El espejo flotante
Apuntes sobre la loma, la Laguna, el
agua y lo que nunca se enterró
…Ahí está otra vez la vieja herida
familiar, disfrazada de gestión rural: la doble conducción de la finca es, en
el fondo, la repetición de la doble conducción de nuestra historia, esa
incapacidad heredada de ponernos de acuerdo sobre quién manda cuando el que
debía mandar fue arrancado de cuajo...
…Si la laguna es el lugar
donde deposito el duelo que no pude cerrar, el brete es el lugar donde recuerdo
que, antes de la ruptura, hubo estructura, hubo fiesta, hubo un nombre marcado
a fuego que decía que yo pertenecía a algo…
![]() |
| Queda el brete desvencijado donde en los '70 vi trabajar juntos a mi abuelo Miguel Ragone y a mi padre J F Pequeño. En mi devenir de niño entre la laguna en el bajo y los corrales en la loma. |
I. La Loma
El brete: la
fiesta del orden
Antes de que supiera nombrar nada de esto, ya lo sabía en el cuerpo:
hay una loma en La Laguna de Castellanos donde todavía se sostiene, gris y
correosa, la madera dura del viejo brete. La miro hoy y no es un corral en
desuso: es un esqueleto que resistió el tiempo del mismo modo en que yo
necesito creer que algo de mi familia resistió también. Ahí se hacía la yerra,
y la yerra no era solamente trabajo: era una fiesta del orden. El fuego
calentando el hierro, el olor a bosta seca y a humo, el grito de los peones
arreando, las mujeres de mi familia organizando la comida y el paso de cada
tarea como si tejieran, sin decirlo, la trama que nos sostenía a todos.
La marca en el cuero de cada animal era, en el fondo, la inscripción
de un nombre: esto es nuestro, esto tiene linaje, esto pertenece a una casa. Yo
tenía cinco, seis años, y ese orden con fuego y gritos no me asustaba: me daba,
por primera vez, la certeza de formar parte de algo con estructura, algo que no
se iba a derrumbar.
Los que eran
más jóvenes que yo ahora
Ahora tengo 57 años y vuelvo a pararme frente a esa madera, y me pasa
algo que todavía no termino de asimilar: en las fotos que llevo grabadas más
que en papel, mi abuelo Miguel y mi padre trabajando en ese mismo brete son más
jóvenes de lo que soy yo hoy. El tiempo se pliega sobre sí mismo de una manera
que no es cómoda. Ya no soy el nieto que mira hacia arriba a dos hombres que lo
saben todo: soy, sin haberlo pedido, el que quedó más viejo que ellos en esa
imagen, el que ahora tendría que cuidar a esos muchachos jóvenes si el tiempo
funcionara de otra manera.
Cargo la memoria de mi abuelo y de mi padre como quien carga a un
hijo, no como quien todavía espera ser cargado. Nadie me preparó para esa
inversión, y sin embargo ahí estoy, todas las veces que piso esa loma,
sosteniendo yo a los que se supone deberían haberme sostenido a mí.
II. La Laguna
El juego
incesante entre las dos orillas
Pero mi infancia entre La Laguna y Los Pozos no vivía instalada de un
solo lado. Entre ese brete de la loma y la laguna de Castellanos en la planicie
yo iba y venía sin parar, en un tránsito que ahora reconozco como el juego más
importante de mi vida. Bajaba corriendo con el cuerpo todavía caliente del
corral, del fuego y del polvo, y lo enfriaba en el agua quieta de la laguna,
para después volver a subir. Era como caminar entre el padre y la madre, entre
la regla y el sueño, sin tener que elegir ninguno de los dos: la loma me daba
estructura, ley, pertenencia; la laguna me daba silencio, misterio,
recogimiento.
Ese ir y venir extasiado era mi manera de sostener juntos dos mundos
que, muchos años después, la historia se encargaría de separar a la fuerza.
Antes de la
ruptura
Necesito arrancar por el sol, aunque me cueste, aunque hoy me resulte
casi obsceno nombrarlo sin que la voz se me quiebre. Hubo una infancia en la
que el calor de Salta no pesaba: era una membrana tibia que me sostenía sin
pedirme nada a cambio. Mi abuelo Miguel todavía caminaba por el mundo y yo no
sabía que ese caminar era prestado, que la historia ya le había puesto fecha.
Después vino lo que vino: se lo llevaron, lo hicieron desaparecer, y en la
familia empezó a crecer una grieta que no era metáfora sino intemperie real, un
aire de desamparo que se instaló en cada comida, en cada silencio, en cada
Navidad donde faltaba algo que nadie nombraba.
Ese fue el primer diluvio de mi vida: no de agua sino de ausencia. Y
sin embargo —lo entiendo recién ahora, escribiendo esto— fue el agua la que se
ofreció, años después, a cargar con lo que la palabra no podía.
La planicie que
muere en la represa
Hay una mañana de julio, la del 24 de 2022, que vuelve a mí como una
diapositiva que se proyecta sola. Estoy en Los Pozos, miro la planicie que
muere en el corral hacia la represa, y no veo solamente pasto seco y alambre:
veo, superpuestas, las fotografías viejas de los Paz retozando en ese mismo
suelo, décadas antes de que yo naciera. La tierra ahí no es solamente
productiva, es un palimpsesto: una cubierta donde sedimentan capas tras capas
las generaciones, como las membranas de una cebolla. Cada vez que piso esa
planicie estoy caminando sobre gente que ya no está, sobre una risa
fotografiada que el tiempo canceló pero que el paisaje se niega a soltar.
La represa, en ese sentido, no contiene solamente agua para las vacas:
contiene todo lo que en mi familia no tuvo dónde depositarse. Yo llego ahí,
hijo y nieto de fantasmas, y el agua quieta me devuelve una calma que no me
pertenece del todo: es una calma prestada, la que el paisaje sueña por mí
cuando yo todavía no me animo a soñarla.
El barro de la
doble conducción
Pero la Laguna no es solamente contemplación, y sería una trampa
quedarme en la estampa. El 23 de julio de 2023, sentado con las hermanas
Córdoba en su puesto, recordaba con ellas que fueron parte de aquellos días, los
momentos donde las vacas bajaban con dificultad desde el corral en la loma
hacia la laguna en el bajo plano, arriadas a los gritos por Hilario (el tío
Hilario). Y en ese recuerdo compartido con las Córdoba entendí que ese
territorio también es un lugar donde todo se traba. Los terneros se mueren de
frío o se los come el león por las distancias que nadie termina de resolver. Hilario
peleaba solo contra un terreno que le quedaba grande.
Y yo veo —con una lucidez que no me alivia, más bien me pesa— que
Rodrigo no logra mirar de frente esa realidad, no acompaña a quienes hacen la
vida de cada día en la finca, no ordena lo que hay que ordenar, no quiere ser
parte estando sino a la distancia, que es como no serlo. Ahí está otra vez
la vieja herida familiar, disfrazada de gestión rural: la doble conducción de
la finca es, en el fondo, la repetición de la doble conducción de nuestra
historia, esa incapacidad heredada de ponernos de acuerdo sobre quién manda
cuando el que debía mandar fue arrancado de cuajo. El barro de la Laguna se
me pega a las botas igual que se me pega esa parálisis: quiero empalizar, poner
orden, y en cambio me encojo, siento que todo se vuelve imposible, que el barro
tira para abajo cualquier intento de estructura.
Lo que el agua
sostiene por mí
Y sin embargo vuelvo, semana tras semana, insistente, a esa Laguna
que ni siquiera en mis cuadernos aparece siempre nombrada completa
—Castellanos—, como si nombrarla del todo fuera demasiado. Ahora entiendo por
qué. Mi abuelo no tuvo tumba. No hubo ritual, no hubo tierra removida con
nuestras propias manos, no hubo ese cierre brutal y necesario que permite
después seguir viviendo sin cargar todo el tiempo con el muerto a upa.
Cuando el duelo no puede completarse, busca dónde alojarse, y en mi
caso eligió el agua quieta de un campo en Anta. La Laguna es el lugar donde
deposito lo que no pude enterrar: no como metáfora bonita sino como necesidad
psíquica concreta. Cuidarla, nombrarla, volver a ella, es mi manera de decirle
a Miguel que todavía no lo solté, que sigo dándole sepultura todos los días, un
poco, sin terminar nunca.
II. El agua
El dique, el
deseo, el padre esquivo
Si la Laguna guarda el duelo, el agua en general —el dique, el río,
la humedad de la madera de un banco— guarda también otra cosa: el deseo que
insiste a pesar de todo. Mayo de 2014, el Cabra Corral. Recuerdo la humedad, el
frío calándome, el cuerpo buscando refugio contra otro cuerpo frente al espejo
de agua del dique. Y ahí, en medio del deseo, aparece —siempre aparece, no
falla— la figura de mi padre, esquivo, y junto a él la finca inalcanzable, la
que todavía no era mía, la que todavía no sabía habitar.
El agua, en esas escenas, no es solamente escenario: es la superficie
donde se filtra todo lo que me falta de virilidad heredada, de linaje que se
pueda tocar. Busco en el cuerpo de otro lo que no terminé de recibir de mi
padre, y elijo, sin planearlo nunca, escenarios de agua para hacerlo, como si
necesitara ese elemento de testigo.
![]() |
| Laguna de Castellanos. |
Estar en el
umbral
Me doy cuenta, escribiendo esto, de que toda mi vida el agua me ha
puesto en el umbral: ni en la ciudad ni en el campo del todo, ni en la academia
ni en el trabajo de la tierra del todo, ni en el duelo cerrado ni en el duelo
ausente del todo. Frente al agua —sea la Laguna, sea el dique, sea la represa—
dejo de ser el investigador de derechos humanos, dejo de ser el hermano en
conflicto por la finca, dejo de ser el amante que busca padre en cada abrazo, y
me convierto, por un rato, en alguien suspendido entre esas identidades,
esperando a ver cuál se impone cuando vuelva a pisar tierra firme.
Ese estar-entre no es cómodo, pero es honesto: es el único lugar
donde todas mis filiaciones —la intelectual, la rural, la militante, la
deseante— pueden estar presentes a la vez sin pelearse a los gritos, como si el
agua, por ser líquida, les permitiera por fin no competir por la forma.
Padre / Lugar
seguro
Convertirme en finquero, a esta altura de mi vida, nunca fue un plan
de negocios. Fue, y sigo sospechando que es, el intento de construir con mis
propias manos el lugar seguro que la historia le negó a mi familia cuando se
llevaron a mi abuelo. Cada vez que reviso los muros de las represas construidos
por mi padre, cada vez que discuto con Rodrigo por el manejo del agua en el
corral de engorde de los terneros, cada vez que vuelvo solo a mirar la Laguna
sin decirle a nadie que voy, estoy negociando lo mismo: si un territorio puede,
finalmente, sostenerme sin desaparecer también. Me abruma la posibilidad que uno de los hermanos venda
antes que yo me vaya de este mundo, y aún después.
No tengo la respuesta cerrada, y sospecho que no la voy a tener
nunca, y quizás esa sea la única verdad que el agua me enseñó con paciencia:
que hay preguntas que no se resuelven, se habitan. Yo habito esta, todos los
días, un poco más cerca del fondo.
Pararme en la
loma
Y sin embargo algo se corrige cuando vuelvo a la loma de la laguna de
castellanos y no solamente al agua en la planicie. Si la laguna es el lugar
donde deposito el duelo que no pude cerrar, el brete es el lugar donde recuerdo
que, antes de la ruptura, hubo estructura, hubo fiesta, hubo un nombre marcado
a fuego que decía que yo pertenecía a algo. Hoy, más viejo que Miguel y que
mi padre en esa foto que no existe pero que llevo clavada en los ojos, entiendo
que no vuelvo a ese corral para lamentar lo que perdimos. Vuelvo para pararme
de pie en la misma loma donde aprendí, antes de saber nada de desapariciones ni
de barro ni de hermanos que no se ponen de acuerdo, que yo era parte de un
linaje.
No es una respuesta a la parálisis del barro ni al vacío que la
laguna todavía guarda: es otra cosa, una vara distinta clavada en el mismo
terreno. Sigo sin saber cuál de las dos orillas manda. Tal vez, como de chico,
la verdad esté en seguir yendo y viniendo entre ellas.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario