lunes, diciembre 08, 2025

Noche de ruta: en el camino a Lesser

Anoche, cuando Juan ya estaba en la cama revisando el celular sin demasiadas expectativas, apareció el mensaje del policía: una invitación rápida para tomar una cerveza, como si fuera lo más sencillo del mundo. Juan dijo que sí casi sin pensarlo, por costumbre, por curiosidad y también porque había algo en ese hombre que siempre lo dejaba con una mezcla de intriga y calor en el cuerpo.

Un rato después, el patrullero lo pasó a buscar y salieron hacia la ruta de Lesser, donde vivía el policía, con la excusa vaga de tomar algo y charlar. En la cabina del auto, entre luces de tablero y la oscuridad de la ruta, la conversación empezó siendo liviana, pero pronto se hizo más densa: el hombre se acomodaba la entrepierna una y otra vez, lo rozaba al pasar los cambios, lo tocaba como al descuido, y el clima se fue llenando de una electricidad difícil de nombrar.


El juego del límite


Juan tenía, desde hacía tiempo, un pacto no escrito consigo mismo y con él: podía entregarse hasta cierto punto, pero no más allá. Lo repetía en chiste y en serio, como una fórmula de protección: había cosas que estaba dispuesto a hacer y otras que no, una línea clara que le daba la sensación de seguir teniendo el control. Pero esa noche, encerrado en el auto detenido al costado de la ruta, notó cómo ese límite empezaba a tambalear.

Entre caricias y apretones, el policía empujó la situación unos pasos más, con la seguridad de quien está acostumbrado a mandar. Juan sintió el tironeo entre su acuerdo previo y una calentura que ya le corría por todo el cuerpo; al final, en vez de frenarlo, lo guio con su propia mano, buscando lo que también deseaba. El placer fue llegando en olas cortas, acompañadas de un pensamiento insistente: esto no estaba en el plan, y, sin embargo, le gustaba.


La casa y el cuerpo expuesto


Cuando el policía propuso ir a su casa, Juan dudó: el hombre estaba ebrio, excitado, y él sabía que en ese estado los límites podían borrarse con facilidad. Sin embargo, el miedo se mezcló con la curiosidad y terminó subiendo al auto de nuevo, llevándose consigo una sensación de estar entrando en una zona de riesgo que lo atraía tanto como lo asustaba.

La casa, medio a oscuras, olía a una mezcla de alcohol, desodorante fuerte y humedad, como si guardara historias de noches parecidas. En el cuarto, la escena se cargó de intimidad torpe: Juan, expuesto, se dejó llevar entre besos, toques y gestos ansiosos del otro, mientras repetía mentalmente que “hasta ahí” y no más, que había un punto al que no quería llegar. Su cuerpo, sin embargo, respondía con una docilidad que lo sorprendía, acomodándose, ofreciéndose, probando.


Lo que el cuerpo decide


En algún momento, ya en la cama, Juan sintió que su propia resistencia se volvía más performativa que real. Podía decir que no quería, podía incluso oponerse con palabras, pero había una parte de él que, por morbo, por deseo o por pura inercia, seguía empujando la situación hacia adelante. Cada roce, cada pequeña invasión del espacio íntimo le devolvía una respuesta de placer que desmentía el discurso del límite.

Esa contradicción lo atravesaba por completo: una parte necesitaba sostener el relato de que “no era para tanto”, de que solo estaba jugando en la orilla de lo permitido; otra parte disfrutaba genuinamente la entrega y la sensación de estar cruzando una frontera largamente fantaseada. En ese vaivén, Juan descubría algo incómodo: a veces el cuerpo decide antes que la cabeza, y después la mente tiene que inventar explicaciones para no sentirse desbordada.


La irrupción de un tercero


La situación dio un giro inesperado cuando apareció el hijo del policía, un pibe de alrededor de dieciocho o diecinueve años que entró en el cuarto como si hubiera sido convocado para completar la escena. La presencia del chico cambió de golpe el clima: ya no era solo un juego clandestino entre dos varones adultos, sino una especie de ritual extraño donde se mezclaban autoridad, familia y deseo.

Juan sintió una punzada de incomodidad y, al mismo tiempo, un aumento del morbo que no supo bien cómo procesar. Había algo perturbador en ver cómo el padre habilitaba, casi ordenaba, la participación del hijo, como si estuviera cediendo un lugar que le pertenecía. Dentro de esa coreografía rara, Juan se descubrió prestando atención a cómo se sentía su propio cuerpo, anotando mentalmente cada sensación, cada contraste entre lo que esperaba y lo que realmente ocurría.


Después de la noche


Cuando todo terminó, la casa volvió lentamente a la calma y la ruta recuperó su silencio, Juan se encontró con el celular en la mano, contándole a Cristian lo que había pasado. Lo hacía en mensajes rápidos, con errores de tipeo, con frases cortadas, como si todavía respirara agitado y necesitara sacar todo afuera antes de arrepentirse. El chat se convirtió en el lugar donde podía ordenar la secuencia, exagerar, minimizar, reírse de lo que lo incomodaba.

Al reconstruir la historia, fue notando los detalles que más lo sorprendieron: cómo un límite que creía firme se había corrido casi sin darse cuenta, cómo el placer había aparecido en formas que no esperaba, cómo el padre y el hijo compartían una escena que lo dejaba con más preguntas que respuestas. Entre guiños y emojis, su relato mezclaba culpa, orgullo, picardía y una curiosidad renovada por entender quién era él en esa historia. Cristian leía al otro lado de la pantalla; Juan, mientras tanto, seguía pensando en la noche de la ruta, sabiendo que esa experiencia ya no iba a poder reducirse a “solo una anécdota”.

 

Un café entre dogmas y supervivencias: cuento corto en la cocina.

 

En “Un café entre dogmas y supervivencias” la escena es mínima y cotidiana: dos amigos gays, una cocina angosta, pan, queso y café compartido. Pero en ese espacio doméstico se despliega mucho más que una charla de sobremesa: entre insultos cómplices y chistes sexuales, Leandro y Matías discuten sobre masculinidades, fe, homosexualidad, salud, herencias y futuros posibles, dejando ver cómo las biografías marcadas por el VIH, la moral religiosa y la homofobia internalizada se entrelazan con los afectos y los proyectos de vida.

El relato combina el tono íntimo del cuento con claves analíticas accesibles para lectoras y lectores interesados en género, salud y vínculos: muestra cómo la agresión puede funcionar como forma de cuidado, cómo la “familia elegida” disputa el lugar de la familia biológica y cómo dos cuerpos cansados, atravesados por el estigma y la precariedad, inventan maneras resistentes de acompañarse. Es, al mismo tiempo, una historia de cocina y una puerta de entrada a pensar las masculinidades, la enfermedad y el deseo desde las orillas.

 


En la cocina


Leandro y Matías se encuentran en la cocina de Matías, una mañana de las pocas que se encuentran, que se parece a todas y a ninguna. Entre la pava al fuego, el pan lacatal y el queso cremoso  a medio usar aportados por  Leandro, vuelven a desplegar el viejo libreto compartido: se insultan, se provocan, se cuidan. El escenario es mínimo, pero la conversación desborda la mesa: ahí se juegan el cuerpo enfermo y el cuerpo ansioso, la culpa y el deseo, la fe y la rabia, la familia de sangre y la familia inventada.

 

I. El ritual de los sándwiches


La cocina es angosta y está demasiado llena de cosas: platos recién lavados, plantas que suman verde, el olor persistente del café recién preparado. Matías, inclinado sobre la mesada, unta el pan con una paciencia impostada.  Leandro lo mira desde la puerta, agarrado al marco, como si estuviera entrando a escena.

—Ay, hijo de p*** —lanza Matías, sin siquiera girarse.
—¿Y qué sándwiches? Mirá vos lo que te estoy haciendo, nene —responde  Leandro, exagerando la voz, marcando cada sílaba como si imitara a una actriz vieja.

Es su idioma privado: el insulto no hiere, abre la puerta de la intimidad. De inmediato empiezan las correcciones mínimas, el reparto del poder en migas.

—Ya nos comimos todo —protesta Matías.
—Ahí falta. No repartas más. Falta —insiste Matías, como si el orden de las porciones fuera una cuestión de justicia histórica.

Cuando  Leandro desliza el cuchillo sobre el pan, Matías se acerca y lo observa con falsa seriedad.

—Con suavidad se unta —dice  Leandro, casi pedagógico.
—Más. Pero poné más. Eso lo estás pintando —se burla Matías, y en el mismo gesto transforma la escena doméstica en chiste sexual—. Pero esperá, así te ponen crema en el orto para cogerte o te ponían, mirá, así. Ahora te pasa la lengüita. Todo humedecido.

 Leandro no se escandaliza; interpreta su papel:
—Qué pecadora que sos.

Entre risas, Matías anuncia que se va a mear, que está se está re meando, y promete seguir con “los sandwichitos” después.  Leandro, entre resignado y complacido, declara que los sándwiches ya están, y lo insulta con la familiaridad de quien conoce todas las cicatrices del otro.

La escena parece intrascendente, pero en cada gesto se condensa una forma de estar juntos: la burla sexual como forma de ternura, la grosería como prueba de confianza, la comida como pacto de supervivencia construida entre ambos.

Antes de probar el primer bocado,  Leandro remata la escena con una declaración de autoridad intelectual:
—Ay, que ya leería el machismo ahora que estoy estudiando de machos, sé todo. Estoy haciendo dos diplomaturas sobre masculinidades.

En esa frase se cruzan la cocina, la academia y la historia de ambos: el cuerpo que hace sándwiches, el cuerpo ofendido por el machismo, el cuerpo gay que aprendió a defenderse riéndose de sí mismo.

 

II. Dogmas del cuerpo: masculinidad, género, pecado


1. Masculinidades en disputa

La charla se desplaza casi sin transición: del pan untado al género, del chiste al dogma.  Leandro, inflado por sus diplomaturas, intenta nombrar el mundo en plural.

—Existen varias masculinidades, entonces —dice, casi desafiando.

Matías responde como si recitara un catecismo biológico:
—Hay una sola masculinidad. Así como hay hombre y mujer, nada más. Punto. No existe ninguna masculinidad, hay una sola.

 Leandro intenta abrir una brecha: señala que él y Matías no comparten la misma manera de “ser hombre”, que lo que viven, lo que desean y cómo se muestran no entra en una única categoría limpia. Matías, sin embargo, se aferra a la certeza del cuerpo óseo:

—Vos “sentite como quieras, pero vos sos hombre. Te morís dentro de 100 años. Hablás en el cajón. No hay órganos porque está todo podrido. Investigan los huesos y saltamos hombres. Los hombres. Punto.

La escena tiene algo trágico y cómico a la vez: dos hombres gays discuten la masculinidad replicando, cada uno a su modo, los discursos que los excluyeron.  Leandro quiere pluralizar, pero a la vez también clausura, llamando “desviado” a quien no encaja; Matías se refugia en el hueso, en la prueba forense, como si ahí hubiera un refugio frente a la ambigüedad.

En esa discusión no está en juego solo una teoría de género, sino la manera en que cada uno puede o no; reconocerse como un hombre legítimo, pese a la experiencia de la abyección y el estigma.

 

2. Fe, culpa y regresiones

El salto hacia la religiosidad no es brusco; emerge de la misma matriz moral. Matías anuncia, con solemnidad cotidiana:
—Yo voy todos los domingos a misa.

 Leandro, que lo conoció en los 80, escucha esa frase como si le hubieran cambiado el guion a mitad de la obra. Y continúa Matías confesando que ese mismo día rinde el examen para la confirmación.  Leandro reacciona con horror performático:

—Es lo último que podía escuchar de tu transformación. A misa! No quedó nada de ese adolescente de los 80.

Lo que se discute no es solo una práctica religiosa, sino una biografía compartida: la misa aparece como una traición a un pasado común de rebeldía, sexo, noche y miedo al sida en tiempos en que la enfermedad era casi una condena de muerte.

Matías se reconoce como ex monaguillo, diácono, devoto de la Virgen del Valle; para él, el retorno a la fe no es un giro, sino una restauración. Su moral se despliega con crudeza: toda sexualidad fuera del matrimonio es pecado mortal, incluyendo concubinato, divorciados vueltos a casar y homosexuales con vida sexual activa.

Y continúa anunciando algo que sorprende aún más a  Leandro. Cuenta que ha dejado de coger, de ver porno, de masturbarse, convencido de que ese sacrificio lo pone “en paz con Dios” y, sobre todo, consigo mismo.

La castidad aparece entonces como un extraño punto de encuentro entre culpa y cuidado de sí: una forma de recuperar control sobre un cuerpo marcado por la enfermedad, el deseo y el juicio moral ajeno.

 

3. Homosexualidad, patología y orgullo

Cuando pasan a hablar de la homosexualidad, el tono se vuelve más espeso.  Leandro afirma que no eligió ser gay. Matías, en una mezcla de ironía, autoagresión y teoría mal digerida, declara:

—Nosotros somos productos de una patología. Es un complejo de Edipo. Tenemos una sexualidad desordenada.

 Leandro intenta relativizar, señalando el carácter discutible de esa categoría, incluso recordando que ese tipo de diagnóstico viene de Freud y no de una verdad revelada. Matías, sin embargo, insiste: esa “patología” explicaría la imposibilidad de tener una vida ordenada, la dificultad para encauzar proyectos estables, la serie de amores rotos y entornos caóticos que los rodean.

Lo paradójico es que, en otros momentos, Matías habla de su vida afectiva como fuente de felicidad, celebra relaciones, fantasías, placeres que contradicen la idea de una existencia solo “desordenada”. En ese vaivén se percibe el efecto profundo de la abyección: incluso quien piensa críticamente, arrastra en su lengua restos de los discursos que lo llamaron enfermo, desviado, peligroso.

La charla, así, oscila entre la autoenunciación orgullosa (“es mi felicidad”) y la autoacusación patologizante. Esa contradicción es una marca subjetiva de la marginalidad: el sujeto internaliza los nombres que lo expulsan y, al mismo tiempo, los subvierte con su mera persistencia en el deseo.

 

III. Cuerpos cansados: salud, ansiedad y tiempo


1. Matías y la crónica cercanía de la muerte

Cuando hablan de salud, el tono se afloja y se vuelve más desnudo. Matías no exagera: inventaría, saca cálculos.

Cuenta su diagnóstico de VIH desde los años 80, la larga historia de infecciones, la sucesión de episodios de COVID, el sistema inmunológico erosionado durante décadas. Asegura que no le quedan más de diez años de vida como mucho, ya categorizado como geronte en la lógica médica, un cuerpo que la medicina mira desde la óptica del “riesgo acumulado”.

Lo dice sin melodrama, como quien repite una cuenta que ya hizo muchas veces. Su modo de seguir vivo es admitir la finitud a cada paso. Explica, casi didáctico, cómo un sistema inmunológico golpeado “agarra todo lo que anda dando vueltas”.

 Leandro, frente a esa dureza, intenta plantarse en un realismo esperanzado: lo invita a no sentarse a esperar la muerte, a reconocer que, si las estadísticas fueran destino, ya estaría muerto hace años. En esa insistencia hay una forma de cuidado: discutirle el pronóstico a Matías es negarse a asistir pasivamente a su autoentierro narrativo.

 


2.  Leandro, el pico de ansiedad y la finca

 Leandro, que por momentos se coloca como el “más sano”, relata su propia fragilidad: una gripe reciente, la sospecha de COVID, la disfonía y la tos, el cuerpo que se resiente después de una ola viral.

Pero donde se rompe es al hablar de la finca: cuenta que, al avanzar un paso decisivo en su proyecto rural, tuvo un “pico emotivo” tan fuerte que se quedó sin aire, que se fue “al carajo de la ansiedad, de la emoción, de todo”. No es solo enfermedad respiratoria; es el cuerpo somatizando la mezcla de ilusión y temor frente al futuro.

Matías, en una frase de refrán, le contrapone su propia filosofía: vivir en el presente para no quedar atrapado entre la angustia del pasado y la ansiedad del futuro. Esa máxima sencilla condensa una ética de supervivencia: cuando se ha vivido tantos años al borde de la muerte, el presente se vuelve el único territorio habitado con cierta soberanía.

 


IV. Fincas, herencias y familias posibles


1. La finca como proyecto y como trinchera

 Leandro habla de la finca como un horizonte de sentido: quiere estructurar en veinte años un espacio productivo que sobreviva a su propia vida, que permita que “otra gente pueda seguir”. Sueña con arrendar potreros, cultivar papas, criar gallinas, asociarse con jóvenes del pueblo para que encuentren allí trabajo y futuro.

Matías escucha esos planes con una mezcla de ternura y sarcasmo: le recuerda su edad, le calcula el tiempo, le baja las expectativas, casi como si intentara protegerlo del golpe de desilusión. Además, marca un límite tajante: puede dar un plato de comida, pero no meter gente —y menos jóvenes— en su negocio. En su lógica, abrir la estructura productiva a la “familia elegida” es arriesgar la propia supervivencia económica.

Las diferencias expresan dos modos de tramitar la marginalidad:  Leandro apuesta a un legado que lo trascienda y se vincula con otros, Matías se defiende blindando sus recursos. Ambos, sin embargo, están tratando de responder a la misma pregunta: ¿qué queda de uno cuando el cuerpo se desgaste del todo?

 

2. El peso de la familia biológica

El conflicto con el hermano y el temor a “destruir” la familia marcan la voz de  Leandro. Cuenta que su proyecto de arrendar un potrero ni siquiera fue escuchado; que la única lectura posible para su hermano es que quien no quiere criar vacas, traiciona el mandato paterno.

Sabe que, cuando sus padres mueran, la cuñada pedirá su parte, y que reclamar lo que le corresponde lo colocará en el rol del “hijo de puta que destruye la familia”. Vive atrapado entre el deseo de autonomía y el mandato de unidad familiar, en una trama donde ser varón gay, sin pareja estable y con otros proyectos, lo deja en posición de mucha fragilidad.

Matías, que ya aprendió a “no engancharse en la psicosis” familiar, le recomienda tomar distancia. Su propia experiencia de abyección lo ha llevado a construir un criterio de supervivencia: cuando la familia de origen solo opera como fuente de culpa y control, la única salida posible es poner un límite subjetivo, aunque el vínculo se resienta.

La tensión entre familia biológica y familia elegida atraviesa ambos relatos:  Leandro busca transformar la finca en lugar de acogida y trabajo para jóvenes; Matías levanta una muralla entre afecto y economía, pero, en otros planos, también arma sus propias redes de amistad, deseo y cuidado fuera del parentesco formal.

 


V. Jóvenes, deseo y “sexualidad desordenada”. El temor por volverse cuerpos sobrantes


Al final de la jornada, la conversación vuelve a la carne:  Leandro, casi picaresco, se declara fascinado por los “pendejos tan lindos” que aparecen en su vida. Cuenta encuentros sexuales con muchachos de veinticinco años, amores fugaces, re encuentros periódicos. Es su felicidad, insiste, como si necesitara que el otro reconozca cierto derecho al goce, incluso dentro de toda la moral condenatoria que ambos repiten por momentos.

Matías lo escucha y sentencia que esa es su perdición, que el chico está “totalmente prostituido”, que la generación joven es inconstante, sin objetivos, sin empeño. Habla de la “generación de cristal” como incapaz de sostener proyectos, lo que contrasta con su propia biografía de larga resistencia, enfermedad y supervivencias sucesivas.

En el fondo, lo que está en juego son dos temporalidades del deseo: la de quienes crecieron en un contexto de abyección radical, donde el sexo podía confundirse con la muerte, y la de una juventud más distante de ese trauma inmediato, pero atravesada por la precariedad y la inestabilidad generalizada.

 Leandro se aferra a esos encuentros como pruebas de que todavía es deseable, de que no ha quedado fuera del mercado erótico, pese a la edad y la marginalidad. Matías, más severo, ve allí la confirmación de la “sexualidad desordenada” que les impide organizar la vida. Entre ambos, sin embargo, late una misma cosa: el miedo a ser descartados, a volverse cuerpos sobrantes.

 


Análisis dialógico


1. Intimidad agresiva: el insulto como cuidado

El tono general de la conversación se sostiene en una paradoja: cuanto más se insultan, más se permiten decir lo indecible. El lenguaje agresivo funciona como puerta de entrada a zonas de máxima vulnerabilidad: diagnósticos médicos, culpa religiosa, deseos “impropios”, miedo a la herencia.

El ritual de los sándwiches condensa esta dinámica. Mientras se corrigen sobre cómo untar el queso crema, se abre un espacio de cuidado concreto (Matías cocina,  Leandro pide café), pero también se despliega la burla sexual, la ironía sobre el machismo, el chiste agresivo. La agresión opera como ecualizador: permite tratar temas serios sin caer en el tono solemne que, quizás, les resultaría insoportablemente expuesto.

Esta dualidad se repite en otras escenas: después de llamarlo “marica malcogida”, Matías escucha detalles sobre el recuento de CD4 de  Leandro; después de tildarlo de “desviado”, Matías confiesa su pacto de castidad y sus temores ante la muerte. La violencia verbal se vuelve, así, una forma torcida de hospitalidad emocional.

 

2. Diálogo de sordos y monólogos paralelos: escuchamos las heridas y no las ideas, para cuidarnos

En términos dialógicos, la conversación está llena de momentos en que ninguno escucha realmente al otro. Cuando  Leandro intenta introducir la noción de “masculinidades” en plural, Matías responde reafirmando su tesis esencialista sin atender a la argumentación. Cuando Matías expone su código moral religioso,  Leandro, en lugar de interrogarlo, se limita a mover su propia posición hacia la castidad como solución individual.

Estamos frente a un “diálogo de sordos”: no hay intercambio orientado al entendimiento, sino monólogos que se entrecruzan. Cada uno espera su turno para regresar a su marco interpretativo y protegerlo del cuestionamiento. Esta forma defensiva no anula el vínculo; por el contrario, lo estructura. Sus identidades están tan arriesgadas en estas tensiones que escuchar de verdad al otro podría implicar ceder terreno en la propia supervivencia simbólica.

Aun así, el diálogo de sordos coexiste con una escucha muy fina en otros registros: Matías registra el cansancio de  Leandro y le pone café delante; Matías capta el pánico de  Leandro ante la posibilidad de ser “el malo” en su familia y le ofrece una lectura distanciada de la “psicosis” del hermano. No escuchan las ideas, pero escuchan las heridas.

 

3. Ideología encarnada: salud, proyectos y deseo

El análisis del diálogo entre Matías y  Leandro muestra que las ideologías de ambos no son abstracciones, sino lentes con los que narran su salud, sus proyectos y sus relaciones.

El esencialismo biológico de Matías se refleja en cómo concibe su propio cuerpo: un sistema con límites definidos, cuantificable en CD4, con una historia clínica extensa pero ordenable en cifras y diagnósticos. Su fe refuerza esta visión: hay pecados claros, reglas claras, enfermedades que se sobrellevan con disciplina y resignación.

La perspectiva más psicológica y fluida de  Leandro se ve en su tendencia a vincular la enfermedad con picos emotivos, a leer el cuerpo como territorio de afectos y angustias, no solo de virus y células. Su apuesta por la familia elegida, la crítica a la “psicosis” familiar y la voluntad de nombrar las masculinidades en plural también derivan de ese marco.

En los proyectos de finca y en las relaciones con jóvenes, estas visiones vuelven a cruzarse: mientras  Leandro proyecta una comunidad productiva que lo trascienda, Matías advierte los riesgos de mezclar afecto y economía, contaminado por la experiencia de precariedad y traición. Ambos intentan reordenar la vida desde posiciones marcadas por un largo historial de exclusión.

 


Conclusión: abyección, margen y resistencia compartida


La relación entre  Leandro y Matías está atravesada por las marcas profundas de la abyección y la marginalidad que han atravesado sus biografías: homofobia internalizada, moral religiosa condenatoria, estigma asociado al VIH, precariedad económica y familiar. Esas marcas aparecen en su lenguaje patologizante, en la culpa que arrastran, en el miedo a no tener “vida ordenada” ni legado legítimo.

Sin embargo, el cuento y su análisis dialogal muestran que, en medio de ese paisaje hostil, ambos han tejido una forma resistente de acompañarse. La agresión se convierte en código de intimidad, el diálogo de sordos en ritual estable donde cada uno puede reafirmar su visión del mundo sin perder al otro, la cocina en una pequeña zona franca donde la enfermedad, la culpa y el deseo pueden nombrarse sin testigos externos.

Su vínculo no borra la abyección, pero la desactiva parcialmente: se insultan con las mismas palabras con que fueron insultados, pero ahora esas palabras circulan en un espacio donde no hay policía moral ni médico que los vigile. Cocinar juntos, discutir sobre la finca o la misa, hablar del futuro que quizá no llegue es, para ellos, una forma de preservarse: constituyen una microcomunidad de dos, hecha de heridas, dogmas y ternura, capaz de sostenerlos en el margen y, a su modo, de garantizar que ninguno de los dos tenga que enfrentar su propia precariedad completamente solo.

miércoles, noviembre 26, 2025

De la Matriz Ética a la Trinchera Social: El Viaje de la Identidad que Habilita la Vida Colectiva


La Intimidad Radicalizada: Cómo el Diario de un Sujeto se Volvió la Agenda de una Comunidad


Introducción: Los Pilares del Yo y las Fisuras del Mundo


Hay relatos que se escriben con la piel antes que con la tinta. La colección de estos ocho blogs, que se extiende desde la confesión íntima de un adolescente en 1984 hasta la detallada planificación de una estrategia ambiental o de salud mental en 2025, no es solo un conjunto de archivos; es el mapa de una conciencia expandiéndose. En su corazón late el "Personalisimo 1984 a 2025", un diario-bitácora que se atrevió a nombrar el deseo oculto, la tensión sexo-afectiva y el legado familiar no resuelto. Este acto de valentía íntima se convierte en la matriz fundacional de todo lo demás.

La aventura de estos escritos, impulsada por Fernando Pequeño, se desdobla en una doble dimensión simultánea: la íntima-subjetiva —la lucha por ser uno mismo— y la política-social —la lucha por transformar el entorno que niega ese ser. Este ensayo busca narrar ese viaje, demostrando cómo la necesidad de curar las heridas personales habilita, casi por necesidad ética, la vocación de sanar las heridas del mundo. La vida, como la política, no se espera: se escribe y se milita.


I. La Revelación del Yo: El Origen Emocional de la Disputa Política


El punto de partida es un acto de radicalidad emocional: el registro. El "Personalisimo 1984 a 2025" es el laboratorio donde la identidad de su autor se forja bajo la presión de los mandatos sociales y el anhelo irrefrenable de autenticidad. La Dimensión Principal que lo atraviesa es la Subjetividad Histórica e Identidad, un espejo donde se refleja la tensión entre el mandato familiar y la verdad del deseo.

La Proposición Central que rige esta bitácora es demoledora en su simplicidad: el proceso de elaboración de la identidad sexo-afectiva y personal es un recorrido que busca integrar el pasado reprimido con el presente analítico a través de la escritura.

Las derivadas temáticas de este proceso no son solo asuntos de diván, sino el caldo de cultivo de la agenda pública:

  1. La Lucha por el Nombre Propio: La confesión del deseo en 1984, envuelta en "cola de paja" (culpa), madura y se convierte en la defensa explícita de las DIVERSIDADES. El miedo a ser señalado en la intimidad se transmuta en la denuncia de la "Teoría del Impacto" y los discursos de odio de la extrema derecha. El sujeto que se oculta se vuelve el militante que visibiliza.

  1. El Legado y la Verdad: La necesidad de analizar y elaborar la figura paterna (PAPI) y el peso de la historia familiar se vincula directamente con la MEMORIA, VERDAD Y JUSTICIA. La búsqueda de una verdad personal se proyecta en la exigencia de la Verdad Histórica sobre el Operativo Independencia, entendiendo que el trauma colectivo y el trauma íntimo se alimentan mutuamente.

  1. La Vulnerabilidad Analizada: La reflexión sobre la propia fragilidad, el análisis y el psicoanálisis se convierten en la matriz ética del cuidado. Este sufrimiento destilado funda la sensibilidad necesaria para abordar la SALUD MENTAL en contextos de pobreza, o para comprender la violencia de la MASCULINIDAD hegemónica como un factor de riesgo


II. La Expansión de la Conciencia: De la Herida Personal a la Agenda Colectiva


La transición del yo al nosotros es el gran salto de este proyecto. El Objeto General del Conjunto de blogs es, en esencia, Generar conocimiento, promover la incidencia política y fomentar la organización de la sociedad civil para la defensa integral y transversal de los Derechos Humanos y Sociales en Salta.

Es aquí donde la escritura deja de ser catarsis y se vuelve acción organizada. Las tendencias más fuertes que surgen de esta convergencia son:

A. La Incidencia como Mando Ético (Dimensión de Control):


Los blogs no se quedan en la queja. Demuestran una obsesión por entrar en la estructura. El blog sobre el COMITÉ CONTRA LA TORTURA se enfoca en el monitoreo activo y la fiscalización, utilizando herramientas jurídicas como el Habeas Corpus para resolver la crisis humanitaria carcelaria. De igual forma, el blog AMBIENTE se inserta en el Consejo Económico y Social, demostrando que la defensa del bosque nativo pasa por disputar la normativa en el escritorio del funcionario. La lección es clara: la utopía se siembra en la institución.

B. La Deconstrucción de las Normas (Dimensión Crítica):


Toda la militancia se enfoca en desarmar las estructuras que generaron la confusión del "Personalisimo". La MASCULINIDAD es deconstruida no solo como un problema para las mujeres, sino como una condena de aislamiento y suicidio para los varones. Las DIVERSIDADES confrontan la normalización de la intolerancia. La MEMORIA desarma la narrativa oficial sobre la dictadura. Es un proyecto que entiende que no se puede ser feliz en secreto ni en un mundo injusto; la libertad es un ejercicio colectivo.

C. La Vulnerabilidad como Eje de Salud Pública (Dimensión del Cuidado):


El abordaje del sufrimiento en el blog SALUD MENTAL es la prueba de fuego de la matriz ética. No se trata solo de medicar, sino de entender que el consumo problemático es un síntoma de la "nueva pobreza," de la ruptura de lazos familiares y de la falta de un proyecto de vida. La ética del cuidado, aprendida en la introspección, se transforma en la exigencia de redes comunitarias y de un abordaje psicosocial que no excluya a nadie.


Conclusión: El Archivo del Corazón que Habilita la Vida


La aventura de esta escritura, que abarca cuatro décadas de registro, es más que una crónica; es un acto fundacional. La persistencia de la documentación y la reflexión constante en el Personalisimo no son narcisistas, sino vitales. La identidad del autor se consolidó no a pesar del riesgo de la exposición, sino gracias a la valentía de registrar.

Al nombrar el deseo, el conflicto, la incomodidad de 1984, el autor se habilitó a sí mismo para existir plenamente. Y, al habilitarse, descubrió que su lucha íntima era idéntica a la lucha social. El diario íntimo se convirtió en el mapa de ruta para la Asociación Miguel Ragone, demostrando que:

    1. La Vida se Habilita en la Verdad: El registro permite al sujeto integrar sus partes negadas. Sin esa integración, la acción política sería hueca. La militancia efectiva nace de la sanación propia.
    2. La Identidad se Consolida en la Proyección Ética: La identidad no es una foto estática, sino un proceso de constante reafirmación. Para el autor, esta reafirmación no se logra solo con el psicoanálisis, sino transformando el dolor subjetivo en una herramienta de liberación para otros. Al defender al preso, al bosque, al disidente o al joven adicto, el autor está, simultáneamente, defendiendo y consolidando la autenticidad de su propio recorrido vital.

La aventura de los blogs es, en última instancia, la demostración de que la vida misma, en su dimensión más profunda y más política, es un inmenso y necesario acto de Personalismo Transformador: la insistencia en que el yo, al ser verdadero, tiene la obligación ética de transformar el mundo que le rodea.


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De la Matriz Ética a la Trinchera Social | Infografía Interactiva
Análisis de Documentos 1984-2025

De la Matriz Ética a la Trinchera Social

"La Intimidad Radicalizada: Cómo el diario de un sujeto se volvió la agenda de una comunidad."

41 Años de Registro
8 Blogs Temáticos
~1000 Páginas Analizadas

I. El Archivo del Yo

El proyecto se sustenta en un inmenso corpus documental. El blog "Personalisimo 1984 a 2025" actúa como la columna vertebral biográfica, acumulando más de 340 páginas de registros íntimos. Este "peso" documental demuestra que la acción política no surge del vacío, sino de una profunda sedimentación de la experiencia.

Dato Clave

El registro personal supera en volumen a cualquier otra categoría individual, evidenciando que la subjetividad es la base de la construcción política.

Comparativa de volumen estimado de páginas por documento fuente.

II. La Expansión de la Conciencia

Un recorrido cronológico desde la primera confesión en un diario adolescente hasta la gestión de políticas públicas complejas en 2025.

1984

El Inicio del Registro

Comienza el diario personal ("Personalisimo"). Se documenta la tensión entre el mandato familiar y el deseo oculto. La "cola de paja" y la confesión íntima.

2000 - 2004

Politización de la Identidad

Inicio del activismo visible. Surgen los primeros registros sobre Diversidades. La identidad deja de ser un secreto para convertirse en bandera política.

2013 - 2016

Diversificación de la Agenda

Se funda la Asociación. Apertura de los frentes de Ambiente, Masculinidades y Salud Mental. La vulnerabilidad propia se proyecta como ética del cuidado hacia otros.

2025

Institucionalización y Resistencia

Consolidación en organismos (Comité contra la Tortura, Consejo Económico). Resistencia activa contra discursos de odio y defensa de la Memoria (50 años Operativo Independencia).

III. La Matriz de Transformación

¿Cómo se convierte el dolor privado en justicia pública? Este diagrama ilustra el mecanismo de "Personalismo Transformador".

Esfera Íntima (Origen)

Identidad & Deseo

Conflicto con la norma, sexualidad oculta, búsqueda de autenticidad.

Legado Familiar

La figura del padre (PAPI), la historia no dicha, el trauma generacional.

Vulnerabilidad

Soledad, fragilidad emocional, necesidad de cuidado y análisis.

Esfera Política (Destino)

Diversidad & Masculinidades

Activismo LGBTIQ+, deconstrucción de género, lucha contra discursos de odio.

Memoria, Verdad y Justicia

Juicios de Lesa Humanidad, señalización de sitios, resistencia al negacionismo.

Salud Mental & DDHH

Prevención de tortura, redes comunitarias, abordaje social de adicciones.

IV. El Espectro de Intervención

La Asociación Miguel Ragone no opera en silos. Su intervención es holística. El siguiente gráfico muestra cómo se distribuye el esfuerzo y la producción de contenido en las distintas áreas críticas, revelando un perfil que equilibra la Memoria Histórica con la Urgencia Social (Salud Mental, Ambiente, Cárceles).

  • Memoria: Base histórica e ideológica fundamental.
  • Masculinidades: Eje crítico transversal para la prevención de violencia.
  • Ambiente & Salud: Nuevos frentes de vulnerabilidad social y territorial.

"La utopía se siembra en la institución"

La aventura de estos blogs demuestra que la vida se habilita en la verdad. Al nombrar el deseo y el conflicto en 1984, el autor se habilitó para existir. Y al habilitarse, descubrió que su lucha íntima era idéntica a la lucha social. El diario íntimo se convirtió en mapa de ruta, probando que el yo, al ser verdadero, tiene la obligación ética de transformar el mundo.

Asociación Miguel Ragone & Fernando Pequeño

© 2025 Visualización generada a partir del análisis documental de 8 blogs fuente.

domingo, noviembre 09, 2025

Más que un Colegio, una Comunidad: Ensayo sobre la Alegría de Volver a Encontrarnos

Finca Los Pozos, Domingo 9 de noviembre de 2025

 A propósito de la nota de Lucrecia Martel que “nuestra” Martel nos invita a leer en el grupete.

Ver también
https://www.lanacion.com.ar/conversaciones-de-domingo/
lucrecia-martel-todo-ese-mundo-de-la-carrera-personal-del-prestigio-
del-premio-destrozo-la-utilidad-nid07112025/

El valor profundo de estar juntos

Compañeras y compañeros (o compañerxs):

Han pasado cuarenta años desde que egresamos del Colegio Belgrano. Hoy, los caminos nos llevan de regreso al mismo punto de partida, pero transformados por el tiempo, por nuestras experiencias y trayectorias. Nos volvemos a encontrar para celebrar, no solo lo que fuimos, sino lo que somos y lo que todavía podemos construir juntos. En este regreso, la emotividad de los abrazos, las risas y la nostalgia no para mí, señales vivas del valor de la comunidad que supimos tejer y que aún con el paso del tiempo, persiste.

Tiempos de reencuentro: afecto, humor y sentido

Reviviendo el chat del reencuentro, la alegría y la gratitud laten en cada mensaje: la emoción de vernos, de recordar historias compartidas, de darnos tiempo para apreciar la vida que tejimos juntos. Con humor y humanidad, nos reconocemos en los gestos y en la memoria, aceptando los cambios que nos trajo la vida y celebrando que el afecto atraviesa distancias y décadas. Compartimos fotos viejas y nuevas como declaraciones de identidad y pertenencia. De “la Perica Martel”, enlazada a la sensibilidad artística de Lucrecia, a quienes como en mi caso luchamos por el monte desde la raíz popular, nuestra diversidad también se reencuentra y se abraza.

En estos intercambios renace la comunidad: el grupo es refugio, es espejo, es la confirmación de que la vida vale más cuando la vivimos juntos, incluso desde el humor y la ternura de lo cotidiano. Como bien dijo uno de nosotros: sin este esfuerzo de reunirnos, “seguiríamos cada uno en lo suyo, encontrándonos solo por casualidad”. La celebración compartida es una reivindicación de la voluntad de ser y de hacer comunidad.

Cine, monte y diálogo: la comunidad como horizonte de sentido

Si miramos un poco más allá y cruzamos nuestras vivencias con el arte y la historia ambiental de nuestra tierra, el sentido de comunidad se profundiza. El cine de Lucrecia Martel —y su crítica al individualismo y la carrera personal— nos enseña que la conversación y el encuentro son la máxima aventura y el verdadero valor político de vivir. Al igual que en el cine, la trama de nuestra vida encuentra sentido real cuando se escribe en plural y desde la escucha.

Por otro lado, la defensa de nuestro monte y de los bosques nativos no es solo una causa ambiental, sino una apuesta al bienestar común, a los vínculos que nos unen a la tierra y entre nosotros. En la medida en que seamos capaces de dialogar —productores, artistas, defensores ambientales, gestores públicos, vecinos— podemos tejer una red que haga frente a la violencia, la fragmentación y la pérdida de sentido que hoy amenazan a la sociedad y a la naturaleza.

Ambas miradas —la del arte y la del monte— nos recuerdan que la comunidad no es un dato: es una creación permanente, frágil, pero poderosa. Es diálogo, cuidado, reconocimiento de la diversidad. Es también el recurso más importante para garantizar la felicidad y el bienestar real, mucho más allá de logros materiales o reconocimientos personales.

NUESTRO reencuentro como acto político y celebración vital

En este encuentro en el hermoso patio de los azares del Club, celebramos cuarenta años de historia vivida desde un origen común en el lejano ya Colegio Belgrano, pero más aún celebramos la persistencia de los lazos que nos sostienen. Nos reencontramos en la palabra, en el abrazo, en los recuerdos y en los sueños que aún podemos compartir. Construir y preservar comunidad —en el colegio, en la ciudad, en la defensa del monte, en la cultura— es el desafío y el horizonte que da sentido -desde mi más humilde opinión-  a cada uno de nuestros pasos.

Si el mundo se está haciendo más duro, más individualista, más fragmentado, la respuesta no es el encierro en uno mismo, sino la vuelta a lo colectivo. Que este reencuentro sea, entonces, memoria y promesa. Y que la conversación y la solidaridad que hoy renovamos nos sirvan como ejemplo para seguir tejiendo futuro, en comunidad y con esperanza. Los abrazo compañerxs.

 

sábado, noviembre 08, 2025

40 años después del Colegio Belgrano: ecos y conversaciones en una noche de reencuentro

 


Introducción: El Patio de los Azahares y la Memoria

El patio de los azahares del Club 20 de Febrero fue el escenario elegido, un espacio donde el tiempo pareció suspenderse por una noche. Allí, la noche del viernes 7 de noviembre, entre mesas vestidas de fiesta y el murmullo creciente de voces que intentaban salvar décadas de distancia, nos reunimos los egresados de 1985 del Colegio Belgrano. La noche, orquestada con esmero por nuestra compañera Roxana Gumilla para celebrar los 40 años desde que dejamos las aulas, prometía ser un viaje al corazón de la memoria.

La bienvenida resonó con una verdad ineludible: "pasaron 40 años desde el 10 de diciembre de 1985, cuando cada uno de nosotros cargó su mochila y salió por la puerta de Colegio Belgrano a buscar su futuro". En ese instante, todos sentimos el peso y la levedad de esas cuatro décadas. La celebración no olvidó a quienes no pudieron acompañarnos. Un aplauso cerrado y emotivo se elevó en memoria de los compañeros que "quedaron en tránsito", un homenaje sentido que nos unió en el recuerdo.

Con los corazones llenos, la noche comenzó oficialmente con un brindis que fue casi un grito de guerra, una exclamación de alegría por el presente compartido: "¡Salud, salud, salud!".

 

1. "¿Y vos qué has hecho?": Los Senderos de la Vida Cuatro Décadas Más Tarde

La pregunta flotaba en el aire, repetida en cada círculo de conversación que se formaba y disolvía al ritmo de las bandejas de empanadas que circulaban. "¿Y vos qué has hecho?". Era la llave que abría cuarenta años de historias, de éxitos, fracasos, giros inesperados y decisiones que marcaron un rumbo.

1.1. El Llamado de la Tierra: De la Ciudad al Campo

"Ahora me estoy convirtiendo en finquero, algo que nunca pensé que iba a hacer", confesaba un compañero. Su proyecto se desarrolla cerca del Parque Nacional El Rey, en una estructura que su padre armó durante 50 años. Para no "matarse con mi hermano", dividieron las tareas: uno se encarga de las vacas y la cría de terneros, mientras él desarrolla cabañas para ecoturismo. Su visión es romántica y brutal a la vez: diversificar la producción más allá de "la soja y la vaca" y repoblar el territorio con estructuras productivas que permitan a la gente volver a vivir allí, un sueño contra la corriente del despoblamiento que dejó el neoliberalismo.

En otra mesa, Fernanda, otra "finquera", contaba su vida en el campo cerca de Metán, donde cría ganado Brangus, negros y colorados. La anécdota de cómo fue personalmente a recuperar unas vacas robadas pintaba de cuerpo entero su carácter y su conexión con la tierra. Ambos se reconocieron no en la soledad genérica del campo, sino en luchas muy concretas: las disputas por el agua con vecinos poderosos, y la pasión por un estilo de vida que exige una entrega total.

1.2. El Mundo de los Negocios: Entre la Pandemia y la Incertidumbre

Pero si el campo presentaba una batalla contra la naturaleza y la soledad, la ciudad ofrecía una lucha no menos encarnizada contra la economía. Se habló del hermano que tuvo que cerrar su negocio en la calle Buenos Aires por la pandemia y el costo prohibitivo de los alquileres, que hoy rondan las "600 lucas". Otro compañero relató su experiencia administrando propiedades, lidiando con contratos "mitad en negro, mitad en blanco" y la triste revelación de que los propios familiares de sus clientas les entregaban menos dinero del que correspondía.

El desafío de tener empleados en el contexto actual fue un tema recurrente. "Hoy es lo peor que podés arriesgar", sentenció uno, explicando que no se animaría a abrir un comercio ni siquiera sin pagar alquiler por el riesgo que implica el personal. La historia del compañero que tuvo que cerrar su hostel en Buenos Aires resumía la situación: su público, mayoritariamente extranjero, desapareció, y a los argentinos no les gusta el concepto de baño compartido. Era un diagnóstico compartido, una radiografía en tiempo real de un país que nos había moldeado y que ahora nos ponía a prueba de formas que nunca imaginamos al salir del colegio.

1.3. El Desencanto de la Política: "Hay que Tener Mucho Estómago"

Un exalumno compartió su paso por la política, una etapa de casi 20 años en la estructura del estado y en el partido justicialista de la que se bajó por sentirse "asqueado". Su reflexión fue tajante: para estar ahí, "hay que tener estómago, y mientras más subís, más estómago tenés que tener". Describió un mundo donde es difícil ser feliz, donde se ven "enemigos en donde no hay" y el costo personal es altísimo, señalando que muchos en ese ambiente terminan divorciados.

Su salida de ese universo no fue una derrota, sino un giro vital. La decisión de volver al campo y reconectar con el proyecto familiar fue su manera de buscar tranquilidad y reencontrarse con un propósito más genuino, lejos del ruido y la confrontación permanente.

 

2. Ecos del Pasado y Miradas al Presente

Más allá de las trayectorias profesionales, la noche fue un torbellino de nostalgia, de recuerdos compartidos que emergían con una claridad sorprendente, demostrando que ciertas memorias no envejecen.

2.1. Anécdotas y Recuerdos del Colegio

Las risas más fuertes llegaron con las anécdotas. Un compañero narró su increíble historia de graduación: tras quedarse con tres materias en el Belgrano, una serie de eventos afortunados y una buena dosis de astucia lo llevaron a terminar el secundario en el Liceo Cultural Docente. El giro final fue apoteósico: "el mell abanderado y yo escolta". "Nunca vi a mi viejo tan emocionado", confesó, y todos celebramos esa pequeña victoria contra el sistema.

También afloraron los recuerdos deportivos: las clases de gimnasia acrobática y las competencias de atletismo. Salió a la luz la legendaria historia de dos compañeros que, tras una pelea a golpes, fueron a competir. El detalle lo era todo: un médico, Coco Jiménez, "le ha acomodado la mandíbula al Cuchi Morales", y con la cara recién ajustada, se fueron a correr. La dificultad para reconocerse después de tanto tiempo era parte del juego: "¿Ustedes tampoco se vieron en 40?", se escuchaba, seguido de un aliviado "Hay algunos que nos conservamos", al identificar un rostro familiar entre las canas y las arrugas.

2.2. La Familia, los Hijos y las Nuevas Generaciones

Y como siempre ocurre cuando una generación se mira en el espejo del tiempo, la conversación derivó inevitablemente hacia los hijos, ese reflejo a la vez familiar y desconcertante de nosotros mismos. "¿Ustedes los entienden?", preguntaba uno, refiriéndose a los jóvenes de veintitantos, describiéndolos como de "otra generación". Se contrastó su propia juventud, marcada por un impulso temprano hacia la independencia, con la de sus hijos, quienes hoy "tienen todo" en casa y les cuesta más irse.

Se compartieron historias sobre las carreras universitarias, como el caso del hijo que cambió de veterinaria a informática, y la esperanza, a veces incierta, de que la nueva generación "siga" con los proyectos familiares, ya sea una finca, un negocio o una tradición.

2.3. El Vértigo del Tiempo: "40 años, m*****"

La frase, directa y sin filtros, resonó en varias mesas: "Habla que hemos hecho 40 años, m*****". Era el reconocimiento colectivo del vértigo del tiempo. Los comentarios sobre la apariencia no faltaron: "Las mujeres han hecho un pacto con el diablo", elogiaba uno, mientras otros bromeaban sobre los kilos y los años de más.

La mirada, sin embargo, estaba puesta tanto en el pasado como en el futuro. La pregunta "¿Y qué vamos a hacer los próximos 50?" flotaba en el ambiente. A esta edad, el tiempo que queda se vuelve un factor crucial en las decisiones, ya sea para vender propiedades, empezar un nuevo proyecto o simplemente decidir cómo vivir los años por venir.

 

Conclusión: Un Brindis Final por la Amistad

A medida que la noche se disolvía entre las últimas copas y los abrazos de despedida, quedó flotando una sensación agridulce y profunda. No fue solo un recuento de vidas, sino un espejo colectivo. Vimos reflejados los sueños pastoriles del campo contra las batallas urbanas de la economía, el idealismo juvenil frente al desencanto de la política, y la tensión entre los que fuimos y los que somos.

En las historias compartidas, descubrimos que, a pesar de los caminos divergentes, habíamos transitado el mismo país, sus crisis y sus efímeras bonanzas. La noche demostró que la base de la amistad y la memoria compartida es un ancla poderosa en el presente incierto. Nos fuimos con la certeza de que, aunque el futuro se mida ahora en décadas más cortas, el reencuentro había recargado algo esencial: el sentido de pertenencia a una historia común, una que comenzó hace cuarenta años en las aulas del Belgrano y que, esa noche, prometió no esperar tanto para volver a contarse.

 

sábado, agosto 30, 2025

El Facundo

 Me invitó a Facundo a mirar un concurso de Artes Marciales. Junto a su mamá. 
Fue en el Centro Vecinal de Villa Soledad. 

domingo, junio 22, 2025

El Hombre y el Monte Abierto: Un Relato de Raíces y Deseos

 Cuento corto por Fernando Pequeño

El sol de las siete de la tarde se desdibujaba en el horizonte, tiñendo el aire de un púrpura melancólico. Mis botas levantaban polvo en el sendero recién abierto, el mismo que, hacía casi un año, había comenzado a limpiar con la idea de una chanchería. Un año. Y la palabra resonaba en mi pecho como un eco vacío: arraigo. Me costaba tanto echar raíces aquí. Este lugar, la tierra que amaba y donde había crecido, me seguía resultando ajena, un lienzo vasto donde mis trazos apenas se delineaban. ¿Cómo era posible? Si la sentía tan mía, tan parte de mi historia.

Viejo guayacán desvanecido en la laguna de Los Pozos

Desde la represa, el ladrido juguetón de Malko me trajo de vuelta. Se zambullía en el agua helada del invierno que, caprichosamente, se inauguraba ese día. Su cuerpo dorado, chapoteando y emergiendo con la vitalidad cruda de lo salvaje, era un espejo. En ese instante, su presencia era la mía. ¿Acaso no buscaba yo también sumergirme, no en el agua, sino en esta tierra, y emerger renovado, más auténtico? Era como si Malko me señalara un camino, una forma de masculinidad más conectada con lo instintivo, lejos de los moldes que alguna vez me habían oprimido. Como las pequeñas ventosas de alguna criatura marina, sentía cómo intentaba desplegarme, aferrarme a cada terrón, a cada hoja, buscando esa conexión que se me escapaba. Había crecido aquí, sí, pero siendo "tan diferente", y esa diferencia, ese desajuste, era la cicatriz que aún me definía.


La Urdimbre de un Deseo Colectivo

El recuerdo de Pacha Kanchay irrumpió como un bálsamo. Las voces, las miradas encendidas. Habíamos estado allí, un puñado de almas, tejiendo sueños colectivos. Hablamos de construir otra sociedad, con otras reglas, otros valores. No era solo un anhelo político; era un deseo de trascender, de que algo de nosotros, de nuestra visión, perdurara más allá de nuestras vidas. La palabra "construir" vibraba en el aire, una pulsión que iba más allá de la razón.

Eliana Alzogaray, con sus ojos llenos de luz, lo había expresado con una emoción que me conmovió hasta las lágrimas. Su llanto, que era también el mío, no era de tristeza, sino de profunda conexión, de reconocimiento. Ella, hundiendo sus "mismas raíces" que las mías en esta tierra, sentía la misma tensión que nos habitaba. Esa tensión central entre la parálisis de una herida profunda —la neoliberal, la sojista, la extractivista, esa que había devastado el paisaje y el alma colectiva— y la ilusión, la esperanza de una sociedad anterior, más justa, que había pujado con fuerza antes de ser derrocada.

En ese llanto compartido, en esa vulnerabilidad mostrada, sentí cómo mi propia concepción de la masculinidad se expandía. No era una fortaleza inexpugnable, sino una capacidad de sentir, de emocionarse con otros, de construir en colectivo. La herida neoliberal no era solo una abstracción económica; era una marca en el alma, una que había fragmentado identidades, había erosionado la capacidad de arraigo. Y nuestra "otra mirada" era la respuesta, una forma de resistencia que se construía desde lo más íntimo de nuestro ser.


El Monte Como Espejo del Alma

Caminé un poco más, y mi vista se perdió en el monte que permanecía abierto. Carlos y yo habíamos hecho un trabajo enorme, despejando, liberando. Y allí estaba, respirando. La senda del Mollar, a pesar de las lluvias implacables que intentaban cerrarla, se mantenía ahí, un camino persistente, forjado por el tránsito y el uso. Esa senda, esa abertura que el monte hacía "para uno", no era solo un camino físico. Era un sendero hacia mí mismo.

Sentí cómo el valor de esa abertura se enredaba en mi propia identidad. Era una invitación, una promesa. Como si el monte, con su gesto de apertura, me invitara a abrirme también, a liberar lo que estaba oprimido. De pronto, me sentí uno con este monte abierto. Y fue entonces cuando la complejidad de esa imagen me golpeó. "Quizás herido, quizás penetrado, un poco forzado", musité. Estas palabras no solo describían el paisaje agredido por la mano humana o las fuerzas naturales. Resonaban, en un eco profundo, con mi propia subjetividad masculina.

¿Acaso yo también me sentía, a veces, herido por las expectativas, penetrado por discursos ajenos, un poco forzado a ser quien no quería ser? Pero la frase clave llegó después, como un bálsamo, como una revelación: "pero que me aloja, me aloja, me aloja". El monte, en su vulnerabilidad, en su apertura forzada, se convertía en un refugio, un lugar de acogida. Y esa capacidad de ser alojado, de permitir que el entorno me penetrara sin que me desintegrara, era la verdadera fortaleza que buscaba en mi construcción de masculinidad. Era la aceptación de la permeabilidad, de la capacidad de ser afectado, como un signo de vida, no de debilidad.

Aún así, la dificultad persistía: "Y cuánto me cuesta adentrarme en él." Habitarlo no era solo limpiar un terreno; era sumergirme en sus complejidades, en sus contradicciones, en sus heridas y en las mías. Pero el deseo era más fuerte que la dificultad. "Pero cada día de mi vida es una apuesta por intentarlo." Y en esa frase final, se condensaba la pulsión de vida, la resiliencia del deseo. Era la afirmación de que la construcción de la identidad, especialmente de una masculinidad más auténtica y conectada, es un proceso continuo, una apuesta diaria por habitar el propio ser, tan vasto, tan abierto y tan complejo como el monte mismo.

viernes, junio 20, 2025

Y en la oscuridad Andrés entendió que la paz no era solo la ausencia de tensión, sino la presencia de completud y contención

Cuento corto erótico

El eco de las últimas palabras, "eso se llama amor también", resonaba en la cabeza de Andrés como un mantra recién descubierto. Había entrado al cine con el alma revuelta, una taquicardia persistente, la misma ansiedad que le dejaba el vacío de las redes sociales. Se preguntaba sobre esa vieja dicotomía entre el cuerpo y el espíritu, la relajación muscular y la paz mental, como si fueran dos ríos que jamás se cruzarían. Pero esa noche, en la penumbra de la sala, algo se había revelado.


La Anatomía de la Paz en la Oscuridad

Su primera experiencia fue con un flaco de facciones perfectas, un afecto que se sentía en la suavidad de sus caricias, en la forma en que se entregaba. No fue solo la descarga, ni la saciedad física; fue el momento en que, con un hilo de voz, se atrevió a preguntar: "¿Me podés dar leche?". Y la respuesta, un simple "sí", pero cargado de un mundo de contención y reconocimiento. El chico se movió con un cuidado que Andrés no esperaba, se preparó, le ofreció su intimidad con una delicadeza que trascendía el acto. Fue un "impacto con la completud", una paz mental tan profunda que disipó la angustia con la que había llegado. En ese instante, en esa verbalización de un deseo y la correspondencia del otro, la relajación muscular y la paz mental no eran caminos diferentes; eran el mismo sendero hacia una sensación de integración que lo había eludido por tanto tiempo. La soledad, sin embargo, lo esperaba al final del encuentro, un cinturón ajustado en una cintura delgada que se alejaba, dejando el anhelo de una conversación pendiente, un "por qué tienen que pasar estas cosas" flotando en el aire.

Luego, Javi. Él lo encontró en la oscuridad, en una danza mutua de deseo. Andrés lo descubrió hermoso no solo con los ojos, sino con las manos, con la boca. Se arrodilló, se entregó, y de nuevo, la pregunta. "¿Podía tomarle leche?". Y otra vez, ese "sí" que resonó como una campana de validación. Fue la palabra, el deseo verbalizado y correspondido, lo que lo completó, lo que bajó la tensión mental a una quietud total. No era solo la pulsión oral, era la presencia del sujeto que lo contenía con su respuesta, quien lo veía y lo reconocía.

 

La Fragilidad de la Masculinidad Deseante

Andrés comprendía que la masculinidad que buscaba no era la del macho agresivo y "brutal en su rechazo" que había encontrado antes, ese que respondía con "qué mirás, hermano". Tampoco era la del hombre que solo busca la descarga anónima. La masculinidad "completa" y "deseante" que empezaba a vislumbrar se construía en la capacidad de comunicar un deseo, de ser vulnerable al pedir, de permitirse ser contenido y correspondido.

El contraste con la experiencia de Grindr era abismal. Allí, la "ilusión" de un encuentro se desvanecía en el "vacío" de la obsesión ajena, en el constante "pase el que sigue". La pantalla era una barrera, no un puente. No había espacio para la palabra que contiene, para el reconocimiento que pacifica. Solo ansiedad y soledad en espirales.

El miedo a la vulnerabilidad, a la que el rechazo podía exponerlo, era inmenso. Si les dijera a Alejandro o Francisco, sus vecinos de miradas intensas y diálogos emotivos, lo que sentía, ¿sería un rechazo homofóbico? Es una posibilidad, claro. La homofobia, arraigada en las construcciones sociales de masculinidad y deseo, a menudo se manifiesta como una agresión que busca invalidar al otro por su orientación sexual. Un "no" así dolería, sin duda, porque apuntaría no solo al deseo, sino a la esencia de quién es.

Pero Andrés empezaba a entender que no todo rechazo es necesariamente homofóbico, y que incluso en el rechazo hay una oportunidad para el crecimiento. Un "no" podría ser simplemente una falta de coincidencia en el deseo, una realidad dolorosa pero sin la carga de la discriminación. La verdadera liberación no estaba en evitar el rechazo, sino en sentirse autorizado a manifestar su deseo y sus sentimientos, independientemente de la respuesta. Ese era el verdadero trabajo de una masculinidad que se quería completa: no huir de la vulnerabilidad, sino abrazarla como el precio de la conexión. Porque, como había descubierto, la paz no era solo la ausencia de tensión, sino la presencia de completud y contención, un equilibrio que solo se hallaba en el puente entre su deseo y el reconocimiento del otro. Y, al fin, sabía que ese puente, aunque temblara, valía la pena construirlo.


¿Qué sensación te deja esta historia sobre el camino que estás transitando?