Por Fernando Pequeño Ragone
Escucho.
O más bien, leo sobre lo que se escucha cuando el flamenco encuentra al
soul, y algo en mí reconoce ese encuentro como propio. No como aficionado a la
música, sino como quien lee su propio retrato sin haberlo posado. La
sublimación de la herida: esa es la fórmula que atraviesa todo lo que he
escrito en estas páginas durante décadas, aunque nunca la haya nombrado con esa
precisión clínica y brutal.
Sublimar.
Del latín sublimare: elevar, hacer subir. La química lo usa para
describir el paso directo del sólido al gas, sin detenerse en lo líquido. Algo
parecido ocurre con el dolor cuando se convierte en escritura. No pasa por la
digestión lenta de la herida. Salta. Aparece ya transformado, ya volátil, ya
capaz de ocupar el espacio entero de una página o de una melodía.
La herida que no se nombra sola
Hay
heridas que se reconocen de inmediato y heridas que tardan años en encontrar su
nombre. La desaparición de mi padre es de las primeras: tiene fecha, tiene
causa política, tiene la nitidez terrible de lo que el Estado hace cuando
decide borrar a alguien. Esa herida la cargo con una especie de claridad que,
paradójicamente, la hace soportable. Sé lo que es. Sé de dónde viene.
Las otras
heridas son más difusas y por eso más persistentes. La herida de haber crecido
en Salta llevando un apellido que es también una bandera, una exigencia y una
mirada constante sobre lo que hago y cómo lo hago. La herida de desear de un
modo que el habitus conservador de esta provincia consideró durante
mucho tiempo impropio, vergonzoso, inexistente. La herida de haber aprendido a
habitar el silencio como estrategia de supervivencia antes de aprender a
habitarlo como elección.
Estas
heridas no tienen la nitidez de la primera. Tienen la consistencia del agua que
penetra lentamente en la piedra. Y precisamente por eso, su sublimación es más
compleja, más lenta, más expuesta al fracaso.
El flamenco como espejo transatlántico
Cuando
leo que el flamenco nace del trauma histórico, de la opresión, de la
sublimación del dolor a través del arte, reconozco en esa descripción una
genealogía que no es solo musical sino estructural. El cante jondo no es una
decoración de la tristeza. Es la tristeza misma convertida en forma, en compás,
en garganta que tiembla con una dignidad extraña y feroz.
Me
pregunto si mi diario no es, en algún sentido profundo, mi propio cante jondo.
No el tablao ruidoso con su público y su escenario, sino la versión íntima, la
del Flamenco Soul que busca espacios pequeños donde la melodía respira. Estas
páginas son ese espacio. Aquí no hay audiencia. Aquí el fraseo es libre, menos
sujeto al ritmo marcado que afuera me exige coherencia, consistencia, la
performance de alguien que sabe lo que hace y por qué lo hace.
1984 como punto de partida
Vuelvo,
inevitablemente, a ese cuarto porteño de 1984 desde donde recordaba Tucumán. La
luz del velador sobre las páginas del primer diario. Carlos tucumano. El deseo
que no sabía todavía cómo llamarse a sí mismo pero que ya ocupaba el cuerpo
entero con una urgencia que no admitía postergación. Escribí entonces no porque
supiera que estaba sublimando nada. Escribí porque la alternativa era explotar
o paralizarme, y ninguna de las dos opciones me resultaba tolerable.
Eso es lo
que reconozco ahora con la distancia de más de cuarenta años: que la escritura
fue desde el principio un dispositivo de transformación del dolor en forma. Que
cada entrada de este diario es un acto de transmutación alquímica donde lo que
duele, lo que avergüenza, lo que desea sin permiso, lo que pierde sin
reponerse, se convierte en algo que puede ser leído, revisado, pensado y,
eventualmente, integrado.
No
superado. Integrado. Hay una diferencia crucial entre ambas palabras que
aprendí tarde y con mucho costo.
La memoria como motor, no como ancla
Lo
escribí alguna vez y lo sostengo: la memoria no es una carga que nos ata al
pasado, sino el motor libidinal que nos impulsa hacia adelante. Pero esta
afirmación, que suena limpia y casi optimista cuando la escribo de corrido,
tiene sus propias grietas cuando la examino de cerca.
Hay días
en que la memoria es exactamente eso: motor, energía, sentido. Días en que
recordar a mi padre, recordar la militancia, recordar los primeros textos sobre
masculinidades y los debates interminables con compañeros que ya no están, se
convierte en combustible puro. En esos días escribo con una fluidez que me
asombra. Las palabras llegan ya formadas, como si hubieran estado esperando.
Y hay
otros días en que la memoria es, efectivamente, una ancla. En que el peso de lo
que se perdió aplasta cualquier impulso hacia adelante. En que el archivo se
convierte en mausoleo. En esos días no escribo, o escribo mal, o escribo en
círculos que no van a ningún lado.
La
sublimación no es un estado permanente. Es un acto que hay que repetir. Un
trabajo que nunca termina.
El alma insubordinada
Lo que me
conecta finalmente con esta idea del Flamenco Soul, con esta fusión entre el
dolor histórico del cante y el fraseo libre del soul afroamericano, es la
insubordinación. Esa cadencia íntima, melancólica e insubordinada que el
análisis identifica como característica del género.
Insubordinado.
Eso es lo que intenta ser este diario desde 1984. Insubordinado frente al
mandato del apellido, frente a la expectativa de que el hijo del militante
desaparecido debía ser de una manera específica y no de otra. Insubordinado
frente al habitus provincial que durante décadas intentó regular no solo
mi conducta pública sino mi deseo más privado. Insubordinado frente a la
narrativa heroica y unidimensional que otros construyen sobre los que llevamos
el peso de una historia política visible.
La
sexualidad, la memoria y la política son las tres cuerdas de mi propio
instrumento. Cuando las tres vibran a la vez, hay algo que merece llamarse
música. Cuando alguna se rompe o se afina mal, solo hay ruido, o silencio, o
ese dolor sordo que antecede al cante.
Hoy
vibran las tres. O al menos eso siento mientras escribo.
Eso, por
ahora, alcanza.
