Anoche, cuando Juan ya estaba en la cama revisando el celular sin demasiadas expectativas, apareció el mensaje del policía: una invitación rápida para tomar una cerveza, como si fuera lo más sencillo del mundo. Juan dijo que sí casi sin pensarlo, por costumbre, por curiosidad y también porque había algo en ese hombre que siempre lo dejaba con una mezcla de intriga y calor en el cuerpo.
Un rato después, el patrullero lo pasó a buscar y salieron
hacia la ruta de Lesser, donde vivía el policía, con la excusa vaga de tomar
algo y charlar. En la cabina del auto, entre luces de tablero y la oscuridad de
la ruta, la conversación empezó siendo liviana, pero pronto se hizo más densa:
el hombre se acomodaba la entrepierna una y otra vez, lo rozaba al pasar los
cambios, lo tocaba como al descuido, y el clima se fue llenando de una
electricidad difícil de nombrar.
El juego del límite
Juan tenía, desde hacía tiempo, un pacto no escrito consigo
mismo y con él: podía entregarse hasta cierto punto, pero no más allá. Lo
repetía en chiste y en serio, como una fórmula de protección: había cosas que
estaba dispuesto a hacer y otras que no, una línea clara que le daba la
sensación de seguir teniendo el control. Pero esa noche, encerrado en el auto
detenido al costado de la ruta, notó cómo ese límite empezaba a tambalear.
Entre caricias y apretones, el policía empujó la situación
unos pasos más, con la seguridad de quien está acostumbrado a mandar. Juan
sintió el tironeo entre su acuerdo previo y una calentura que ya le corría por
todo el cuerpo; al final, en vez de frenarlo, lo guio con su propia mano,
buscando lo que también deseaba. El placer fue llegando en olas cortas,
acompañadas de un pensamiento insistente: esto no estaba en el plan, y, sin
embargo, le gustaba.
La casa y el cuerpo expuesto
Cuando el policía propuso ir a su casa, Juan dudó: el hombre
estaba ebrio, excitado, y él sabía que en ese estado los límites podían
borrarse con facilidad. Sin embargo, el miedo se mezcló con la curiosidad y
terminó subiendo al auto de nuevo, llevándose consigo una sensación de estar
entrando en una zona de riesgo que lo atraía tanto como lo asustaba.
La casa, medio a oscuras, olía a una mezcla de alcohol,
desodorante fuerte y humedad, como si guardara historias de noches parecidas.
En el cuarto, la escena se cargó de intimidad torpe: Juan, expuesto, se dejó
llevar entre besos, toques y gestos ansiosos del otro, mientras repetía
mentalmente que “hasta ahí” y no más, que había un punto al que no quería
llegar. Su cuerpo, sin embargo, respondía con una docilidad que lo sorprendía,
acomodándose, ofreciéndose, probando.
Lo que el cuerpo decide
En algún momento, ya en la cama, Juan sintió que su propia
resistencia se volvía más performativa que real. Podía decir que no quería,
podía incluso oponerse con palabras, pero había una parte de él que, por morbo,
por deseo o por pura inercia, seguía empujando la situación hacia adelante. Cada
roce, cada pequeña invasión del espacio íntimo le devolvía una respuesta de
placer que desmentía el discurso del límite.
Esa contradicción lo atravesaba por completo: una parte
necesitaba sostener el relato de que “no era para tanto”, de que solo estaba
jugando en la orilla de lo permitido; otra parte disfrutaba genuinamente la
entrega y la sensación de estar cruzando una frontera largamente fantaseada. En
ese vaivén, Juan descubría algo incómodo: a veces el cuerpo decide antes que la
cabeza, y después la mente tiene que inventar explicaciones para no sentirse
desbordada.
La irrupción de un tercero
La situación dio un giro inesperado cuando apareció el hijo
del policía, un pibe de alrededor de dieciocho o diecinueve años que entró en
el cuarto como si hubiera sido convocado para completar la escena. La presencia
del chico cambió de golpe el clima: ya no era solo un juego clandestino entre
dos varones adultos, sino una especie de ritual extraño donde se mezclaban
autoridad, familia y deseo.
Juan sintió una punzada de incomodidad y, al mismo tiempo,
un aumento del morbo que no supo bien cómo procesar. Había algo perturbador en
ver cómo el padre habilitaba, casi ordenaba, la participación del hijo, como si
estuviera cediendo un lugar que le pertenecía. Dentro de esa coreografía rara, Juan
se descubrió prestando atención a cómo se sentía su propio cuerpo, anotando
mentalmente cada sensación, cada contraste entre lo que esperaba y lo que
realmente ocurría.
Después de la noche
Cuando todo terminó, la casa volvió lentamente a la calma y
la ruta recuperó su silencio, Juan se encontró con el celular en la mano,
contándole a Cristian lo que había pasado. Lo hacía en mensajes rápidos, con
errores de tipeo, con frases cortadas, como si todavía respirara agitado y
necesitara sacar todo afuera antes de arrepentirse. El chat se convirtió en el
lugar donde podía ordenar la secuencia, exagerar, minimizar, reírse de lo que
lo incomodaba.
Al reconstruir la historia, fue notando los detalles que más
lo sorprendieron: cómo un límite que creía firme se había corrido casi sin
darse cuenta, cómo el placer había aparecido en formas que no esperaba, cómo el
padre y el hijo compartían una escena que lo dejaba con más preguntas que
respuestas. Entre guiños y emojis, su relato mezclaba culpa, orgullo, picardía
y una curiosidad renovada por entender quién era él en esa historia. Cristian
leía al otro lado de la pantalla; Juan, mientras tanto, seguía pensando en la
noche de la ruta, sabiendo que esa experiencia ya no iba a poder reducirse a
“solo una anécdota”.

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