miércoles, mayo 28, 2025

Raices de la tierra: el campo que nos forjó

 En la quietud de la noche, con la ciudad de Buenos Aires como telón de fondo para Virgi y el cielo estrellado de Los Pozos para Fernando, dos amigos entablan un diálogo íntimo por WhatsApp. Mientras una fogata crepita en la lejanía y el frío otoño abraza la casa de campo de Fernando, sus palabras transportan a los lectores a las fincas de su infancia. Este intercambio, cargado de nostalgia y humor, desvela recuerdos compartidos de trabajos rurales, sabores de la niñez y encuentros con una naturaleza que marcó sus vidas. Más allá de las anécdotas, la conversación teje un relato sobre cómo esas experiencias tempranas moldearon sus identidades, revelando la diversidad y la evolución personal que floreció en cada uno de ellos.


  • Virgi: Tenían granada, tenían lo que te dije, pomelo, naranja, limón, lima y estaba cerquita del arroyo para traer el agua y regarlo ahí no más. Por eso estaba ahí alejado, digamos.
  • Fer: Te estaba escuchando, pero cuando yo era chiquitito, igual que vos, eh, yo sacaba leche a las vacas, veía carnear, de ahí me quedó un trauma. Hacía todas las cosas, iba a agarrar los caballos en el potrero, les daba de comer, los bañaba, hacía todas esas cositas.
  • Fer: Así que nuestras infancias han sido bastante parecidas.
  • Fer: Ojalá que salga algo. Hay que buscar, buscar, buscar. (En relación a la búsqueda de trabajo por parte de Virgi)
  • Fuego en 
    Los Pozos
    Virgi
    : hiciste más tareas que yo y yo cocinaba con mi abuelita al lado y yo sé cocinar bien. Lo digo bien porque es así porque muchas personas no me tienen fe y después y bueno, ese arte de la cocina lo aprendí de mi viejita, pero no me gusta todo su plato. Por ejemplo, la chanfaina, eh, ¿qué más hacía? La polenta dura, porque ella la hacía dura y fría y la salsa era caliente; tampoco. La empanada, tengo la práctica y todo su mecanismo, pero no me gusta ni con pasa de uvas, por ejemplo, y masa que le agregaba bazuca, mucho menos. La mamuana traviesa en la cocina. ¿Qué es lo que no me gusta? Ah, la polenta con leche. Guácala. El zapallo con leche tampoco será como que me cansó mucho. El queso no lo soporto mucho porque me crié comiendo. Sea el queso también el quesillo ni te cuento. Y bueno, fui más cenicienta que tú, cariña. Tampoco. Y no me digas chiquitito, dime chiquitite. Ven, te estás metiendo con mi masculinidad dentro de mi mujer transante.
  • Virgi: no me afecta para nada porque sí era chiquitito.
  • Virgi: por ser traumado. A mí me pasaba lo mismo, tan maricona como yo, que mi abuela decía, "Ay, cuando anda para allá, anda por allá." Y después cuando le meten  el cuchillo, pa le saltaba la sangre, yo empezaba a gritar, "Ay, no, pobrecito." Y yo las iba contando a las vaquitas y las conocía. Y yo, por ejemplo, le decía la carita, le decía a mi papilo si la iban a matar. Pues yo ya sabía cuando estaba ahí en el, ¿cómo se llama; en el mojón, en el tronco ese de medio del corral que la van a matar, papi. Sí, sí. No hay, no. La carita pintadita, la rosadita… le ponía nombres, yo. Va, va, va, va, va. Decía, te vas a poner a llorar. Llamar a la pobreza. No sé que decía que llamaba; y a la tristeza. Y yo no me levantaba porque la iban a matar y ya la sentía aquí que la traían como sufría también. Por traumadas nos retában.
  • Virgi: Esto ahí viene el mollar y subió un videíto.
  • Fer: también sufría igual que vos. Nos interceptamos en las cosas que nos producían dolor también. Me impresiona lo que me contas. Lo voy a tomar para mis estudios de la etnografía de este lugar.
  • Fer: a mí me gustaba mucho comer quesos y quesillos. También hacíamos dulce de leche acá.
  • Virgi: Deja de imitarme y mandarle a tu madre que dijo que pinto sin profundidad, que lo recuerdo. Qué mala doña Clotilde. Bueno, vamos a ver el cuadro de ella. El cuadro mío. Yo voy a comprar acrílicos porque me gusta más. Soy amiga del óleo pero no tanto. Me gusta más la acrílico.
  • Fer: Las tunas. Te olvidaste de las tunas. Yo iba a juntar tunas. Volví enjanado entero.
  • Virgi: ¡No, no me olvido de las tunas! Enjanada que me daba, porque yo era muy ansiosa; Ragona y allí había que esperar a que llueva. ¿Viste allá cuándo llueve? Tiempo de sequías y las tunas las veía amarillas, después las veías rojas, después las veías ya coloradas así. Ay, a la siesta nos íbamos a escondidas, nos comíamos como seis calientes y volvíamos a rascarnos, a lavarnos con jabón. ¿Qué no nos hacíamos para sacarnos las janas? Nos queríamos sacar los dedos con los… Así y yo lloraba. Una tarde me encontró mi abuela llorando una siesta. ¿Qué te pasa? Ay, me enjané. Ay, no nos pegaban, pero nos retaban y era como que guardábamos ese respeto, esos sustos que nos llevaban por traviesos, ¿viste? No, nunca mi abuela. Yo siempre temía que me mechoné porque como yo mi mamá era re que te daba ganzazos, golpes, cachetazos, rameada; pero qué violencia que sufría con mi mamá, me acuerdo. Y allá nos daba soltura nuestra abuela como que no. Ay, yo pasé una… Tenía una infancia muy linda en el campo, muy linda. En mi casa era el martirio porque mi mamá era homofóbica, la pobre que parezcamos mi vida.
  • Virgi: Se hace en el campo, Fer, el arroz con leche, como vos dijiste, con piedritas en el fondo de la olla. Girar, girar, girar, girar y girar. ¿Quieren arroz con leche? Mesa, decía mi abuela. Mami, ¿qué eso? ¿Qué es mesa? Que revuelvan, que des vuelta el tulpo ahí. Ahora no entendés. Porque yo manejaba un léxico coloquial y yo me reía de ella porque tenía palabras así re locas, ¿viste? Por ejemplo, ¿qué? A ver, en vez de decir gato o michi, decía miche o cuche. Era una forma de hablar muy extraña de ellos. A la almohada le decían almueda. Así cambiaban todas las palabras y yo me reía a más no poder. Y ella le hacía gracia y había un momento que yo no le hacía gracia porque ya sentía que yo la corregía. A mí no me vas a venir a corregir. Yo hablo así y hablo así. Usted habla como habla en la ciudad. Bueno, yo soy del campo hasta que tuve que entender. No sé. una lucha, pero a mí me daba gracia, la mamo. Mis hermanos por ahí, me acuerdo. ¿Te acuerdas? Sí, se acuerda que yo la corregía a la mami Juana y la mami Juana se enfurecía.
  • Virgi: Juntar algarroba, juntar el mistol para hacer el bolanchado. Ay, qué cosa más fea ese bolanchado. Después está el estofado de harina ese que hacen todo un estofado con agua, todo y después paf, le agregan harina y se hace una cosa pegajosa. Mmm, qué horror. Después la chanfaina con la sangre de la cabra, la cabeza, el ojo, los sesos, el estómago, el pulmón; creo que también va volando semi crudo, así jugoso que no. Sangre viva. Horrible, horrible para mí. Deprimente no lo digo, no lo consumo, no me gusta.
  • Virgi: Arroyo! Qué rico. Tenía terror al río ese que pasa por allí por la Evelia. Viste cómo se llama el río. Juramento? No, no sé qué río es. Bueno, Paso de la Cruz, Mojotoro, no sé cómo se llama. Terror. Era como si fuera que me iba a entrar al mar. Ay, le temía tanto y después cuando me bañaba iba y sentía que estaba en las playas. Qué deleite, qué placer. Me bañaba y la tomaba al agua sin miedo. Qué horror. Y por ahí me ahogaba y mi abuela, ¿qué estás tomando? Ay, vinimos a bañarnos, no. Yo la tomaba así, me bañaba y tomaba agua de nuevo y ella me decía, "Caca de vaca, pi de vaca. Ya no importa." Hinchada salía del baño. Me bañaba y tomaba agua. Qué locura.
  • Fer: Castellanos, se llama el río Vir. ¿Por qué le tenías miedo? Contame.
  • Virgi
    : se asombraba de mí porque me decía, "¿Qué tenés mucha sed que no tomas agua en la casa?" No, es que me gusta porque me gustaba ese sabor que tenía el río y después me metía a bañar y abría los ojos abajo del agua y así como que veía en la tele yo el metálico como el buceo, ¿viste? Ay, andaba así y me salía los ojos rojos y mi abuela no abra los ojos. ¿Qué hacía en el campo? Recuerdos hermosos que tengo con los cabritos. Los adoro un montón. Después yo leía ya. Y siempre leían en la escuela  para el carnaval. Ay, hasta los ucle me comía y me pitaba los labios tipo tonta de violeta. Una vuelta me encontró mi abuela los labios pintados así y me había descubierto que yo iba, como no tenían jana los ucles, cortaba cinco o seis ucles (una variedad de las tunas morada) y me los comía en la fiesta y me pintaba los labios con el espejo. Me pillaba pintándome los labios y dice, "Panzón atrevido, ututo”.
  • Fer: Pero si no te dejaban tomar agua del río, ¿de dónde era el agua que tomaban? Si todo el mundo, nosotros también íbamos a buscar agua del río y la traíamos en tanque, en tractor acá y tomábamos todos agua del río.
  • Virgi: Así que mi abuela me retó, porque ella ya sabía, ella me dijo un día cuando yo la visité, "Ay, hijita, yo ya lo sabía. Si te encantaba barrer, tender de la cama, cocinar. ¿Te acuerdas cuando te has pintado los labios con ucle?" Ay, sí, mami. Bueno, está todo bien, mi vida bella. Y mi abuelito Ramón, que en paz descanse también nunca me cuestionó, no me dijo nada, un amor. Y a su hijo tanto que le cuento. Y a sus otros hijos ni te cuento. Terrible bombita otro.
  • Fer: No era a veces cuando durante la lluvia sí juntábamos agua del techo de la casa en el aljibe y tomábamos agua de lluvia.
  • Virgi: tenía miedo porque decían que era muy bravo cuando crecía [el río Castellanos], porque mi abuelo me decía, "Ma ver como crecido al rodillo y me llevaba y yo lo veía marrón y con fuerza y era tan finito eh, con las aguas tranquilas y cristalinas y después cuando crecía la veía, así como le tenía terror. Ya era muy marica, pues. Y siempre había noticias que se llevaba los enramados, los no sé cómo le llaman y eran noticias en el campo. Ay, que creció tanto el río que desbordó, que se desborró la barranca de tu tía que le iba comiendo, ¿viste? Y esas cosas me asustaban, me lo tomaba como un tornado, como que podía llegar a la casa, ¿no? Nosotros no estábamos lejos de la casa, pero al frente del cerco también lo iba comiendo el río. Qué fuerte. Y también el desagüe cuando llovía era que lo iba comiendo la barranca y todo que afectaba esa zona allí. Locuras mías. Adoraba salir de noche a escuchar y tratar de visualizar las vizcachas con las linternas. Era la primera apuntada cuando se perdían las linternas yo. ¿Por qué? Porque andaba con las linternas en el bolsillo. Me iba a ver las vizcachas y las dejaba por ahí a las linternas.
  • Virgi: vertiente del arroyo, cariño, que llevaba un proceso de de alzarla de la vertiente, pasarla por una tela, colarla, dejarla estacionar en los tachos y de los tachos recién iba a la tinaca o tinaja. Y viste que hacían la Evelia le ponen azufre a el agua. Qué fuerte. Yo tenía miedo de tomar agua con azufre. Veías el azufre en el fondo. Ah, qué locuras.
  • Virgi: A ver, ahí te estás mandando al frente. La llevaban en tranque ,en tanques y en tractor. Nosotros la llevamos en caballo con dos tachos sobre el caballo, unos caballos mansitos y tenía que traer unos tarritos en la mano. Ay, eso odiaba. Como decir, "Viajamos al Miami, cuando mi abuela me decía tengo que lavar gordito." Me decía, "Vamos a ir." Sí, porque ya lavaba como negra allá abajo. Y yo me bañaba arriba y también le tenían miedo al río porque era un pozo que ahí le llamaban el remanso. Venía el agua así y en el pozo que le llevaban el remanso hacía remolino y mis tíos todos decían cuidado con el remanso que es profundo y había una laja y todos se tiraban. La única que no se tiraba era yo. Un día me han agarrado todos mis primos y me han hecho así pa… sentía que me moría, sentía que caía en unas aguas que me succionaban, que me moría y nada. estaba y me llegaba ruidita no más. Histérica salía.
  • Virgi: pasada de mujer, de maricona. Yo por eso me hacían… la picaban los mosquitos y como que se me infectaba así, porque yo era muy blanca y necesitaba cuidados extremo. El sol me re paspaba y me hacía daño. Era muy marica pasada y mi abuelita lideaba con todo eso. Ah, no me gustaba tener la bota mojada. ¡No me gustaba agarrar insectos! Hasta el día de hoy. No me gustan las puntas de las medias. mojada. No soportaba.
  • Virgi: Agua de lluvia que moja tu piel, recorre tu cuerpo, la quiero beber. Lluvia, bendice nuestro amor. Armando Marcelo. Ah, ese cuerpo está tallado a agua de lluvia. Ay, Fernando, mira esas costumbres anteñas muy distintas. Jamás, te lo digo, jamás porque fue así, hemos bebido agua de lluvia. El agua de lluvia era para regar el piso, para lavar ropa o para regar las plantas. Eso sí se guardaba para eso.
  • Fer: Tu abuelita, ¿Juana es la que la que vive en Metan ahora?, la que yo conocí. Es la que lavaba la ropa en el río y vos te bañabas como sirena.
  • Fer: ¿Y tu otra abuelita vivía por ahí también o era de otra parte?
  • Fer: ¿Por qué no tomaban agua de lluvia? A nosotros, nuestros viejos, nos decían que era lo más puro, puro, puro que era espectacular tomar agua de lluvia.
  • Virgi: Nosotros éramos pobres y tú eras clase media de esos acendados famosos. Qué fuerte. Allí estaba la grieta. Y después conocerte me pareció fabuloso. Siempre te lo dije porque mi abuelito siempre hablaba de tu padre. ¿Cómo se llama tu padre? Fernando Ragone, don Pequeño Ragone. Hablaban de Pequeño. Creo que no decían Ragone, hablaban de Pequeño. Y hablaban del alemán. Eh, que por unos toros del alemán, porque creo que la finca del alemán, como se diga, colinda con los Caldez para allá. Hablaban de un toro o de las vacas que se iban de mi abuelo para ahí y hablaban siempre de las marcadas, de las hierras en Pequeño. Qué lindo. Y yo siempre decía, "¿Dónde será?" Y siempre preguntaba a mi papá, a mi abuelo, "¿Cómo es alemán? ¿Es alemán?" "Sí, es un hombre alemán, dice gringo grande." Y yo me lo dije, "No, Ya, me gustaban los tipos a mí así. Ay, rubia. Y después, ¿te acuerdas cuando anduvimos por ahí la última vez y buscamos al Señor por unos animales que se cruzaron a un cerco de tu hermano, algo así? Mira esas coincidencias, casualidades y causalidades de la vida que sí existen, ¿verdad?
  • Virgi: misma doña Juana Farfán, hermana de Florindo, tía de Eugenio, la Patricia, hermana de la Socorro y de Policarpio Gómez. Con Poli se decían un hermano, pero no era nada, era familia política, no sé, entre ellos eran todos familia.
  • Virgi: Abuelita, la mamá de mi mamá y el papá de mi mamá son de J V González. Siguen siendo de Anta, gorda. Yo soy de pura cepa de Anta. Tú eres casi casi no de Anta porque tú eres más capitalino. Hacete. Mira, te vengo a descubrir truche.
  • Virgi: ¿que te decían tus viejos?, mira ahí viviste, no te hiciste nada, chupaste pene sin forro, igual que vos, que vos y que yo y tenía miedo al agua ¿no? Ve, eran cultura, eran costumbres distintas, no era pecado tomar agua de lluvia. Imagínate que el agua de lluvia de Los Pozos. Ellos se llevan de eso, que eso se evapora y se va a la nube y en forma de precipitación cae la lluvia, etcétera, por la condensación, etcétera. Todo eso ciclo que del agua y de la lluvia y todo lo que conlleva se está sabiendo.
  • Virgi: Venían cazadores a mi abuela y eran como cinco o siete y mi abuela, ay, ya van a venir esos cochinos que lo invitó Marco. Dios quiera que se lleven a toda esa bicha fea de la vizcacha. No dejen una, pero acá que no me dejen pelada ni nada. Las odio a las vizcachas porque comen sapo, víboras, dice mi abuela. Las odiaba a las vizcachas. Nunca se comía una vizcacha con mi abuela. Por ahí cuando no estaba mi abuela, porque mi abuela olía el olor a vizcacha así como… Y al frente de la casa había vizcachero a la vuelta. Ah, yo era amiga de las vizcachas. De día las iba a joder, las hablaba, las quería hacer salir, las hurgaba y un día por ir a hurgar un vizcachero me sorprendió una víbora. Ay, nunca más en la vida, así entre marrón y blanquita que se venía así sacando. Ay, qué horrible, qué miedo que tuve. Nunca más dejé de joder en la siesta. Después de que sí jodía así cuando pasaban a las lagartijas esas brillantes, multicolor, que yo las veía bellas. Después  también era la tuna, que todos dormían y me iba a la quinta, ¿viste que ahí en el Sunchal hay una quinta? Mi vida amaba, amo la quinta esa. La casa está acá arriba y te lanzas hacia abajo, allá y está la quinta con su portoncito y hay durazno, pomelo, lima, esa fruta que ya se perdió. No, deberías conseguir una plantita de lima y llevar al Mollar. Me fui a buscar Lima y cuando venía de un vizcachero salía algo negro y dorado, y brilloso. Y yo corrí, corrí, corrí, digo, hay una lagartija hermosa. Era un viborón. Ay, que llego asustada a la casa. Mami, mami, mami, vi algo muy grande. Ay, mi abuela, imagínate, la desperté de la siesta indignada. ¿Qué has visto? Era así el viborón. Ve, andate no más. Mira si te pica, si tú no dónde acostaste. Y ya me curaba que me hecho nada. Decían, "Ven, hijo, no te asustes acá tu espíritu." Y yo la abrazaba y todo temerosa. Era como que había visto más o menos un dinosaurio.
  • Virgi: joder, asustarme con esa víbora y después con ese viborón no salí más por la siesta. Y después ya metí al potrero este vacas malas y como que ya no salía y mi abuelito siempre me decía, "No salga porque puse en el potrero una vaca que es medio jodida." Oh, yo andaba asustada y la quería ver a la vaca y la esperaba a la vaca por ahí salía, iba y la jodía y se me venía la vaca. Ah, es mala. Pututa, pututa a más no poder, decía mi abuela.
  • Virgi: Eso en cuanto a mí, en casi 9 años, 8, dejo a mis 10  a mi vieja; mis11, yo adoraba la casa. Ya no quería salir con mi abuelo al campo, yo ya no quería caballo, yo ya no quería lazo, yo ya no quería ir a campear que dicen allá. Yo quería casa, quería beber, cocinar y por ahí mi abuelo me decía, "Yo me lo llevo al campo conmigo." Y mi abuela decía, "No, no, no te lo lleves al gordo. El gordo es de la casa, él es de casa porque mi abuela chocha pues yo le barría, le picaba, le molía de todo. En la  procesión de la virgen yo amasaba, cortaba cebolla. Hacía todo la mamijuana conmigo. Él es de la casa, no hay con qué darle, de la casa. O por ahí decía, “! Ay!, hay que lavar esto, lavar el baño." Yo tenía donde mira mi familia somos todos primos varones, son mis primos varones y tengo una sola prima mujer que sanaría una gordita. Y el analizo que está haciendo para hacer las cosas. No, no, no, no. Que lo haga el gordo. El gordo me decía mi abuela. Que lo haga el gordo. El gordo deja el baño con para tomar mates. Ay, qué exagerado. Juana amaba que yo haga las cosas. Ella me hizo trans.
  • Fer: Sí, la conozco a tu prima Analía. Estuve el año pasado en el bautismo de la hijita de Ariel Gómez con ella.
  • Fer: Yo también a esa edad que vos decís que cambiaste y que te gustaba más estar en la casa y ya no en el potrero. También empecé a cambiar. Yo iba a pescar con mi papá y a esa edad empecé a tirar los pescados al río cuando los pescaba y mi viejo se cagaba de odio y después ya no me llevo más o yo tampoco quise ir.
  • Fer: cómo vamos cambiando, ¿no, Virg? Qué bárbaro. Cómo va como aflorando nuestra diversidad.
  • Fer: Virgi, ¿de quién era la huertita esa que vos decís que habían limas y otras plantitas? ¿De quién será ahora? ¿De quién era en ese momento?
  • Virgi: Huertita era una quinta, perdón, una quinta de la de ahí de la casa. Pues antes separaban, ¿viste? Quinta, casa, corral, chiquero, sector de las gallinas. Allá es cada cosa en su lugar, ¿viste? Eso es lo que tiene. Se respeta todo. La troja. Ay, qué lindo. Vas a hacer troja en el Mollar. Adoro, meterme a la troja. Oh, un día me han dado una retada porque me metido; qué yo iba como a sexto grado y la maestra en metía raro que haya choclo seco, ¿viste? Que el choclo es de un tiempo y después desaparece y nadie guarda chala. Comenzamos a hacer cosas tejidas de chala. Ay, me he puesto a sacarle la chala del maíz de la troja y empezó a trenzar. Sin parar a trenzar. Me he hecho como cinco canastitas, me acuerdo, y me había quedado como con cinco bolsas de chala. Ay, mi abuela ahora se va se va a borbojárse. Mí panzón porquería que les iba a sacar la chala y los pavos la picoteaban de abajo a las más cerca. Ay, un día se ha muerto un pavo porque metía la cabeza así por las rendijas de las maderas. Uno que picoteó, picoteó y se quedó enganchada la cabeza colgando. Ábrale más la carne a ese pavo y te lo vas a comer. Tuve que cuerearlo al pavo, sacarle la cabeza. Pobre temblorosa, pavito mami y si no lo vamos a tirar. A ver, te voy a ayudar. Yo ya sabía matar gallinas. Ay, qué asesino. Y al pavo se le corta el libre el cogote así. Ay, cómo pataleaban. La mami le agarraba las patas y yo llorisqueaba. Va, va, va. Si vas llorando apareciendo; pocas pulgas, mi abuelo.
  • Virgi: La quintita está ahí en la casa. Esa la bajadita no más del Sunchal. Anda saber si tendrá todos sus frutos. Porque había que regarlas.
  • Fer: Ah, ya entiendo, entiendo, Virgi, porque los Gómez tenían lo mismo y eran cercaditas, ¿no? Con palitos así verticales. Y bueno, me acuerdo que tenían muchos limones y granadas, sobre todo. ¿Ustedes tenían granadas?
  • Fer: A mí me volvía loco ir a las marcadas en Poli, que era la casa de la Evelia, digamos, ahora, y meterme a la huerta ahí entre los frutales.

martes, mayo 13, 2025

Un monte que en silencio pide ser parte del futuro

 

Después de muchos meses sin vernos, volví a encontrarme con Fernando. La conversación fluyó con la naturalidad de quienes se conocen desde hace años, con café de por medio y el monte como telón de fondo, aún sin estar ahí. Hablamos de todo un poco, desde lo cotidiano hasta lo profundo: nuestras mascotas, los cambios familiares, y sobre todo, el futuro incierto y prometedor de mi finca cerca del Parque Nacional El Rey.

Imagen por IA generativa Gemini

Recordamos a perros que ya no están, como el “Cambá” de Fernando que se murió un día de calor sofocante, mientras corrían por el cerro. O el padre de “Cambá” de Roberto en la finca, que lo mató un camión en la ruta. Hoy nuestros perros actuales —Choco, con sus 11 años, y la Sacha de Fernando, aún más vieja— nos hacen pensar en el paso del tiempo. Mencioné que quiero conseguir un Setter para que haga compañía a Malko, y hablamos de los desafíos de tener perros de pelo largo en el monte, donde las garrapatas no perdonan. Nos reímos al recordar cómo, gracias a las pipetas, las vemos caer muertas.

La charla derivó hacia un tema más serio: la convivencia difícil entre perros y fauna silvestre o ganado. Le conté que Malko y Choco se han vuelto "muy malos" y los tengo que dejar atados en la galería de la casa en Los Pozos. Recordé que los perros del “Rana” y el hecho trágico de que el mismo “rana” los tuvo que ahorcar por matar terneros, y cómo ahora ata a sus perros jóvenes por miedo a que repitan la historia. ¿Por qué atacan si no les falta comida? Tal vez sea el instinto de caza en grupo. Tal vez sea algo más.

Hablamos también de los atropellos de fauna en la ruta 5. Le conté que casi piso una víbora, y él mencionó asociaciones que buscan concientizar a los conductores. Ambos coincidimos en que muchas veces no hay tiempo de reaccionar, y que la cantidad de animales muertos —gatos, zorros, serpientes— es alarmante.

La conversación finalmente llegó a lo que más me ocupa estos días: el futuro de la finca. Le conté a Fernando que, gracias a lo que ingreso por alquileres, puedo viajar cuatro veces al mes, aunque el precio de la nafta aprieta. Esa frecuencia me permite estar, disfrutar, cuidar. Pero la propiedad está atravesada por tensiones familiares. Mi madre, por ejemplo, no quiere que quede todo en mis manos. Teme que yo eche a quienes viven allí. Sin embargo, le expliqué que mi interés no es en la casa principal ni en toda la propiedad, sino en una unidad ecológica de 60 a 70 hectáreas en Los Pozos, desde la represa hasta la loma. Quiero asegurarme de que esa parte no se venda si el resto (más de 3000 hectáreas) se divide.

Mi madre entiende la lógica, pero prefiere que todo quede a su nombre por ahora, con un acuerdo firmado que garantice la herencia. Mi hermano, por su parte, no tiene una visión a largo plazo para la tierra. Yo sí.

Vivir en El Mollar no es lo mismo que vivir en Los Pozos. Este último lugar, aunque más difícil de habitar hoy, es el corazón de mi visión. Sueño con transformar esa unidad en un ejemplo de producción regenerativa, con cabañitas, observación de aves y actividades de turismo de naturaleza. A mi madre, esa idea la horroriza. Por eso por ahora proyecto desde El Mollar, pero quiero asegurar Los Pozos.

No tengo capital inmediato para construir, pero estoy convencido de que el valor está en el monte en pie, no en la madera cortada. Planeo construir de a poco, con recursos locales y creando un flujo económico basado en recibir visitantes. Y no solo turistas: estudiantes universitarios también. No aportan dinero directamente, pero sí posicionamiento y relaciones. Quiero firmar convenios con universidades como la UNSa, que puedan cubrir nafta, comida, luz, internet. Sé que existen fondos de extensión o becas que podrían hacerlo viable.

Cuando se hizo tarde, le dije a Fernando que tenía que irme a Los Pozos antes de que me agarre el cansancio. Nos despedimos. Se llevó los papeles impresos con el borrador del proyecto del Curso de Conservación.

Así terminamos una charla que no fue solo una puesta al día, sino un espejo de todo lo que está en juego: la tierra, la memoria, los vínculos familiares, los sueños posibles y el monte que, aún en silencio, pide ser parte del futuro.


Conservar desde el territorio: una propuesta que nace en el monte

Hace unos días me encontré con Fernando del Moral después de mucho tiempo. Charlamos largo y tendido en el bar Alta Región. Fue una de esas conversaciones que empiezan por lo concreto —el trabajo en la finca— pero terminan abriendo caminos inesperados. Entre mates, papeles y anotaciones sueltas, fuimos armando una propuesta que ahora quiero compartir: un curso de conservación ambiental pensado desde y para el territorio.

Generada con IA Gemini

Todo empezó con un chancho del monte

La chispa fue una anécdota: personal de Vialidad había matado un chancho del monte. Un hecho que, aunque parezca menor, me dejó pensando. ¿Qué pasaría si diseñáramos un curso de formación para ese tipo de trabajadores? ¿Un espacio donde pensar colectivamente la conservación, el monte, la vida que habita estos territorios?

Esa primera idea se fue ampliando rápidamente. No sólo Vialidad: también técnicos, docentes, funcionarios municipales, estudiantes, jóvenes, militantes, cualquiera que quiera pensar y hacer desde una mirada ambiental crítica. La única exclusión que nos pareció razonable: los académicos “consagrados”, demasiado atados a sus propias lógicas.

Una propuesta crítica, integral y política

Queremos un curso que no sea “neutro”. Que tome posición, que reconozca la complejidad de los conflictos socioambientales, que entienda que conservar también es una forma de intervenir políticamente. Apostamos a una mirada transdisciplinaria, que articule la antropología ambiental, la ecología política, la justicia ambiental, la biología basada en evidencia y el derecho.

Nos interesa que quienes participen del curso no salgan con certezas técnicas, sino con preguntas profundas y herramientas para pensar desde sus propios territorios.

Cuatro unidades, un enfoque inductivo

Estructuramos el curso en cuatro módulos principales:

1. Políticas de conservación y antropología ambiental

Una introducción general que repasa conceptos clave, marcos institucionales, y propone una mirada crítica sobre cómo se construyen las áreas protegidas y cómo se viven desde lo local.

2. Conflictos socioambientales y derechos humanos

Analizamos cómo surgen estos conflictos, qué derechos están en juego, y cómo se gestionan. Nos interesa especialmente pensar en la participación ciudadana y el rol de las comunidades subalternas (sin exotismos).

3. Derecho animal y ética ambiental

Reflexionamos sobre nuestra relación con los animales y la naturaleza. Hablamos de bienestar, de derechos, de nuevas formas de legislar que no sean exclusivamente humanas. Y lo vinculamos con temas concretos como los perros o caballos sueltos.

4. Desarrollo local y gestión ambiental

Volvemos sobre las áreas protegidas, pero desde la perspectiva del desarrollo local y las políticas públicas. La idea es cerrar con una actividad práctica: que cada participante proponga un pequeño proyecto de intervención en su entorno.

Metodología

Queremos que sea un curso vivo. Empezar por casos reales, no por teoría. Usar videos, materiales accesibles, lecturas previas. Hacer charlas breves (máximo 20 minutos), abrir el debate, discutir artículos. La idea es que el aula —sea presencial o virtual— se vuelva un espacio de encuentro.

Pensar en grande, actuar en red

Hablamos de difundirlo a través de la plataforma Comfauna, de invitar a organizaciones civiles, de buscar apoyo de municipios como Las Lajitas, o incluso escalar la propuesta a otras provincias. También discutimos que el curso no debe ser gratuito: no sólo por la necesidad de cubrir costos, sino para darle valor al trabajo que implica. No se trata de regalar saberes, sino de construirlos colectivamente con responsabilidad.

Ciencia desde abajo: eDNA y nuevas posibilidades

En medio de todo esto surgió también una idea que nos entusiasma: impulsar un proyecto de investigación sobre secuenciación genética masiva (eDNA) para identificar biodiversidad a partir de muestras ambientales. Hasta donde sabemos, en Salta esto todavía no se ha hecho. Podría abrir nuevas líneas de acción —y de diálogo— con actores estretégicos.

Críticas al mundo académico (y una pequeña victoria)

No faltaron las críticas a ciertas prácticas académicas: papers que no se devuelven al territorio, promesas de publicaciones que nunca llegan, fondos de proyectos que se esfuman en viáticos y gastos personales. Todo eso lo conocemos bien. Pero también reconocemos que el vínculo institucional puede ser útil si no se le pide más de lo que puede dar.

Yo mismo conté cómo logré colarme en un evento académico de la conservación. Llevé un tema disruptivo —“varones del campo”— que desentonaba con el resto, pero que logró visibilidad. A veces, hay que jugar esas cartas.

Hacer con otros

La charla con Fernando me dejó muchas ideas dando vueltas, pero sobre todo, me renovó las ganas de hacer con otros. Porque si algo nos quedó claro es esto: no alcanza con pensar bien. Hay que ensuciarse las manos. Hay que actuar desde el territorio. Y hay que hacerlo en compañía.


miércoles, mayo 07, 2025

Cena en Pacha Kanchay

Junto a Marian Casares y su esposo compartimos una cena en Pacha Kanchay. La apuesta a la mejora del sabor de los sándwiches de milanesas provistos por quienes trabajan en el comedor en el cruce de Lumbreras fue el motivo para juntarnos a intercambiar ideas sobre el momento actual de la región y nuestras vidas ahí. 

La mesa redonda en Pacha Kanchay

Sentados los tres a la mesa redonda del gran espacio único que integra varias funcionalidades, abordamos durante la hora y media que duró la cena, una diversidad de temas que giran en torno a la vida, el trabajo, los desafíos y las complejidades de vivir y operar fincas en una zona rural, así como nuestras perspectivas personales y políticas.


domingo, mayo 04, 2025

El Viaje del Cartógrafo del Deseo Escindido

(Cuento)

Había un hombre que sentía el tiempo como capas geológicas bajo la piel. Regresó al Dique, un viejo conocido donde el agua guardaba ecos de risas pasadas y la piedra recordaba abrazos olvidados. El Viento Norte, cálido y envolvente, soplaba como una confidencia ancestral. A su lado, dos jóvenes que él había elegido, no por sangre sino por un hilo invisible de afinidad, caminaban ligeros. Verlos era abrir un mapa hacia el futuro, sembrar en la tierra la esperanza de una cosecha que trascendiera su propia existencia, que atara su nombre, y quizás el de otros (el viejo R, la memoria pública, los proyectos por venir), a una continuidad. Sentir la incipiente paternidad era anclar su alma a su cuerpo, a su edad, a una realidad que se sentía por fin sólida, desmintiendo años de vivir en un espejismo. Había una ternura potente allí, una promesa de construcción que era, lo sabía, una metamorfosis de otra energía más cruda, una alquimia del deseo.
Viento Norte restaurante, Cabra Corral


Pero el Dique también hablaba de pérdidas. Las piedras que debían portar la memoria tangible –las placas dedicadas a R. habían desaparecido. La historia se diluía sin sus anclas físicas. Comprendió, con una punzada, que recordar no era solo un acto mental, sino un hacer constante, un armar sitios, un esfuerzo político y afectivo para que el pasado no fuera solo aire. La paternidad con esos jóvenes se reveló entonces como un acto de resistencia contra el olvido y la desmemoria, personal y colectiva.

Sin embargo, una otra fuerza, un calor interno que no se sublimaba del todo en ternura o proyecto, lo arrastraba. Una necesidad primigenia lo empujaba hacia la ciudad, a un lugar de sombras conocido como el Laberinto de Carne. Este no era un templo de historias narradas en la pantalla, sino un teatro donde los cuerpos actuaban deseos mudos.

El Laberinto era un dispositivo, un artefacto diseñado con precisión cruel. Sus pasillos oscuros, sus rincones, el ritual del círculo de observadores, todo conspiraba para crear un espacio de escisión. Aquí, los cuerpos se tocaban, las bocas buscaban placer con destreza variada –una brusca, otra suave, ambas profundas–, los penes eran objetos de una liturgia sin nombre. Pero el encuentro era una ilusión. Al culminar el acto, cada cuerpo se levantaba y se disolvía en la penumbra sin un adiós, sin una mirada que prometiera un después. Era el reino del deseo fragmentado, donde la masculinidad se ponía a prueba en el acto solitario o compartido sin alma.


Para el hombre, este laberinto era también el campo de batalla de una herida antigua. La sombra de una relación de casi una década (con J) planeaba sobre él, un tiempo donde no había podido integrar su propio lado masculino, donde su deseo de ser activo, de que su potencia fuera reconocida y deseada en el otro, había quedado inexpresado. El Laberinto era el escenario donde intentaba, una y otra vez, actuar esa parte de sí mismo, buscar en la mirada o el gesto del otro la confirmación de una masculinidad que sentía incompleta. Pero la repetición anónima dejaba un eco de insatisfacción. Era una búsqueda sin encuentro final, un deseo que se alimentaba de su propia imposibilidad de completarse en un lazo.

Observándose en este ciclo, el hombre empezó a ver más allá de sus propias pulsiones. Comprendió que este Laberinto de Carne no era solo un lugar de vicio, sino un producto. Un dispositivo de dominación sutil. Al mantener los cuerpos separados del afecto, al promover la búsqueda individual y la descarga sin conexión, este espacio sostenía y reproducía el aislamiento y la fragmentación del sujeto. En un mundo que premia la individualidad y desmantela los lazos comunitarios, este tipo de sexualidad escindida se convertía en una herramienta más para mantener a los sujetos separados, absortos en su propia búsqueda insaciable, desconectados de la posibilidad de construir juntos –una vida, un proyecto, una memoria, o simplemente, un encuentro verdadero.

Pero algo se había movido en él. La represión que antes silenciaba su percepción cedía. La capacidad de nombrar la escisión, de analizar el dispositivo, de verse a sí mismo en esa dinámica –no solo como víctima, sino como partícipe– era una grieta que se abría. Era la "autorización" interna para mirar de frente su propio deseo complejo y las fuerzas que lo moldeaban. El "rascar, rascar" hasta encontrar una explicación era la pulsión de vida abriéndose paso en la oscuridad.

Y entonces, en un acto que desafió el patrón de la suposición y el miedo, tendió una mano diferente. Un mensaje a otro joven (M), una propuesta de encuentro fuera del Laberinto, una búsqueda de una conexión posible, no necesariamente la entrega total, pero sí un espacio donde el disfrute pudiera ir de la mano de la presencia mutua. Era un pequeño puente lanzado sobre el abismo de la escisión, un intento de la subjetividad por resistir al dispositivo de fragmentación, por reclamar la posibilidad de un lazo donde el cuerpo y, quizás, un atisbo de alma, pudieran encontrarse.

El hombre, el cartógrafo de sus propios deseos escindidos, seguía su viaje. Portaba la memoria húmeda del Dique, la semilla del proyecto trascendente, el anhelo de una paternidad que lo anclara. Pero también cargaba con las sombras del Laberinto de Carne, el eco de la búsqueda de una masculinidad aún por integrar del todo, y la lúcida comprensión de que su lucha más íntima –por la conexión, por la integridad del deseo, por una subjetividad no fragmentada– era, también, una batalla política. Y en su mano, ahora, tenía el hilo frágil pero persistente de la palabra y el coraje de buscar un encuentro que pudiera, quizás, coser algunos de los espejos rotos.



viernes, mayo 02, 2025

El río interior y sus afluentes eróticos: un viaje personal a través del duelo, la memoria musical y la reconfiguración de la masculinidad en los remansos del deseo.


La rotonda giraba, absorbiendo el sol matinal de Salta. En mis oídos, "Dancing Queen" tejía una burbuja sonora a mi alrededor. Pensé, mientras la melodía me envolvía como una segunda piel, en esa capacidad de la música para adherirse al alma, para convertirse en un vestuario invisible que colorea el paisaje interior. Es curioso, me dije, cómo estas canciones actúan como anclas, fijando momentos en la memoria, permitiéndome revisitar emociones con solo una nota. Quizás, en este tiempo de reconfiguración interna, aferrarme a estas melodías familiares es una forma de encontrar continuidad, un contrapunto a la sensación de estar a la deriva.

El sonido del río Juramento, constante y profundo, se filtraba por la ventanilla. Malko y Choco revoloteaban cerca, ajenos a mi ensimismamiento junto al puente. Una punzada de preocupación por el rasguño de Malko fue fugaz, eclipsada por la corriente de mis pensamientos. Diego, … su figura, un faro masculino durante años, ahora desdibujándose. Su declive, reflexioné, es un recordatorio palpable de la fragilidad de los modelos, de cómo incluso las figuras más sólidas se desvanecen con el tiempo. La muerte de mi padre, la de Ernesto… no solo pérdidas, sino también una liberación, un espacio vacío donde mi propia masculinidad debe encontrar su forma, sin la sombra de referentes inamovibles.

Recordé la bravuconería de los amigos de mi padre en aquella jornada de pesca. La exhibición de una masculinidad tosca, ajena a mi sensibilidad naciente. En ese entonces, pensé, mi deseo no encontraba asidero en ese mundo de varones. Esa distancia temprana moldeó mi identidad como un "otro". Hoy, quizás, ese "otro" encuentra más resonancia en el mundo.

Descubrí la madrejada, ese brazo tranquilo del río que se replegaba sobre sí mismo, creando un remanso bajo el puente. La filmé, atraído por su quietud. Y mi mente, inevitablemente, derivó hacia los encuentros recientes. Estos encuentros, me dije, en este tiempo de duelo, ¿no son acaso como esta madrejada? Un espacio aparte, un remanso donde la necesidad de contacto y placer busca su propio cauce.

M, volviendo después de años, depositando su deseo en mi boca. Sentí una inversión de roles, analicé, una reafirmación de mi propia capacidad de dar y recibir placer, una pequeña victoria en la renegociación de mi identidad masculina. Luego Augusto, fugaz e intenso, su boca devorándome en la cocina. La intensidad pura, pensé, una conexión física sin las ataduras del pasado o el futuro, una afirmación de mi atractivo y mi deseo. Y M, la juventud sin prejuicios, entregándose y recibiéndome con la misma libertad. La edad, constaté, dejaba de ser una barrera, abriendo nuevas posibilidades de conexión.

Estos encuentros, continué mi reflexión, son como exploraciones en un nuevo territorio emocional. No busco permanencia, sino la reafirmación de mi capacidad de desear y ser deseado, un contrapunto a la sensación de pérdida.

Mañana llegarán mis "hijitos". La palabra resonó en mi mente, cargada de un afecto particular. Con ellos, pensé, la libido toma un cariz diferente. No es la exhibición cruda y separadora del pasado, sino un lazo que une, que reconoce la igualdad en el deseo. En sus jóvenes cuerpos, en su afecto, quizás encuentre una forma de trascendencia, un legado afectivo que va más allá de la sangre.

El río seguía murmurando su canción ancestral. La madrejada, ese remanso tranquilo, reflejaba el cielo. Este río interior, pensé, con sus corrientes de duelo y sus pozos de deseo, está esculpiendo una nueva orilla para mi masculinidad. Una orilla más fluida, más honesta con mis propias necesidades y afectos, liberada de los modelos rígidos del pasado.

domingo, abril 20, 2025

Carta de un Fernando (56) a Otro Fernando (16)

A veces, una fecha congelada en el tiempo, un puñado de palabras escritas en un diario, se convierte en un espejo que nos confronta con el eco lejano de quienes fuimos. El 19 de diciembre de 1984, el día de mi cumpleaños Nº 16 en la quietud del campo anteño, volqué en papel la turbulencia de mi universo interior.

Esas notas de fines del 84, leídas cuarenta años después, son mucho más que una simple anotación. Es el retrato crudo y conmovedor del joven brillante, sensible y emocionalmente a la deriva que era. Captura la encrucijada en la que me encontraba: atrapado entre el amor de una familia que, a pesar de todo, no terminaba de tender puentes hacia mi verdadera esencia, y la vital red de apoyo de mis amigos, quienes me ofrecían el refugio y la comprensión que no encontraba en casa.

En esas líneas palpita la euforia y el dolor de mi primer amor, vivido en la clandestinidad forzosa de una época sin códigos ni referentes para la identidad gay. Ese adolescente de dieciséis años  siente la presión asfixiante de un entorno social y familiar que lo empujaba a encajar en un molde que no era el suyo, un ideal de masculinidad rural que le resultaba ajeno e inalcanzable.

La "diferencia" que el joven Fernando intuía pero no podía nombrar ni codificar, lo "aplastaba", generando una profunda inestabilidad emocional cuya expresión más visible era una melancolía persistente, vivida en la soledad de sus pensamientos y de sus notas secretas.

"Carta de un Fernando a Otro" propone un viaje a través de esas décadas transcurridas. Es el diálogo que nunca tuvo lugar en aquel entonces, un puente tendido entre el hombre de 56 años que hoy soy, con la perspectiva que dan los años y las batallas ganadas, y aquel adolescente vulnerable y lleno de anhelos, perdido en un mundo que aún no estaba preparado para recibirlo. Es la conversación pendiente, la mirada retrospectiva que busca sanar, comprender y, quizás, ofrecer el abrazo que tanto se necesitaba en aquel cumpleaños en el monte lejano.

Fernando, 41 años.Laguna de Castellanos, Anta. 


"Querido Fernando de 1984,

Fernando 56 años, 
Corrales en Laguna de Castellanos

Aquí estoy, tu yo del futuro, leyendo tus palabras. Siento cada una de tus emociones en estas líneas: la soledad de ese cumpleaños en la finca, la euforia de la conexión con tus amigos, la agonía de la llamada de Carlos, la punzada de la incomprensión con papá, el alivio en la voz de mamá, y el orgullo (justificado) por ese 9.

Quiero que sepas que el dolor y la confusión que sientes por tu 'diferencia' no son para siempre. Esa parte de ti que hoy te aplasta se convertirá, con los años, en una fuente de increíble fortaleza, autenticidad y conexión con otros. Los 'códigos culturales' que hoy no existen, empezarán a construirse, lentamente, con mucho esfuerzo, pero sucederá. Y tú serás parte de esa construcción.

El primer amor duele con una intensidad brutal, y más aún cuando sientes que debes esconderlo. La herida con Carlos pasará, y aunque cada desamor deja una marca, también te enseña sobre el amor y sobre ti mismo. Habrá otros amores, Fernando, y encontrarás la dicha que tanto anhelas, una dicha que podrás vivir con más libertad de la que puedes imaginar ahora.

Tus amigos son oro puro. Aférrate a ellos. Son la familia que eliges y el espejo que te muestra lo valioso y querible que eres. Sigue buscando esos espacios donde puedes 'hablar libremente'. Son vitales para tu supervivencia y tu crecimiento.

Lo de papá duele, lo sé. Y seguirá doliendo a veces. Él te ama, a su manera, desde sus propios miedos y su propia historia, que no tiene las herramientas para entenderte completamente. No eres vago, Fernando. Eres brillante y trabajador, solo que tus talentos y tu forma de ser no encajan en el molde que él conoce. No tienes que ser quien él quiere que seas para valer. Tu valor es intrínseco, y lo demuestras de tantas maneras (¡ese 9!). Esa angustia por agradarle es comprensible, pero con el tiempo aprenderás a soltarla un poco, a aceptarte tú primero, independientemente de su aprobación. Y quizás, solo quizás, la conversación pendiente algún día sea posible.

Sigue estudiando psicología. Es el camino correcto. Tu capacidad de introspección, tu sensibilidad y tu deseo de entender la mente humana (la tuya y la de otros) son tus mayores herramientas. Y sigue enfrentando tus miedos; tienes razón, a veces ni siquiera sabemos que tememos, pero esa fuerza para presentarte al examen aunque creías no estar listo es la misma fuerza que te sacará adelante en los desafíos futuros.

Esta etapa es dura, Fernando, muy dura. Pero eres increíblemente fuerte, más de lo que piensas. El deseo de ser autónomo, de viajar solo, de explorar... es tu espíritu que te guía hacia tu verdadero yo. Confía en ese instinto. Lo mejor está por venir, aunque hoy no lo veas claro. Habrá momentos de alegría inmensa, de amor pleno, de aceptación, de pertenencia. Aguanta. Eres amado, eres valioso, y encontrarás tu lugar en el mundo. Estoy increíblemente orgulloso del adolescente sensible, inteligente y valiente que eras.

Un abrazo inmenso desde el futuro."

Mensaje de Fernando (16) a Fernando (56):

"Fernando (si es que así te llamas ahora),

¿En serio eres yo? ¿56 años? Parece una eternidad. Leo tu carta y me da un poco de vértigo. ¿Todavía te acuerdas de esto? 

Fernando 16 años, casa de
Los Pozos, Anta.
 

Estoy en 'Los Pozos', hoy fue mi cumpleaños y fue horrible. Extraño tanto a mis amigos, la ciudad, poder ser yo sin sentir que estoy haciendo algo mal. ¿Sigo siendo tan raro? ¿Esa 'diferencia' que me aplasta, que no sé qué es, ¿desaparece alguna vez? ¿O al menos deja de doler tanto?

¿Qué pasó con Carlos? ¿Pudimos hablar? ¿Terminó todo como creo? Me duele horrores haberlo herido, pero me duele más pensar que no quiere conocerme. ¿Llego a conocer el amor, el amor de verdad, ese que no tengo que esconder o que me hace sentir que estoy fallando?

¿Estudié psicología al final? ¿Sirvió de algo ese 9? ¿Aprendí a enfrentarme a esos miedos que ni siquiera sé que tengo? ¿O sigo siendo el mismo miedoso por dentro?

¿Y papá? ¿Pude hablar con él alguna vez? ¿Entendió? ¿O yo lo entendí a él? ¿Sigue pensando que no valgo si no soy como él quiere? ¿Dejé de sentir que tengo que demostrar que no soy vago o cómodo? Mamá es un sol, ¿sigue siendo así?

¿Encontré mi lugar? ¿Puedo 'hablar libremente' en mi vida diaria o sigo necesitando escondites como Salta? ¿Esta melancolía que siento ahora, este nudo en el pecho, ¿se va alguna vez?

Quiero creer que sí, que no siempre voy a sentirme así de perdido y angustiado. ¿Valió la pena todo esto? ¿Soy feliz, Fernando? ¿Soy quien quería ser, aunque no sabía quién era del todo? Dime que sí, por favor.

Desde este cumpleaños aburrido, con la cabeza llena de preguntas y miedos."


La Pantalla Oscura del Deseo y la Luz Fugaz de la Conexión



Cuento corto



El sábado por la noche, la sala de cine olía a pochoclos rancio y expectativas húmedas. No iba por la última superproducción; mi carne pedía otra clase de espectáculo, uno más íntimo y visceral. Tenía ese hormigueo familiar, la necesidad de sentir labios ajenos recorriendo mi piel, de entregarme y recibir placer sin más preámbulos. La fantasía era clara: penes duros, bocas ávidas, un encuentro fugaz que aliviara la tensión acumulada.

Y el cine, en su penumbra cómplice, no defraudó. Primero fue el changuito, una aparición fugaz en la oscuridad entre butacas. Su juventud vibraba en la manera en que sus manos me encontraron, en la torpeza dulce de sus besos. Su miembro, tal como lo había imaginado, era una promesa firme. Luego, en un rincón más apartado, el fisicoculturista, un monumento de músculos tensos que contrastaba con la suavidad inesperada de su boca. Me perdí en la textura de sus pectorales bajo mis dedos, en la firmeza de sus muslos mientras ambos nos entregábamos al frenesí.

Hubo un momento, un instante de extraña camaradería, cuando un tercer hombre se unió a nuestro juego. Un tipo "tan tipo", como pensé, con una barba incipiente y manos rudas que sin embargo se movían con una delicadeza sorprendente. Sentir su boca en mí, y luego ofrecerle mi propio néctar, despertó una sensación inusual, una especie de masculinidad recién descubierta, liberada de las cadenas del pudor.

En la maraña de cuerpos y jadeos, también fui testigo de pequeñas comedias humanas: el que aparentaba ser el macho alfa terminando sumiso, buscando el placer en la boca ajena; el insistente admirador que me llamaba desde lejos, terminando por encontrar consuelo en los labios de otro. Era un microcosmos de deseos cruzados, de búsquedas silenciosas en la oscuridad. Y en medio de todo ese torbellino, sentí una distensión física, una liberación momentánea de la tensión.

Pero al salir a la fría noche salteña, mientras caminaba hacia el bar con la promesa de una última copa, una pregunta comenzó a roer en mi interior: ¿era solo eso lo que buscaba? ¿Una descarga física, un instante de placer sin rostro? La imagen de una pareja idealizada comenzó a tomar forma en mi mente: un hombre que me deseara y al que yo deseara, un vínculo donde dar y recibir fueran actos de amor y cuidado mutuo, no solo una transacción de cuerpos en la oscuridad. La angustia de sentirme siempre al margen, de no encajar en los roles impuestos por mi propia comunidad, regresó con fuerza.

"Nunca me pasó una relación así," me dije, la frase resonando como un lamento en el silencio de la noche. Siempre la preocupación por el rol, por ser el activo o el pasivo, una búsqueda constante que solo me dejaba un vacío persistente.

Sin embargo, algo había cambiado. Las palabras de Frank sobre autorizarme a sentir, el eco de Panza animándome a la autenticidad, y el último mensaje de David, instándome a no postergarme, a hacer algo cada día, comenzaban a germinar en mí. Por primera vez, podía narrar mi erotismo sin vergüenza, sin la autocensura que me había acompañado durante años. Podía evocar ese mundo denso y complejo que había habitado en secreto desde 2008.

Quizás, pensaba mientras pedía un trago en la barra solitaria, esta noche en el cine no había sido solo una búsqueda de placer efímero. Tal vez, en medio de los encuentros fugaces y los deseos explícitos, se había encendido una pequeña luz, la tenue promesa de un camino desconocido, un camino donde la exploración del deseo podría ser el preludio a la búsqueda de un afecto genuino, un amor que finalmente desanudara la angustia que había sido mi compañera silenciosa durante tanto tiempo. La pantalla oscura del deseo había iluminado, aunque sea por un instante, el anhelo profundo de una conexión verdadera.

viernes, abril 18, 2025

El Peso de los Códigos

Cuento corto

Imagen: IA Gemini

La noche había caído sobre la ciudad con esa lentitud opresiva de los días de invierno. Lautaro miraba su teléfono, la luz azulada iluminando su rostro cansado. El mensaje de Federico seguía ahí, clavado en la pantalla como un reproche silencioso: "Tu comentario no aporta, Lau. Solo genera un espacio gris".

Él había querido ser irónico, jugar con las palabras como siempre hacía para protegerse. Pero una vez más, su humor se había tropezado con la realidad, y ahora el malestar se expandía entre ellos como una mancha de tinta.

"No era mi intención, Fede", escribió, sintiendo cómo las teclas del celular se hundían bajo sus dedos. "Es solo… a veces siento que hablo en otro idioma. Que nadie entiende lo que digo, o peor, que no quieren entenderlo".



Federico tardó en responder. Lautaro imaginó su figura alta y serena, de pie en algún lugar entre la cocina y el living, reflexionando con esa calma que tanto lo exasperaba. Cuando al fin llegó la respuesta, era suave pero firme: "Lo sé, Lau. Pero no se trata de que te entiendan, sino de que te escuches a vos mismo. ¿Qué querés decir en realidad?".

Lautaro apretó los puños. Era fácil para Federico hablar desde su certeza, desde su lugar en el mundo. Él, en cambio, llevaba años navegando entre identidades prestadas: el hijo que no era, el gay que no encajaba ni siquiera entre los suyos, el hombre que seguía buscando un lugar donde no tener que explicarse.

"Quiero dejar de sentirme invisible", escribió, y esta vez las palabras le ardieron en la garganta. "Quiero que me miren sin que tengan que recordar primero qué soy. Sin que mi voz suene como un ruido fuera de lugar".

El silencio que siguió fue largo. Lautaro cerró los ojos, recordando las veces que había intentado moldearse para ser aceptado, las veces que había fingido no ver las miradas incómodas, los chistes disfrazados de preguntas.

Finalmente, Federico respondió: "No podés controlar cómo te miran, Lau. Solo podés elegir cómo estar frente a eso".

Era verdad. Y también era insuficiente.

Afuera, la ciudad seguía su ritmo indiferente. Lautaro se preguntó cuántos como él estarían en ese mismo instante, tratando de descifrar el código secreto para ser queridos sin condiciones.

"Voy a intentarlo, Fede", escribió, aunque no estaba seguro de qué significaba eso. Tal vez solo significaba seguir adelante, un paso a la vez, cargando el peso de su autenticidad como un farol en la oscuridad.

Federico le envió un último mensaje: "Estoy acá, hermano. No estás solo".

Y por primera vez en mucho tiempo, Lautaro permitió que esas palabras lo atravesaran sin resistencia.

jueves, abril 17, 2025

Yo náufrago voluntario: bitácora de mi escritura íntima como trinchera contra los mandatos del mundo

Entre la resistencia narrativa y la construcción de espacios propios

Imagen: IA Gemini
Mi escritura como refugio constituye el tema central de mi diario personal, es como un espacio de descolonización íntima y resistencia narrativa. En sus páginas, no me limito a registrar eventos cotidianos, sino que establezco un laboratorio introspectivo donde disecciono mi identidad en un contexto de crisis. A través de una escritura que transita entre la confesión y la crítica, mi diario se erige como un mapa de mi subjetividad en conflicto como intelectual gay en la Salta contemporánea, navegando entre las imposiciones de mandatos patriarcales, la instrumentalización de la espiritualidad y mi apremiante necesidad de forjar espacios propios. Este ejercicio mío de escritura se revela como un acto de resistencia frente a diversas formas de exclusión —sexual, política y familiar— y como un ritual transformador que convierte el dolor en una potencia creadora.

Me posiciono como un observador incómodo, un sujeto que habita los márgenes de los sistemas que cuestiono. Mi perspectiva abarca tres exclusiones fundamentales. 1.- La sexual, donde mi homosexualidad me convierte en un "bicho raro" incluso en entornos aparentemente inclusivos, evidenciando una negación de mi necesidad de empatía radical. 2.- La política, donde mi postura socialista en un consejo dominado por la derecha salteña me lleva a criticar una planificación abstracta que ignora las demandas sociales, revelando un desencanto con el tecnocratismo y 3.- la familiar, donde la pérdida de mi padre y de Leonardi, su amigo, expone mi rol de hijo no patriarcal, excluido de la camarilla masculina pero paradójicamente liberado por mi diferencia. Esta triple marginalidad me sitúa como un intelectual orgánico en crisis, cuyo compromiso primordial reside en la autenticidad más que en la adhesión a ideologías preestablecidas.

Mi diario se convierte en un testimonio de búsquedas truncas pero fértiles, marcadas por la tensión entre la autenticidad y la pertenencia. Frente a las performances vacías de otros, construyo refugios mínimos en espacios cotidianos, mis actos políticos que resisten la homogeneización. Mi intento de integrarme en grupos como Willkanina o el colectivo LGBT de la iglesia revela una paradoja: la pertenencia a menudo exige renunciar a la propia singularidad. Mi decisión de permanecer en estos espacios por un tiempo limitado no denota pasividad, sino mi duelo por una comunidad idealizada. Asimismo, mi sexualidad se manifiesta tanto como una vulnerabilidad como una herramienta de conexión, y mi propuesta de talleres en colegios, donde busco monetizar mi activismo, fusiona lo erótico y lo político, desafiando el tabú de la comercialización del activismo.

El clima emotivo que impregna mi diario se nutre de una melancolía activa, que en mi propia escritura veo simbolizada por las hojas amarillas de Villaflora, una nostalgia que me inspira en lugar de paralizarme. Mi ironía defensiva se manifiesta en mis frases que desmontan hipocresías, revelando un humor ácido como mecanismo de protección. Mi angustia, lejos de ser paralizante, se convierte en un motor productivo, impulsando la acción y la reflexión a través de la escritura. Este clima emocional no se me presenta como patológico, sino como un combustible esencial para la creación literaria.

Mi diario es mi territorio liberado, donde llevo a cabo una descolonización íntima al desmantelar mandatos opresivos y construir redes alternativas. Su estructura fragmentaria refleja la complejidad de mi identidad múltiple y consciente. La muerte de las figuras patriarcales, la de mi padre y la de su amigo Ernesto, las interpreto como una metáfora de mi propia renuncia a ser un "hijo legítimo" de cualquier sistema preestablecido. En su lugar, elijo ser autor y arquitecto de un espacio propio, donde mi escritura trasciende la mera documentación para convertirse en una fuerza creadora de realidad. Cada entrada en mi diario es un acto de resistencia, un intento de nombrar el mundo antes de que este me borre. Me recuerdo cada día que toda resistencia conlleva un duelo, y que la escritura en presente continuo es mi mejor estrategia para evitar la desaparición.

sábado, marzo 29, 2025

"La Laguna de las Plegarias no Dichas"

Construido por Ferpeq con IA Deepsee

La laguna siguió siendo testigo. A veces, cuando el sol se filtra entre las nubes, sus aguas reflejan dos figuras que ya no caminan en silencio, sino que discuten, ríen y, en raras ocasiones, se rozan las manos sin pedir permiso. El chajá sigue gritando. Los árboles susurran secretos ancestrales. Y en algún lugar entre lo sagrado y lo terrenal, un límite comienza a resquebrajarse.





I. El Caminar de las Sombras

La laguna del Chaco era un ojo abierto en la tierra, observando sin pestañear a Agustín y Teo mientras avanzaban por la senda. Los quebrachos, con sus troncos retorcidos como brazos suplicantes, parecían inclinarse para escuchar. Agustín había ensayado este momento durante semanas, pero ahora, bajo el cielo nublado que rasgaba el sol en destellos fugaces, las palabras le quemaban la garganta.

Teo caminaba a su lado, impecable en su rol de guía espiritual. Hablaba de la energía cósmica que fluye cuando el hombre se despoja de sus máscaras, mientras sus manos dibujaban círculos en el aire. Agustín contaba cada una de sus metáforas vacías: "autorizarse, aparecer, sentir". Eran las mismas que usaba en los retiros de varones, donde abrazaba a otros hombres con la excusa de sanar heridas ancestrales.

—Teo —interrumpió Agustín, deteniéndose frente a un lapacho cuyas flores rosadas caían como lágrimas—. Necesito decirte algo.

El viento se llevó sus últimas dudas.


II. La Confesión como Ritual

—Me atraés —dijo, clavando la mirada en el pecho desnudo de Teo, donde un colgante de cuarzo brillaba bajo la luz intermitente—. Pero no es solo sexual. Es... una conexión que no entiendo.

Teo no apartó los ojos. Su sonrisa fue un puente levadizo que se cerraba.

—¿Transferencia? —preguntó, usando el término psicoanalístico como escudo—. En los grupos, a veces proyectamos en otros lo que no vemos en nosotros.

Agustín sintió el suelo moverse. No era transferencia: era el eco de todos los hombres heterosexuales que lo habían mirado con curiosidad en los vestuarios, en los bares, en las esquinas oscuras de su memoria. Hombres que jugaban a acariciar el abismo sin caer.

—He analizado esto —continuó, las palabras saliendo en ráfagas—. Sé que idealizo tu autenticidad, tu... tu forma de habitar el mundo sin miedo. Pero también sé que esta fantasía me castra.

Usó la palabra deliberadamente: castra. La misma que Teo empleaba en sus talleres para hablar de "la sociedad que nos emascula".


III. El Laberinto de los Cuerpos

Teo posó una mano en su hombro. El contacto era idéntico al de los retiros: firme, fraternal, calculado para no traspasar el umbral de lo sagrado.

—¿Por qué necesita esto una definición? —dijo, su voz un mantra—. Lo que hay entre nosotros es un organismo vivo, no un contrato.

Agustín recordó entonces a Rebeca. La había visto una vez, en una foto donde Teo la abrazaba con la misma intensidad con que abrazaba a los hombres del círculo. "Con ella tampoco puedo tener sexo cuando quiero", había confesado Teo, como si la abstinencia fuera un mérito espiritual.

—¿Y si lo sexual es parte del organismo? —replicó Agustín, desafiando el colgante de cuarzo que ahora le parecía un centinela—. Tú dices que todo es energía, ¿no? Pues esto también lo es.

El sol se ocultó. Un grupo de chajás cruzó el cielo, sus gritos perforando el silencio.


IV. Los Límites como Espinas

Teo dio un paso atrás. Su rostro de héroe griego se crispó en una mueca que Agustín nunca le había visto:

—¿Sabes por qué trabajo tanto en estos grupos? —preguntó, mirando la laguna—. Porque mi padre me abrazaba sólo cuando ganaba trofeos.

La confesión cayó como una piedra. Agustín sintió una mezcla de triunfo y terror: había logrado romper el mármol, pero ahora la grieta mostraba algo frágil, casi infantil.

—Yo no quiero trofeos —susurró—. Quiero...

No terminó la frase. Teo ya lo abrazaba, pero esta vez diferente: sus manos temblaban en la espalda de Agustín, sus dedos se hundían en la carne como buscando anclaje. El cuarzo helado del colgante se incrustó en el esternón de Agustín, marcándole la piel.


V. Las Tres Semanas de Ausencia

No se vieron por veintiún días. Agustín pasó las noches diseccionando cada gesto: el temblor de las manos de Teo, el susurro de "no podemos" que sonó más a plegaria que a prohibición. En Instagram, Teo publicó una foto meditando al borde de la laguna, el torso desnudo brillando bajo un sol que Agustín juró haber visto sólo en sus sueños.

En la biblioteca pública de Resistencia, entre libros de Freud y Marcuse, Agustín encontró una cita subrayada: "El deseo prohibido no es el que se niega, sino el que se ritualiza para no ser vivido". Esa noche soñó que Teo dirigía un círculo de hombres desnudos, todos con colgantes de cuarzo, todos repitiendo "autorizarse, aparecer, sentir" mientras las flores de lapacho se convertían en gotas de sangre.


VI. El Regreso al Espejo

El reencuentro fue en el mismo sendero, pero la laguna ahora reflejaba un cielo teñido de púrpura. Teo llegó con huellas de insomnio y una camisa abierta que mostraba el cuarzo brillando sobre vello rubio.

—Rebeca me dejó —anunció, sin preámbulos—. Dijo que uso la espiritualidad para esconderme.

Agustín no se movió. Un chajá aterrizó cerca, clavando su pico rojo en el lodo.

—¿Y vos qué creés? —preguntó, sabiendo la respuesta.

Teo miró hacia el agua. En el reflejo, sus cuerpos parecían fundirse con los árboles ancestrales.

—Creo que tengo miedo de que esto —señaló el espacio entre ellos— sea más grande que mis enseñanzas.


VII. El Ritual Quebrado

Fue Agustín quien cerró la distancia esta vez. Sus labios rozaron la cicatriz que Teo tenía sobre el labio, resto de una pelea adolescente que nunca había contado. No hubo beso, pero el contacto duró lo suficiente para que el colgante de cuarzo se calentara entre sus pieles.

—¿Ves? —murmuró Agustín—. El límite también es un lugar.

Teo no se apartó. Sus manos encontraron las caderas de Agustín, no para empujar, sino para sostener. Alrededor, los quebrachos susurraban en una lengua muerta.


VIII. Los Cuerpos como Mapas

No hicieron el amor. No cruzaron la línea que Teo llamaba "sagrada". Pero esa tarde, al separarse, hubo un pacto nuevo: dejar de usar a Rebeca como escudo, dejar de citar a Freud como profeta.

En las semanas siguientes, comenzaron a caminar la laguna en silencio cómplice. A veces, cuando la luz atravesaba las nubes, Agustín veía en los ojos de Teo un destello de aquel chico que peleaba por trofeos vacíos. Otras veces, eran sólo dos hombres hermosos y perdidos, mapeando con sus pasos la frontera movediza entre el deseo y el dogma.



La laguna sigue ahí, testigo de cuerpos que aprenden a hablar sin sermones. Los chajás siguen gritando advertencias que nadie entiende. Y en algún lugar entre el cuarzo y las flores de lapacho, un colgante yace enterrado, esperando que nuevos hombres vengan a desenterrar sus propios límites.

Recordando a Gabi

 




martes, marzo 25, 2025

La Hospitalidad de Danno: Una Conversación Íntima en el Corazón de Salta

Esta tarde conocí a Danno en su ya consolidado emprendimiento turístico ubicado en la primera cuadra de la avenida San Martin. Mientras recorríamos el lugar, en esta primera oportunidad, nuestra conversación devino en un diálogo profundo explorando las complejidades de la vida, las maneras de encontrarnos entre las personas y las formas en que los varones contruimos nuestra masculinidad.


Compartimos a cerca de nuestras experiencias pasadas, nuestras maneras de pensar la vida y las aspiraciones futuras. Aportaba yo mi interés del desarrollo en la finca familiar y el turismo sustentable, con una perspectiva esperanzadora. Danno, por su parte, comentaba algunas dinámicas sociales y económicas de Salta a través de su experiencia como emprendedor.

La charla se conviertió en un viaje a través de anécdotas personales, reflexiones sobre las relaciones y planes para el futuro. Exploramos conceptos sobre la masculinidad y las complejidades de las relaciones, en el contexto de las dinámicas sociales y económicas de la ciudad capital de Salta. Sentí autenticidad y conexión genuina con Danno en un ambiente agradable, familiar, casero; donde la honestidad y la empatía fueron en aumento.

Conocer a Danno y globaliada experiencia de vida me invita a reflexionar sobre mi propia  vida, mis relaciones y mi lugar en el mundo. Me recuerda la importancia de la conexión humana y el carácter de la vulnerabilidad para construir puentes entre nosotros.

domingo, marzo 23, 2025

Un Día en Los Pozos y el Mollar: Vivencias y Emociones de Fernando

Este relato en el acceso anterior nos sumerge en la jornada de Fernando,  profundamente conectado con su tierra, su historia familiar y su propia búsqueda de identidad. A través de sus palabras, somos testigos de una emotiva travesía que entrelaza el pasado y el presente, la naturaleza y el ser humano, la soledad y el encuentro.



El día comienza con una evocación del pasado familiar. La galería de Los Pozos, testigo de cien años de historia, se convierte en un espacio simbólico donde convergen las voces de sus ancestros. La mención de su abuela Flora y sus temores ante las tormentas del sur, junto con la imagen de sus tatarabuelos reunidos en ese mismo lugar, nos transmite un sentimiento de arraigo y continuidad. La mesa, un objeto cotidiano, se transforma en un vínculo tangible que une a las distintas generaciones de hombres que han habitado esa tierra.

La memoria familiar se entrelaza con la memoria política. Fernando se encuentra trabajando en el documento para la marcha que conmemora un nuevo aniversario de la desaparición de su abuelo, un suceso trágico que marcó su vida y la de su familia. Este recuerdo, sumado a la reciente pérdida de su padre, genera en él una profunda introspección y la necesidad de "cerrar ciclos". La marcha se presenta como un acto de resistencia contra la opresión, una forma de honrar el pasado y luchar por un futuro más justo.

En medio del duelo y la memoria, surge un proyecto que representa una luz de esperanza: la construcción de una cabaña en el Mollar. Este proyecto, largamente acariciado, se convierte en un símbolo de conexión con la naturaleza y de construcción de un futuro personal. El recorrido por la senda del Mollar, entre árboles que siente como "venas de un organismo inmenso", revela una profunda comunión con el entorno natural. Fernando percibe el monte como un ser vivo que le habla, que lo conecta con sus raíces y con sus seres queridos fallecidos.

La interacción social también ocupa un lugar importante en la jornada de Fernando. El encuentro con la familia Villalaba, su calidez y sencillez, le produce una profunda alegría. La descripción detallada de los hombres que conoce y la conexión que establece con uno de ellos a través de su afición por los caballos de carrera, refleja su apertura a nuevas relaciones y su capacidad de encontrar puntos en común con personas diversas.

A lo largo del día, Fernando transita por una variedad de emociones: nostalgia, dolor, esperanza, alegría, asombro, gratitud. A pesar de las cargas del pasado y la incertidumbre del futuro, se percibe en él una sensación subyacente de tranquilidad y propósito. Su búsqueda de significado lo impulsa a conectar con su historia, con la naturaleza y con los seres que lo rodean, en un intento de encontrar su lugar en el mundo y de construir un futuro en armonía con su entorno.