lunes, diciembre 08, 2025

Un café entre dogmas y supervivencias: cuento corto en la cocina.

 

En “Un café entre dogmas y supervivencias” la escena es mínima y cotidiana: dos amigos gays, una cocina angosta, pan, queso y café compartido. Pero en ese espacio doméstico se despliega mucho más que una charla de sobremesa: entre insultos cómplices y chistes sexuales, Leandro y Matías discuten sobre masculinidades, fe, homosexualidad, salud, herencias y futuros posibles, dejando ver cómo las biografías marcadas por el VIH, la moral religiosa y la homofobia internalizada se entrelazan con los afectos y los proyectos de vida.

El relato combina el tono íntimo del cuento con claves analíticas accesibles para lectoras y lectores interesados en género, salud y vínculos: muestra cómo la agresión puede funcionar como forma de cuidado, cómo la “familia elegida” disputa el lugar de la familia biológica y cómo dos cuerpos cansados, atravesados por el estigma y la precariedad, inventan maneras resistentes de acompañarse. Es, al mismo tiempo, una historia de cocina y una puerta de entrada a pensar las masculinidades, la enfermedad y el deseo desde las orillas.

 


En la cocina


Leandro y Matías se encuentran en la cocina de Matías, una mañana de las pocas que se encuentran, que se parece a todas y a ninguna. Entre la pava al fuego, el pan lacatal y el queso cremoso  a medio usar aportados por  Leandro, vuelven a desplegar el viejo libreto compartido: se insultan, se provocan, se cuidan. El escenario es mínimo, pero la conversación desborda la mesa: ahí se juegan el cuerpo enfermo y el cuerpo ansioso, la culpa y el deseo, la fe y la rabia, la familia de sangre y la familia inventada.

 

I. El ritual de los sándwiches


La cocina es angosta y está demasiado llena de cosas: platos recién lavados, plantas que suman verde, el olor persistente del café recién preparado. Matías, inclinado sobre la mesada, unta el pan con una paciencia impostada.  Leandro lo mira desde la puerta, agarrado al marco, como si estuviera entrando a escena.

—Ay, hijo de p*** —lanza Matías, sin siquiera girarse.
—¿Y qué sándwiches? Mirá vos lo que te estoy haciendo, nene —responde  Leandro, exagerando la voz, marcando cada sílaba como si imitara a una actriz vieja.

Es su idioma privado: el insulto no hiere, abre la puerta de la intimidad. De inmediato empiezan las correcciones mínimas, el reparto del poder en migas.

—Ya nos comimos todo —protesta Matías.
—Ahí falta. No repartas más. Falta —insiste Matías, como si el orden de las porciones fuera una cuestión de justicia histórica.

Cuando  Leandro desliza el cuchillo sobre el pan, Matías se acerca y lo observa con falsa seriedad.

—Con suavidad se unta —dice  Leandro, casi pedagógico.
—Más. Pero poné más. Eso lo estás pintando —se burla Matías, y en el mismo gesto transforma la escena doméstica en chiste sexual—. Pero esperá, así te ponen crema en el orto para cogerte o te ponían, mirá, así. Ahora te pasa la lengüita. Todo humedecido.

 Leandro no se escandaliza; interpreta su papel:
—Qué pecadora que sos.

Entre risas, Matías anuncia que se va a mear, que está se está re meando, y promete seguir con “los sandwichitos” después.  Leandro, entre resignado y complacido, declara que los sándwiches ya están, y lo insulta con la familiaridad de quien conoce todas las cicatrices del otro.

La escena parece intrascendente, pero en cada gesto se condensa una forma de estar juntos: la burla sexual como forma de ternura, la grosería como prueba de confianza, la comida como pacto de supervivencia construida entre ambos.

Antes de probar el primer bocado,  Leandro remata la escena con una declaración de autoridad intelectual:
—Ay, que ya leería el machismo ahora que estoy estudiando de machos, sé todo. Estoy haciendo dos diplomaturas sobre masculinidades.

En esa frase se cruzan la cocina, la academia y la historia de ambos: el cuerpo que hace sándwiches, el cuerpo ofendido por el machismo, el cuerpo gay que aprendió a defenderse riéndose de sí mismo.

 

II. Dogmas del cuerpo: masculinidad, género, pecado


1. Masculinidades en disputa

La charla se desplaza casi sin transición: del pan untado al género, del chiste al dogma.  Leandro, inflado por sus diplomaturas, intenta nombrar el mundo en plural.

—Existen varias masculinidades, entonces —dice, casi desafiando.

Matías responde como si recitara un catecismo biológico:
—Hay una sola masculinidad. Así como hay hombre y mujer, nada más. Punto. No existe ninguna masculinidad, hay una sola.

 Leandro intenta abrir una brecha: señala que él y Matías no comparten la misma manera de “ser hombre”, que lo que viven, lo que desean y cómo se muestran no entra en una única categoría limpia. Matías, sin embargo, se aferra a la certeza del cuerpo óseo:

—Vos “sentite como quieras, pero vos sos hombre. Te morís dentro de 100 años. Hablás en el cajón. No hay órganos porque está todo podrido. Investigan los huesos y saltamos hombres. Los hombres. Punto.

La escena tiene algo trágico y cómico a la vez: dos hombres gays discuten la masculinidad replicando, cada uno a su modo, los discursos que los excluyeron.  Leandro quiere pluralizar, pero a la vez también clausura, llamando “desviado” a quien no encaja; Matías se refugia en el hueso, en la prueba forense, como si ahí hubiera un refugio frente a la ambigüedad.

En esa discusión no está en juego solo una teoría de género, sino la manera en que cada uno puede o no; reconocerse como un hombre legítimo, pese a la experiencia de la abyección y el estigma.

 

2. Fe, culpa y regresiones

El salto hacia la religiosidad no es brusco; emerge de la misma matriz moral. Matías anuncia, con solemnidad cotidiana:
—Yo voy todos los domingos a misa.

 Leandro, que lo conoció en los 80, escucha esa frase como si le hubieran cambiado el guion a mitad de la obra. Y continúa Matías confesando que ese mismo día rinde el examen para la confirmación.  Leandro reacciona con horror performático:

—Es lo último que podía escuchar de tu transformación. A misa! No quedó nada de ese adolescente de los 80.

Lo que se discute no es solo una práctica religiosa, sino una biografía compartida: la misa aparece como una traición a un pasado común de rebeldía, sexo, noche y miedo al sida en tiempos en que la enfermedad era casi una condena de muerte.

Matías se reconoce como ex monaguillo, diácono, devoto de la Virgen del Valle; para él, el retorno a la fe no es un giro, sino una restauración. Su moral se despliega con crudeza: toda sexualidad fuera del matrimonio es pecado mortal, incluyendo concubinato, divorciados vueltos a casar y homosexuales con vida sexual activa.

Y continúa anunciando algo que sorprende aún más a  Leandro. Cuenta que ha dejado de coger, de ver porno, de masturbarse, convencido de que ese sacrificio lo pone “en paz con Dios” y, sobre todo, consigo mismo.

La castidad aparece entonces como un extraño punto de encuentro entre culpa y cuidado de sí: una forma de recuperar control sobre un cuerpo marcado por la enfermedad, el deseo y el juicio moral ajeno.

 

3. Homosexualidad, patología y orgullo

Cuando pasan a hablar de la homosexualidad, el tono se vuelve más espeso.  Leandro afirma que no eligió ser gay. Matías, en una mezcla de ironía, autoagresión y teoría mal digerida, declara:

—Nosotros somos productos de una patología. Es un complejo de Edipo. Tenemos una sexualidad desordenada.

 Leandro intenta relativizar, señalando el carácter discutible de esa categoría, incluso recordando que ese tipo de diagnóstico viene de Freud y no de una verdad revelada. Matías, sin embargo, insiste: esa “patología” explicaría la imposibilidad de tener una vida ordenada, la dificultad para encauzar proyectos estables, la serie de amores rotos y entornos caóticos que los rodean.

Lo paradójico es que, en otros momentos, Matías habla de su vida afectiva como fuente de felicidad, celebra relaciones, fantasías, placeres que contradicen la idea de una existencia solo “desordenada”. En ese vaivén se percibe el efecto profundo de la abyección: incluso quien piensa críticamente, arrastra en su lengua restos de los discursos que lo llamaron enfermo, desviado, peligroso.

La charla, así, oscila entre la autoenunciación orgullosa (“es mi felicidad”) y la autoacusación patologizante. Esa contradicción es una marca subjetiva de la marginalidad: el sujeto internaliza los nombres que lo expulsan y, al mismo tiempo, los subvierte con su mera persistencia en el deseo.

 

III. Cuerpos cansados: salud, ansiedad y tiempo


1. Matías y la crónica cercanía de la muerte

Cuando hablan de salud, el tono se afloja y se vuelve más desnudo. Matías no exagera: inventaría, saca cálculos.

Cuenta su diagnóstico de VIH desde los años 80, la larga historia de infecciones, la sucesión de episodios de COVID, el sistema inmunológico erosionado durante décadas. Asegura que no le quedan más de diez años de vida como mucho, ya categorizado como geronte en la lógica médica, un cuerpo que la medicina mira desde la óptica del “riesgo acumulado”.

Lo dice sin melodrama, como quien repite una cuenta que ya hizo muchas veces. Su modo de seguir vivo es admitir la finitud a cada paso. Explica, casi didáctico, cómo un sistema inmunológico golpeado “agarra todo lo que anda dando vueltas”.

 Leandro, frente a esa dureza, intenta plantarse en un realismo esperanzado: lo invita a no sentarse a esperar la muerte, a reconocer que, si las estadísticas fueran destino, ya estaría muerto hace años. En esa insistencia hay una forma de cuidado: discutirle el pronóstico a Matías es negarse a asistir pasivamente a su autoentierro narrativo.

 


2.  Leandro, el pico de ansiedad y la finca

 Leandro, que por momentos se coloca como el “más sano”, relata su propia fragilidad: una gripe reciente, la sospecha de COVID, la disfonía y la tos, el cuerpo que se resiente después de una ola viral.

Pero donde se rompe es al hablar de la finca: cuenta que, al avanzar un paso decisivo en su proyecto rural, tuvo un “pico emotivo” tan fuerte que se quedó sin aire, que se fue “al carajo de la ansiedad, de la emoción, de todo”. No es solo enfermedad respiratoria; es el cuerpo somatizando la mezcla de ilusión y temor frente al futuro.

Matías, en una frase de refrán, le contrapone su propia filosofía: vivir en el presente para no quedar atrapado entre la angustia del pasado y la ansiedad del futuro. Esa máxima sencilla condensa una ética de supervivencia: cuando se ha vivido tantos años al borde de la muerte, el presente se vuelve el único territorio habitado con cierta soberanía.

 


IV. Fincas, herencias y familias posibles


1. La finca como proyecto y como trinchera

 Leandro habla de la finca como un horizonte de sentido: quiere estructurar en veinte años un espacio productivo que sobreviva a su propia vida, que permita que “otra gente pueda seguir”. Sueña con arrendar potreros, cultivar papas, criar gallinas, asociarse con jóvenes del pueblo para que encuentren allí trabajo y futuro.

Matías escucha esos planes con una mezcla de ternura y sarcasmo: le recuerda su edad, le calcula el tiempo, le baja las expectativas, casi como si intentara protegerlo del golpe de desilusión. Además, marca un límite tajante: puede dar un plato de comida, pero no meter gente —y menos jóvenes— en su negocio. En su lógica, abrir la estructura productiva a la “familia elegida” es arriesgar la propia supervivencia económica.

Las diferencias expresan dos modos de tramitar la marginalidad:  Leandro apuesta a un legado que lo trascienda y se vincula con otros, Matías se defiende blindando sus recursos. Ambos, sin embargo, están tratando de responder a la misma pregunta: ¿qué queda de uno cuando el cuerpo se desgaste del todo?

 

2. El peso de la familia biológica

El conflicto con el hermano y el temor a “destruir” la familia marcan la voz de  Leandro. Cuenta que su proyecto de arrendar un potrero ni siquiera fue escuchado; que la única lectura posible para su hermano es que quien no quiere criar vacas, traiciona el mandato paterno.

Sabe que, cuando sus padres mueran, la cuñada pedirá su parte, y que reclamar lo que le corresponde lo colocará en el rol del “hijo de puta que destruye la familia”. Vive atrapado entre el deseo de autonomía y el mandato de unidad familiar, en una trama donde ser varón gay, sin pareja estable y con otros proyectos, lo deja en posición de mucha fragilidad.

Matías, que ya aprendió a “no engancharse en la psicosis” familiar, le recomienda tomar distancia. Su propia experiencia de abyección lo ha llevado a construir un criterio de supervivencia: cuando la familia de origen solo opera como fuente de culpa y control, la única salida posible es poner un límite subjetivo, aunque el vínculo se resienta.

La tensión entre familia biológica y familia elegida atraviesa ambos relatos:  Leandro busca transformar la finca en lugar de acogida y trabajo para jóvenes; Matías levanta una muralla entre afecto y economía, pero, en otros planos, también arma sus propias redes de amistad, deseo y cuidado fuera del parentesco formal.

 


V. Jóvenes, deseo y “sexualidad desordenada”. El temor por volverse cuerpos sobrantes


Al final de la jornada, la conversación vuelve a la carne:  Leandro, casi picaresco, se declara fascinado por los “pendejos tan lindos” que aparecen en su vida. Cuenta encuentros sexuales con muchachos de veinticinco años, amores fugaces, re encuentros periódicos. Es su felicidad, insiste, como si necesitara que el otro reconozca cierto derecho al goce, incluso dentro de toda la moral condenatoria que ambos repiten por momentos.

Matías lo escucha y sentencia que esa es su perdición, que el chico está “totalmente prostituido”, que la generación joven es inconstante, sin objetivos, sin empeño. Habla de la “generación de cristal” como incapaz de sostener proyectos, lo que contrasta con su propia biografía de larga resistencia, enfermedad y supervivencias sucesivas.

En el fondo, lo que está en juego son dos temporalidades del deseo: la de quienes crecieron en un contexto de abyección radical, donde el sexo podía confundirse con la muerte, y la de una juventud más distante de ese trauma inmediato, pero atravesada por la precariedad y la inestabilidad generalizada.

 Leandro se aferra a esos encuentros como pruebas de que todavía es deseable, de que no ha quedado fuera del mercado erótico, pese a la edad y la marginalidad. Matías, más severo, ve allí la confirmación de la “sexualidad desordenada” que les impide organizar la vida. Entre ambos, sin embargo, late una misma cosa: el miedo a ser descartados, a volverse cuerpos sobrantes.

 


Análisis dialógico


1. Intimidad agresiva: el insulto como cuidado

El tono general de la conversación se sostiene en una paradoja: cuanto más se insultan, más se permiten decir lo indecible. El lenguaje agresivo funciona como puerta de entrada a zonas de máxima vulnerabilidad: diagnósticos médicos, culpa religiosa, deseos “impropios”, miedo a la herencia.

El ritual de los sándwiches condensa esta dinámica. Mientras se corrigen sobre cómo untar el queso crema, se abre un espacio de cuidado concreto (Matías cocina,  Leandro pide café), pero también se despliega la burla sexual, la ironía sobre el machismo, el chiste agresivo. La agresión opera como ecualizador: permite tratar temas serios sin caer en el tono solemne que, quizás, les resultaría insoportablemente expuesto.

Esta dualidad se repite en otras escenas: después de llamarlo “marica malcogida”, Matías escucha detalles sobre el recuento de CD4 de  Leandro; después de tildarlo de “desviado”, Matías confiesa su pacto de castidad y sus temores ante la muerte. La violencia verbal se vuelve, así, una forma torcida de hospitalidad emocional.

 

2. Diálogo de sordos y monólogos paralelos: escuchamos las heridas y no las ideas, para cuidarnos

En términos dialógicos, la conversación está llena de momentos en que ninguno escucha realmente al otro. Cuando  Leandro intenta introducir la noción de “masculinidades” en plural, Matías responde reafirmando su tesis esencialista sin atender a la argumentación. Cuando Matías expone su código moral religioso,  Leandro, en lugar de interrogarlo, se limita a mover su propia posición hacia la castidad como solución individual.

Estamos frente a un “diálogo de sordos”: no hay intercambio orientado al entendimiento, sino monólogos que se entrecruzan. Cada uno espera su turno para regresar a su marco interpretativo y protegerlo del cuestionamiento. Esta forma defensiva no anula el vínculo; por el contrario, lo estructura. Sus identidades están tan arriesgadas en estas tensiones que escuchar de verdad al otro podría implicar ceder terreno en la propia supervivencia simbólica.

Aun así, el diálogo de sordos coexiste con una escucha muy fina en otros registros: Matías registra el cansancio de  Leandro y le pone café delante; Matías capta el pánico de  Leandro ante la posibilidad de ser “el malo” en su familia y le ofrece una lectura distanciada de la “psicosis” del hermano. No escuchan las ideas, pero escuchan las heridas.

 

3. Ideología encarnada: salud, proyectos y deseo

El análisis del diálogo entre Matías y  Leandro muestra que las ideologías de ambos no son abstracciones, sino lentes con los que narran su salud, sus proyectos y sus relaciones.

El esencialismo biológico de Matías se refleja en cómo concibe su propio cuerpo: un sistema con límites definidos, cuantificable en CD4, con una historia clínica extensa pero ordenable en cifras y diagnósticos. Su fe refuerza esta visión: hay pecados claros, reglas claras, enfermedades que se sobrellevan con disciplina y resignación.

La perspectiva más psicológica y fluida de  Leandro se ve en su tendencia a vincular la enfermedad con picos emotivos, a leer el cuerpo como territorio de afectos y angustias, no solo de virus y células. Su apuesta por la familia elegida, la crítica a la “psicosis” familiar y la voluntad de nombrar las masculinidades en plural también derivan de ese marco.

En los proyectos de finca y en las relaciones con jóvenes, estas visiones vuelven a cruzarse: mientras  Leandro proyecta una comunidad productiva que lo trascienda, Matías advierte los riesgos de mezclar afecto y economía, contaminado por la experiencia de precariedad y traición. Ambos intentan reordenar la vida desde posiciones marcadas por un largo historial de exclusión.

 


Conclusión: abyección, margen y resistencia compartida


La relación entre  Leandro y Matías está atravesada por las marcas profundas de la abyección y la marginalidad que han atravesado sus biografías: homofobia internalizada, moral religiosa condenatoria, estigma asociado al VIH, precariedad económica y familiar. Esas marcas aparecen en su lenguaje patologizante, en la culpa que arrastran, en el miedo a no tener “vida ordenada” ni legado legítimo.

Sin embargo, el cuento y su análisis dialogal muestran que, en medio de ese paisaje hostil, ambos han tejido una forma resistente de acompañarse. La agresión se convierte en código de intimidad, el diálogo de sordos en ritual estable donde cada uno puede reafirmar su visión del mundo sin perder al otro, la cocina en una pequeña zona franca donde la enfermedad, la culpa y el deseo pueden nombrarse sin testigos externos.

Su vínculo no borra la abyección, pero la desactiva parcialmente: se insultan con las mismas palabras con que fueron insultados, pero ahora esas palabras circulan en un espacio donde no hay policía moral ni médico que los vigile. Cocinar juntos, discutir sobre la finca o la misa, hablar del futuro que quizá no llegue es, para ellos, una forma de preservarse: constituyen una microcomunidad de dos, hecha de heridas, dogmas y ternura, capaz de sostenerlos en el margen y, a su modo, de garantizar que ninguno de los dos tenga que enfrentar su propia precariedad completamente solo.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario