En el cumpleaños número cincuenta de Julián, productor ganadero de Yerba Buena, se reunieron médicos prestigiosos y terratenientes de Salta, Tucumán y el Chaco. Fui el único salteño entre los invitados. Cuento aquí, parte de esa noche de celebración desde adentro: las conversaciones de campo interrumpidas por brindis, la grieta política convertida en chiste afectuoso, los hermanos que declaran su lealtad con la guardia baja. Una escritura íntima sobre los vínculos que se construyen en el monte y se celebran en la ciudad, sobre lo que significa ser recién llegado aunque la familia lleve un siglo en la tierra, y sobre esa clase de fiestas donde lo que se festeja no es solo una edad sino una red de personas que eligieron, de distintas maneras, seguir cerca.
LOS CINCUENTA DE JULIÁN
Apuntes de una noche en Yerba Buena
I. El tarjetón negro
Un par de semanas antes de la fiesta, Julián me mandó
la invitación por WhatsApp. Era un tarjetón sobrio, negro, sin adornos
innecesarios. El tipo de cosa que uno no tira al montón de mensajes sin leerlo
bien. Algo en ese rectángulo oscuro me dijo que tenía que estar.
Fui el único invitado de la zona donde ambos tenemos
campos. El único salteño en la fiesta. Eso tiene un peso particular, aunque uno
no siempre sepa explicarlo con palabras. Significa que te ven de otra manera.
Que no sos simplemente alguien que vive cerca, sino alguien con quien se
comparte algo más difícil de nombrar: un pedazo de tierra, una forma de mirar
el horizonte, ciertos silencios.
Julián y yo empezamos a conocernos cinco años antes,
cuando yo volví a la finca casi enseguida después de la muerte de mi padre. Él
era por entonces un recién llegado en la región. Y yo, a pesar de que mi
familia lleva más de un siglo criando vacas por ahí, era también, de alguna
forma, un recién llegado. El duelo te pone en ese lugar raro: la tierra es tuya
y sin embargo todo te resulta nuevo, o más pesado, o distinto. Julián estaba
ahí, estableciéndose. Nos fuimos encontrando de a poco, como se encuentran los
vecinos de campo cuando hay respeto mutuo y no apuro.
La fiesta en Yerba Buena era también, para mí, la
excusa de cambiar un poco el aire. Revivir historias de Tucumán, algunas de
casi cuarenta años atrás.
* * *
II. La casa como mapa
La casa de Julián en Yerba Buena es de esas que uno
entra y en seguida sabe quién la habita. Esa noche estaba transformada: carpas
en el jardín, luces cálidas, mesas con comida gourmet que hablaba de un
esfuerzo real por recibir bien. Su esposa, se movía por todos lados con esa
capacidad de estar en todos lados sin que se note que está en todos lados.
Gestionando, suavizando, dirigiendo la mirada hacia donde hacía falta.
El mapa de los invitados era bastante claro si uno
sabía leerlo. Por un lado, los médicos. Profesionales reconocidos, algunos con
nombres pesados en Tucumán. Por el otro, los productores ganaderos y
terratenientes de la región, algunos también del Chaco. Y Julián en el medio,
que es exactamente donde Julián siempre está: siendo el punto de unión entre
mundos que no siempre se rozan.
Eso es genial. No cualquiera sabe moverse con la misma
soltura entre un urólogo de consultorio lleno y un productor que maneja quince
mil hectáreas. Julián lo hace porque conoce los dos idiomas y porque, sobre
todo, no pretende ser lo que no es en ninguno de los dos mundos.
Me presenté, saludé, tomé algo. El ruido de fondo era
constante: voces que se superponen, risas, el sonido de los hielos en los
vasos. Las conversaciones de estas noches siempre son así: fragmentadas,
interrumpidas, llenas de comienzos que no terminan porque llega alguien más o
porque el mozo pasa con una bandeja. Y aun así, en esos fragmentos, uno va
armando el retrato de la noche.
* * *
III. Hablar de campo entre productores
En algún momento me enganché en una de esas
conversaciones sobre ganadería que, si uno no es del palo, pueden sonar como en
otro idioma. Pero para los que somos del palo son casi filosóficas, o al menos
dicen mucho de cómo uno entiende la vida.
Entre la veintena de amplias mesas ratonas, esa en la
que acomodé junto a conocidos de haber compartido antes en la finca de Julián;
el tema recurrente esa noche era la tensión entre lo nuevo y lo viejo. La
tecnificación contra la costumbre del puestero criollo. Y ahí me vi yo también,
hablando de lo que ya conozco de memoria: que hay que meter disciplina, que las
viejas formas de hacer no alcanzan más, que si uno no impone un orden
productivo moderno la finca no rinde. Lo decía con la convicción del que tiene
cien años de historia familiar en esa tierra, del que empezó desde el
tatarabuelo y siente el peso de no dilapidar lo que costó tanto construir.
Al mismo tiempo, y esto es algo que me cuesta admitir
del todo cuando estoy en el entusiasmo de la conversación, hay algo de esa vida
criolla que uno extraña aunque no quiera. El caballo que sirve para trabajar en
serio, no el animal fino que no aguanta un matorral. El puestero que sabe leer
el monte aunque no sepa leer otra cosa. Hay un saber ahí que la tecnología no
reemplaza completamente. La tensión no se resuelve; se negocia todo el tiempo.
En la mesa de los ganaderos había un sobrino de
alguien —no recuerdo bien de quién— que manejaba una escala que a mí me resulta
casi abstracta: quince mil hectáreas, seis mil vacas. Números que uno oye y que
dicen algo sobre el éxito de una familia a lo largo de generaciones. Esa noche
era el símbolo silencioso de que el campo grande puede funcionar si uno sabe
hacer las cosas.
* * *
IV. La grieta, el humor y el arte de
no pelear en una fiesta
Eduardo Nazar es urólogo o ginecólogo, no recuerdo
bien. Lo que sí recuerdo es que yo, con una sonrisa que quería ser mala pero
era completamente afectuosa, lo presenté como el médico kirchnerista del grupo.
Casi se cae, dijo él mismo después, riéndose. Y la mesa se rió con él, no de
él.
Eso es algo que en ese tipo de ambientes uno aprende a
leer rápido: la grieta política existe, está en el aire, todos la sienten, pero
hay una regla tácita que dice que no se va a permitir que arruine la noche.
Sobre todo en el cumpleaños de alguien querido. Entonces lo que sucede es un
ejercicio interesante: la ideología se convierte en chiste. Los que son de un
lado le dan con humor a los del otro y viceversa, y eso que podría ser una
pelea se convierte en una forma de decirse mutuamente que se toleran, que se
quieren incluso, que el asado y la amistad están por encima de Milei o de
Cristina.
Julián conduce ese equilibrio con una naturalidad que
no sé si es aprendida o innata. Cuando una conversación empieza a calentarse de
verdad, él redirige. Cuenta algo, pregunta algo, pone el acento en lo que une
en vez de en lo que separa. No lo hace de forma calculada, o al menos no lo
parece. Lo hace como quien conoce su casa y sabe qué puertas abrir.
* * *
V. Los hermanos
En un momento le pedí a Julián que me presentara a sus
hermanos. Conocí al menor y al mayor en el mismo instante. El menor tomó la
palabra y dijo algo que me quedó grabado, aunque no con las palabras exactas
sino con el tono.
Dijo que su hermano Julián tenía los mejores amigos
del mundo. Que eran amigos de campo, que eso tiene un valor que no se compara
con nada. Y dijo también que cuidaba incondicionalmente a su hermano, que nadie
lo toque. Lo dijo con esa mezcla de ternura y firmeza que uno sólo ve en los
hombres cuando bajan la guardia de verdad, cuando el afecto les gana a la
compostura.
Hay una lógica en eso que entiendo perfectamente
porque es la mía también. Los vínculos del campo tienen una textura distinta.
No son los amigos de la facultad ni los del barrio ni los del gimnasio. Son los
que saben sin que vos les expliques qué significa perder un año de trabajo por
una sequía o un alambrado roto. Son los que guardan silencio de la misma manera
que vos. Por eso se los cuida como se cuida el rodeo: con criterio, con lealtad
y sin hacer demasiado ruido.
El hermano menor decía todo eso con ese estilo oral
que no necesita prolijidad para ser verdadero. Y era verdadero. Nadie en esa
mesa lo dudaba.
* * *
VI. Cincuenta años y una red que se
sostiene
Hacia el final de la noche, cuando ya habían pasado
los brindis formales y la música estaba más baja, me quedé mirando el conjunto
desde afuera por un momento. Como cuando uno se corre del centro de algo para
ver la figura entera.
Lo que había en esa casa era una red. No es una
palabra poética; es la descripción más precisa que se me ocurre. Una red de
vínculos entre personas que se necesitan de formas distintas: para trabajar,
para atenderse, para reírse, para recordar, para no estar solos en la empresa
difícil de vivir en esta región y en este tiempo.
Julián cumplía cincuenta años. Medio siglo que, como
el de cualquiera, es también el mapa de las personas que uno fue juntando en el
camino. Los médicos y los productores compartiendo el mismo jardín no era una
casualidad ni un capricho del anfitrión. Era la imagen exacta de quién es
Julián y de cómo eligió construir su vida.
Yo era el único salteño, el único vecino de campo. Eso
también decía algo. Que el afecto de Julián hacia mí tiene una especificidad,
una historia que no comparte con el resto de los invitados. Cinco años de
vecindad en el monte, de cruzarnos en el camino de tierra, de prestarnos
atención sin necesidad de grandes gestos. Ese tarjetón negro que me mandó no
era solo una invitación. Era el reconocimiento de que esa historia cuenta.
Volví a Salta con esa sensación rara pero buena de haber estado donde había que estar. Y con la certeza de que los cincuenta de Julián iban a quedar, para mí, como una de esas noches que pueden ser extraordinarias en el sentido espectacular de la palabra, pero que tienen el peso tranquilo de lo verdadero.
Fernando Pequeño Ragone
Salta, Junio de 2026


No hay comentarios.:
Publicar un comentario