrazo, y me convierto, por un rato, en alguien suspendido entre esas identidades, esperando a ver cuál se impone cuando vuelva a pisar tierra firme.

Ese estar-entre no es cómodo, pero es honesto: es el único lugar donde todas mis filiaciones —la intelectual, la rural, la militante, la deseante— pueden estar presentes a la vez sin pelearse a los gritos, como si el agua, por ser líquida, les permitiera por fin no competir por la forma.

Padre / Lugar seguro

Convertirme en finquero, a esta altura de mi vida, nunca fue un plan de negocios. Fue, y sigo sospechando que es, el intento de construir con mis propias manos el lugar seguro que la historia le negó a mi familia cuando se llevaron a mi abuelo. Cada vez que reviso los muros de las represas construidos por mi padre, cada vez que discuto con Rodrigo por el manejo del agua en el corral de engorde de los terneros, cada vez que vuelvo solo a mirar la Laguna sin decirle a nadie que voy, estoy negociando lo mismo: si un territorio puede, finalmente, sostenerme sin desaparecer también. Me abruma  la posibilidad que uno de los hermanos venda antes que yo me vaya de este mundo, y aún después.

No tengo la respuesta cerrada, y sospecho que no la voy a tener nunca, y quizás esa sea la única verdad que el agua me enseñó con paciencia: que hay preguntas que no se resuelven, se habitan. Yo habito esta, todos los días, un poco más cerca del fondo.

Pararme en la loma

Y sin embargo algo se corrige cuando vuelvo a la loma de la laguna de castellanos y no solamente al agua en la planicie. Si la laguna es el lugar donde deposito el duelo que no pude cerrar, el brete es el lugar donde recuerdo que, antes de la ruptura, hubo estructura, hubo fiesta, hubo un nombre marcado a fuego que decía que yo pertenecía a algo. Hoy, más viejo que Miguel y que mi padre en esa foto que no existe pero que llevo clavada en los ojos, entiendo que no vuelvo a ese corral para lamentar lo que perdimos. Vuelvo para pararme de pie en la misma loma donde aprendí, antes de saber nada de desapariciones ni de barro ni de hermanos que no se ponen de acuerdo, que yo era parte de un linaje.

No es una respuesta a la parálisis del barro ni al vacío que la laguna todavía guarda: es otra cosa, una vara distinta clavada en el mismo terreno. Sigo sin saber cuál de las dos orillas manda. Tal vez, como de chico, la verdad esté en seguir yendo y viniendo entre ellas.