sábado, septiembre 05, 2026

Laguna de Castellanos: entre el agua y la loma

 

El espejo flotante

Apuntes sobre la loma, la Laguna, el agua y lo que nunca se enterró

Por Fernando Pequeño Ragone
asistido por Gemini Notebook, Gemini Pro y Claude IA

…Ahí está otra vez la vieja herida familiar, disfrazada de gestión rural: la doble conducción de la finca es, en el fondo, la repetición de la doble conducción de nuestra historia, esa incapacidad heredada de ponernos de acuerdo sobre quién manda cuando el que debía mandar fue arrancado de cuajo...

…Si la laguna es el lugar donde deposito el duelo que no pude cerrar, el brete es el lugar donde recuerdo que, antes de la ruptura, hubo estructura, hubo fiesta, hubo un nombre marcado a fuego que decía que yo pertenecía a algo…

Queda el brete desvencijado donde en los '70 vi trabajar juntos a mi abuelo
Miguel Ragone y a mi padre J F Pequeño. En mi devenir de niño
 entre la laguna en el bajo y los corrales en la loma. 


I. La Loma

El brete: la fiesta del orden

Antes de que supiera nombrar nada de esto, ya lo sabía en el cuerpo: hay una loma en La Laguna de Castellanos donde todavía se sostiene, gris y correosa, la madera dura del viejo brete. La miro hoy y no es un corral en desuso: es un esqueleto que resistió el tiempo del mismo modo en que yo necesito creer que algo de mi familia resistió también. Ahí se hacía la yerra, y la yerra no era solamente trabajo: era una fiesta del orden. El fuego calentando el hierro, el olor a bosta seca y a humo, el grito de los peones arreando, las mujeres de mi familia organizando la comida y el paso de cada tarea como si tejieran, sin decirlo, la trama que nos sostenía a todos.

La marca en el cuero de cada animal era, en el fondo, la inscripción de un nombre: esto es nuestro, esto tiene linaje, esto pertenece a una casa. Yo tenía cinco, seis años, y ese orden con fuego y gritos no me asustaba: me daba, por primera vez, la certeza de formar parte de algo con estructura, algo que no se iba a derrumbar.

Los que eran más jóvenes que yo ahora

Ahora tengo 57 años y vuelvo a pararme frente a esa madera, y me pasa algo que todavía no termino de asimilar: en las fotos que llevo grabadas más que en papel, mi abuelo Miguel y mi padre trabajando en ese mismo brete son más jóvenes de lo que soy yo hoy. El tiempo se pliega sobre sí mismo de una manera que no es cómoda. Ya no soy el nieto que mira hacia arriba a dos hombres que lo saben todo: soy, sin haberlo pedido, el que quedó más viejo que ellos en esa imagen, el que ahora tendría que cuidar a esos muchachos jóvenes si el tiempo funcionara de otra manera.

Cargo la memoria de mi abuelo y de mi padre como quien carga a un hijo, no como quien todavía espera ser cargado. Nadie me preparó para esa inversión, y sin embargo ahí estoy, todas las veces que piso esa loma, sosteniendo yo a los que se supone deberían haberme sostenido a mí.

II. La Laguna

El juego incesante entre las dos orillas

Pero mi infancia entre La Laguna y Los Pozos no vivía instalada de un solo lado. Entre ese brete de la loma y la laguna de Castellanos en la planicie yo iba y venía sin parar, en un tránsito que ahora reconozco como el juego más importante de mi vida. Bajaba corriendo con el cuerpo todavía caliente del corral, del fuego y del polvo, y lo enfriaba en el agua quieta de la laguna, para después volver a subir. Era como caminar entre el padre y la madre, entre la regla y el sueño, sin tener que elegir ninguno de los dos: la loma me daba estructura, ley, pertenencia; la laguna me daba silencio, misterio, recogimiento.

Ese ir y venir extasiado era mi manera de sostener juntos dos mundos que, muchos años después, la historia se encargaría de separar a la fuerza.

Antes de la ruptura

Necesito arrancar por el sol, aunque me cueste, aunque hoy me resulte casi obsceno nombrarlo sin que la voz se me quiebre. Hubo una infancia en la que el calor de Salta no pesaba: era una membrana tibia que me sostenía sin pedirme nada a cambio. Mi abuelo Miguel todavía caminaba por el mundo y yo no sabía que ese caminar era prestado, que la historia ya le había puesto fecha. Después vino lo que vino: se lo llevaron, lo hicieron desaparecer, y en la familia empezó a crecer una grieta que no era metáfora sino intemperie real, un aire de desamparo que se instaló en cada comida, en cada silencio, en cada Navidad donde faltaba algo que nadie nombraba.

Ese fue el primer diluvio de mi vida: no de agua sino de ausencia. Y sin embargo —lo entiendo recién ahora, escribiendo esto— fue el agua la que se ofreció, años después, a cargar con lo que la palabra no podía.

La planicie que muere en la represa

Hay una mañana de julio, la del 24 de 2022, que vuelve a mí como una diapositiva que se proyecta sola. Estoy en Los Pozos, miro la planicie que muere en el corral hacia la represa, y no veo solamente pasto seco y alambre: veo, superpuestas, las fotografías viejas de los Paz retozando en ese mismo suelo, décadas antes de que yo naciera. La tierra ahí no es solamente productiva, es un palimpsesto: una cubierta donde sedimentan capas tras capas las generaciones, como las membranas de una cebolla. Cada vez que piso esa planicie estoy caminando sobre gente que ya no está, sobre una risa fotografiada que el tiempo canceló pero que el paisaje se niega a soltar.

La represa, en ese sentido, no contiene solamente agua para las vacas: contiene todo lo que en mi familia no tuvo dónde depositarse. Yo llego ahí, hijo y nieto de fantasmas, y el agua quieta me devuelve una calma que no me pertenece del todo: es una calma prestada, la que el paisaje sueña por mí cuando yo todavía no me animo a soñarla.

El barro de la doble conducción

Pero la Laguna no es solamente contemplación, y sería una trampa quedarme en la estampa. El 23 de julio de 2023, sentado con las hermanas Córdoba en su puesto, recordaba con ellas que fueron parte de aquellos días, los momentos donde las vacas bajaban con dificultad desde el corral en la loma hacia la laguna en el bajo plano, arriadas a los gritos por Hilario (el tío Hilario). Y en ese recuerdo compartido con las Córdoba entendí que ese territorio también es un lugar donde todo se traba. Los terneros se mueren de frío o se los come el león por las distancias que nadie termina de resolver. Hilario peleaba solo contra un terreno que le quedaba grande.

Y yo veo —con una lucidez que no me alivia, más bien me pesa— que Rodrigo no logra mirar de frente esa realidad, no acompaña a quienes hacen la vida de cada día en la finca, no ordena lo que hay que ordenar, no quiere ser parte estando sino a la distancia, que es como no serlo. Ahí está otra vez la vieja herida familiar, disfrazada de gestión rural: la doble conducción de la finca es, en el fondo, la repetición de la doble conducción de nuestra historia, esa incapacidad heredada de ponernos de acuerdo sobre quién manda cuando el que debía mandar fue arrancado de cuajo. El barro de la Laguna se me pega a las botas igual que se me pega esa parálisis: quiero empalizar, poner orden, y en cambio me encojo, siento que todo se vuelve imposible, que el barro tira para abajo cualquier intento de estructura.

Lo que el agua sostiene por mí

Y sin embargo vuelvo, semana tras semana, insistente, a esa Laguna que ni siquiera en mis cuadernos aparece siempre nombrada completa —Castellanos—, como si nombrarla del todo fuera demasiado. Ahora entiendo por qué. Mi abuelo no tuvo tumba. No hubo ritual, no hubo tierra removida con nuestras propias manos, no hubo ese cierre brutal y necesario que permite después seguir viviendo sin cargar todo el tiempo con el muerto a upa.

Cuando el duelo no puede completarse, busca dónde alojarse, y en mi caso eligió el agua quieta de un campo en Anta. La Laguna es el lugar donde deposito lo que no pude enterrar: no como metáfora bonita sino como necesidad psíquica concreta. Cuidarla, nombrarla, volver a ella, es mi manera de decirle a Miguel que todavía no lo solté, que sigo dándole sepultura todos los días, un poco, sin terminar nunca.

II. El agua

El dique, el deseo, el padre esquivo

Si la Laguna guarda el duelo, el agua en general —el dique, el río, la humedad de la madera de un banco— guarda también otra cosa: el deseo que insiste a pesar de todo. Mayo de 2014, el Cabra Corral. Recuerdo la humedad, el frío calándome, el cuerpo buscando refugio contra otro cuerpo frente al espejo de agua del dique. Y ahí, en medio del deseo, aparece —siempre aparece, no falla— la figura de mi padre, esquivo, y junto a él la finca inalcanzable, la que todavía no era mía, la que todavía no sabía habitar.

El agua, en esas escenas, no es solamente escenario: es la superficie donde se filtra todo lo que me falta de virilidad heredada, de linaje que se pueda tocar. Busco en el cuerpo de otro lo que no terminé de recibir de mi padre, y elijo, sin planearlo nunca, escenarios de agua para hacerlo, como si necesitara ese elemento de testigo.

Laguna de Castellanos.


Estar en el umbral

Me doy cuenta, escribiendo esto, de que toda mi vida el agua me ha puesto en el umbral: ni en la ciudad ni en el campo del todo, ni en la academia ni en el trabajo de la tierra del todo, ni en el duelo cerrado ni en el duelo ausente del todo. Frente al agua —sea la Laguna, sea el dique, sea la represa— dejo de ser el investigador de derechos humanos, dejo de ser el hermano en conflicto por la finca, dejo de ser el amante que busca padre en cada abrazo, y me convierto, por un rato, en alguien suspendido entre esas identidades, esperando a ver cuál se impone cuando vuelva a pisar tierra firme.

Ese estar-entre no es cómodo, pero es honesto: es el único lugar donde todas mis filiaciones —la intelectual, la rural, la militante, la deseante— pueden estar presentes a la vez sin pelearse a los gritos, como si el agua, por ser líquida, les permitiera por fin no competir por la forma.

Padre / Lugar seguro

Convertirme en finquero, a esta altura de mi vida, nunca fue un plan de negocios. Fue, y sigo sospechando que es, el intento de construir con mis propias manos el lugar seguro que la historia le negó a mi familia cuando se llevaron a mi abuelo. Cada vez que reviso los muros de las represas construidos por mi padre, cada vez que discuto con Rodrigo por el manejo del agua en el corral de engorde de los terneros, cada vez que vuelvo solo a mirar la Laguna sin decirle a nadie que voy, estoy negociando lo mismo: si un territorio puede, finalmente, sostenerme sin desaparecer también. Me abruma  la posibilidad que uno de los hermanos venda antes que yo me vaya de este mundo, y aún después.

No tengo la respuesta cerrada, y sospecho que no la voy a tener nunca, y quizás esa sea la única verdad que el agua me enseñó con paciencia: que hay preguntas que no se resuelven, se habitan. Yo habito esta, todos los días, un poco más cerca del fondo.

Pararme en la loma

Y sin embargo algo se corrige cuando vuelvo a la loma de la laguna de castellanos y no solamente al agua en la planicie. Si la laguna es el lugar donde deposito el duelo que no pude cerrar, el brete es el lugar donde recuerdo que, antes de la ruptura, hubo estructura, hubo fiesta, hubo un nombre marcado a fuego que decía que yo pertenecía a algo. Hoy, más viejo que Miguel y que mi padre en esa foto que no existe pero que llevo clavada en los ojos, entiendo que no vuelvo a ese corral para lamentar lo que perdimos. Vuelvo para pararme de pie en la misma loma donde aprendí, antes de saber nada de desapariciones ni de barro ni de hermanos que no se ponen de acuerdo, que yo era parte de un linaje.

No es una respuesta a la parálisis del barro ni al vacío que la laguna todavía guarda: es otra cosa, una vara distinta clavada en el mismo terreno. Sigo sin saber cuál de las dos orillas manda. Tal vez, como de chico, la verdad esté en seguir yendo y viniendo entre ellas.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario