lunes, diciembre 08, 2025

Noche de ruta: en el camino a Lesser

Anoche, cuando Juan ya estaba en la cama revisando el celular sin demasiadas expectativas, apareció el mensaje del policía: una invitación rápida para tomar una cerveza, como si fuera lo más sencillo del mundo. Juan dijo que sí casi sin pensarlo, por costumbre, por curiosidad y también porque había algo en ese hombre que siempre lo dejaba con una mezcla de intriga y calor en el cuerpo.

Un rato después, el patrullero lo pasó a buscar y salieron hacia la ruta de Lesser, donde vivía el policía, con la excusa vaga de tomar algo y charlar. En la cabina del auto, entre luces de tablero y la oscuridad de la ruta, la conversación empezó siendo liviana, pero pronto se hizo más densa: el hombre se acomodaba la entrepierna una y otra vez, lo rozaba al pasar los cambios, lo tocaba como al descuido, y el clima se fue llenando de una electricidad difícil de nombrar.


El juego del límite


Juan tenía, desde hacía tiempo, un pacto no escrito consigo mismo y con él: podía entregarse hasta cierto punto, pero no más allá. Lo repetía en chiste y en serio, como una fórmula de protección: había cosas que estaba dispuesto a hacer y otras que no, una línea clara que le daba la sensación de seguir teniendo el control. Pero esa noche, encerrado en el auto detenido al costado de la ruta, notó cómo ese límite empezaba a tambalear.

Entre caricias y apretones, el policía empujó la situación unos pasos más, con la seguridad de quien está acostumbrado a mandar. Juan sintió el tironeo entre su acuerdo previo y una calentura que ya le corría por todo el cuerpo; al final, en vez de frenarlo, lo guio con su propia mano, buscando lo que también deseaba. El placer fue llegando en olas cortas, acompañadas de un pensamiento insistente: esto no estaba en el plan, y, sin embargo, le gustaba.


La casa y el cuerpo expuesto


Cuando el policía propuso ir a su casa, Juan dudó: el hombre estaba ebrio, excitado, y él sabía que en ese estado los límites podían borrarse con facilidad. Sin embargo, el miedo se mezcló con la curiosidad y terminó subiendo al auto de nuevo, llevándose consigo una sensación de estar entrando en una zona de riesgo que lo atraía tanto como lo asustaba.

La casa, medio a oscuras, olía a una mezcla de alcohol, desodorante fuerte y humedad, como si guardara historias de noches parecidas. En el cuarto, la escena se cargó de intimidad torpe: Juan, expuesto, se dejó llevar entre besos, toques y gestos ansiosos del otro, mientras repetía mentalmente que “hasta ahí” y no más, que había un punto al que no quería llegar. Su cuerpo, sin embargo, respondía con una docilidad que lo sorprendía, acomodándose, ofreciéndose, probando.


Lo que el cuerpo decide


En algún momento, ya en la cama, Juan sintió que su propia resistencia se volvía más performativa que real. Podía decir que no quería, podía incluso oponerse con palabras, pero había una parte de él que, por morbo, por deseo o por pura inercia, seguía empujando la situación hacia adelante. Cada roce, cada pequeña invasión del espacio íntimo le devolvía una respuesta de placer que desmentía el discurso del límite.

Esa contradicción lo atravesaba por completo: una parte necesitaba sostener el relato de que “no era para tanto”, de que solo estaba jugando en la orilla de lo permitido; otra parte disfrutaba genuinamente la entrega y la sensación de estar cruzando una frontera largamente fantaseada. En ese vaivén, Juan descubría algo incómodo: a veces el cuerpo decide antes que la cabeza, y después la mente tiene que inventar explicaciones para no sentirse desbordada.


La irrupción de un tercero


La situación dio un giro inesperado cuando apareció el hijo del policía, un pibe de alrededor de dieciocho o diecinueve años que entró en el cuarto como si hubiera sido convocado para completar la escena. La presencia del chico cambió de golpe el clima: ya no era solo un juego clandestino entre dos varones adultos, sino una especie de ritual extraño donde se mezclaban autoridad, familia y deseo.

Juan sintió una punzada de incomodidad y, al mismo tiempo, un aumento del morbo que no supo bien cómo procesar. Había algo perturbador en ver cómo el padre habilitaba, casi ordenaba, la participación del hijo, como si estuviera cediendo un lugar que le pertenecía. Dentro de esa coreografía rara, Juan se descubrió prestando atención a cómo se sentía su propio cuerpo, anotando mentalmente cada sensación, cada contraste entre lo que esperaba y lo que realmente ocurría.


Después de la noche


Cuando todo terminó, la casa volvió lentamente a la calma y la ruta recuperó su silencio, Juan se encontró con el celular en la mano, contándole a Cristian lo que había pasado. Lo hacía en mensajes rápidos, con errores de tipeo, con frases cortadas, como si todavía respirara agitado y necesitara sacar todo afuera antes de arrepentirse. El chat se convirtió en el lugar donde podía ordenar la secuencia, exagerar, minimizar, reírse de lo que lo incomodaba.

Al reconstruir la historia, fue notando los detalles que más lo sorprendieron: cómo un límite que creía firme se había corrido casi sin darse cuenta, cómo el placer había aparecido en formas que no esperaba, cómo el padre y el hijo compartían una escena que lo dejaba con más preguntas que respuestas. Entre guiños y emojis, su relato mezclaba culpa, orgullo, picardía y una curiosidad renovada por entender quién era él en esa historia. Cristian leía al otro lado de la pantalla; Juan, mientras tanto, seguía pensando en la noche de la ruta, sabiendo que esa experiencia ya no iba a poder reducirse a “solo una anécdota”.

 

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