Durante mucho tiempo pensé que mis heridas eran un secreto
guardado bajo llave en el consultorio de mi analista. Creía que
"Fernando", el hombre que intentaba reconciliarse con el fantasma de
un padre difícil no tenía nada que ver con el "Fernando" que analiza
políticas de seguridad o lucha por los Derechos Humanos. Hoy entiendo que
estaba equivocado: mi acción política es la continuación de mi propia
sanación.
Heredé una finca en Salta. Para muchos, es solo tierra; para
mí, es el monumento a un mandato de hierro. Allí reinaba la ley de un padre que
confundía masculinidad con dominio y posesión. Mi primer gran desafío político es
íntimo: ¿cómo habitar esa tierra sin repetir la violencia? Decidí convertir la
herencia en una reserva, en un espacio de cuidado. Al cuidar la naturaleza y a
mis animales, realizo un acto de desobediencia creativa: dejo de ser el
heredero del dolor para ser el autor de un nuevo relato. Si puedo cambiar la
ley en mi propia casa, puedo cuestionar la ley en mi sociedad.
Esa "frontera" de la finca me llevó a mirar la
frontera real, la de nuestro territorio. Allí veo reflejado el mismo
autoritarismo que conocí en mi infancia: instituciones que operan bajo una
lógica machista, que segregan lo diferente y que usan el poder para someter en
lugar de proteger. Mi mirada sobre la seguridad no nace de los libros, nace de
saber qué se siente vivir bajo un superyó que goza con el abuso.
Finalmente, mi historia se anuda con la de mi abuelo, Miguel
Ragone. Su desaparición no es solo un dato histórico en un expediente; es un
hueco en mi mesa familiar. Al luchar por su memoria, entiendo que no estoy solo
cerrando un duelo personal, sino ayudando a que nuestra sociedad no repita el
olvido. Lo que no se nombra, se repite. Por eso, escribir mi historia,
cuidar mi tierra y defender la justicia son, en el fondo, el mismo acto de
libertad.

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