miércoles, enero 28, 2026

El que llega a tiempo

  

Por Fernando Pequeño.

Construido con Claude IA, a partir de vivencia cotidiana; sobre los conceptos de 
"herida colonial"  y "herida neoliberal". 

La "herida colonial" se describe en el texto como una estructura tradicional de vínculos en la finca, arraigada en dinámicas de poder heredadas del colonialismo. Con este concepto busco emancipar y reconstruir mediante una presencia disruptiva y reflexiva, alterando el statu quo familiar y productivo. 
 
Esta herida se conecta con la "herida neoliberal", presentada como una lógica de capital extractivo que prioriza la eficiencia económica sobre la vida, manifestándose en patrones de negligencia como "llegar tarde" a emergencias (ej. muerte de la yegua por cólico), lo que genera pérdidas evitables de animales.
 
En las consecuencias para la protección del monte y el trabajo rural, ambas heridas convergen en políticas extractivistas que despojan el territorio: la colonial, al imponer jerarquías humanas sobre no humanos que ignoran ritmos ecológicos; la neoliberal, al acelerar la deforestación para monocultivos o ganadería intensiva, destruyendo hábitats del monte salteño y precarizando el trabajo rural mediante temporalidad y bajos salarios, afectando la vida de comunidades, animales y ecosistemas interdependientes.
 
 

Cuando Mateo volvió del pueblo esa tarde, traía en el bolsillo un billete arrugado y una certeza nueva: el dinero podía ser también una forma de decir "hasta aquí". No culpa, no degradación. Solo un límite claro, casi limpio. Había pagado por lo que quería sin disculparse, y por primera vez en mucho tiempo, se sintió dueño de su propio deseo.

Pero la claridad del pueblo se desvaneció al llegar a la finca.

La yegua había muerto de cólico en la madrugada. Nadie la había visto a tiempo. Nadie había estado cerca. Como siempre.

—Estas cosas pasan —dijo su hermano, sin levantar la vista del teléfono.

—Pasan porque nadie mira —respondió Mateo.

Su hermano alzó la cabeza entonces, con esa mezcla de cansancio y agresión que Mateo ya conocía bien. Era la misma expresión de cuando hablaban de los perros envenenados el año anterior, o de la vaca que se desangró sola en el potrero porque nadie chequeó la cerca. Siempre la misma estructura: llegar tarde, explicar que fue inevitable, seguir adelante.

—¿Y vos qué sabés? —escupió su hermano—. Venís dos días al mes y querés cambiar todo.

Mateo sintió la rabia trepar por su garganta, pero también algo más frío, más lúcido: su hermano tenía razón y no la tenía. Era cierto que él llegaba de afuera, que su presencia era intermitente. Pero también era cierto que cada vez que llegaba, algo se movía. Una pregunta incómoda. Una muerte que ya no podía ignorarse.

Su madre intervino desde la cocina, con esa voz que buscaba aplacar sin tomar partido:

—No empiecen, por favor.

Pero ya habían empezado hacía años. Desde que Mateo dejó de aceptar que "así son las cosas". Desde que comenzó a nombrar lo que veía: la tierra tratada como máquina, los animales como números, la gente del campo como piezas reemplazables. Una lógica heredada, antigua, que sangraba por todos lados pero se negaba a reconocer la herida.

Esa noche, Mateo salió a caminar por el terreno. La luna iluminaba los surcos vacíos, el galpón donde la yegua había muerto sola. Pensó en el billete arrugado de la mañana, en cómo había usado el dinero para trazar una frontera. Y se preguntó si podía hacer lo mismo aquí: establecer límites, decir "no más" sin esperar permiso.

Sabía que su familia lo vería como un intruso. Sabía que cada conversación sería una pelea, cada cambio, una afrenta. Pero también sabía que su sola presencia —esa presencia que preguntaba, que se negaba a llegar tarde— ya estaba fracturando algo.

No era el salvador. No era el hijo pródigo. Era, simplemente, el que se había atrevido a mirar de frente la herida y a decir su nombre: esto que llamamos progreso es, en realidad, abandono. Esto que llamamos tradición es, muchas veces, violencia naturalizada.

Volvió a la casa cuando ya amanecía. Su hermano dormía. Su madre preparaba café. Todo parecía igual, pero Mateo sabía que no lo era. Algo se había movido, aunque fuera apenas un milímetro.

Tomó el café en silencio y miró por la ventana el potrero donde la yegua ya no estaba.

—No voy a dejar de venir —dijo, más para sí mismo que para su madre.

Ella no respondió, pero tampoco fue necesario. Ambos sabían que esa era, quizás, la única forma de empezar: llegando. A tiempo.

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