sábado, octubre 24, 2026

El efecto grúa: economía libidinal de la seguridad y la obligación ética

 


Hoy el camino me detuvo. La camioneta se quedó sin batería y quedé varado al costado de la ruta, rumbo a la finca, mientras la tarde se apagaba sobre el monte. Esperé en ese silencio largo de los caminos, con el motor mudo y el horizonte quieto. Todo se resolvió bien: hubo seguro, hubo herramientas, hubo alguien al otro lado del teléfono. Y entendí, sentado en esa orilla, que eso que parece una simple solución es una forma de gracia, una protección que a tantos les falta cuando el camino los deja a la intemperie.

Ahora estoy en casa. La noche cerró la puerta detrás de mí y el mundo quedó afuera. Malko duerme a mis pies con su peso tibio de animal confiado. Blanca Nieves recorre la penumbra con su paso de seda y elige, como siempre, el rincón exacto donde la ternura se vuelve silencio. Mi madre está en la casa, y esa presencia también es abrigo. Me siento bendecido. Pero en la mesa de esta quietud hay una silla vacía, la de Chocolate. Lo extraño, y su ausencia es la sombra que da relieve a todo lo demás. Quizás por eso la protección de esta noche me conmueve tanto: sé cuánto cuesta y cuán poco dura.

Porque afuera el mundo se desmorona, y yo lo miro desde la ventana de mi propia suerte. Y adentro, en la cocina de lo cotidiano, soy frágil. Mi fragilidad no está en la ruta, está en la familia: en las tensiones con mis hermanos, en el sucesorio que espera su orden, en la búsqueda de una manera de habitar el lugar que quiero. Me asalta una pregunta que no tiene la decencia de ser fácil: si tengo tanto, tanta abundancia, tanto capital de afecto y de suerte, ¿cómo es posible que no sepa vivir mejor?

No sé responderla del todo. Sé que la angustia no se abandona por decreto. Es una marca antigua, una captura de lo cultural en mí, una herencia con la que no firmé contrato. Mi madre carga con sus miedos y yo he sido, tantas veces, el lugar donde ella los deposita. Eso me ha pesado, y lo escribo sin rencor. No quiero demonizarla, ni a ella ni a mis hermanos. Quiero desatar este nudo sin cortar la cuerda, porque es la misma que me sostiene.

Hay además una dicha que me obliga. Puedo, con trabajo, manejar los mambos que me formaron, y hay quienes no tienen camioneta, ni seguro, ni red. Esa asimetría no me pide culpa, me pide obra. No basta con agradecer ni con quedarme a salvo en la comodidad del refugio. Tengo que hacer algo bueno con todo esto.

Quizás la clave ya la conozco, porque la ejerzo cuando salgo de casa. En lo político sé separar lo afectivo del momento de la decisión y la negociación. Lo hago con otros todo el tiempo, y sé que se puede. Me falta aprender a hacerlo en el territorio más difícil, el de la sangre: poner la ternura de un lado y la decisión del otro, sin que una ahogue a la otra.

Hoy el camino me recordó que estoy sostenido. Esta noche, entre el aliento de Malko, el paso de Blanca Nieves y el recuerdo de Chocolate, me recuerda también que sostenerme es tarea mía. Mañana seguimos la lucha. Ahora, descansar. Pero esta noche queda la quietud, la gratitud por saberme protegido y la tranquilidad de haber regresado a casa.