martes, enero 27, 2026

Cuento corto. La Geometría del Deseo: entre Matias! y Carlos, y Marcelo. Transitando

 Por Fernando Pequeño.

Construido con Claude, a partir de notas como "oyente empático"
y las obras teóricas de Perlongher, Illouz y Zelizer. 

El concepto de "oyente empático" se define como un interlocutor cuya función principal no es solo recolectar información, sino guiar la conversación mediante preguntas que permitan al hablante desarrollar su historia con profundidad, ordenando el relato y facilitando la reflexión sobre sus propias vivencias. Este rol es fundamental en contextos donde el diálogo actúa como un dispositivo de reconocimiento y validación emocional.

Primera parte: Los territorios del hambre

Matías caminaba por la calle Balcarce calculando mentalmente el peso de las monedas en su bolsillo. Tres mil pesos. Suficiente para dos días de pieza, o cinco si dormía en el banco de la fundación. La matemática de la supervivencia era su única certeza en un mundo donde todo lo demás fluía sin anclas.

El mensaje llegó a las once de la noche: "¿Estás disponible? Te pago bien."

Era Carlos, el ingeniero. Hacía tres meses que no sabía de él.

Matías recordó la primera vez que lo conoció, en un café del centro. Carlos tenía cuarenta y cinco años, un departamento con vista al cerro, y una soledad que se palpaba como el polvo en el aire. La propuesta había sido clara: vivir juntos, tener todo lo necesario, a cambio de "compañía constante". Una palabra elegante para nombrar lo que los dos sabían que significaba.

Al principio pareció un acuerdo perfecto. Matías dejó de alquilar piezas por día. Comía tres veces. Tenía agua caliente todas las mañanas. Pero la balanza se inclinó rápido. Carlos quería sexo cada noche, a veces dos veces, con una insistencia que convertía el deseo en trabajo, y el trabajo en obligación. No había conversación, no había interés por lo que Matías pensaba o sentía. Solo el cuerpo, siempre el cuerpo.

"Era muy cargoso sexualmente", recordaba Matías. Como si su presencia fuera solo un instrumento, una herramienta para llenar el vacío de otro.

Una noche, después de negarse por tercera vez en la semana, Carlos fue directo: "Si no te interesa cumplir el trato, tal vez sea mejor que busques otro lugar."

Matías juntó sus cosas esa misma madrugada.

Ahora, el mensaje parpadeaba en la pantalla. "Te pago bien." La lógica transaccional había sido explícita desde el inicio. Perlongher habría visto en este vínculo la forma más pura del negocio del deseo: el dinero como excusa para que dos pulsiones se encuentren sin compromisos afectivos, sin nombres para lo innombrable. Carlos compraba no solo un cuerpo, sino la ilusión de una virilidad que Matías vendía con la precisión de quien ha aprendido que sobrevivir requiere convertir todo en mercancía.

Matías guardó el teléfono sin responder.

Segunda parte: El mapa de las afecciones

La fundación olía a mate cocido y a ropa lavada con jabón blanco. Matías llegó al mediodía, cuando el sol pegaba fuerte sobre el patio de tierra. Algunos compañeros fumaban en la sombra, otros dormían la siesta en las colchonetas del salón.

—Mati, ¿cómo andás? —le gritó el Toto desde el fondo.

—Tirando, hermano. ¿Vos?

—Acá, tratando de no cagarla.

Matías sonrió. El Toto estaba limpio hacía dos semanas, un récord para alguien que había vivido pegado al paco durante años. Era Matías quien le había hablado, quien le había mostrado que había otro camino.

"¿Cómo haces para comprar tu trabajo, amigo?", le había dicho una tarde. "Yo no me gasto en droga, me compro ropa. Mirá." Y le había mostrado las zapatillas nuevas, compradas con la plata de un cliente.

Esa tarde, mientras compartían unos mates, Matías recibió otro mensaje. Marcelo.

"Hola, Mati. ¿Querés venir a comer el domingo? Estamos haciendo asado."

El estómago se le hizo un nudo. Marcelo era otra cosa.

Lo había conocido seis meses después de dejar la casa de Carlos, cuando Matías había tocado fondo con las changas y necesitaba un lugar donde quedarse. Marcelo tenía cincuenta años, trabajaba en una empresa de logística, y vivía solo en una casa grande en el barrio Tres Cerritos.

Al principio fue lo mismo: un acuerdo tácito. Pero algo cambió a las pocas semanas. Marcelo cocinaba para los dos, le preguntaba cómo le había ido en el día, le presentó a sus hermanas. No había demandas sexuales constantes. Había risas. Había conversación hasta las dos de la mañana sobre la vida, sobre los miedos, sobre las ganas de ser alguien distinto.

Una noche, tres meses después de convivir, Matías le dijo que se iba.

—¿Por qué? —preguntó Marcelo con la voz quebrada.

—Porque no quiero que esto sea… lo que fue con el otro tipo.

—Pero esto no es eso, Mati. Yo… —Marcelo se detuvo, respiró hondo—. Yo estoy enamorado de vos. Me gustás mucho. Y no porque me debas algo. Porque sos vos.

Matías no supo qué decir. Nadie le había dicho algo así. Nadie había llorado por él de esa manera. Se fue igual, porque no sabía cómo quedarse sin sentir que tarde o temprano tendría que pagar con su cuerpo lo que recibía en afecto.

Zelizer lo habría explicado mejor que él: las relaciones humanas son siempre transacciones, pero no todas las transacciones son iguales. Con Carlos, el paquete relacional era claro: sexo por techo y comida, un intercambio donde la intimidad era solo un simulacro. Con Marcelo, las fronteras se habían vuelto porosas. El dinero no mediaba, pero sí el cuidado, la presencia, el tiempo compartido. Era lo que Zelizer llamaba "vidas conectadas": economía e intimidad entrelazadas de formas que no corrompen, sino que sostienen.

Matías respondió el mensaje: "Dale, voy."

Tercera parte: Territorios en disputa

El asado en lo de Marcelo fue incómodo al principio. Estaban las hermanas de Marcelo, un par de sobrinos, y Matías sintiéndose fuera de lugar. Pero Marcelo lo presentó sin titubeos.

—Él es Matías, un amigo muy importante para mí.

Las hermanas lo miraron con curiosidad, pero sin hostilidad. Durante la comida, hablaron de fútbol, de política, de cualquier cosa. Matías se permitió reír, relajarse. Cuando se fueron todos, se quedaron solos en el patio.

—Gracias por venir —dijo Marcelo.

—Gracias por invitarme.

—¿Cómo estás? ¿Necesitás algo?

Matías negó con la cabeza, pero Marcelo insistió.

—Si necesitás un lugar por unos días, sabés que podés venir. Sin condiciones.

La palabra resonó: sin condiciones. Matías sintió que algo se movía dentro de él, una tensión que había cargado durante años. El miedo a la vulnerabilidad, el miedo a necesitar, el miedo a que todo afecto escondiera una transacción.

—¿Por qué hacés esto? —preguntó Matías, genuinamente confundido.

—Porque me importás. Y porque sé que la estás pasando mal.

Esa noche, Matías durmió en el sillón de Marcelo. No hubo sexo. No hubo demandas. Solo una manta limpia y el silencio cómodo de dos personas que se entienden sin palabras.

Cuarta parte: La deriva y el anclaje

Los meses pasaron y Matías encontró un equilibrio extraño. Seguía haciendo changas, seguía alquilando piezas, seguía respondiendo ocasionalmente a clientes cuando el hambre apretaba. Pero Marcelo se había convertido en una constante, en un puerto al que volver cuando todo lo demás se volvía demasiado inestable.

Una tarde, mientras tomaban cerveza en el patio, Marcelo le preguntó:

—¿Alguna vez pensaste en dejar esto? Lo de los clientes, digo.

Matías se encogió de hombros.

—Es plata fácil. Y rápida.

—Pero también te cansa. Te veo cansado, Mati.

Era cierto. Matías estaba cansado de poner la mente en blanco, de vender una masculinidad que se suponía debía esconder cualquier rastro de vulnerabilidad. Illouz habría identificado aquí la paradoja del capitalismo emocional: Matías había aprendido a gestionar sus emociones como un recurso, a convertir su trauma en narrativa de resiliencia, a vender su competencia emocional junto con su cuerpo. Pero el costo era alto. La constante performance lo agotaba.

—A veces pienso que me gustaría otra cosa —admitió Matías—. Pero no sé qué.

—Empezá por pensar que merecés que te cuiden. No solo que te paguen.

Esa noche, Matías recibió otro mensaje de Carlos. "Necesito verte. Pago el doble de lo habitual."

Matías lo miró durante largo rato. Luego escribió: "No, gracias. Suerte."

Bloqueó el número.

Quinta parte: El devenir

Seis meses después, Matías había dejado de responder a la mayoría de los clientes. Todavía hacía changas, pero Marcelo le había conseguido un trabajo en la empresa de logística, en el depósito. No era mucho, pero era estable. Por primera vez en años, Matías tenía un sueldo que llegaba todos los meses.

Una noche, después de cenar juntos en la casa de Marcelo, Matías se animó a decir lo que llevaba semanas pensando.

—Creo que me gusta estar con vos. No como con los clientes. De verdad.

Marcelo sonrió, pero sin presionar.

—No tenés que decidir nada ahora, Mati. Podemos ir viendo.

—Es que… —Matías buscó las palabras—. Toda mi vida pensé que si me gustaban los tipos era solo por la plata, o por curiosidad. Pero con vos es distinto. Y me asusta.

—¿Por qué te asusta?

—Porque si acepto que me gusta, es como… dejar de ser quien era. Dejar de ser el hetero que solo hace esto por necesidad.

Marcelo se acercó y le puso una mano en el hombro.

—No dejás de ser nada, Mati. Solo te volvés más vos. Más completo.

Perlongher habría reconocido en este momento la superación de la deriva: Matías ya no necesitaba huir de las identidades fijas, ni esconderse detrás de la máscara del "miche-macho". Tampoco necesitaba anclar en una categoría rígida. Podía ser fluido sin que eso significara estar a la deriva. Podía desear sin que eso lo definiera por completo. Podía aceptar el afecto sin convertirlo en transacción.

—Quiero intentarlo —dijo Matías—. Pero sin apuros.

—Sin apuros —confirmó Marcelo.

Se besaron por primera vez sin que mediara un acuerdo, sin que hubiera dinero de por medio, sin que ninguno de los dos estuviera interpretando un papel.

Epílogo: La geometría posible

Un año después, Matías seguía trabajando en la empresa de logística. Marcelo y él no vivían juntos, pero se veían varias veces por semana. Matías mantenía su pieza alquilada, su espacio propio, porque había aprendido que la autonomía no era lo opuesto al afecto.

En la fundación, seguía siendo un referente. Había ayudado a cuatro personas a dejar el paco, y todos lo miraban como alguien que había logrado lo imposible: construir una vida desde las ruinas.

Una tarde, mientras compartía mate con el Toto, este le preguntó:

—¿Cómo hiciste, Mati? ¿Cómo saliste de todo eso?

Matías pensó en Carlos, en los años de vender su cuerpo como única estrategia de supervivencia. Pensó en Marcelo, en cómo había aprendido que el afecto podía existir sin condiciones. Pensó en sí mismo, en el niño de cinco años al que le pasó algo que nunca debió pasar, y en el hombre que había logrado convertir esa cicatriz en un motor para ayudar a otros.

—No salí solo —respondió—. Y no salí del todo. Pero aprendí que uno puede elegir con quién caminar. Y eso cambia todo.

El Toto asintió, sin entender del todo, pero confiando.

Esa noche, Matías cenó con Marcelo. Hablaron de sus planes para el fin de semana, de una película que querían ver, de nada y de todo. Cuando se despidieron, Matías sintió algo que hacía mucho no sentía: paz.

No era la ausencia de conflictos ni la certeza de un futuro perfecto. Era la posibilidad de habitar sus contradicciones sin destruirse en el intento. Era la geometría posible del deseo: no una línea recta, no un círculo perfecto, sino una figura irregular, asimétrica, pero suya.

Y eso, por primera vez, le bastaba.

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